Wassalon

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NOTA INTRODUCTORIA

 

Cuando me trasladé a Bélgica me di cuenta de dos cosas: la primera es que lavas la ropa según tu clase social y la segunda es que todos los exilios son políticos. Wassalon parte del hallazgo del cadáver de una chica en una lavandería de la calle Brabantdam, en Gante. No importa quién es la chica ni cómo ha muerto. Wassalon tampoco es una novela negra al uso. Lo que menos me interesa del género negro es quién es el cadáver. Lo interesante es utilizar ese recurso como excusa para levantar la cabeza, mirar alrededor y tratar de explicar el momento en el que transcurre la historia, cómo funciona la relación del personaje con su entorno, con el poder, con su cuerpo, con su tiempo y con el propio espacio como un personaje más en la trama. La novela negra sirve para explicar la sociedad que le haya tocado vivir al escritor. Todos los escritores del género, que merecen la pena, lo hacen. No entiendo Barcelona sin las novelas de Manuel Vázquez Montalbán, ni tampoco entiendo los años de la transición de la dictadura a la democracia en España, sin la forma en la que Montalbán nos hacía ver que las estructuras sociales y políticas, en su gran mayoría, permanecieron intactas. Eso es más interesante que el hecho de que Pepe Carvalho, su personaje más conocido, fuera en realidad quien asesinó a John Fitzgerald Kennedy.

No todos somos iguales, no existe la igualdad de oportunidades y la exaltación del individualismo, que nos hace ver como únicos y especiales, es la más estúpida de las fantasías de nuestro tiempo. Los canallas no pueden ganar siempre y, por supuesto, no van a hacerlo. Cada quien escoge sus armas, la literatura puede hacer que cada palabra haga más daño que cien balas.

La historia transcurre el mismo día en el que Bruselas sufre el atentado más grande de su historia, con las bombas del aeropuerto de Zaventem y en la estación de metro de Maalbek. Con el país en estado de alerta aparece un cadáver dentro de la lavadora número siete, la más grande, la que es industrial. No todo el mundo tiene lavadoras en su casa, ni siquiera instalación para poner una. Puedes usar la lavandería del barrio donde suelen ir ancianos, inmigrantes como yo, o estudiantes sin recursos y pagar cinco euros en fichas. Cuarenta grados, cincuenta minutos (treinta más veinte). Puedes lavarla a mano y llevar maletas o bolsas enormes con ropa húmeda para secarlas en las secadoras a una tarifa de cincuenta céntimos cada cinco minutos. Puedes ir a una cafetería del centro con lavadoras estilo vintage donde tomar un zumo biológico de espinacas y manzanas, con opción de reservado para que nadie vea tus prendas íntimas, y esperar escuchando a chicos guapísimos tocar instrumentos que cuestan cinco veces el salario mínimo en España. Las clases sociales no solo están más marcadas que nunca, sino que pueden verse incluso en la forma en la que cada quien quita su mierda.

Escribí Wassalon en algo más de una semana. En agosto de 2016, la presenté a un concurso y resultó felizmente ganadora. Para ser justos, la tecleé en algo más de una semana, pero llevo ordenándola en mi cabeza, recolectando escenas, diálogos, sensaciones, desengaños y enormes victorias desde que puse un pie aquí. Escribí Wassalon en dos años y una semana.  A varios miles de quilómetros de casa, sin tener siquiera claro dónde está mi casa. Donde estén tus libros, decía un amigo. Pues eso. Difícil.

En Wassalon aparece el viaje desde Europa a Siria de un chico que se radicaliza y quiere morir por los hermanos del ISIS, una radiografía urbana de los momentos inmediatos al mayor atentado en la historia de Bélgica, escorpiones que cuentan granos de detergente junto a unas bragas de encaje y un libro de Cernuda sobre una lavadora que tiene el cuerpo de una chica dentro. La chica no se llama Sara. Sara es nombre de niña. La extrañeza como elemento cotidiano y necesario, e incluso unos perros esquilman el cadáver de un tiranosaurio rex en mitad de la calle, en el corazón del barrio rojo. Porque me encantan los dinosaurios y los perros, aunque sean salvajes. Wassalon es autoficción, un resumen de un trozo de vida que se alarga y continúa, mientras me acostumbro a ver militares patrullando en parejas de dos con el dedo en el gatillo y en mi cabeza pienso que cuando estoy en España escucho a Bob Dylan y cuando estoy fuera suena el Camarón de La Isla. Será porque crecimos en el mismo barrio y jugamos de niños en las mismas calles. Eso tiene que significar algo.

—SALVADOR J. TAMAYO

*

WASSALON 

(FRAGMENTO)

 

 

Charlotte Pitoors tiene veintiún años. Estudia en la Universidad de Lovaina y está en un concierto de Stromae. Saca su teléfono y hace una foto al escenario. Lo coloca en un palo extensible y presiona un botón situado en la parte inferior del mango. Su cara aparece en la pantalla sonriendo, junto a la de Lisbeth, su mejor amiga, y la de Thomas, un chico a quien conoció hace apenas cinco semanas, pero de quien está convencida que es el amor de su vida. Hace otra foto. Lleva una mochila de nailon a la espalda que se cierra tirando de dos cuerdas que hacen las veces de asas. Abre la bolsa y las asas se encogen. Guarda el palo extensible y bebe un poco de agua. Thomas agarra sus caderas y la besa en el pelo. De nuevo golpea la pantalla del smartphone y gira trescientos sesenta grados grabando un video. Voltea el teléfono y los tres saludan casi gritando: We are on fire! A los pocos segundos la foto en picado donde aparecen sonriendo está en Twitter, Facebook e Instagram: [#Onfire! Enjoying @stromae. @CharlottePittors98, @ThomasMag, @LisbethVampirella.] Tras cinco minutos tiene veinte likes, cinco corazones y seis comentarios:

  1. Louise Curodeau: Nous y étions!!!! La place était pleine, aucun siège libre. Tous, je dis bien tous étaient debout et dansaient du début à la fin. Mais mieux encore, son discours s’incruste doucement et est, avec de la chance, entendu et compris par beaucoup, beaucoup, beaucoup de monde.
  2. Lola Germain: AWESOME!! 🙂 Enjoy the music, Charlotte!! See you soon.
  3. Caterina Cozzucoli: Quel merveilleux spectacle! Il prouve au monde entier qu’on peut faire de la bonne musique tout en chantant en français! Quelle leçon il donne à tous ceux qui délaissent leur langue et adoptent l’anglais pour avoir un son plus international, pour plus de succès et plus de cash…oops excusez, c’est en anglais!
  4. Jessica Erebia: Please come back to FL soon ❤ You are a true artist Stromae! I wish I could have attended your concert in Miami ❤ best wishes in this crazy industry thats called music.
  5. Marcos Figueras: C’est tout simplement FORMIDABLE !
  6. Natalie Pittors: Charlotte, Ik ben je moeder. Je straalt! Doe geen zotte dingen en amuseer je.

 

La canción está a punto de terminar y ninguno recordará jamás si estuvo sonando Carmen, Ta fête o Quand c’est? Si el tiempo es extraño, los recuerdos lo son aún más. Hemos terminado siendo un escaparate bonito, en el mejor de los casos. Solo se trata de eso, si no, la vergüenza sería insoportable. Charlotte no recordará qué canción sonó cuando Thomas la besó en el pelo por primera vez. Si fuera Alors On Danse o Tous les memes, no habría sacado el móvil de sus pantalones cortos. Hacía mucho calor. No se hubiera distraído. Eso es lo que quiero pensar. Dejó el móvil en el bolsillo y saltó como una candela junto a Thomas y Lisbeth cuando Stromae comenzó a cantar Alors On Danse.

—How can we dance while our beds are on fire? –le dijo Thomas.

—I am on fire right now. But my bed… I don’t think so –contestó Charlotte.

—You are right. Your bed is not yet on fire. But… will be –Charlotte sonrió e hizo como si no le hubiera escuchado.

Lisbeth llega bailando y le ofrece a la chica un vaso de plástico amarillo rebosando de güisqui barato con Coca Cola. Empecé a beber güisqui tratando de imitar a Hemingway y lo que conseguí fueron dolores de cabeza que unidos a mis migrañas me hacían parecer un tremendo idiota. Han pasado cinco meses. Charlotte cierra los ojos, trata de recordar el concierto. Charlotte recuerda olores: su sudor, tierra mojada, aire seco y la camiseta de Lisbeth empapada en ron. Un tipo de ciento quince quilos se echó sobre ella antes de perder el conocimiento, e hizo que la chica cayera de espaldas y se le rompieran las pequeñas botellas que había colado en el fondo de la mochila sin que los de seguridad se dieran cuenta. Sudor, tierra, ron, aire seco y el perfume de Thomas. Recuerda el olor y las luces violetas, como si estuviera viviendo dentro de una película del festival de Sundance. Cualquiera, no importa. Son todas iguales.

 

Han pasado cinco meses y no se le ha ocurrido mirar en el timeline de sus perfiles en las redes sociales para revivir los momentos que se empeñó en atrapar con tanta saña: treinta y dos fotos borrosas del escenario en las que no se distinguía nada ni nadie/ Un vídeo de poco más de un minuto donde aparecía borracha junto a un chico inglés que no volvió a ver en cuanto terminó su beca unos días después/ Algunos comentarios cómplices llenos de optimismo que fueron consumidos del mismo modo que se fuma un cigarrillo o se echa un polvo con un chico guapo que creció en las afueras de Manchester. Madre Iraní. Padre inglés. Madre preciosa de ojos grandes y negros. Padre rollizo que vestía un par de cadenas de oro y chándal Adidas salvo para ir a misa y a la graduación de su hijo. Por supuesto. El primero de su familia en ir a la universidad, incluso en estudiar un semestre fuera, en Bruselas, para así aprender francés y hacer algunos contactos con headhunters de empresas que vivían de concesiones que le hacían instituciones europeas. Prosperar es eso y tomar cava los jueves por la tarde después del trabajo en la Place Luxemburg.

Charlotte amarra su bicicleta al mismo tiempo que lo hace un joven con una camiseta de tirantes que lleva la cadena y el candado atravesados en el pecho como una ristra de balas. Ella lleva un portaplanos del mismo modo, como un lanzamisiles Stinger. Monta en bicicleta desde que tenía cuatro años, y antes de eso su madre la cargaba en una pequeña silla acoplada en la parte de atrás, sobre la rueda.

Charlotte es de las pocas chicas que usan medias aunque haga calor y su cama esté ardiendo. Se baja de su bicicleta roja y la amarra en el fierro dispuesto junto a la entrada del supermercado donde trabaja, cerca de la universidad. Está un poco agitada, tiene que subir la única pendiente que hay en toda la ciudad. Saluda a sus compañeras divertida por la rivalidad que existe entre las cajeras y las que trabajan en atención al cliente vendiendo cigarrillos, revistas y las bolsas aprobadas por el estado para verter la basura. Lo natural era que hubiera rotación y todo el mundo ocupara alguna vez, a lo largo de la semana o de las necesidades del momento, uno o varios puestos. Allí no. Charlotte tenía un contrato de estudiante a tiempo parcial y mientras fuera estudiante, no pagaba impuestos. No había nadie en la sala de personal. Se quitó la camiseta y se puso el suéter rojo con el emblema del súper. Dejó en la taquilla su portaplanos, su bolsa de tela con apuntes y el teléfono móvil, formateado hacía un mes. Zihra al verla entrar la saludó y cambió su lugar en la caja. Zihra estaba embarazada, iba a ser madre con dieciocho años. Aún vivía con sus padres y estaba a punto de mudarse con su novio a un piso en la zona de Dampoort.

Charlotte activa su llave en la caja y con la sonrisa grapada en los pómulos pasa con una velocidad de vértigo los productos por el escáner. Se le daba bien, no le disgustaba y bromeaba con sus amigos acerca de la idea de abandonar la universidad y seguir trabajando como cajera. Ella tenía la suerte de tomarlo como un juego, un complemento que le sirviera para tener un poco más de independencia. Escanea una bolsa de ensalada, un paquete de compresas, una lata de refrescos, un paquete de toallitas húmedas, una caja de preservativos, un blíster con tres bolígrafos baratos y una bandeja de carne.

—Son treinta y dos con cuarenta y tres –dice.

—¿Puedo pagar en efectivo y con tarjeta?

Charlotte suspira sin dejar de sonreír.

—Claro que sí –responde. Teclea algo en su terminal y gira el datáfono.

—Métela aquí. –La chica introduce una tarjeta junto al número PIN. Da error. Lo intenta con otra. El mismo resultado. Al introducirla por tercera vez, le dice a Charlotte que le cargue veinte euros con cincuenta. La gente de la fila la miraba con impaciencia, después con curiosidad y, al final, con lástima y cierta condescendencia. Vacía el bolso y caen cuatro preservativos sueltos, una botella con bebida isotónica, un paquete de toallitas húmedas casi vacío, cigarrillos y un pequeño bloc de notas. Y algunas monedas: seis euros.

—Gracias, no te preocupes… a todos nos ha pasado alguna vez –responde Charlotte–. Aún te faltan cinco con noventa y tres.

—Vaya –dice angustiada. Mientras decidía de qué podía prescindir, si la bolsa de ensalada y los bolígrafos o la bandeja de carne, el señor que estaba justo detrás pagó lo que le faltaba. La chica agradeció tímidamente y salió de forma apresurada. El caballero tras pagar su compra la encontró sentada en un escalón a pocos metros de la puerta y, ofreciéndole un cigarrillo, preguntó:

—¿Mala noche? –La chica era morena, de piel blanca y ojos tristes.

—Mala vida, respondió ella.

—¿Cómo te llamas?

—Nadia.

—Es bonito. ¿Qué significa?

—Esperanza.

—¿De dónde eres?

—Yugoslavia.

—Ya no existe Yugoslavia.

—Yo soy de Yugoslavia.

—Nadia es nombre de niña.

—No. Sara es nombre de niña.

—Sara es nombre de niña. Repitió el caballero.

 

*

Sara es nombre de niña. Esta niña tiene cuarenta y nueve años. Antes de abrir los ojos desconfía del olor y la relación de las sabanas con su cuerpo. El bolso está en un extremo de la habitación y sus cosas regadas por el suelo. La cama es lo suficientemente grande como para que quepa otra persona; el hueco de su lado izquierdo cuestiona la soledad y trata de negar el espacio. Con la celeridad de un impulso eléctrico, Sara se toca los pechos y las nalgas y comprueba que no está desnuda. Lleva una camiseta de hombre que le queda como un vestido, y las bragas, de encaje, con las que salió de casa el día anterior. Duda incluso de si fue el día anterior. Se alza, siente el frío de los pies en el parqué y trata de pensar cómo ha llegado hasta ahí. Va hacia la puerta, gira el pomo. Se abre. No está encerrada. No está secuestrada. La habitación parece una suite del Marriot o del Hilton más que uno de esos zulos donde un pederasta retendría a su vecina de seis años o unos terroristas decidirían ejecutar a un ministro. Olía a jazmín, si los zulos terroristas olieran a jazmín, la revolución o el antiguo-nuevo-orden que defendieran tendrían algo más de sentido.

Su habitación tiene una ventana y fuera de ella hay un coche en llamas y un edificio, al menos, tan alto como el suyo. Está en la planta veinticinco. Bonitas vistas. En el edificio de enfrente no parece haber pudor ni persianas. La noche hace que cada casa se vea iluminada como si un ejército de luciérnagas acabara de volver de la guerra y estuviera descansando. Desde sus enormes ventanas, observa a familias que miran la televisión mientras cenan, hombres en camiseta de tirantes que miran la televisión mientras cenan, caballeros con la corbata aflojada que miran la televisión mientras cenan y un par de estudiantes que miran su ordenador mientras cenan. Cuarenta y cinco, veintiocho y trece pulgadas. Ventana dentro de ventana. Niño come perro y niña viste una camiseta verde del ejército español que parece un vestido y que suelen conservar los que hicieron la mili en infantería. Alguno aún tiene en sus bolsillos arena melillense.

Sobre el escritorio encuentra un paquete de cigarrillos junto a un mechero barato de plástico, tres copas y cuatro botellas vacías de vino rojo. «Bebimos bastante». Sigue sin recordar: cómo ha llegado a esa habitación, de quién es la camiseta que lleva y por qué hay tres copas vacías sobre la mesa. Nada raro. Le duele la cabeza y siente la boca como si hubiera masticado azufre. Nada extraño. Coge un cigarrillo y va hacia la ventana. La abre y lo enciende. Hacía muchos años que había dejado de fumar, su hija se pasó tres meses diciéndole que no quería que se muriera, que si seguía fumando iba a tener un horrible cáncer o un ictus y se quedaría sola. «Si quieres a alguien tienes que evitar que se quede solo», le decía con esa voz tan suya que parecía la de un dibujo animado. Empezó a fumar a escondidas. Dijo a todos que había comenzado a tomar clases de natación y cada martes y jueves a las cuatro y media aparcaba el coche en el parking del centro comercial que estaba cerca de la playa y fumaba, solo fumaba. No podía parar de fumar. Allí conoció a Aurora mientras la ayudaba a cambiar una rueda. Ninguna lo había hecho antes, se les daba bien. Aurora era un par de años más joven, no tenía hijos y, salvo unas manos grandes con uñas como las garras de la más fiera alimaña, disfrutaba de todo lo que Sara podría haber llegado a desear nunca.

Con el cigarrillo encendido abrió la ventana de la habitación y sintió la brisa. Los cristales de algunas farolas estaban rotos y los trozos caían sobre el cadáver a medio comer de un dinosaurio de piel rojiza. El ojo del animal, del tamaño de un Volkswagen, estaba separado de la cabeza varios metros y el costado se mostró esquilmado. Un par de perros salvajes arrancaban unos trozos directamente del cuerpo. La idea era sencilla, había que hacerse con él antes de que la carne se terminase pudriendo y fuera inservible. Una vez oyó en la radio que no era tan diferente de la de una res o un trozo de salmón. Cuanto más roja esté, más fresca.

A Sara le dolían las piernas: tenía algunas várices. Le pesaban como prótesis de plomo. «Te siento como se siente un miembro amputado». A la tercera calada comenzó a toser de forma estrepitosa e imaginó cómo el humo cristalizaba en sus pulmones, cristales, tumores, quistes. Sara se imaginó como un trozo de roca, un gólem de carne y nicotina. Una escultura de su propio recuerdo, hierática, en una habitación de hotel a la que no recordaba haber llegado nunca. No hay manera más ordinaria de morir, o peor aún, de que a una la recuerden.

 

Wassalon fue publicada en 2016 por el sello Eolas Ediciones.

 

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Salvador J. Tamayo nace en 1986, en San Fernando (Cádiz). Licenciado en Historia. Máster en Estudios Hispánicos. Es autor del libro de relatos Salitre (2013) y de la novela Wassalon (2016), premiada con el v Premio de Novela Corta Fundación Monteleón. Ha escrito en medios como Granite & Rainbow, Panfleto Calidoscopio, eldiario.es Periódico Diagonal. Ha estudiado en Cádiz y en Florencia. Fue becario de la ix promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores y director de la revista GRUNDmagazine. Habla inglés e italiano. Es adicto a los Beatles y le encantaría ser zurdo. Vive en Bélgica. http://www.salvadorjtamayo.com

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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