La fábrica del cuerpo en nuestros días

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Francisco González-Crussí (1936) es un escritor y médico mexicano, especializado en patología pediátrica, que reside en Estados Unidos. Ha publicado más de diez libros y al menos un par de centenas de artículos en The New York Times, The Washington Post, The New Yorker, Letras Libres y Reforma, entre otras publicaciones periódicas. Ha sido premiado varias veces por su obra, fue residente de la Rockefeller Foundation y becario de la Simon Guggenheim Foundation. Su último libro, La enfermedad del amor, se publicó en la editorial Debate el año pasado.

Con la autorización del autor, Cuadrivio publica este ensayo de La fábrica del cuerpo, libro editado en 2006 por Turner/Ortega y Ortiz dentro de la colección «Cuadernos de Quirón».

 

 

Francisco González-Crussí

 

La imagen del cuerpo, es decir, la imagen que cada individuo se hace de su propio cuerpo, ha cambiado profundamente en nuestra época. Para empezar, se ha cavado un foso aparentemente infranqueable entre la cultura popular y la cultura médica que define el cuerpo, o al menos el sector de la tecnología médica de punta. La mayoría de las personas no tienen una idea precisa de los órganos internos. Estudian superficialmente la biología en cursos de escuela secundaria o preparatoria; pero, a menos que hagan estudios especializados o sean profesionales de ciencias de la salud, no llegan a adquirir una noción clara y firme del papel de cada estructura del organismo, y de cómo están hechas sus varias partes. Muchas veces no están seguros siquiera de la posición de los diversos órganos del cuerpo. La medicina, en cambio, ha llegado a un grado de sofisticación tal que los órganos pueden trasplantarse de un individuo a otro y se puede mantener la vida de un ser humano cuando los órganos vitales fallan, gracias a una tecnología avanzada. Todo ello nos impone la necesidad de revisar nuestros conceptos tradicionales de la vida y la muerte.

Esta disparidad o asimetría entre el saber popular y el saber especializado ha tenido muchas consecuencias. No es la menor de ellas la aparente ruptura de la añeja e íntima relación que por mucho tiempo existió entre médicos y pacientes. Aunque hoy se dice que el paciente debe tomar participación activa en su tratamiento, que en cierta forma debe gestionar o «hacerse cargo» de su propia salud –un movimiento social en los Estados Unidos insiste en la necesidad de conferir poder o autoridad (empowerment) al enfermo–, tales fórmulas resultan vanas frente a decisiones que requieren un esmerado conocimiento de disciplinas científicas que los pacientes generalmente no tienen, y que no puede improvisarse ni adquirirse de prisa. Por eso es que la relación médico-enfermo exige la confianza absoluta del paciente, cuyo porvenir descansa enteramente en las manos de aquél. Pero esta relación de confianza hace tiempo que ha venido deteriorándose, en gran parte porque el médico es educado de acuerdo al modelo del hombre como «fábrica» o «máquina».

Efectivamente, en la medicina occidental el cuerpo es conceptualizado como una maquinaria, y el cuerpo enfermo como la maquinaria descompuesta. En muchas escuelas de medicina se imparten cursos o conferencias de temas humanísticos relacionados con la medicina. Presumiblemente, en dichos cursos se insiste sobre la noción de que el enfermo es «algo más» que su cuerpo dolorido y maltrecho; que no debe olvidarse su condición de ser humano en toda su complejidad, con sus deseos, sus temores y sus angustias; y que, según reza un cliché de la educación médica, «no hay enfermedades, sino personas enfermas». Pero a pesar de todas estas concesiones al currículo de las escuelas de medicina, el hecho es que los estudiantes gastan noventa por ciento de su tiempo, o más, en aprender disciplinas para las cuales no es necesario considerar al paciente como individuo y que, para los efectos prácticos, bien pudiera reducírsele al estado de simple máquina: su individualidad es indiferente. En cambio, el tiempo que los estudiantes dedican a los conceptos humanísticos que intentan contrarrestar esta noción es muy limitado, y comúnmente forma parte de cursos «optativos» o que no se estiman verdaderamente indispensables para la práctica de la medicina.

Mientras que antiguamente el cuerpo no se disociaba del individuo –el hombre era su cuerpo–, en la actualidad, a pesar de siglos de agresiones de descrédito contra Descartes, seguimos siendo dualistas a nuestro modo: distinguimos el cuerpo de la persona, puesto que todo mundo está dispuesto a conceder que una cosa es la persona y otra su cuerpo –este último conceptualizado en la cultura médica como máquina descompuesta–. Tal disociación lleva consigo efectos indeseables. Desde el punto de vista antropológico, como ha notado Le Breton,[1] reducir el cuerpo a simple artefacto es vaciarlo de significación simbólica y de valor. El cuerpo queda convertido en simple agregado de tubos, palancas, engranajes y resortes, algo así como lo representaban los autores de los siglos XVII y XVIII en su preferida y trillada metáfora del «mecanismo de relojería». Pero al perder su sentido y su valor de símbolo, pierde también su valor moral. Se convierte en una «cosa», un simple objeto.

La objetivación del cuerpo que la actual ciencia médica parece fomentar, se hace cada vez más completa. Y, tal vez a modo de reacción compensatoria, nos vamos haciendo a la idea de que, puesto que cada uno de nosotros es sólo una fábrica o artefacto, lo que perdemos en valor específicamente humano lo ganamos en cuanto objetos. Valemos como objetos, como artículos sujetos a la oferta y la demanda. Somos máquinas o artilugios de partes desmontables o intercambiables, y esto nos confiere valor técnico y comercial, como veremos más adelante.

Las piezas intercambiables de la fábrica se revelan sobre todo en el campo de los trasplantes de órganos. Se calcula que cada veintisiete minutos algún paciente recibe un órgano de otra persona. En los Estados Unidos, más de diez mil personas reciben un trasplante de riñón cada año. El trasplante de órganos, por supuesto, no es nuevo. Ya en 1906, un cirujano francés, Mathieu Jaboulay, trasplantó un riñón de cerdo a una mujer, y un hígado de cabra a otro paciente. Pero estos intentos de reemplazo de órganos entre seres de especies animales diferentes o xenotrasplantes estaban condenados al fracaso, pues la inmunología era entonces rudimentaria. Aunque quedó demostrado que era técnicamente posible trasplantar un órgano, también fue puesto en evidencia que el organismo rechazaba el injerto.

Uno de los precursores de las técnicas operatorias que hicieron posible el trasplante de órganos fue el médico Emerich Ullmann, nacido en Hungría. A principios del siglo XX, presentó un trabajo en la Academia de Medicina de Viena, en el cual informaba sobre el autotrasplante de riñón que había logrado efectuar en un perro, a quien injertó el riñón en el cuello.[2]

En 1908, Alexis Carrel, otro cirujano francés, entró en la escena de los trasplantes. Fue éste un personaje interesante, cuya agitada vida lo hizo pasar de defensor del catolicismo –publicó una descripción de un supuesto milagro que había presentado en Lourdes– a simpatizante de las ideas nazis en la Segunda Guerra Mundial; del glorioso honor de ganar el Premio Nobel en Medicina y Fisiología, al vilipendioso desdoro post mortem que consistió en borrar su nombre de todas las placas conmemorativas que por toda Francia se habían levantado en loor de su logros y hazañas. Carrel inventó técnicas de sutura vascular que le permitieron hazañas quirúrgicas sin precedentes en el campo de los trasplantes experimentales en animales. La técnica quirúrgica estaba lista para emprender la remoción y el trasplante de órganos. Pero Carrel era cirujano, no inmunólogo. Ante repetidos fracasos en los que el injerto era rechazado, desistió de sus intentos.

No fue sino hasta la década de 1950, después de numerosos experimentos en animales por diferentes investigadores, cuando se realizaron las primeras operaciones en seres humanos. En la Universidad de Chicago, los médicos investigadores trataron de injertar un riñón en una mujer joven que padecía de enfermedad poliquística renal (enfermedad hereditaria caracterizada por la presencia de numerosos quistes llenos de líquido en ambos riñones; al comprimir el poco tejido sano residual, los quistes terminan por menguar la mínima función renal compatible con la vida). El intento falló.

En 1954 se logró el primer trasplante real exitoso cuando los cirujanos Joseph Murray y J. Hartwell Harrison, en colaboración con el nefrólogo J.  P. Merril, todos del Hospital Peter Brent Brigham, de Boston, injertaron el riñón de una joven a su hermana gemela. Ocho años más tarde, con el perfeccionamiento de las drogas inmunodepresoras, se hacía posible el trasplante de órganos de una persona muerta a una viva.

Pronto siguieron los trasplantes de otros órganos. El de hígado se realizó en animales (perros) desde 1955, pero en humanos se intentó por vez primera hasta marzo de 1963, por el cirujano estadounidense Thomas E. Starzl, en Denver. El paciente era un bebé con atresia de vías biliares (enfermedad en la que los conductos biliares, congénitamente ocluidos, no permiten el flujo de la bilis del hígado al intestino; el estancamiento prolongado de la bilis lesiona el hígado permanentemente), quien recibió el hígado de un niño muerto a resultas de un tumor cerebral. El paciente sobrevivió a la operación sólo algunas horas. Un segundo trasplante se intentó con éxito algo más duradero en mayo de 1963, pero el primer paciente que sobrevivió a largo plazo no se dio sino hasta 1967. En el curso de su carrera, el prestigioso cirujano Starzl efectuó cientos de trasplantes hepáticos, con excelentes resultados, en la Universidad de Pittsburgh. Actualmente se practican trasplantes no sólo de hígado, riñón, córneas, médula ósea, corazón, cartílago, pulmón, páncreas, glándulas endocrinas, estómago, bazo e intestino, sino también se intentan, con mayor o menor éxito, trasplantes de órganos múltiples, como páncreas-hígado, corazón-pulmones, o páncreas-hígado-intestinos. El diario estadounidense The Washington Post reportó, el 2 de septiembre de 2005, el caso de un bebé de origen japonés que fue dado de alta en un hospital de Miami tras recibir un trasplante de seis órganos: hígado, páncreas, estómago, bazo, intestino delgado e intestino grueso.[3]

Es interesante reflexionar en que el paciente y su familia eran japoneses. Podemos suponer que en Japón hubiera sido muy difícil intentar la operación de múltiples injertos que se realizó en Miami. No porque en Japón no existan las facilidades médicas requeridas –es bien sabido que Japón es un país que se cuenta entre los más avanzados del mundo, y ciertamente uno de los líderes en ciencia y tecnología–, sino porque la concepción del cuerpo que existe en Oriente es radicalmente diferente de la que impera en los países occidentales, y no es favorable a la toma de órganos de pacientes fallecidos. En otras culturas, ajenas al mundo occidental, la imagen del cadáver retiene más insistentemente su semblante humano. En Japón, el cuerpo tiende a verse más como la raíz de la individualidad, fundamento concreto del sujeto, que como un repositorio de partes de una máquina biológica. La muerte no borra esta impresión; no destituye al cuerpo de su estatus como base del individuo.

Agréguese a esto que el budismo considera que el espíritu del difunto permanece en este mundo por unos días después de la muerte, y se comprenderá la renuencia de los orientales a permitir que se quiten órganos a un familiar fallecido. Tal acto parecería una depredación vil e indigna: a un tiempo agresión y desacato. Para que la persona muerta se una a los ancestros merecedores de veneración, y se convierta en uno de ellos, debe pasar cierto tiempo. El proceso es delicado y es propiciado mediante reverentes ceremonias. La solemnidad de los ritos se vería amenazada o gravemente perturbada por procedimientos tales como la remoción de órganos del cadáver y su implantación en otros individuos vivos.[4]

En Occidente, la sociedad ejerce gran presión en favor de la donación de órganos. El tema se presenta siempre bajo la luz de la solidaridad social, la generosidad o la compasión. La suposición implícita es que todo aquel que niegue el permiso para, en caso de fallecer, donar sus órganos o permitir que los órganos de sus parientes muertos sean usados, debe ser egoísta, mezquino, falto de conciencia social, o endurecido e indiferente. En el mejor de los casos se le tildaría de ignorante o mal informado. Se tiende a suponer que en una sociedad verdaderamente ilustrada, existe un consenso absoluto acerca de la necesidad de donar órganos post mortem para trasplante, puesto que el fallecido «ya no los necesita», y su generoso regalo va a aliviar el sufrimiento de otros seres humanos, especialmente teniendo en cuenta que el número de candidatos a trasplante excede con mucho a los órganos disponibles para injerto. Hacer ver la larga lista de enfermos que ansiosamente esperan el órgano adecuado para poder sobrevivir, es un recurso frecuente en los patéticos llamamientos y exhortaciones a incrementar la donación de órganos.

Que en el mundo occidental se parte de la convicción de que todo mundo está (o debe estar) dispuesto a donar sus órganos, es confirmado por la legislación que existe en muchos países europeos, la cual declara que es lícito remover los órganos de una persona recientemente fallecida, si no hay ninguna declaración previa que establezca que dicha persona se opone explícitamente a la donación.

Pero, a pesar de todas las presiones, es evidente que no hay tal consenso. La escasez de órganos y los frecuentes llamamientos a donarlos son prueba de que muchas personas se rehúsan a conceder el permiso para que sus órganos sean usados después de su muerte. Y no se trata de gentes envidiosas, egoístas o ignorantes. Para citar una vez más a Le Breton, «se puede ser informado y resueltamente contrario a la donación de órganos».[5] Tal actitud depende de la concepción que se tenga del cuerpo, la cual puede estar profundamente arraigada en las zonas afectivas de la conciencia. Se trata de una cuestión de valores y de conceptos morales. Por lo tanto, no es algo que pueda eliminarse fácilmente con mejor «información» o con «razones» supuestamente de gran peso. Cae fuera de lo que puede modificarse apelando al raciocinio, o por obra y gracia de una persuasiva argumentación

Las sociedades que abogan por mayor disponibilidad de órganos para trasplante hablan negativamente del «culto a la integridad del cuerpo muerto» y otros «mitos» que deben combatirse. Pero no todo mundo comparte la idea occidental del cuerpo como «fábrica» o artilugio. Mientras así sea, la posición más prudente parece ser la que respeta la autonomía de las personas y, en consecuencia, prohíbe la remoción de órganos de las personas fallecidas cuya voluntad al respecto se ignora. Y aquellos cuya visión cultural del cuerpo y de la muerte les impide autorizar la donación de los órganos de sus parientes fallecidos tienen derecho a su opinión sin incitar al desprecio o a la hostilidad de sus congéneres. Siempre y cuando sea posible obtener su aquiescencia, la remoción de órganos y su donación serán perfectamente legítimas.

En cuanto a la comercialización del cuerpo que ha acompañado a la visión contemporánea de la «fábrica», sobra decir que está rodeada de circunstancias sórdidas, y algunas verdaderamente macabras. Hace algunos años se hablaba de que niños de los países en vías de desarrollo eran asesinados para vender sus órganos a pacientes que necesitaban un trasplante. Niños de Bahía, Brasil, eran enviados a Europa, supuestamente para adopción, pero en realidad eran asesinados, y sus riñones, corazones y otros órganos eran vendidos por miles de dólares a enfermos de familias pudientes. La Interpol sospechaba que el mismo infame comercio tenía lugar en México y en Tailandia.[6]

En Hong Kong se compraban riñones de criminales condenados a muerte en Cantón. Una administradora del gobierno chino declaró candorosamente que los trasplantes hechos con los órganos de los ejecutados «no eran contrarios a la ética, porque los criminales habían ejercitado así su última virtud». En las Filipinas, se ofrecía a los prisioneros una reducción del tiempo de su condena, a cambio de ceder un riñón. En la prestigiosa revista médica The Lancet (vol. 350, 2002, pp. 971-973), un médico israelí denunciaba la existencia de un «turismo de trasplantes». Según parece, árabes adinerados tienen a su disposición «paquetes» que incluyen el viaje (a la India, a Iraq –antes de la guerra con los Estados Unidos– y a otros países) y el trasplante, por una suma que iba de entre veinte a treinta mil dólares. Un grupo de médicos en la India había tenido ganancias que excedían los treinta millones de dólares, mientras que a algunos infelices «donadores» de riñón les había tocado apenas la miserable suma de ¡quinientos dólares! por su sacrificio.

Un caso particularmente sonado sucedió en Inglaterra en 1989. Cuatro hombres, nacionales de Turquía, recibieron entre tres y cinco mil dólares cada uno como pago por su riñón. Los recipientes eran hombres ricos a quienes se les hizo el trasplante en el Hospital Humana de Londres. Uno de los «donadores» era un pobre campesino, desesperado por hacerse de algún dinero para alimentar a su familia. Otro, un obrero, necesitaba dinero para pagar una operación de la cadera a su hija. El tercero era un sastre viudo, seriamente endeudado, atrasado en los pagos de la renta de su casa, con amenazas de desahucio inminente por su incapacidad para liquidar la deuda y con la obligación de mantener a dos hijos. El cuarto era un chofer que no encontró otra manera de financiar un tratamiento médico para su padre, un anciano incapacitado.

No cabe duda de que el comercio de órganos dio y sigue dando lugar a nuevas formas de explotación de los destituidos por los poderosos. Cuando se trata de originar nuevas formas de iniquidad, parecería que los seres humanos no conocen límite. Los intermediarios, inmisericordes aprovechados, se llenan los bolsillos de dinero «reclutando» a los pobres seres dispuestos a sacrificar partes de su cuerpo por sumas de dinero que son sólo una fracción de las ganancias del intermediario. El caso mencionado provocó la indignación del público y dio origen a la legislación que prohibió el comercio de órganos en la Gran Bretaña. El médico que practicaba las operaciones fue castigado: se le suspendió su licencia para practicar la medicina y se le borró definitivamente del registro nacional. El canalla que actuó como agente fue con el tiempo aprehendido por las autoridades y sufrió encarcelamiento.

Antes de que se desarrollara la legislación destinada a suprimir esos abusos, hubo en Alemania un individuo, evidentemente un agente «enganchador» o intermediario, que paladinamente anunciaba en los medios ciertas cantidades de dinero a cambio de un riñón. No tenía empacho en diseñar eslóganes publicitarios que podría envidiar un banco o una firma de préstamos: «La mejor y más rápida manera de salir de deudas: done un riñón». Hoy, en cambio, en Alemania es un delito comerciar con órganos, y el mero intento de venderlos es punible con cárcel. Un ciudadano alemán que se anunciaba en internet como vendedor de su propio riñón por sesenta mil euros, fue aprehendido por las autoridades y encarcelado por seis meses. La ley que en los Estados Unidos castiga este delito (National Organ Transplant Act) estipula hasta cinco años de prisión y multa de cincuenta mil dólares a los transgresores.

Desgraciadamente, el número de personas que necesitan un trasplante sigue siendo mucho mayor que el número de donaciones de órganos. Esto explica la persistencia de infracciones a la ley, pues siempre habrá poderosos y prepotentes dispuestos a pagar por el órgano que necesitan para mantenerse en vida, y miserables orillados por la necesidad a ceder partes de su cuerpo por dinero. La ley de muchos países prohíbe terminantemente el comercio de órganos; tanto la venta como la compra son punibles en muchas legislaciones. Pero, a pesar de las comisiones encargadas de vigilar la equidad del procedimiento, muchas veces, al concluir una operación de trasplante, queda la sospecha de que importantes sumas de dinero cambiaron de manos en la sombra, a espaldas del hospital o de las autoridades correspondientes.

La comercialización del cuerpo no se restringe a los trasplantes de órganos. La «fábrica» es un mecanismo extraordinariamente complejo: sus partes son múltiples y variadas –otra vez la imagen de las ruedecillas, circuitos, resortes y engranajes del mecanismo de relojería– y cada una puede explotarse comercialmente.

No hay parte del cuerpo que no se haya comercializado en alguna forma. ¿Los huesos? Desde la «propina» que –en tiempos más inocentes– los estudiantes de medicina dábamos a los encargados de vigilar los cementerios para que nos permitieran recoger restos de esqueletos humanos exhumados por trabajos de renovación en tumbas largo tiempo abandonadas, hasta los modernos métodos de abastecimiento de dichos objetos, hay una línea ininterrumpida de compraventa osteológica. Con todo el saber y la eficiencia que caracterizan a las naciones industrialmente desarrolladas, numerosas compañías venden esqueletos completos o parciales. Sus bellos catálogos ilustran huesos de todos tipos y especies animales, aislados o articulados, intactos o deformados. Una compañía estadounidense que se anuncia en la internet, Skulls Unlimited,[7] vende cráneos humanos por cantidades que varían de tres a ochocientos dólares según su estado de preservación, número de dientes, etc. Su catálogo incluye cráneos de niños, huesos con heridas de bala o de machete (para estudiantes de ciencias forenses). Algunos son réplicas de plástico (pero, se informa al cliente, todas moldeadas sobre especímenes auténticos) y otros reales; el precio varía según sea el caso.

En muchos servicios de obstetricia, la placenta se descarta después del parto. Pero este órgano, que comúnmente se tira a la basura sin el menor empacho, es objeto de lucro para algunos individuos que han establecido conexiones con la industria de cosméticos. Extractos de placenta se usan en cremas, lociones y ungüentos, por sus supuestos poderes rejuvenecedores. Es obvio que alguien obtiene ganancias de un órgano cuyos «dueños», la madre y el recién nacido, ignoran hasta su existencia.

Conocido es el caso de glándulas internas, como la hipófisis, que en un tiempo se comercializaron extensamente. Era común, al terminar una autopsia, que los disectores apartaran la glándula hipófisis, cuya estructura, salvo en casos de enfermedad endocrina, no aporta información de importancia en la mayor parte de los casos. Un mensajero de una compañía de la industria farmacéutica pasaba después a recoger este pequeño órgano. De las glándulas hipófisis recolectadas en muchos hospitales se extraía la hormona del crecimiento, que se vendía al público. El proceso hubo de suspenderse cuando se hizo evidente que algunos pacientes a quienes se había inyectado la hormona desarrollaron la terrible enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, caracterizada por degeneración cerebral con demencia absoluta e irreversible. Adquirieron la enfermedad por transmisión del agente causal contenido en las hipófisis procedentes de autopsias de sujetos enfermos.

Lo mismo sucedió con el tejido de duramadre (la meninge más externa) que la compañía farmacéutica alemana Braun comercializó para restaurar lesiones intracraneanas, con el nombre de marca de Lyodura. Cuarenta y tres pacientes fueron contagiados de enfermedad de Creutzfeldt-Jakob antes de que se suspendiera la venta de Lyodura. En Inglaterra, hubo mujeres que contrajeron la misma enfermedad por habérseles tratado con hormonas provenientes de hipófisis humanas para estimular la ovulación.

Todo en el cuerpo es objeto de comercialización. En congruencia con el mundo de las finanzas, hay bancos de sangre y de esperma.

Pero no sólo los órganos, los tejidos y las secreciones, sino todo, absolutamente todo: el pelo (de cuya raíz puede extraerse ADN, el cual puede amplificarse mediante la tecnología actual, hasta obtener cantidades suficientes para los efectos de las empresas comerciales) y aun el sudor (una compañía inglesa trata de obtener feromonas que luego vende en toallitas humedecidas, supuestamente para aumentar la atracción sexual de los usuarios) son actualmente objeto de ganancia económica de alguien, aunque habitualmente no del sujeto de quien provienen los materiales explotados.

Baste lo expuesto hasta aquí para demostrar que la idea contemporánea de la fábrica del cuerpo se ha teñido de comercialismo. Si el cuerpo es máquina, parece decírsenos, es por lo menos una máquina compleja, cuyas innumerables partes tienen valor comercial. La tecnología moderna no cesa de demostrar la multiforme utilidad de cada una de esas partes, y su valor monetario correlativamente se amplifica y diversifica. El cuerpo es un bazar, una tienda de variadísimas mercancías, como algunos estudiosos han dicho.[8]

Pero, ¿es el cuerpo realmente una máquina? Una máquina no siente dolor ni placer. El símil de la máquina es muy peligroso. Se corre el riesgo de identificar no sólo el cuerpo, sino el hombre todo, con un mecanismo. A fuerza de insistir en la metáfora de la «fábrica» corporal, tendemos a creer que nuestro porvenir todo se cifra en tal metáfora. Una máquina no envejece. Si sus partes se oxidan o se gastan, pueden reemplazarse por otras nuevas, y la máquina permanece como si tal cosa. La máquina es inmortal; el cuerpo, por mucho que soñemos en un futuro de partes sustituibles y juventud perenne, debe morir. La mortalidad es el precio que paga la fábrica por su maravillosa, estupenda complejidad.

La metáfora de la máquina, la «fábrica», ha sido muy útil conceptualmente. Pero no hay que olvidar que es sólo una metáfora. Y los médicos no deben jamás olvidar que el cuerpo es la sede de la identidad del ser humano y que el ser humano no puede reducirse al cuerpo. Atrás del cuerpo, o por encima de él, está la historia de cada individuo: su imaginación, sus valores, sus angustias y sus gozos. El médico no puede hacer abstracción de todo eso y ver exclusivamente lo que cree ser máquina. Disociar al cuerpo de todos sus elementos simbólicos sería tanto como ocuparse no de un ser humano, sino de un miembro de una especie diferente. El médico que así actúe, tarde o temprano recibirá el sobrio recordatorio de que la condición humana, en todo su peso y densidad, está detrás de la máquina, y actúa como obstáculo a su terapéutica.

 

 

NOTAS

[1] David Le Breton, La Chair à Vif. Usages médicaux et mondains du corps humain, París, Métailié, 1993.

[2] Judit Nagy, «A note on the early history of renal transplantation.  Emerich (Imre) Ullmann», American Journal of Nephrology, vol. 19, 1999, pp. 346-349.

[3] Denis Kalette, «Boy going home after six-organ transplant», Washington Post, 2 de septiembre de 2005.

[4] Para la concepción japonesa del cuerpo post mortem y su relevancia con respecto a la donación de órganos, véase E. Feldman, «Medical ethics, “the Japanese way”», Hastings Center Report, número 15, 1985.

[5] David Le Breton, La Chair à Vif.

[6] El periódico australiano Sydney Morning Herald, en su número del 26 de septiembre de 1990, tenía el encabezado: «Adopted Children Killed for Transplants, Police Claims». Aludía a un artículo publicado en la revista The Guardian, de Inglaterra. Véase también O. Bowcott, «World Scramble for Kidneys Exploits Poor», The Guardian, 5 de abril de 1990.

[7] Véase http://www.skullsunlimited.com

[8] El comercialismo que se ha abatido sobre la carne humana fue magistralmente expuesto en un libro al mismo tiempo interesantísimo y perturbador, escrito por dos prominentes intelectuales estadounidenses, Lori Andrews y Dorothy Nelkin: Body Bazaar. The Market for Human Tissue in the Biotechnology Age, Nueva York, Crown Publishers, 2001.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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