Quietud de los colores: oquedades en la narrativa de Elena Garro

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A un siglo del nacimiento de Elena Garro, Alejandro Ponce Aguilar que reflexiona sobre las particularidades de esta escritora mexicana, personaje fundamental de la literatura nacional en el siglo XX.

 

 

Alejandro Ponce Aguilar

 

Elena Garro fue un arcoíris en un mundo de colores sepia. Y decirlo no es precisamente un halago: en su brevedad, el arcoíris siempre nos deslumbra y nos anuncia un deseo inconcluso. Apenas el sol y su séquito de luces se retiran, el efecto se apaga y sólo restan trozos de lo que fue. Mujer de contrastes, Elena se nos aparece lo mismo como la figura lozana, dueña de su seducción y las miradas ajenas, y se nos devela también como la mujer frívola, de maneras aburguesadas, que rehuía el sosiego y se sentía objeto de todas las acusaciones. La vemos como la escritora que durante una buena parte de su vida se consagró a su papel de no-persona, como ella misma lo expresara a Emmanuel Carballo. Las constantes persecuciones la orillaron al ostracismo y la llevaron al extremo de crear persecutores en su honda, profundísima imaginación. Y es de comprenderse: una vida amenazada desemboca en un espíritu arraigado en el escape. Elena era un gato más de su casa: tan presta al ocio como a la defensa.

¿En cuál de sus colores pensamos cuando mentamos su nombre? ¿En la Elena Garro coreógrafa, actriz de teatro; en la Elena Garro esposa de Octavio Paz, amante de Bioy Casares; en la Elena Garro enemiga de la razón, villana del 68; en la Elena Garro que odiaba escribir y sólo tenía oficio de lectora; en la Elena Garro que debió ser general mexicano y morir joven atravesado por el fuego de los máuseres; en la Elena Garro enemiga de Calles, el dictador; o en la Elena Garro de las memorias, las traiciones, los amores funestos y las visiones de inocencia en tiempos calcinados? En su complejidad, permanece Elena de carne y hueso –de páginas y de palabras– por quien ardieron varias Troyas. Irónicamente, entre tanto despojo casi dejamos que la Elena ante la pluma se nos vaya diluyendo. Ojalá que sea su obra la que se esculpa en los recuerdos y entonces hasta nosotros retorne la Elena dramaturga, la Elena periodista, la Elena narradora.

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Si la dignidad de todo gran arquitecto consiste en proyectar su ser en la forma, plasmar su identidad en lo habitable y hacer del tiempo y el espacio cualidades que él pueda moldear a su voluntad, transformándolas según la imposición de su deseo, entonces Elena Garro fue una arquitecta de proporciones colosales. Su voluntad por hacer del lenguaje su casa y de su casa su mundo, no pasa desapercibida, no se repite y no admite reproducciones. Elena Garro es su mundo incorruptible e irrepetible. Así ocurre en al menos dos de sus trabajos fundamentales: la novela Los recuerdos del porvenir (1963) y el libro de cuentos La semana de colores (1964).

En ambas obras, Elena levanta sus motivos perennes, recrea sus obsesiones, disfraza el pasado de futuro, plasma pasajes de su vida, eleva la narración al sustrato etílico de la poesía y narra su visión poética del mundo, saltando entre símbolos personales y colectivos, sellando el signo maligno de la inocencia con la violencia como festín cotidiano. El pueblo muere y se deleita inerte en su extinción sin zozobras. «¡Siquiera metan las manos, hombre!», resuena una voz de vidrio, y de arriba le responden con una lluvia de guantes de seda. «¡Cómo, compadre, si nunca nos ha gustado ensuciárnoslas!». Y el pueblo muere, caído de bruces, con las manos relucientes. De los héroes no persisten sino sus sepulturas y los vivos se encargan de hacer de sus bustos fantasmas, sus efigies se derrumban, sus empresas guerreras se empequeñecen y sus ideales se hipotecan. La revolución es solamente lo que de ella nos contaron y lo que ella nos quedó a deber.

La semana de colores nos legó cuentos memorables como «La culpa es de los tlaxcaltecas», que en las letras mexicanas del siglo XX sólo tiene parangón con «Dormir en tierra», de Revueltas; «¡Diles que no me maten!», de Rulfo; o «La Muerte tiene permiso», de Valadés. Igualmente prodigiosas pero menos conocidas resultan otras narraciones como «El anillo», «El robo de Tiztla», «El zapaterito de Guanajuato», «El día que fuimos perros», «¿Qué hora es…?» y «Nuestras vidas son los ríos», pieza que bien vista no es ni cuento, ni novela, ni poesía, no se deja atrapar ni definir, y más bien parece un pedazo de mundo nostálgico y fuera del tiempo, o inscrito en un tiempo que vive sólo en el instante de la muerte.

Algunos de estos relatos coinciden por su estrategia narrativa. En «El anillo» y «El robo de Tiztla», por ejemplo, Garro resuelve las tramas apelando a un recurso de revelación. Durante la mayor parte de la historia domina una voz narrativa que presenta hechos y personajes y que lleva los acontecimientos hasta su tensión máxima. En este punto, por medio de una yuxtaposición de planos y de tiempos, la misma voz narrativa se actualiza como protagonista de la narración. Hay un traslado del narrador de una posición de espectador a un papel activo en la historia. Con ello Garro consigue que historia y protagonista arremetan contra el lector. Lo que hasta entonces había permanecido más o menos en la lejanía irrumpe más allá «de la pantalla» y convierte la simple anécdota en literatura. El efecto está mejor conseguido en «El anillo» que en «El robo de Tiztla». En la segunda narración hay una ruptura de tiempo y de tono que da la impresión de artificialidad; en la primera, en cambio, el desdoblamiento se da por una solución de continuidad que acentúa la tragedia de su protagonista.

Esta amalgama de planos y de tiempos también es un recurso eficaz en «La culpa es de los tlaxcaltecas». En este caso la yuxtaposición de planos se alterna a lo largo de la historia y no es gratuita, tiene una función que supera la técnica narrativa. Su fin no es únicamente contar una historia sino realizar una búsqueda cosmológica, su ambición es reencontrarse con la historia rota de todos nosotros. No se trata simplemente de que Laura se haya vuelto loca, acaso por la lectura de crónicas de la conquista, y que su consiguiente destino sea la reclusión en un sanatorio, sino de que el presente dislocado donde hombre, razón y tiempo lineal fungen como señores del mundo, se estremezca, se venga abajo ante la remembranza atroz de nuestro origen, el valor de los valientes y el amor sin patronazgos. La primera decisión del héroe es traicionar al mundo que lo ha traicionado.

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Los recuerdos del porvenir compartió con La feria, de Arreola, el premio Xavier Villaurrutia en 1963. Esta novela representa una renovación de la narrativa en la literatura mexicana elaborada a través de elementos poéticos y simbólicos que, conjugados con los diálogos de los personajes y la voz narrativa de Ixtepec, constituyen una forma muy particular de hilvanar acciones y cambios. Una atmósfera lacónica, muy propia del «sentimiento trágico» al que Monsiváis se refiere al hablar de Garro, Rulfo y Yáñez, atraviesa el conjunto de la obra. No es casualidad que el pueblo sea un elemento central en la narrativa de estos autores. Tanto en La feria como en Al filo del agua, el pueblo se convierte en un personaje más de los acontecimientos narrados, e incluso, como en el caso de Los recuerdos del porvenir, el pueblo es el narrador. El protagonismo de esa entidad viva llamada pueblo brinda a sus autores, como se atisba a lo largo de toda la novela de Garro –y al inicio de la novela de Yáñez–, la posibilidad de volverse intérpretes u oráculos de su pueblo. Con este artificio narrativo Garro despliega toda su energía poética en la que ya no sólo importa narrar las peripecias de la revolución, sino que ella, como mujer de su tiempo, vuelve con ojos escrutadores a examinar el pasado y a inspeccionar sus fracasos. Es innegable el sustrato biográfico de la novela. De niña, Elena vivió en Iguala, Guerrero, y en la historia traslucen pasajes de sus vivencias infantiles.

Los recuerdos del porvenir es la gran denuncia de la traición de la revolución bajo la perspectiva de la rebelión cristera. En ella se hace patente que los «militares ateos» y los «porfiristas católicos» fueron las dos facciones triunfadoras de la revolución y, que bajo la bandera contra Cristo Rey, estos grupos se las ingeniaron para asesinar agraristas. La nueva clase surgida de este feliz matrimonio fue la de «los pistoleros». De tanto en tanto una mañana el pueblo despierta con la noticia de que volvieron a fusilar a unos «indios» insurrectos, insumisos y malagradecidos. De tanto en tanto se hace costumbre y la costumbre impide a las gentes aflojar las lágrimas. Con enterarse a quién le tocó ahora es más que suficiente. Después hay que pedir permiso para descolgar los cuerpos de las ramas robustas de algún árbol de Cocula, harapos de lo que fueran hombres empeñados todavía en su vuelo involuntario.

No hay poderes que valgan frente al poder del gatillo. No hay gobierno local que sopese la presencia militar. No hay fe que haga respetar su nombre. No hay lazo comunitario que niegue la opresión. El único vínculo social persistente es la sumisión. Juan Cariño, el loco de Ixtepec que se cree presidente de la nación, se sabe impotente y tiene claro que sus investiduras republicanas no valen un peso en Ixtepec. El presidente gobierna los diccionarios de su casa y con discursos elocuentes quiere despistar a los militares. Pero no hay artimaña que sirva para burlar la violencia. El destino de todos está delineado de antemano y resistirse es pura vanidad. Apenas una mosca se mueve, el brazo inflexible se impacta en las conciencias, rompe los cuerpos y el silencio pasa lista. El despistado es el pueblo. Los habitantes de Ixtepec culpan a Julia, la amante del general, de todas sus desgracias, de todas sus muertes. Ella y sus caprichos son los culpables de que el general ande de malas y se desquite con ellos. Debajo de los hechos se narran símbolos y es por mediación de estos motivos que la narración se mueve. Todo ello deja la impresión de un vaciamiento. Los personajes están vacíos e impotentes, el pueblo está vacío y es un espectador más. Sólo la violencia es activa y se ejecuta a través de los militares, quienes, al igual que los demás, parecieran también estar vacíos.

Una premisa, expresada en el título de la novela, sostiene toda la obra: es válida la memoria del futuro. La memoria no es algo propio del pasado, una representación fidedigna de lo que ya ocurrió interpretable a luz de la razón. Al contrario, la memoria sirve para recordar el futuro y no podemos apelar a la razón para ejercitarla. Para aproximarse a ella están las sensaciones, los colores y los olores, entremezclados con las angustias y los pesares, con las esperanzas y los fracasos, en un mundo elaborado a base de sinestesias. En medio de la desdicha todo se petrifica y cosas y personas devienen apenas un reflejo, una sombra, una tenue luz, «los días se convierten en el mismo día, los actos en el mismo acto y las personas en un solo personaje inútil», relata Ixtepec. Cuando ya nada se mueve y el cambio de estaciones es un movimiento de mutismo a mutismo, de crueldad a crueldad, los personajes sucumben al tiempo quieto de lo idéntico. Las generaciones aparecen, émulas de sus predecesoras, para realizar el mismo dibujo eterno, con los mismos gises, en el mismo suelo.

Así es Elena Garro, la narradora, de un pesimismo a ultranza, arrollador; pero sobre todo, de un pesimismo necesario. Si somos capaces de juzgar su obra independientemente de las contrariedades de su vida, sabremos aprender sus lecciones y podremos desempolvarla para renovarnos en su mundo. Vale la pena reconocer el esfuerzo y las aportaciones de los otros para no jactarnos de haber inventado la rueda. Habremos de evitar lugares comunes, adjetivos al vuelo y prejuicios ad hominem. Sin establecer una separación definitiva, hay que dejar que la obra viva por su cuenta. Este 2016, a un siglo de su natalicio y a dieciocho años de su muerte, es una oportunidad inmejorable para acercarnos a Elena Garro, para cuestionarla, para disfrutarla, para indagar qué tiene que decirnos hoy.

 

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Alejandro Salvador Ponce Aguilar (Ciudad de México, 1990). Estudió Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º concurso universitario de cuento Letras Muertas de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la FIL Minería.

 

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