Dormir con los peces

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He aquí la segunda de cuatro entregas con cuentos acerca del Norte mexicano. Se eligieron a cuatro narradores contemporáneos –mujeres y hombres, norteños y no– de diferentes décadas, para que sea esta una mirada panorámica, general, a lo que se escribe hoy sobre el vasto imaginario en esta zona de México. El segundo invitado es Carlos Fonseca, narrador de los ochenta nacido en la Ciudad de México, quien escribió este cuento redondo ambientado en Baja California, con personajes anónimos y teñido por la sombra de una violencia nada sensacionalista, que narra al mismo tiempo dos historias sobre el mundo del buceo.

 

 

Carlos Fonseca

 

La camioneta se detuvo a veinte metros. No la oyeron acercarse: tenían las ventanillas del carro arriba, el Ford como una pecera llena de humo de mota y reguetón.

—¡Wacha, bato! Llegó alguien –exclamó ella al darse cuenta de la presencia del vehículo.

Era una Tacoma color plomo. Tenía placas de California, igual que el Ford de ellos, igual que la mayoría de los carros que circulaban entre Ensenada y Tijuana, en ese triángulo al norte de la Baja mexicana delimitado por la línea, por el mar y por el desierto.

—¡A la bestia! No nos vayan a apañar aquí vociferó él.

Tenían veinte y pocos años. Se habían conocido en la escuela técnica de turismo y habían entrado a trabajar al mismo hotel en Rosarito tras graduarse. Él, a veces, les conseguía marihuana a los huéspedes. Ella, también a veces, les conseguía baratijas como las que se vendían en las tiendas del downtown.

—Son gringos dijo ella.

De la Tacoma habían bajado dos tipos altos, robustos, con el cabello a rape. Se quedaron mirando hacia el Ford unos momentos, como preguntándose si habría sido una buena idea estacionarse ahí, tan cerca de ese otro carro, estando la playa tan larga y tan desierta.

—¿Traen fuscas? preguntó él.

Ella era mayor por once meses. Se decían uno al otro que querían casarse y viajar juntos, pero no tenían dinero para hacerlo. Habían nacido tarde para que se les ocurriera cruzar la línea y, de este lado, eran pocos los jales en los que se ganaba feria de verdad. Pocos y peligrosos.

Mientras les cambiaba la suerte, se contentaban con sacar de cuando en cuando el carro chueco que el padre de él había cruzado algunos años atrás, aparcaban en la playa y pisteaban hasta que el sol se hundía en el océano.

Ese día habían conducido más allá de Maneadero, hacia una playa a una hora de terracería desde la transpeninsular, al norte de la bocana de Santo Tomás. Una hilera de morros y farallones frente a la orilla domaba el furor del Pacífico. Las olas rompían con estruendo en la barrera de rocas y el agua llegaba a la playa ya amansada, apenas levantando un tímido revuelo de espuma. El intenso azul marino de algunas zonas sugería que se trataba de aguas profundas.

—Son buzos señaló ella.

Los dos hombres parecían haber decidido que el Ford a veinte metros no representaba ningún riesgo y habían empezado a descargar el equipo de buceo de la camioneta.

—¿Serán de ciencias marinas? –preguntó él.

Desde el Ford, los dos miraban con interés los preparativos de la inmersión.

Los buzos se enfundaron con paciencia en el neopreno, como si se pusieran una segunda piel. El color acero de los tanques de aire esperando en la arena destellaba con la luz de la tarde.

—Yo supe de un buzo, un bato de ciencias marinas, que de un día para otro se cuajó en dinero y después desapareció. ¿Te cuento la historia? –dijo ella con entusiasmo.

—¡Arre, lulú! exclamó él.

La muchacha bajó el volumen del estéreo, puso cara de circunstancia. Eso le gustaba: contar historias.

—Este bato vivía en la Nueva Ensenada, por la Soriana que está sobre la Reforma, ya sabes cuál. Rentaba un departamento con otro estudiante de la ubecé; los dos iban en oceanografía. De muebles solo tenían las camas, unas sillas de plástico de la Modelo y un freezer viejo, que siempre estaba enchufado aunque lo tuvieran vacío. Había un gato que nomás se metía a la casa a miarse por todas partes, a veces le compraban croquetas.

—Eso se oye como la casa de tu primo… ¿cómo se llama el morro, el que trabaja de mesero en la primera? –interrumpió él.

—No, es otra casa –aclaró ella–. Tenían trajes y mucho equipo de buceo en los cuartos: tanques, mangueras, aletas, tablas de surf en el living. Todo curtido de sal. La casa olía como a mar.

Los buzos gringos habían terminado de prepararse y echaron a caminar despacio hacia el agua. Con el equipo a cuestas dejaban de ser hombres ordinarios; pertenecían ahora a otra especie, a la raza de las profundidades, torpe e indefensa en la superficie. Se sumergieron paso a paso, como si fueran midiendo cada centímetro del regreso a su hábitat acuático.

Cuando dejaron de ser visibles, los dos jóvenes bajaron del Ford y se acercaron a la Tacoma.

—Antes, en las escuelas les ponían a los plebitos videos de la televisión educativa. A este bato los videos del buzo Custó lo volvieron loco; desde plebito empezó con que quería las clases de natación y las de buceo. Los jefes tenían algo de billullo y le dieron el gusto. Santa Clos le traía sus tanquecitos de bucito, así morritos como él. Pero luego creció y quiso estudiar oceanografía, y para eso sí ya no les alcanzó, porque esa carrera cuesta un ojo de la cara, así que el bato tuvo que conseguirse un jale en una granja atunera.

—¡Achis, achis! ¿Hay granjas de atún, el de las latas? –preguntó él.

—Granjas de atún premium, para ricos, atunes engordados como reses y cochinos. Las granjas están en el mismo mar, imagínate un pedazo de agua rodeada por una gran malla, como si fuera la cerca de un rancho. Los buzos tienen que pastorear a los atunes, cuidar que la malla no se rompa y que no se vayan a meter los lobos marinos.

—Está chila la troca –opinó él, mirando con interés el exterior de la Tacoma.

—Cincho. Doble cabina. Twenty grand dollars, de menos –agregó ella.

Probaron la cerradura de la portezuela del conductor: estaba cerrada. Las cuatro puertas estaban cerradas. Revisaron sobre las llantas, dentro de las salpicaderas. Él le dio una vuelta al vehículo, preguntándose dónde guardaría las llaves si fuera un buzo.

—Esos atunes son lo más fregón del mundo –siguió contando ella–. Puro gurmet. Viven felices en el agua: trague y trague sardinitas, sin preocuparse por otros peces más grandes. Pero todo se acaba y tarde o temprano les llega su hora. Y ese es el trabajo más importante de los buzos de las granjas.

—Imagínate que se te caen las llaves de la troca en el fondo del mar. Qué friega –murmuró él, pateando la arena alrededor de la Tacoma.

—No pueden arponear a los atunes porque pierden su control de calidad. Los buzos tienen que atraparlos con sus propios brazos. Le dicen al buzo: le toca a ese, y entonces tiene que bajarse al agua y darse en la madre con un pez de cien kilos o más, tan largo como una persona.

—¿El buzo lo mata? ¿Tú cómo sabes tanto de esas granjas?

—Me lo contó un bato de la cocina. El buzo tiene que abrazar al atún; en ese momento se vuelve como un pez, un depredador del océano. Ya cuando lo tiene dominado, debe llevarlo cerca del barco, y ya de ahí lo suben. No lo mata, pero como si lo hiciera: lo lleva en brazos hasta la muerte.

—Qué curado: buzos que abrazan peces.

—Este bato que te estoy contando tenía el jale en una granja por el rumbo de Cabo Banda, hacia Todos Santos. Hay varias granjas por ahí. Lo conectaron de la misma uni y, luego de un año, ya todos lo conocían como el buzo más chingón. Era la mera riata.

—¿El bato se hizo rico con el bisne de los atunes?

—No… ¿Qué andarán buscando estos pinches gringos? –preguntó ella, pegando la cara a la ventanilla del copiloto, para mirar el interior de la Tacoma.

—Sepa, morra. Pero como que no creo que sean de la ubecé. Chance ni siquiera viven de este lado.

Echaron un último vistazo bajo la camioneta. Al no encontrar nada, él hizo una mueca de decepción y empezó a caminar de regreso hacia el Ford. Ella dio un puntapié a una de las llantas. La alarma lanzó un pitido preventivo.

El viento arreciaba. Las nubes se acumulaban sobre la línea del horizonte. Iba a ser una puesta de sol gris, sin ningún chiste.

—Para ya no hacerte el cuento más largo, a este bato lo conocía todo el mundo en la uni y en las granjas atuneras como el very best. The Number One. Y por eso lo fueron a buscar a él. Un día se apareció por su cantón una troca; de la troca bajaron unos compas, estos compas tocaron a la puerta y, sentados en las sillas de plástico de la Modelo, le dijeron: ocupamos un buzo, compa, y ocupamos al mejor.

Él abrió la cajuela del Ford y sacó un tubo de acero, largo como un bate de beisbol.

—Fierro –exclamó.

—Fierro –repitió ella.

Regresaron despacio hacia la Tacoma. Brillaba menos que un rato antes; la luz opaca de la tarde nublada le restaba atractivo. Ahora parecía polvosa, sucia de sal.

Él se paró junto a la puerta del conductor, en posición de bateo. Tomó aire, abanicó una vez, pareció fijarse en la dirección del viento. Hizo añicos el vidrio con un swing de zurdo.

—La operación era simple: iba a tener que ayudarles a rescatar un cargamento. Estaba a una profundidad riesgosa, pero todavía manejable para un buzo experto. Pon tú cuarenta metros o something like that. Ya habían intentado un primer rescate, pero algo había salido mal. Solo sacaron un par de pacas, y el buzo se les quebró por subirlo muy rápido. Lo dijeron en las noticias: «Buzo abandonado en hospital con síndrome de descompresión muere de embolia. La Marina investiga las circunstancias del accidente».

La alarma de la Tacoma era como un aullido de desamparo que el viento dispersaba sobre las olas.

—Era una carga que valía millones. Mucho dinero para dejarlo ahí nomás a que se lo comieran los peces. El jefe de estos compas estaba obsesionado. Los hombres sentados en las sillas de plástico contaron que llevaba varios días soñando con la pantalla del radar GPS. Las lucecitas parpadeantes bajo el agua. Bip, bip. Esperando al bragado que bajara por ellas.

—Estos gringos y sus juguetes –murmuró él–. Mira nada más. ¿Para qué tanta chingadera?

Dentro de la Tacoma encontraron varios celulares, tablets, cámaras subacuáticas, laptops y otros aparatos electrónicos que no se veía para qué pudieran servir, pero parecían ser costosos.

—Estos batos no son nada sin sus cosas. Un gringo a lo pelón, está más indefenso que un baby –opinó ella. Sacó de la guantera unos cuantos dólares, pura morralla. Dos pasaportes.

—¿Y qué les dijo el bato?

—El bato dijo que of course. Pero ya daba igual lo que dijera. Cuando estos compas llegan a buscarte, ellos ya decidieron por ti. Como si Dios y el Diablo se jugaran tu destino en un volado y, luego de haber salido que te va a cargar la chingada, fueran a preguntarte qué es lo que opinas.

El cielo se veía cada vez más gris, sucio como agua a medio tratar, las nubes como espuma de detergente acumulándose en el horizonte.

—Algunos dicen que el bato regresó después por ciencias marinas. Que andaba como alucinado, diciendo que ya estaba bien de esas pendejadas de hacer videos de la vida de las ballenas, que lo que había que hacer era ponerse a sacar las cosas que estaban perdidas en el fondo.

—Estos mares ya están muy puercos –expresó él, dibujando con el brazo una media circunferencia–. Desde allá abajo del Cabo hasta Tijuana. Es mucha suciedad la que está acumulándose.

—Otros dicen que cobró su parte, se cambió de nombre y puso sus propias granjas. Que de vez en cuando baja él mismo a darse en la madre con los atunes, para no perder la práctica. Otros dicen que no sacó nada en limpio. Que toda la operación se frustró y se quedó a dormir con los peces.

—Se me hace que hoy se quedan a dormir con los atunes, batos –dijo él.

Estiró el brazo como si empuñara una pistola, apuntando con el índice hacia la parte del agua donde los buzos se habían sumergido. Ladeó ligeramente la cabeza, los ojos en el arma imaginaria de su mano.

—Pum, pum.

 

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Carlos Fonseca (Ciudad de México, 1983) es abogado y profesor de derecho en la UNAM. Coordina una línea de investigación sobre la relación entre las leyes y la literatura. Textos suyos han sido publicados en las revistas Lenguaraz, Cuartilla y la gaceta digital La Otra. Su primer libro de relatos, Una ciudad incómoda, está próximo a publicarse por Editorial Literal.

 

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