Un instante en la tempestad

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Roxana Méndez

 

 

 

El instante, la vida

 

He tenido una buena vida:

una guerra de diez años

y tres terremotos

que echaron abajo la ciudad

y cumplieron la profecía

de la abuela,

quien meses antes

nos había anunciado

la destrucción terrible

con una voz que era la misma

con la que nos contaba

los dulces cuentos

donde todo era del color

de las avellanas secas.

 

Pero he tenido una buena vida,

apacible, sentada

a la mesa en el patio,

o escondida

entre los sacos de maíz,

a la espera que las detonaciones

cesaran, que las voces

cesaran, en la oscuridad

donde el mosquito

era un murmullo

que me hacía dormir.

El mosquito cuya picadura

no causaba la muerte.

 

Pero he tenido una vida buena,

un amor de mil años

verdadero y brillante

como oro que ha adquirido

la forma de un broche,

un búho de grandes

ojos blancos,

prendido siempre

bajo mi blusa, y por ello

una gota de sangre

es lo que queda

del pasado, una gota

suspendida

como un planeta frío.

 

Pero he tenido una buena vida,

una vida donde la guerra

y el amor

han durado

los mismos años.

Una donde la muerte

me ha visitado poco,

y donde he visto el mundo

y he escuchado

los sonidos de las grandes

aguas y los enormes

valles, donde los cascos

del caballo criollo

y el venado me muestran

su extraña diferencia.

He visto y olvidado

lo que he visto

y vuelto a asombrarme

con lo que había sido

asombro una vez.

No me quejo.

Las aguas siguen

abrazando mis pies,

aferradas con toda su tibieza

a la brevedad que poseo.

 

 

 

En el margen del cielo

 

Como un día de invierno

dejado atrás pero aún mío,

tu nombre yace en mis labios

como un archipiélago

sobre un mar rojo,

y cuando hablo

cualquier idioma del mundo

mi aliento te roza

como la luz más lenta del otoño

cuando pule

el contorno de las hojas.

He visto demasiados occidentes.

La jirafa y el león

escucharon mi voz

y volvieron a mirar.

Mi sombra se estiró

hasta alcanzar sus sombras

y nuestros ojos se encontraron

en el centro de la sabana

y del mundo

y en esos ojos míos

también estaba tu imagen,

tatuada en mi pupila

como un relámpago en la oscuridad.

Toqué la piedra de mil años,

se sumergió mi pie

bajo siete mares distintos,

y aunque me fui

permanecí

en el mismo sitio siempre,

encerrada en el margen

de ese cielo semejante a tus labios.

Como un día de invierno o de verano,

tu cuerpo es mi horizonte,

el límite infinito

de mis ojos cerrados.

 

 

 

La huida

 

La pequeña avioneta

planea sobre los valles

y la vida se reduce

a un doble golpe de suerte.

 

Mi mano pequeña

en la mano pequeña de mi madre,

como si con no soltarla bastara.

 

Veo hacia afuera buscando aves

pero el ruido de las aspas de la avioneta

hace que me dé sueño.

 

Venimos del oriente,

dejamos atrás los campos de algodón.

No comprendo que huimos

porque a los seis años

no se comprende nada de la guerra,

 

los muertos en las aceras

no son lo suficientemente extraños,

 

tampoco se entiende

el motivo de los rezos de los mayores,

ni las explosiones alrededor

como botones de humo

que revientan en flores

grises y repentinas.

 

El cielo sin aves es del color

de la piel joven de mi madre.

 

Los campos abajo tienen trechos

amarillos y verdes.

 

La avioneta planea dulcemente,

me duermo, y al despertar

han pasado veinte años,

y lo comprendo todo.

 

 

 

Uno

 

Conozco a uno que dice

que pertenece al frío,

que asegura que la suela

de su zapato es nieve,

que su cuello es largo

como una bufanda.

 

Uno que mira al norte

para mirar al mar

y ve marismas blancas

y leones marinos.

 

Conozco a uno

que reconoce como idioma

una melodía grandiosa

repleta de tambores.

 

Uno cuya alma es una trompeta,

un coro su cabello,

una manada

de caballos su nombre.

 

Uno cuya boca apretada

ha pronunciado lo que calla el otoño

y ha crecido pensando

las preguntas correctas.

 

Uno solo, ni bajo ni alto,

cuya sombra

descansa entre las piedras

que yacen bajo pinos

cubiertos por la nieve.

 

 

 

El dibujo

 

Cuando éramos niños

el mundo era un dibujo.

Algo tan simple.

Un solo trazo que acababa

solo para empezar.

 

Estaciones o casas o ciudades

subían y bajaban

a través de la línea del grafito.

 

Tirados en la calle

su frente parecía siempre

llena de algo: pájaros

o astros o mareas incontenibles

que se estrellaban

en lo hermoso.

 

Porque entonces era todo lo hermoso.

 

Y nada parecía más grande

que sus pequeñas manos.

 

Sus ojos eran cien kilómetros de gaviotas

hacia el occidente,

y dos tormentas blancas

al cerrarse de pronto,

dos iglesias inmensas en silencio.

 

Sus brazos caían sobre mí

como una bendición.

Porque su cuerpo era un país

lleno de acantilados

y todo era caer.

 

Cuando éramos niños,

quiero decir, cuando éramos,

el mundo era un dibujo

y la noche un rumor

y nada sucedía demasiado deprisa,

salvo el invierno.

 

Su perfume de niño

era una tumba blanca,

y su voz un aliento,

un océano.

 

Cuando éramos niños,

en ese largo día único

donde aún somos nuestros.

 

 

 

El huracán

 

Era octubre y ambos corríamos

bajo la tormenta,

las nubes grises eran colinas

de hierba enferma sobre nosotros,

los charcos en el suelo brillaban

como los ojos de los peces.

Y decidimos no volver,

decidimos detenernos bajo la lluvia,

volvernos un instante en la tempestad,

un residuo del cielo,

la palabra final de un rezo silencioso.

Como bañistas de otro tiempo

de pie a la orilla del mar,

nos volvimos del color de la niebla.

Una escena en grises y blancos.

Ausentes incluso de nosotros,

ni siquiera notamos

alrededor

el mundo

que desaparecía.

 

 

Las otras

 

La niña que fui besa mis labios.

Me muestra un muelle,

un mar, un puerto, un faro.

 

Me enseña a deslizarme por la arena.

Y me cierra los ojos,

y veo su presente, mi pasado.

 

Lo que mira esta niña

es lo que yo he olvidado.

 

La calle que camina

bajo mis pies existe como un rastro.

 

Si la veo alejarse

veo mi nacimiento, mi legado.

 

La anciana que seré me da la mano.

Una mano de fuego.

Una piedra de fuego con forma de una mano.

 

Atrás la brisa inmensa es una voz,

y el invierno en los árboles

suena como un susurro

que imitara un aplauso.

 

Y le muestro una casa, un muelle,

un puerto, un mar, un faro.

 

Lo que ha dejado atrás es lo que espero.

Mi casa llena,

su mundo desolado.

 

 

 

La palabra precisa

 

He pasado los años de mi juventud

observando sobre los árboles,

empinada para ver qué llega

o qué se marcha. He querido

mirar antes que nadie la tormenta,

y la he visto acercarse como una leona sombría

cuyas fauces son la mitad del mar.

 

También la he visto derrumbarse

como un alcohólico

sobre la casa de una niña,

destruir ciudades de papel

y levantarse para pisotear lo que queda.

Estruendo es su nombre inimitable.

Luz que rasga la luz, su boca.

 

He concluido cada tarde y cada mañana.

No hay música que me defina.

Mi pasado es un destello. La punta

de un cuchillo que no corta,

que no separa lo futuro de lo presente.

Pan seco es mi lengua.

Una mancha de café

que es solo oscuridad, mi ojo abierto.

Penumbra, mi ojo cerrado.

 

En alguna habitación,

sigo siendo una niña que escucha,

en la calle, a toda hora,

aullidos de perros o de hombres,

y cierra los ojos y reza

una oración de una sola palabra

pues no conoce otra.

 

 

 

 

 

__________

Roxana Méndez nació en El Salvador en 1979. Es licenciada en Idioma Inglés con especialización en Traducción y Máster en Literatura Española e Hispanoamericana. Actualmente cursa el doctorado en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. Es poeta, narradora y traductora. En 2012 obtuvo el Premio Alhambra de Poesía Americana para obra inédita en Granada, España. En su país obtuvo el premio Gran Maestre de Poesía en 2003, así como certámenes nacionales de Narrativa Infantil en 2011 y de Poesía Infantil en 2016. Ha publicado los libros El cielo en la ventana (Valparaíso, España, 2012), Clara y Clarissa (Alfaguara Infantil, 2012), Mnemosine (DPI, El Salvador, 2008) y Memoria (Universidad Tecnológica, El Salvador, 2004). Ha sido incluida en antologías de poesía como El canon abierto. Última poesía en español (Visor, España, 2015), Humanismo Solidario. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea (Visor, España, 2015), Theatre under my Skin (Kalina, 2014), Poesía ante la incertidumbre. Nuevos poetas en español (Visor, 2013), La poesía del siglo xx en El Salvador (Visor, España, 2012), Puertas abiertas (Fondo de Cultura Económica, México, 2011) o La herida en el sol (Universidad Nacional Autónoma de México, 2008).

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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