Conversación con dama que recoge setas en el bosque

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Magdalena Camargo Lemieszek

 

 

 

Cosmogonía de la lluvia

 

Recuerdo aquel día en el que me sorprendiste

por primera vez mirándome en el espejo

luego de andar bajo la lluvia.

Desde entonces he tomado por costumbre

visitar los cementerios por las tardes,

contemplar las estrías de maleza hinchándose sobre las lápidas,

el cráneo de porcelana resplandeciendo

tras la grieta de una tumba que ya no tiene familiares

y esos árboles enfermos de flores amarillas.

Memorizo las fechas de los que murieron demasiado pronto.

Escojo por año una estatua favorita,

aquella que se quedó sin manos luego del invierno,

o la que sigue mirando hacia el este

como si alguien estuviese cerca de volver.

Contemplo los nombres aferrados a la piedra,

tallados con la certidumbre

de que es posible cegar al olvido,

pero, ¿qué serán esos nombres dentro de cien años,

sino el alfabeto de los que no tienen rostro?

 

Por ello me fue dado conocer la verdad

y vi aquel ciervo blanco

pastando junto al muro del norte,

donde entierran a los recién llegados.

Sobre sus cuernos crecía una hiedra púrpura

y sus ojos eran dos guijarros de obsidiana en el fondo de un arroyo,

labrados mucho antes de que un hombre sostuviese una piedra

y la piedra conociese la ofrenda de la sangre.

El ciervo escoge a unos pocos.

Para que despierten lame sus párpados con ternura

y les conduce hasta el centro del bosque.

Les enseña a alimentarse de bayas venenosas,

el lenguaje preciso con el que las estaciones

se comunican con las cosas

y el orden con el que las semillas se dejan caer

lo suficientemente lejos.

 

Entonces los deja solos.

El miedo comienza

a acechar en los arbustos,

en la cúpula de los pinos la soledad es un buitre

y la sombra de sus alas extendidas es demasiado grande,

demasiado terrible.

De sus lenguas duras como el frío brota un balbuceo

que en la medida de las noches va adquiriendo forma

y antes que palabra alguna se forja una cadencia,

el primer atisbo de un llamado,

la conformación de la plegaria,

y es de esa melodía

de donde la lluvia

se desprende.

De El espejo sin imagen (2012)

 

 

Insomnio

 

A veces, luego de una larga noche de insomnio, descubro que he soñado.

Recuerdo entonces una línea.

La línea podría ser una cuerda

que está sostenida en sus dos extremos por la nada,

y por eso tensa, casi hasta la ruptura.

Bien podría ser un dedo que señala el horizonte,

un dedo delgado y blanquísimo, porque no podría ser de otro modo,

y señala en la mitad del todo un lugar preciso.

Ahí, lo sé, una flor cerrada como un puño diminuto

se yergue lentamente apartando los oscuros minerales de la tierra.

Su tallo y sus raíces son un fuego verde

y no posee espinas ni hojas que alguna vez tengan que caer.

La brisa ha descendido únicamente para tocarle,

y porque hay cosas que están dadas solo para el frío

la flor se abre y de sus pétalos se derrama el agua,

hasta que los pétalos se vuelven agua

y en torno a la flor hay un mar recién creado,

un océano vacío de toda criatura

que en su extensión yace ajeno al límite trazado por las costas.

 

Solo entonces comprendo que llevo mucho tiempo

recorriendo aquella línea.

Tras de mí se enciende una constelación de jaspe,

y descalza, símbolo inequívoco de toda travesía,

ando en medio de la noche

sobre un cuchillo infinito.

De El espejo sin imagen (2012)

 

 

Carta al hijo que no tendré

 

Querido mío, ahí vienes.

Pequeño, corriendo cuesta abajo como una liebre,

sorteando las piedras y el tronco de los árboles.

No sabes lo grande que te haces,

creces como un alud en el descenso.

El pecho te hierve de velocidad

y atrás las orquídeas florecen

porque han bebido de tu miedo.

Eres bello pues no lo sabes,

pero esta es la primera vez que rompes a correr

para salvarte.

Eres bello también, cuando lanzas de golpe el rastrillo

y riendo te sumerges en la pila de hojas secas

y recoges con ternura las lechuzas que han caído de sus nidos.

Yo te espero abajo, de pie, frente a la casa,

con el bosque de plástico preparado para el juego,

en la repisa sigue completa la caja de soldados.

Sé cuántas veces soñamos con ese mismo verde resplandor en el vacío,

mientras las máscaras de humo fueron endureciéndose año con año

y sus palabras fueron hilvanándose, cayendo como cuentas, una sobre otra.

Perdóname no haberte mostrado otro dios que la belleza,

no haberte obligado a ponerte de rodillas

para masticar sin tregua las raíces de la culpa.

Perdóname, pues la única vez que soñé contigo

te había abandonado.

 

Hijo, he envejecido.

Toma mi corazón disminuido por el tacto del invierno,

es pequeño como un broche

y tan liviano que es incapaz de causar daño.

Tómalo sin miedo, ya no puede herirte.

Llévalo hasta el mar y entiérralo en la arena.

Vuelve a decir en voz baja ese poema que repetimos cada noche

en lugar de las plegarias.

Entonces imagina la más poderosa de todas las metáforas,

coloca frente a ti una cuesta ominosamente pronunciada

y échate a correr

con tanta fuerza

como puedas.

De El espejo sin imagen (2012)

 

 

La doncella sin manos

 

Padre, aquí están mis manos.

Yacen sobre la hierba, inertes,

como si no hubiesen conocido movimiento.

Como si nunca hubiesen estado unidas a mi cuerpo,

nacido conmigo, sostenido una piedra

y aplastado, con esa misma piedra, los caracoles del jardín,

o dibujado figuras en la nieve

cuando mi boca no había conocido todavía las palabras.

 

Ya no las reconozco.

Podría decir, incluso, que nunca fueron mías.

 

Ahora se hace tarde. El sol se oculta

del lado opuesto al acostumbrado,

no busca la montaña.

Se dirige lentamente al bosque,

dejándose caer sobre las ramas,

y la tierra tiembla

porque las raíces se agitan con violencia,

presintiendo la música del incendio,

la imagen del bosque encendido como una hoguera que brilla para nadie,

y el fuego danzando como el oficiante de un rito

cuya cadencia alguna vez conocimos,

pero ya hemos olvidado.

 

Y sin que una sola hoja arda

el sol se hunde hasta posarse en la tierra,

como si el fuego hubiese perdido toda consistencia,

y como una fruta que dividimos con las manos

el sol se abre

y la luz es un licor viscoso

y desde la semilla surge la silueta de un hombre

sin rostro y sin sombra.

Solo un contorno oscuro que deambula para recobrar lo que ha perdido.

 

Y sé, así como la criatura que intuye el aliento de la fiera oculto tras la fronda,

que soy la presa y el tesoro.

Y vendrá aquella silueta y se detendrá frente a mí

y me tenderá su mano para llevarme consigo.

Y yo devolveré el gesto, olvidando por completo el peso del acero,

las amapolas que brillan a mi lado,

y que me pertenecen esas manos que yacen,

inertes,

en la hierba.

De La doncella sin manos (2015)

 

 

Conversación con dama que recoge setas en el bosque

 

En mi país la tristeza es un pájaro negro que uno se bebe.

Se le mira primero en el vaso,

un círculo de líquido oscuro e inmóvil,

es un impulso lejano el que mueve tu mano,

casi un hilo que puedes distinguir brillando en el aire.

El cristal se te antoja frío al rozarte los labios,

como un dedo húmedo que con su gesto llama al silencio.

Ya en el paladar sientes el líquido más espeso,

y pesa tanto que crees, por un momento, perder el equilibrio,

inclinas la cabeza hacia atrás

y el cielo está ahí, incontenible, más abisal que nunca.

No es un trago amargo, como algunos dicen,

es una miel salobre que recuerda al oleaje del mar

que danza siempre llamando a las tormentas.

Ya en la garganta adivinas que va tomando su forma

y para cuando llega al pecho es una avecilla negra

y su fino plumaje tienen ese resplandor siniestro

de la luz que florece sobre las navajas.

 

El pájaro se posará sobre un ligamento o una vena

y ejecutará, como un doloroso bautizo,

un canto breve que no llegarás a oír

porque se dejará caer como un guijarro en la corriente.

Desde entonces algunas noches soñarás

con una torre blanca junto a la costa

y el océano será blanco también

porque la luna alargó su mano para tocarlo.

Soñarás con máscaras terribles

que te hablarán en otra lengua

que te resultará desconocida pero al mismo tiempo tan propia

como si tú la hubieses inventado.

Y sabrás lo que te dicen.

Y harás lo que te ordenan.

 

Aquella música irá poblando tu pecho,

construyendo una majestuosa ciudad,

mineral y umbría.

Andarás más lento

y observarás el musgo que crece sobre las ramas con cierta nostalgia

y al ver los faros creerás que alguien te está llamando

y te afligirá no saber quién,

por qué,

a dónde.

 

La gente dirá, con cierto desdén, que has enfermado,

se alejarán uno a uno, como los animales que se esconden,

buscando cobijo en el invierno

y no reconocen la belleza en la nieve

ni en los árboles desnudos

que parecieran haber invertido sus raíces,

ansiosos de crecer desde la tierra del mismo modo que del aire.

Dirán también que te miras distinto

y ciertamente al buscarte en el espejo

sentirás que al otro lado hay una sombra,

y que no puedes distinguir los rasgos de su rostro.

 

Para entonces la ciudad tendrá también sus habitantes.

Ellos se alimentarán de ti,

darán de comer a sus hijos la médula

que sostiene la columna de tus vértebras,

una sustancia vertical que a su vez engordará su hambre.

Te conocerán, mejor de lo que te conoce nadie.

Conversarás con ellos algunas noches

sobre el ritmo en el que los campos de amapola se recuestan con la brisa,

y aquel ciervo que miraste en el sendero

y viste alejarse lentamente hacia la espesura

llevándose algo de ti dentro de sus ojos,

y aquel campanario desde donde veías volar a las palomas,

como un último manojo de promesas.

 

Vendrá el momento en el que el canto del pájaro se hará liviano

y por primera vez llegará a tus oídos.

El peso de la ciudad con sus murallas te resultará ominoso

y decidirás que has tenido suficiente.

Escogerás en el calendario un día propicio,

que tenga oculto algún significado.

Pasarás los siguientes años fabricando con esmero

una nave digna, infalible, capaz de sortear tiempos menos favorables.

Y te acostarás a dormir, cada noche,

esperando la llegada

de ese día.

De La doncella sin manos (2015)

 

 

La caravana

 

La arena es blanca y tan delgada que apenas nos sostiene,

las dunas silban a medida que el horizonte se deshace

y a lo lejos alcanzamos a ver un negro collar que serpentea

encima de lo incierto,

es aquella caravana de la que hablan las canciones.

Una cordillera de hombres,

un mar de montañas que se mueve.

No es posible atravesarla.

Muchos perdieron su vida tratando de llegar a sus extremos.

Llevan cuernos del tamaño de una isla,

el olor de los tambores que han sido tensados hace poco

y cestos repletos de esos frutos

que fueron cubiertos por un raro rocío incapaz de evaporarse,

y en cuyos bocados late una dicha falsa

por la que hay algunos capaces de ofrecer toda su fortuna.

 

Si seguimos hacia el Este podremos ver a las ballenas

asomar el azul cobalto de sus lomos

y dejar brotes de un liquen venenoso en las orillas.

Vendrán los bosques que se levantaron más allá de los pantanos

y volveremos a recoger setas todas las mañanas,

y las crías del bisonte pastarán a nuestro lado

y desde entonces no veremos en la niebla otra cosa

que la repetición de sus alientos en el frío.

 

De La doncella sin manos (2015)

 

 

Certeza

 

Ahora que las raíces se alzan en la noche por encima de las aguas,

aguardo la flor que nunca pondrás en mi mano.

Y aun cuando he vuelto

a mirar aquel cajón repleto de botones rojos,

y la triste longitud de las agujas

y he vuelto a oír mi nombre apenas colocado en tu boca,

como una piedra apretada contra otra piedra,

a la expectativa del derrumbe.

Y me he aferrado con fuerza a la ventana

y he buscado el faro,

cuerda misteriosa en la desolación de los abismos.

Solo persiste la certeza de las olas,

su perfecta sincronía

y el resplandor de la tormenta,

como un árbol de luz en medio de los campos,

siempre sin pájaros ni frutos.

 

Es verdad, también,

que aun en la tempestad estamos solos.

 

Llueve, y se me antoja que tu amor es como un anillo

que resulta demasiado grande

o demasiado pequeño entre mis dedos.

De La doncella sin manos (2015)

 

 

 

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Magdalena Camargo Lemieszek (Szczecin, Polonia, 1987). Cuenta con un Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá. Actualmente, realiza estudios de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Panamá. Ha sido publicada y traducida al catalán en la Antología Panamericana (Poetas nacidas después de 1976) de la revista virtual sèrieAlfa. También ha sido traducida al polaco, al ruso y al inglés. Sus poemas han sido publicados en la revista virtual La Estafeta del Viento, de Casa de América, y en la antología virtual Hijas de diablo hijas de santo: poetas hispanas actuales, elaborada por Daniela Camacho para la revista La Raíz Invertida. Forma parte del libro colectivo Contar no es un juego (2007) y de Antología80 (2010); Me vibra, Brevísima Antología Arbitraria Chile-Panamá (2011) y 4M3R1C4 2.0: Novísima poesía latinoamericana (2012), entre otras antologías. Sus cuentos «El pájaro y la cometa» y «Todos los cuentos anidan en tu vientre» recibieron la primera Mención de Honor y la tercera Mención de Honor, respectivamente, en el concurso Premio Universidad Tecnológica de Panamá a la Promesa Literaria 2007. Ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño 2008 con su poemario Malos hábitos y, en el 2012, con su poemario El espejo sin imagen. Además, su poemario La doncella sin manos obtuvo un accésit en el premio Adonáis 2015.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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