Enredaderas

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Marco Antonio Toriz

 

 

12 de septiembre

La primera carta que recibí de Elisa tiene fecha de hace dos semanas y está guardada en mi cajón, junto al resto. Leí la última en cuanto la encontré frente a la puerta, hoy mismo. Parece que el papel amarillento se hubiera remojado y puesto al sol. No me extraña: Elisa suele escribir, con letra apresurada e irregular, en hojas maltratadas que despiden un hedor acuoso. Aún no logro asimilar la melancolía que me provocó, incluso tuve que leerla varias veces. Intuyo que en sus palabras, más que un grito de auxilio, se esconde un cortejo frío dirigido a mi persona. Quiere que la rescate de su marido, el que fue mi mejor amigo. No quiero hablar del tema, pues todavía me incomoda.

 

16 de septiembre

Hoy recibí otra carta de Elisa. No sé si la humedad que la impregna procede de sus lágrimas o si en verdad, como he pensado estas últimas semanas, escribe en un papel viejo y olvidado, tal vez el único que tiene a la mano.

Según parece, por lo poco que he logrado descubrir con la lectura de sus cartas, su marido no la deja salir. Todo indica que lleva una vida prisionera en esa vieja casa donde viven. Tal vez eso explique el papel. Es sólo otra teoría, por supuesto.

 

23 de septiembre

Es obvia mi impresión ante estas entregas: no había tenido noticia alguna de Elisa o de su esposo desde hace años y el hecho de recibir la primera carta me desazonó tanto, que no sé cómo manejar la situación. Pensé que sería la única. Ahora, volver del trabajo y encontrar una nueva carta frente a la puerta se ha vuelto uno de los momentos favoritos de mis días de oficina. Creo que no quiero responder por miedo a que Elisa deje de escribirme.

No quisiera hablar mal de ella, pues ha sido mi amor imposible desde los lejanos años universitarios, ni de su marido Braulio, que se me adelantó para declarársele y dio pie a una relación que no ha terminado. Me duele recordar los pavoneos de quien creía mi amigo andando por los pasillos de la mano de Elisa, pero es inevitable pensar en ello ahora, con las cartas. Creo, lo dije ya, que existe un coqueteo implícito en su forma de escribir, pero tal vez sean sólo figuraciones mías. Yo qué sé.

 

24 de septiembre

Hoy no fui al trabajo. Me levanté y me arreglé como siempre, pero a última hora llamé a la oficina y dije que no llegaría por un asunto urgentísimo. Me quedé en la sala, mirando fijamente mi imagen reflejada en la pantalla del televisor en off. Después de un rato me levanté y del cajón del buró extraje la ristra de cartas. Releí con detenimiento cada una. El flirteo me parecía más claro y el tono de confianza me revelaba a una Elisa que nunca tuve la oportunidad de conocer, ésa que por un momento se fijaba en mí y me ofrecía la oportunidad de entrar en su vida. También noté, y esta vez no fueron sólo elucubraciones mías, que, conforme avanzaba con la lectura de las cartas, incrementaba la intensidad de las sensaciones: el tedio se convertía en miedo y la seducción en un grito desesperado por nuevas experiencias. Me sentí profundamente contrariado.

 

1 de octubre

Compré una pistola importada. La compré de uso: barata, pero funcional. Es algo pesada. El tipo que me la vendió dijo que era la mejor de su tipo. Lo que no me confesó fue a cuántas personas había liquidado usándola. El número de serie está limado, no pueden rastrearla, dijo para darme más seguridad. No sé si creerle. También compré algunas balas extra, aparte de las siete que le caben en el cargador, y, ya entrado en mi papel de pistolero-salvador, una funda sobaquera que me queda perfecta. Fue como vivir una escena de Taxi Driver. La razón de mi inusual compra es que la carta de Elisa que recibí anoche contenía sólo dos cosas: la palabra Auxilio, en letras grandes, y lo que parecía una cita: Tauro #5, 8:00 pm. Venía, además de la carta, una hoja triangular de hiedra. Pienso ir esta noche para saber qué ocurre y, de ser necesario, rescatarla. El arma es para fines meramente defensivos. Porque conozco a Braulio –un hombre grande, emocionalmente inestable y de fuerza superior a la mía– prefiero llevarla para no correr riesgos frente a él. Espero no tener que usarla.

 

2 de octubre

Ahora que la miro dormitar en mi recámara, me cuesta creer lo que ocurrió en su casa anoche. Para empezar, no estaba seguro de asistir a la extraña cita que ella misma concretó, pero me seducía la idea de «rescatarla» y me mataba la curiosidad de saber qué le ocurría. Quería saber la razón de su tono alarmante y por qué me pedía ayuda. Me preparé y salí de casa cuando apenas empezaba a anochecer. Aun teniendo el arma colgando de mi axila, me sentía inseguro. A veces el miedo paraliza y tener a la mano un arma, cualquiera que sea, se vuelve inútil, pues no se sabe qué hacer con ella. Ni siquiera en el trayecto, mientras pensaba en la vieja imagen que tenía de Elisa, en sus ojos verdes y en su piel clara, pude tranquilizarme.

Cuando estuve frente al portón dudé en llamar. Era un zaguán ancho y oxidado, oculto por una capa espesa hojas de hiedra que pululaban desde el techo hasta el suelo del inmueble. Tardé varios minutos en tocar el timbre. Pensaba en lo que estaba haciendo. ¿Y si era un error? Temía que no fuera Elisa quien abriera la puerta, sino Braulio. La cosa, entonces sí, se iba a poner fea: no tenía una excusa para aparecerme por allí. No quería revelar que su mujer me escribía desde hace tiempo. Esperaba que Elisa hubiera previsto que Braulio no estaría en casa. Presioné el botón del timbre y esperé pacientemente mientras jugaba con las hojas triangulares que caían sobre el zaguán. Sentí el sudor resbalando por mi espalda y la humedad en mis manos intensificándose mientras los pasos al otro lado de la puerta se hacían más audibles.

La puerta se abrió y escupió un pesado efluvio de humedad. Surgió un rostro conocido que me arrastró hacia adentro de la casa y cerró la puerta a mis espaldas. De pronto me vi en un pequeño patio frío y oscuro. El único foco daba una luz glauca, opacado por la larga mata de enredaderas que se expandía por el lugar, adentrándose, incluso, por las ventanas de la casa. Me sentí aún más temeroso, intimidado por la espesura del ambiente. Las plantas parecían exudar, palpitaban como estuvieran respirando con dificultad. Durante el breve lapso en que mis ojos se adecuaron a la poca luz, creí ver entre las ramas de la planta a una rata moribunda que luchaba por zafarse de aquella gran maraña humedecida.

Elisa vestía una bata verde y de su cabello escurrían pequeñas gotas de agua, tal vez de sudor. Parecía recién salida de la ducha. Me miró directamente a los ojos y me sentí de vuelta en la universidad, cuando la vi por primera vez. No había cambiado mucho, seguía siendo bellísima. Me asió de la mano y, como si huyéramos, me internó en la casa. Era una sala pequeña. Frente a la puerta se alargaba un estrecho pasillo que conducía a una habitación cerrada. Elisa hizo que me sentara en un sillón raído y ahí aguardé, tratando de ocultar la funda que colgaba de mi axila, hasta que ella salió de la cocina cargando dos tazas de café caliente.

Cuando la tuve frente a mí, pude verla con detenimiento: su piel tenía un ligero tono verde, que por la luz escasa del patio no había notado. Tomó asiento a mi lado, dio un sorbo a su taza de café y alargó el momento hasta que fue inevitable romper el silencio. ¿Cómo has estado?, le pregunté con torpeza. Ella, mirándome, respondió con un «bien» tan intranquilo como la situación lo ameritaba. Recibí tus cartas, le dije, obviando la razón por la cual estaba allí. El ambiente me pesaba en los hombros y me hundía lentamente en el sillón, pero Elisa parecía no darse cuenta de mi incomodidad. ¿Qué pasa?, pregunté. No pasa nada, respondió, es sólo que últimamente me he sentido sola y tú eres la única persona a la que pude acudir; estaba desesperada, Germán. Su voz sonaba con un tono tan pasmado y seductor, que pude predecir su siguiente movimiento. Su rostro se acercó con lentitud hacia el mío y mis labios se dejaron envolver por los suyos, húmedos como el beso mismo. Al principio me sentía contrariado, pero me dejé llevar. Siempre te deseé, Germán, dijo después de besarme, pero nunca me atreví a decirlo, aunque sé bien que tú nunca me quisiste como yo a ti. Cuando Braulio me ofreció su amor no pude más que aceptarlo esperando que tú hicieras algo para evitarlo, pero no fue así. No presté atención a sus palabras y, con la fuerza de los años perdidos, me dejé llevar. La funda sobaquera comenzaba a presionarme las costillas y, en un alarde de maestría sexual, entonces desconocida para mí, logré extraerla de su sitio, mientras con la otra mano acariciaba los pechos de Elisa. Ella, a su vez, presionaba mi erección con fuerza. Pude sentir sus manos frías juguetear con el vello de mi estómago. Poco a poco, ella me ayudó a desabotonarle la bata verde que se ceñía sobre su cuerpo. Iba ya en el tercer botón cuando me levanté para llevar su juego a otros límites. ¿Qué me estaba pasando? Me sentía idiota, utilizado. Pero a pesar de ello no podía zafarme de aquellas manos que alargaban el momento. Miré el escote apenas naciente y sus pechos se me antojaron tan jóvenes, que por un momento creí que dejaría de lado toda restricción, que me abalanzaría sobre ella, ayudándole a quitarse aquella bata que ahora se antojaba innecesaria.

De súbito me vi atrapado en un frenético cortejo de caricias, recorriendo su cuerpo, jugueteando con sus pezones, mordiendo sus labios. Me estaba transformando en otro que degustaba el cuerpo de una Elisa libertaria que apresaba mi erección entre sus manos siempre frías.

La levanté y la desvestí. Sin embargo, el miedo a la aparición de Braulio –aún latente, pero en segundo plano– me hizo pensar en una retirada o en un plan de contingencia. Empujé a Elisa hacia el pasillo, tratando de llevarla a la recámara, pero ella se detuvo de golpe, tomó la bata y se vistió como si no hubiera ocurrido nada.

Estaba a punto de preguntar por qué lo hacía cuando un ruido proveniente de la alcoba me sobresaltó. Era un leve crujido seco, de hojarasca bajo la suela. Elisa, dije, ¿qué fue ese ruido? No respondió: se limitó a arreglarse el cabello para borrar las huellas de mi tacto.

Me encaminé hacia el pasillo mientras ella seguía mis pasos. Ya no me miraba. La Elisa que yo conocía había vuelto a la normalidad. Volvía a ser una mujer tranquila y hasta sumisa. Caminaba con la mirada puesta en el picaporte de la puerta y hablaba en voz muy baja. Entre el cúmulo de sus palabras, rescaté una súplica incesante para que no me acercara al cuarto. Son inestables, dijo. Están hambrientas. Escuché también leves sollozos, como si estuviera reprimiendo el llanto. Yo me sentía cada vez más pesado y los nervios me impedían caminar con soltura, en parte porque no quería andar hacia aquel cuarto. No, dijo Elisa, no abras esa puerta. ¡Vámonos, Germán!, imploró, ¡vámonos de aquí!, a empezar desde cero. De sus ojos brotaron algunas lágrimas que su piel absorbió de inmediato. No podemos, Elisa, dije tajante –más asustado que seguro–, Braulio nos perseguirá y me hará pagarlo caro. ¡No!, gritó y me atrajo hacia su cuerpo frío, te pedí ayuda porque tú eres alguien bueno. Tú no me dañarías como Braulio. No sabes lo que es vivir en el encierro, no sabes qué es vivir sin alguien que te escuche… Si abres esa puerta, es probable que te mate. ¿Quién me va a matar?, pensé. ¿Está Braulio en casa, Elisa? Y al hacer la pregunta me extrañó no tener la culata del arma entre mis dedos. Sentí que el miedo se transmutaba en una especie de coraje. Ella no respondió. Di vuelta y avancé hasta estar frente a la puerta. La abrí de golpe y deseé tener el arma empuñada frente a mí, pero estaba en el sillón. Ahora debía atenerme a cualquier cosa que estuviera detrás de esa puerta.

Me sentí golpeado por la imagen que estaba ahí dentro: Braulio en medio de una maraña de enredaderas que pendían del techo como una espesa telaraña. El cuerpo, con un tono azulado, apenas comenzaba a descomponerse. La peste era insoportable. Lo arropaban las mismas hojas triangulares de la entrada. Había palidecido por la asfixia y las ramas, que aparentaban tener vida, parecían alimentarse del cadáver. Tuve que contenerme para no vomitar.

Sólo quería tenerlo conmigo, dijo Elisa a mis espaldas, no quería quedarme sola. Continuaba llorando, pero las lágrimas no caían: su piel sedienta las absorbía todas.

Cerré la puerta. No podía seguir viendo aquella escena. Él ya no me amaba, dijo, era distinto conmigo. Las plantas son demasiado inestables. Ellas sabían el daño que me hacía y cobraron su propia venganza. No pude hacer nada para ayudarlo.

No supe qué decirle. ¿Era yo, acaso, su plan de reserva? Por un momento me pasó por la cabeza empujarla y huir lo más pronto posible del lugar, pero me sedujo su aroma dulce, que se sobreponía al hedor del cuerpo descompuesto. Sólo importábamos nosotros. La abracé con tanta fuerza, que sentí que algo en su cuerpo se quebraba. Nada me iba a apartar de ella: ni el cadáver, ni los días pasados, ni mi trabajo monótono. No me detuve a pensar en el quejido de Elisa cuando su brazo seco cayó sobre la alfombra. Tampoco en el muñón del que luego creció un nuevo brazo, con una piel más verde y húmeda, que se enredó sobre mi espalda para que nunca me apartara de ella.

 

 

 

 

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Marco Antonio Toriz Sosa (Estado de México, 1996) es narrador y poeta. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el séptimo Curso de Creación Literaria 2015, así como del Festival Interfaz «Los signos en rotación» 2016 en Acapulco. Cuentos y poemas suyos se han publicado en Osario, Primera Página, Círculo de Poesía, Palabrerías y Punto de Partida.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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