El número trece

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Emilio Ramón

 

Le sudaban las manos y no podía dejar de mover los pies mientras esperaba. Tapia necesitaba ese trabajo, lo necesitaba con urgencia y sabía muy bien la desventaja que tenía ante los otros postulantes. Por eso se había hecho asesorar por su amigo González. González tenía respuesta para todo, y esta vez le había dicho que lo mejor para la tartamudez era una buena raya de cocaína. Tapia no tenía motivos para no creerle, así que, apenas llegó a la oficina, se fue al baño y se metió a un cubículo, armó la raya sobre la taza del wáter y la aspiró. Ahora estaba ahí, en el pasillo, al lado de otros postulantes, todos serios, todos bien afeitados, todos con trajes más caros que el suyo, todos seguros de sí mismos, mientras que él no podía dejar de mover los pies ni impedir que le sudaran las manos. Lo peor era que no estaba seguro de que su tartamudez hubiera desaparecido, así que tomó el ascensor, bajó al primer piso y salió a la calle. Por un momento pensó en salir corriendo, pero ¡cómo necesitaba ese trabajo!, así que se mentalizó y se quedó. Prendió un cigarro y comenzó a ensayar en voz alta:

«e-e-estoy aquí po-po-porque quiero apor-por-tar con mis ide-de-de-de-deas a esta empres-s-s-a».

No está funcionando, pensó, así que volvió a entrar, tomó el ascensor, subió al baño, se metió en el cubículo y preparó la otra mitad de la papelina sobre el wáter. Esta vez la sintió golpeándole los sesos, expandiéndose por su sangre. Volvió al pasillo. Él tenía el número trece y recién había entrado el cinco y, tic tac, tic tac, los minutos parecían horas, el corazón le latía muy rápido y sentía la fuerza con la que apretaba las mandíbulas. Decidió bajar nuevamente y volver a intentarlo:

«e-e-e-e-esto-to-to-toy aquí po-po-po-por-porque quie-quiero…»

Nah, esto no va a resultar, pensó. Tomó su teléfono, buscó en sus contactos y marcó «González». Una voz adormilada respondió desde el otro lado.

—Hi-hi-hijo de p-p-puta, no se me qui-quita lo tarta-ta-m-mudo.

—¿Hiciste lo que te dije?

—Claro q-q-que s-sí.

—Entonces lo tuyo es psicológico.

—¿Psico-l-l-lógico? ¡Nece-s-sito este trab-b-bajo!

—Tienes que relajarte, hombre. Mira, ¿hay algún bar por ahí cerca?

Tapia miró alrededor. Efectivamente, había un bar cruzando la calle.

—S-s-sí.

—Pues ve allí y pide un whisky en las rocas. No hay nada mejor para calmar los nervios que un buen whisky en las rocas.

Y cortó. Tapia lo maldijo con el pensamiento, lo puteó con el pensamiento, pero igual cruzó la calle y entró al bar. En la oficina entraba el número seis…

…y en el bar, Tapia se sentaba en la barra y pedía un whisky en las rocas. El barman miró su reloj, miró la cara de Tapia y luego le preparó el trago. Tapia quiso decir algo así como qué tanto miras la hora, mamarracho, limítate a servir ese vaso y cerrar el hocico, no tienes idea de con quién estás tratando, pero prefirió no abrir la boca, pues tenía claro que lo que saldría no se parecería en nada a lo que estaba pensando.

A través de los ventanales de vidrio veía a la gente pasar casi corriendo rumbo a sus oficinas, fríos y autómatas como cohetes teledirigidos. En la televisión los conductores del matinal daban consejos para eliminar los granos de la cara. Tapia se tomó rápido el vaso, sin dejar de mover los pies. El corazón no menguaba, no menguaba, y comenzó a sudarle la espalda, a mojar la camisa blanca. En una de las mesas una mujer joven y guapa, con lentes oscuros y una polera del Goo de Sonic Youth, tomaba un jugo y comía una ensalada. Tapia se imaginó sentado junto a ella, rodeándola con el brazo, hablándole de aquella vez que se encontró con la Kim y el Thurston en el persa del Biobío; cuando ella levantó la vista, sin embargo, Tapia no fue capaz siquiera de sostenerle la mirada.

Pidió otro whisky, decidido a responder algo si el barman hacía alguna objeción por el horario, después de todo las once de la mañana es una hora aceptable, sobre todo considerando las circunstancias. Pero no hubo objeción. Comenzó a bajar el vaso mientras repasaba mentalmente el discursito que daría frente a los jefes:

Mi principal defecto es ser demasiado perfeccionista, usted sabe, no dejo detalle al azar; cuando trabajo para una empresa me pongo la camiseta y quiero que todo funcione bien, porque más que mi lugar de trabajo es mi hogar.

Se felicitó a sí mismo por su elocuencia, pagó la cuenta y salió a la calle. El efecto de la cocaína comenzaba a bajar, a la vez que subía el alcohol, y sintió la necesidad de conseguir un poco más. Prendió un cigarro y caminó hacia el edificio, intentando olvidarse de la coca. Entró, se metió al ascensor y volvió a sentarse al lado de los otros monigotes a esperar su turno. Iban en el número siete, lo cual hizo que Tapia pensara que tenía tiempo suficiente para sacar su teléfono, buscar en el directorio la palabra MORENO y marcar, mientras bajaba las escaleras, nuevamente rumbo a la calle.

—¿Aló?

—Aló, M-M-Moreno.

—Qué tal, Tapia, qué hay de nuevo.

—N-neces-s-s-sito un poc-c-c-o ahora mis-s-mo.

—Estoy en el departamento, date una vuelta por aquí.

Tapia miró el reloj, miró el edificio, sacó la cuenta y decidió que alcanzaba a ir donde Moreno y volver. Paró un taxi. Las calles de Providencia estaban extrañamente expeditas, así que no tardó mucho en llegar. Moreno lo hizo pasar, le ofreció asiento, le vendió. Tapia preparó una línea sobre la mesa de centro y la aspiró. Cruzó un par de palabras de cortesía (léase palabras entrecortadas) y salió disparado a conseguir un taxi rumbo al edificio, mientras se repetía:

«necesito este trabajo, necesito este trabajo…»

Cuando volvió, acababan de llamar al número doce. Ya sólo faltaba él. Fue al baño, se mojó la cara mientras se decía, «da-da-dales duro, Ta-Ta-pia, el trabajo es tu-tuyo». El corazón cada vez le latía más rápido y fuerte y sudaba a chorros. Se sentó, se levantó, no podía mantenerse quieto, volvió a sentarse, se mordía las uñas, volvió a pararse, bajó las escaleras, salió a la calle, cruzó y se metió al bar, pidió un whisky en las rocas y dio un trago largo mientras pensaba en la forma más adecuada de buscarle pleito al mesero.

Cuando llamaron al número trece nadie contestó.

 

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Emilio Ramón nace en Santiago (1984). Tiene estudios en lengua castellana y un magíster en literatura latinoamericana. Ha publicado en diversas antologías. También publicó la novela Labios Ardientes (La Polla Literaria, 2014; Santiago-Ander, 2016) y el libro de cuentos Relatos de Alcantarilla (La Polla Literaria, 2015).

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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