Re-generación. Poesía española para el siglo XXI

Por  |  0 Comentarios

 

En medio del ensordecedor estallido de la comunicación en línea y de la longeva historia de la literatura castellana, se vuelve imprescindible una revisión de los nuevos autores que marcan los derroteros de la poesía española. José Luis Morante realiza un repaso por veinticuatro de las voces que actualmente conducen la lírica en España y muestra que el único denominador común en todas ellas es la variedad de formas y contenidos.

 

Vienen a lo que vienen.

Ellos sí de verdad llegaron para comerse este mundo.

José Emilio Pacheco

Literatura es diversidad.

Lêdo Ivo

 

 

 

José Luis Morante

 

Ya encauzado el siglo xxi y dispuesto para un primer recuento generacional sobre la lírica emergente, se constata una evidencia: la profunda conexión entre el momento poético más reciente y la crecida digital. Lírica y tecnología caminan de la mano. Así lo confirma el mapa de señales de un periodo marcado por el impacto digital. Internet, gran árbol de rizomas binarios, agiganta su fronda y permite al escritor disponer de una activa biblioteca de uso inmediato. Además multiplica rutas cibernéticas y disminuye la precoz dependencia de las infraestructuras editoriales tradicionales. Desde el sedentario estar doméstico, la pantalla encendida facilita la voluntad de diálogo y promueve aperturas plurales.

El reloj marca una cronología de dominios personales, bitácoras, tabletas, móviles polivalentes, pantallas interactivas, revistas electrónicas, ediciones digitales, talleres online, y el incontinente WhatsApp, convertido a diario en necesidad colectiva, protagoniza una copiosa mensajería de urgencia, esa incansable proliferación de procesos comunicativos que coloniza cualquier pliegue de lo cotidiano.

La información multimedia, el asentamiento de soportes renovados y la navegación virtual conforman el medio en el que se han originado los «nativos digitales», término acuñado por Marc Prensky. Ese concepto filosófico sobre la identidad de los usuarios adaptados a la zona wifi integra las evidentes mutaciones generadas en el albor del siglo. Cambian facetas como los aportes de noticias, el ocio, la formación personal, y un entorno altamente tecnificado reconstruye márgenes de espacio y tiempo. Nace una realidad innovadora, una comunidad donde debe ajustarse la relación entre el activo intelectual y el núcleo polarizador de la red.

La cosecha tecnológica está a la vista, aunque falta por estudiar con distanciamiento y método cómo afecta a la poesía como género y de qué modo influye en temas, contenidos, quehaceres estilísticos y sensibilidades estéticas. Se abre una etapa in progress con las propuestas e indagaciones de autores nacidos en la franja generacional de quince años que va de 1980 a 1995. Las dos fechas enmarcan travesías biográficas de quienes tienen entre veinte y treinta y cinco años al concluir 2015 y manifiestan en su escritura una singularidad potencial.

Este análisis reformula una pregunta antigua de la teoría literaria: ¿qué hay de nuevo en poesía? Es una duda cuya respuesta afianza la continuidad. Nos hallamos ante la convivencia sosegada de idearios, un espacio en marcha que siembra en cada taller la esperanza del fruto singular. Se han superado monopolios estéticos, no hay camisas de fuerza ni limitaciones programáticas y los poemas en red cuentan con una repercusión cosmopolita e instantánea.

Este marco fortalece una sensibilidad poética eficiente y versátil. En él se integra la nómina de autores referentes de la polifonía generacional.

Con sitio consolidado en la estela figurativa, percibimos en la voz de Fernando Valverde (Granada, 1980) rasgos como el referencialismo, la introspección meditativa y una sugerente aportación de imágenes que permite una remozada interpretación simbólica de la realidad. El hablante verbal suele ubicarse en el cruce que une el latido inestable del presente y la intrahistoria concreta. La dicción viva y luminosa de Fernando Valverde confía en la eficacia estética de los contenidos; sabe que las asperezas del entorno requieren implicación y un papel activo de la función escritural. La palabra integra en sus versos el compromiso con el otro, hecho tensión activa y apertura del espacio personal, nunca estéril y frío.

El poeta de Granada fija su posición desde una herencia plural donde los sustratos romántico y clásico se convierten en genealogías fuertes. Este diálogo verbal permite también un trasvase de influencias y afinidades con ramas colaterales, como la poesía iberoamericana y la del ámbito anglosajón.

El camino de Fernando Valverde hasta la fecha está formado por los libros Viento favorable, Razones para huir de una ciudad con frío, Los ojos del pelícano y La insistencia del daño. Con ellos ha logrado significativos reconocimientos literarios como el Premio Federico García Lorca, el Emilio Alarcos Llorach o el Antonio Machado. Asimismo el poeta ha preparado antologías y prologado algunas ediciones críticas. Coordina el Festival de Poesía de Granada. En septiembre de 2015 se incorpora al prestigioso plantel docente de la Universidad de Emory (Georgia, Estados Unidos) como profesor de Poesía Contemporánea.

El viaje lírico de Rubén Martín Díaz (Albacete, 1980) deja su primera huella en 2009 con el libro Contemplación, cuyos poemas cantan la intensidad vital y la plenitud de un don efímero, expuesto ante los sentidos como expresión privilegiada de lo transitorio. Pocos meses después ve luz El minuto interior, que logra el Premio Adonais y el Premio Ojo Crítico, convocado por Radio Nacional de España. En él persiste el son elegíaco como afirmación de un yo meditativo, dispuesto a compartir un ámbito de esperanza y certidumbres. Su fértil itinerario prosigue con El mirador de piedra, reconocido con el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola.

Su salida Arquitectura o sueño se abre con una breve nota del poeta y aforista León Molina. En ella deja constancia de la verdad poética de Rubén Martín, una voz limpia sin rescoldo de excesos, y se anuncia un cambio de rumbo en el enfoque del sujeto verbal. Usando como formato el poema en prosa, Arquitectura o sueño propicia una indagación en el limo nutricio de la escritura. Ya en el primer texto, «Con la luz», el personaje verbal propone como tarea del milagro creativo «armonizar el desorden»; se trata de un material reflexivo sobre la inspiración con afinidades asentadas; se alude al concepto romántico del soplo. Cobra impulso la sensibilidad individual para percibir el variado lenguaje de formas y contornos, después integrados en la experiencia vital del sujeto. El aporte perceptivo de las sensaciones y la reflexión sirven de brújula al ser, identidad que enuncia un diálogo de conocimiento en el que las ideas alzan su arquitectura.

El hablante lírico asume una función: «crear es un acto de despojamiento y requiere, para obviar al individuo solitario, adoptar una actitud idónea que permita el paso de la voz plural a través de la conciencia compartida que abarca el sinfín del universo. Cuando escribo, pues, no soy el poeta; soy la poesía».

El estar transitorio es el espacio reflexivo que pauta la única entrega hasta la fecha de Pablo Núñez (Langreo, Asturias, 1980). No resulta extraño que el anticipo de su trabajo literario se titulara precisamente Tempus fugit, una propuesta coral del Círculo Cultural de Valdediós. Licenciado en Periodismo, doctor en Filología Hispánica y coordinador de la revista Anáfora, Pablo Núñez consiguió con Lo que dejan los días el xii Premio de Poesía Dionisia García. En el jurado estaba Eloy Sánchez Rosillo, notorio maestro. Vislumbramos además otros aportes; resultan próximas las incursiones en los itinerarios de Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Francisco Brines, impulsores del verbo elegíaco.

Pablo Núñez sabe que el topos admite un rastro plural. Ha organizado el avance poemático con encuadres diferenciados. Su discurso intimista adquiere solemnidad con los préstamos prologales de T.S. Eliot y Jorge Luis Borges. Los versos conectan ser individual y devenir común, como si crearan un arquetipo mensurable, hecho para perdurar en el acontecer. El tiempo se concibe así, no como fragmentos aislados, sino como paréntesis vitales que se solapan y conectan, que se expresan con la misma voz y dejan entre las manos indicios similares. Lo que se ha perdido permanece, está en el aire como rumor audible. La memoria adquiere en esta poesía enfoque relevante, junto al binomio tiempo-conciencia del lenguaje. Las palabras funcionan como testigos fieles de lo mutable. Con Lo que dejan los días inicia Pablo Núñez una senda de verbo claro y transparente que evidencia el empeño de convivir con las preocupaciones del lector.

Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981) es doctor en Literatura comparada y licenciado en Filología. Ejerce como investigador en el Centro de Estudios Cervantinos y participa como docente en varios talleres literarios de la Universidad de Alcalá de Henares. Coordina la publicación semestral Quebrados y es colaborador en revistas literarias. Su amanecer se fecha en 2005, cuando el poemario Variadas posiciones del qmante consigue el Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande. En él cobra cuerpo la imaginería expresiva del autor y alguno de sus fondos temáticos de mayor calado. Tras la edición del texto didáctico Curso de iniciación a la escritura poética prosigue ruta con el poemario Tras la puerta tapiada, que se alzó en 2009 con el xxiv Premio de Poesía Hiperión. En él deja constancia del paralelismo entre la vida cotidiana y algunos pasajes de la historia y la mitología al sondear el discurrir del tiempo, la variabilidad de la fortuna y la fugacidad de los placeres, fenómenos inherentes a la condición de ser.

Cambia de género en 2010, cuando llega a las estanterías Peligro de vida, un libro de relatos en el que se conectan el cuento corto y la prosa poética para hacer de la realidad un friso extraño que provoca en quien lo percibe la reflexión moral.

Regresa a la poesía con el libro Obligación. El prólogo de Juan Antonio González Iglesias define esta entrega como «un libro barroco en sus formas y romántico en su hondura». Si cada escritura emprende un viaje circular en torno a unas cuantas obsesiones, en Francisco José Martínez Morán resalta el tema amoroso, pero el enfoque de Obligación se ubica más próximo al vacío y la disgregación que a la plenitud. El falso techo de lo vivencial cobija el desamparo. El enfoque meditativo describe la sensación de orfandad: «Y no posees más que la certeza / de estar ciego en mitad de un mapa mudo». Lo existencial conlleva un discurrir en manos de la incertidumbre, hecho fragilidad y decepción; esa sensación umbría hace de la muerte una presencia activa. En el quehacer del poeta resaltan la tendencia al poema breve, la impecable construcción formal y el ejercicio continuo de vislumbrar enlaces entre literatura y cauce vital.

Alejandra Vanessa (Córdoba, 1981) se licenció en Filología hispánica en su ciudad natal, donde fomenta su vocación literaria asistiendo a los talleres de poesía coordinados por Pablo García Casado. Desde el colectivo La Bella Varsovia, del que formó parte hasta 2014, ha organizado numerosos actos literarios e impulsado ediciones de jóvenes creadores.

En su entrega inicial Colegio de monjas, aparecida en 2004, nos deja una poesía espontánea y directa con la que traza una cronología vital reflejada en el cristal de los sentimientos. Son días marcados por el aprendizaje y por vínculos afectivos que dan cobijo a un acontecer transitorio. El destino personal se va moldeando en el aleatorio río de la experiencia; tiene como brújula un deseo que se alimenta a sí mismo y abre preguntas cuyas certidumbres están fuera.

Tras el cuaderno Fiesta de pijamas sus composiciones son publicadas por revistas de ámbito nacional y recogidas en 2010 en El hombre del saco. Los poemas de este segundo trabajo tienden la mano a las voces de infancia y a una mitología que hace de las ilusiones y el mirar limpio un hábitat natural.

El amago de desconcierto que propicia el título del libro Poto y Cabengo, editado en marzo de 2015 en la colección Valparaíso, se desvela de inmediato con la dedicatoria a Grace y Virginia Kennedy, dos protagonistas reales, con una historia llena de complicidad: son dos gemelas idénticas que hasta los ocho años estuvieron desconectadas del tránsito social. Ambas crearon para su micromundo infantil un lenguaje propio, inaccesible para los demás, pero intenso y clarificador en su bucle comunicativo. Poto y Cabengo serían las primeras palabras pronunciadas y ambas se asumen como recuerdo genesíaco del que arranca la propia identidad. La poeta cordobesa encuentra esa historia en el documental de Jean-Pierre Gorin y la visión impacta y sirve de apertura a su poemario.

El más sólido maestro de Alejandra Vanessa, Pablo García Casado, firma el breve introito en el que señala la adscripción de estos poemas a una estética realista, plástica, casi cinematográfica. Como en la poesía minimalista norteamericana se rescata el sentido de lo cotidiano a partir de un patrimonio de gestos mínimos en los que se acoge el latido vivencial de quien los protagoniza. El lenguaje concentra el mundo externo; es una estrategia del yo contra la alienación angustiada de una sociedad asfixiante, llena de situaciones anodinas. La poesía se convierte en necesidad expresiva por su capacidad de recuperación y en sendero por el que caminar seguro entre el páramo desabrido de la incertidumbre. La obra de Alejandra Vanessa tiene una amplia presencia en antologías y ha practicado otros géneros como la crítica y el relato.

Aunque nació en Madrid en 1981, Javier Vela vive su primera etapa biográfica en Cádiz hasta el comienzo de su formación universitaria. Es licenciado en Teoría de la literatura y Literatura comparada por la Universidad de Madrid. Inicia itinerario en 2004, cuando su libro La hora del crepúsculo se alza con el Premio Adonais. Pronto suma al trayecto creador nuevas salidas, Tiempo adentro, Imaginario, que logró el Premio Loewe a la Joven Creación, Ofelia y otras lunas, ganador del Ciudad de Córdoba «Ricardo Molina», y Hotel Origen, que obtuvo el Premio Internacional Emilio Prados. En 2012 publicó la novela breve Nada alrededor. Ha hecho versiones al castellano de las obras de autores franceses como Jean Moréas, Jules Laforgue, Georges Rodenbach o Louis Hémon. Es director de la Fundación Carlos Edmundo de Ory y colaborador habitual en revistas literarias.

En el quehacer de Javier Vela el sondeo de la identidad se despliega como sustrato temático relevante; la incansable inercia de vivir condiciona el estar del sujeto que reformula, ante el espejo de lo diario, una humilde vocación de permanencia. También el soporte sentimental ocupa un primer plano, junto a la indagación en la memoria como representación atemporal de lo sensible.

El poeta insiste en dar impulso cordial a núcleos temáticos de actualidad como el amor. Así lo percibimos en el mapa emocional de Hotel Origen, donde la voz poética se estiliza y logra mediante textos muy breves dar luz a un intimismo celebratorio que se afirma en el acto de existir con palabra contenida y precisa.

El trascurso creador de Javier Vela proclama una continua inquietud expresiva. Cada poemario emprende una bifurcación, no tanto por el abandono de obsesiones argumentales, sino por la potencia comunicativa del verso que oscila desde la abstracción inicial hacia lo figurativo con una anatomía versal muy narrativa.

Nacida en Madrid en 1982, Verónica Aranda vivió durante su infancia y adolescencia en Italia y en Bélgica, donde cursó Bachillerato Internacional en Bruselas. Es licenciada en Filología hispánica y realizó estudios de doctorado en Nueva Delhi, becada por el gobierno indio. Durante algún tiempo compaginó la interpretación de fados con la escritura. Ha preparado traducciones al castellano desde el portugués y el nepalí.

Su fecundo recorrido integra los títulos Poeta en India, Tatuaje, Alfama, Postal de olvido, Cortes de luz, Senda de sauces. 99 haikus, Café Hafa y Lluvias continuas. Estas entregas han sido reconocidas con los premios Joaquín Benito de Lucas, Antonio Carvajal, José Agustín Goytisolo, Arte Joven de la Comunidad de Madrid, un accésit del Adonais en la convocatoria de 2009 y el Premio Antonio Oliver Belmás.

El protagonista verbal de Verónica Aranda tiene bajo su lecho una maleta disponible. La evocación y el recuerdo de itinerarios son signos constantes de la andadura reflexiva por una geografía flexible. Las vivencias retornan trasmutadas en secuencias que fortalecen vinculaciones entre intimidad y paisajes. Los lugares visibles del fluir temporal perduran a resguardo en las palabras; los versos plasman un tiempo cuyos efectos expanden retazos de identidades, distancias y emociones. Son la memoria básica de una conciencia en vela que aflora en la amanecida con el tono de voz de los regresos. Poesía en tránsito que da forma al recuerdo, que hace de cada libro un cruce de sendas, una invitación al viaje.

La sentimentalización del escenario se logra desde una voz enunciativa que plasma en el ánimo los reflejos de una geografía perdurable. El poema ilumina conciso y profundo, lejos del exotismo y la extrañeza, con el foco firme de la inteligencia.

José Alcaraz (Cartagena, 1983) consiguió con su carta inicial Está usted aquí el Premio Murcia Joven en 2007. Era un libro de enfoque descriptivo en el que la ironía funcionaba como clave filosa para trazar una crónica personal y desenfadada. Casi un lustro transcurre hasta que llega a los estantes La tabla del uno y, poco después, la editorial Pre-Textos, tras conseguir el Premio de Poesía Joven de RNE, publica su tercera salida, Edición anotada de la tristeza.

En breve nota de solapa, Juan de Dios García matiza el aserto ensayístico del título: «José Alcaraz ha elegido una tristeza inteligente, rica en matices, no aquella que se deja abatir. Y la ha elegido también por mesura, puesto que parece que la tristeza resulta obscena actualmente en una sociedad que persigue una felicidad sin taras».

Las composiciones se presentan como notas a pie de página y el amplio espacio blanco superior sugiere indefinición, un estado afectivo que escatima datos de una secuencia vivencial que no es enunciada por el yo poemático. Son escuetas reflexiones sobre los sitios del asombro: la vida enterró el mapa, dejó una cartografía difusa para moverse por los fríos rieles de lo cotidiano; como si las notas no persiguiesen la distancia objetiva de la verosimilitud sino la contenida palabra del afecto confidencial: «El último hilo de luz en invierno. / Tirar de él, / deshaciendo el suéter del aire / y la melancolía.». La palabra busca el viaje introspectivo, la mirada hacia dentro que lee la caligrafía ensimismada de la conciencia.

Más allá del inicial efecto sorpresa que postula la disposición poemática de Edición anotada de la tristeza, la lírica de José Alcaraz contiene un fuerte sentido aforístico, una voz meditativa hecha emoción e inteligencia que sondea el acontecer existencial con un mensaje despojado en el que a menudo salta la imagen insólita y llena de luz. Entre sujeto y tiempo un puente especular concede a la tristeza una habitación con vistas, un espacio habitable.

Los poemas de Ben Clark (Ibiza, 1984) apuestan por la transparencia expositiva y tienen el tacto cálido de la empatía. Ha firmado libros como Los hijos de los hijos de la ira, ganador del Premio Hiperión en 2006, Cabotaje, Memoria, La mezcla confusa, Basura y La fiera, galardonado en 2013 con el Premio Ciutat de Palma Joan Alcover y ganador del Premio Ojo Crítico de RNE por su lenguaje «claro, comunicativo y comprometido cívicamente». En 2014 prosigue estela con Los últimos perros de Shackleton, un título cargado de simbolismo. Como es sabido E.H. Shackleton, viajero desde los dieciséis años y explorador hasta su fallecimiento tras varias expediciones al polo sur, personifica la voluntad inquebrantable y a la figura del líder solidario que aparca sueños y obsesiones para salvar al otro.

En su perfil es reseñable su quehacer como traductor. Ha hecho versiones al castellano de la obra de poetas anglosajones y norteamericanos. Ese acopio de lecturas incide también en la singularidad de sus poemas, una muestra de los cuales se recoge en la antología Hijos de la bonanza, que selecciona textos escritos entre 2006 y 2012.

En su escritura encuentra sitio una poesía existencial, indagatoria y crítica en la que habitan tópicos atemporales –el amor y el discurrir del tiempo– y los avatares de una sociedad posmoderna y tecnológica que ha diseñado unas complejas relaciones entre el ser urbano y el entorno natural, con fracturas como la degradación ambiental y la incontinente producción de basuras. Ahí están los residuos tóxicos del progreso y la poesía no oculta ese rostro agrio del capitalismo consumista, causante de una despersonalización adictiva que ocasiona en el sujeto una conciencia disgregada y exige una continua reconstrucción. En la obra de Ben Clark no hay malos tiempos para la lírica porque el poema genera sólidas estrategias de superviviente. En sus versos el músculo vital contemporáneo y sus instrumentos de representación se diseccionan con crítico bisturí porque propagan una metafísica de la sospecha que exige la desmitificación.

Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984) compagina el teatro y la escritura poética. Ha estrenado varios montajes teatrales. En 2010 la editorial Pre-Textos llevó a imprenta los poemas de La educación física. Es una reflexión sobre la juventud, etapa vital en la que resplandece cualquier ideal, pero también aloja decepciones y quiebras. Sirve de cabo argumental un tiempo de tomas de postura en el que se repiten los ciclos de ensayo y error en un escenario antiguo, de mínimas dimensiones, que va agotando las representaciones. El itinerario creador prosigue con La retirada, premio Injuve 2012, donde asistimos a una nueva inmersión en lo biográfico; los poemas aglutinan contingencia y palabra confesional como etapas de un cuaderno de viaje pautado por la lentitud y el conocimiento. La tercera entrega, El tiempo de las tragedias absurdas, es un proyecto común con Pilar Pérez Abilleira que aporta fotografías a textos que reflexionan sobre el ser introspectivo y la soledad. Nuevamente Pre-Textos edita la obra más reciente, Mis padres: Romeo y Julieta. Un asunto central, la ruptura de la pareja, da pie a distintos personajes a plantear su enfoque sobre la cuestión, siempre bajo la vibración cercana de un interlocutor lírico que parece encarnar la función del narrador omnisciente.

En 2013 estrena el poema dramático O estado salvaxe, Espanha 1939, con su abuela como actriz, y en 2015, Habrás de ir a la guerra que empieza hoy, una biografía de Giordano Lareo, tío de su abuelo republicano exiliado en Buenos Aires. También en 2015 estrena Solo hay una vida y en ella quiero tener tiempo de construirme y destruirme, una pieza interpretada por adolescentes con dirección de Ana Borralho y Joao Galante. Estos Tres poemas dramáticos serán publicados en 2015 en Ediciones Liliputienses.

Es conocida la precoz vocación poética de Elena Medel (Córdoba, 1985). Con su carta auroral Mi primer bikini se alzaba con el Premio Andalucía Joven de Poesía y, en pocos meses, ocupaba sitio en antologías firmadas por Ignacio Elguero, Luis Antonio de Villena o Javier Lostalé. Pronto compagina la gestión literaria de proyectos como La Bella Varsovia y el articulismo en prensa con la escritura lírica, en la que ha ido entregando los libros Tara y Chatterton, premiado en 2014 con el Loewe de Creación Joven.

El volumen Un día negro en una casa de mentira, cuyo título toma un verso de Louis Aragon, recoge todo el entusiasmo creativo de Elena Medel desde 1998 hasta 2015. El completo trabajo dibuja un perfil poético marcado por la búsqueda y exento de cualquier conformismo. Arranca con los textos de Mi primer bikini, poemario que protagoniza un hablante juvenil, proclive al vitalismo y a convivir con aportes generacionales y las convenciones estrechas que retardan el paso regular de la utopía. La órbita de Tara gira en torno a la quiebra del ánimo y a la desaparición de asideros cercanos, de repente enfrentados al desgaste abrasivo del tiempo. Más sereno y reflexivo, Chatterton sitúa la identidad femenina en una etapa histórica marcada por la recesión. Son días trazados por la incertidumbre en los que apenas hay tiempo para descansar un rato en lo habitable.

El trasiego vital es un recorrido laberíntico, una senda de meandros que lleva desde la claridad hacia lo sombrío. La estación de llegada se hace distancia y tarda en definirse. Hace su aparición un estado de ánimo que borra la ingenuidad y ensancha límites hacia lo precario. Hay un mar de fondo que solo permite percibir el giro contingente del tiempo. Lastra la belleza una caducidad subversiva.

También el lenguaje de Elena Medel, en el discurrir de sus entregas, muestra tanteos de una perceptible evolución. Los versos pierden hermetismo y textura barroca para respaldar una palabra más luminosa, más proclive a lo confesional, que acrecienta su impulso narrativo.

La obra lírica de Elena Medel ha sido traducida a una decena de idiomas y abre trazados complementarios como el ensayo; en 2015 publicó El mundo mago. Cómo vivir con Antonio Machado. La poeta dirige la revista Eñe.

La más temprana referencia literaria de Javier Vicedo Alós (Castellón, 1985) es el cuaderno El azul silencio del hombre, editado en 2007. Al año siguiente participa en la Sexta Jornada de Nuevos Autores de la Fundación Antonio Gala. Pero es en 2010 cuando su poesía aflora conspicuamente con la salida de dos libros, La última distancia (editorial Puerta del Mar) y Ventanas a ninguna parte, reconocido con el Premio de Poesía Joven RNE. Otro ámbito de su escritura es el teatro; es autor de la obra teatral Summer evening (Centro de Documentación Teatral), con la cual consiguió en 2014 el Premio de Teatro Calderón de la Barca.

El poemario Fidelidad de una sombra llega en noviembre de 2015. Algunos poemas de Javier Vicedo Alós han sido traducidos al italiano y al francés. Realizó estudios de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, ciudad donde reside por motivos laborales.

El impulso del poema germina en la incertidumbre. Las palabras se esfuerzan en recomponer, bucean en la hondura, espigan indicios y van moldeando su propio temblor, una entidad que, mientras se hace, encuentra expresión en el silencio: «Mirando nadas se construye un hombre». Es un verso de Ventanas a ninguna parte, libro que se define con un interludio dialogal entre Valente y Pessoa; para José Ángel Valente la memoria es una apertura franqueable que hace presente lo vivido; en cambio, para Fernando Pessoa, entre la mirada interior y el contexto externo existe una orografía disconforme. El sujeto se convierte en observador parcial, guiado por la intuición previa y el saldo vivo de la memoria.

En La última distancia se emplea el poema en prosa. En él cristaliza la textura de un acontecer previsible, y queda mostrada la capacidad corrosiva de la memoria. Esta sensación hace de la esperanza una estrategia frente al horizonte inmediato. Los textos de La última distancia difunden el rumor a media voz del dietario; recrean un registro donde deambula el sopor existencial por un territorio de aprendizaje. En el tercero de sus libros, Fidelidad a una sombra, persisten el tanteo y la indagación frente a un entorno visible y grávido, repleto de significaciones. Lo contemplado traza su estela en el interior como si en esa caligrafía perdurara la dimensión exacta de lo perdido.

Con particular unicidad, la lírica de Javier Vicedo Alós configura una poesía de pensamiento, no discursiva, que en su contención implica al lector en la búsqueda de sentidos.

La dinámica creadora de Constantino Molina Monteagudo (Albacete, 1985) tiene como umbrales el Premio Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha y el Premio Nacional de Poesía Joven Ciudad de Albacete. Estos reconocimientos posibilitan su participación en algunas muestras colectivas, como Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011) y Fractal. El llano en llamas (Albacete, 2011), y la colaboración en revistas literarias. También firma en las páginas culturales de ABC, en la edición autonómica de Castilla-La Mancha. Con su entrega Las ramas del azar se integra en el listado de ganadores del premio Adonais. En esta salida encontramos una lírica meditativa de aliento celebratorio, una poesía pulcra y emotiva que se refuerza con motivos clásicos.

La poesía busca el encuentro entre lenguaje y experiencia vital y se acerca a lo recóndito del existir a través de las rutas interiores. El silencio deviene estrategia del pensamiento y razón estética para un pleno análisis del entorno; la conciencia profundiza en el bosque de símbolos de la realidad: «Basta callar, dejar cantar al mundo / y oír su voz fugaz para entenderlo». En los poemas, la naturaleza adquiere presencia medular. Es un punto de fuga porque en ella buscan cobijo la emoción y la inteligencia, y el sujeto verbal halla en sus formas una luz unánime, un ajustado espejo de claridad y cercanía.

Los versos de Constantino Molina Monteagudo transmiten emoción e inteligencia, y trazan una línea continua con una tradición expresiva que busca en el verso cadencia musical y dicción serena, que rehumaniza el cauce del poema a través de un paisaje interiorizado.

Martha Asunción Alonso (Madrid, 1986) es licenciada en Filología francesa y titular de un máster en historia del arte. Vive y enseña en Quebec (Canadá). Por su trabajo docente, ha residido en diferentes destinos de la Francia continental y en la isla de Guadalupe, en el Caribe francés. Su corpus lírico consigue distinciones como el Premio de Poesía Joven RNE, el Premio Adonais y el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández, otorgado por el Ministerio de Cultura. Es autora de los poemarios Detener la primavera (Hiperión, 2011), La soledad criolla (Rialp, 2013), Skinny Cap (Libros de la Herida, 2014) y Wendy (Pre-Textos, 2015). Tiene poemas dispersos en las páginas de Quimera, Piedra del Molino, Ellas dicen, Nayagua, Ex Libris, La Madeja, Estación de poesía, Litoral, Paraíso, Eñe, Blusa o Mordisco. Ha participado en numerosos festivales y encuentros literarios. Una selección de su obra ha sido traducida al griego.

En su poesía son cortes transversales el aprendizaje vital, el compromiso del poeta con el lenguaje, la memoria personal ceñida en ocasiones a la identidad femenina y los signos generacionales que definen la intrahistoria reciente. Así lo percibimos en poemarios como Skinny Cap, donde el regreso al escenario de infancia y juventud deambula por un marco urbano lleno de extrañamiento. Lo transitorio cubre las estaciones con una epidermis desconocida; la ciudad –Madrid– no es la misma y en ella el grafiti se convierte en metáfora de rebeldía, en espejo icónico de una escritura en libertad, a trasmano de normas y convenciones.

En el libro Wendy Martha Asunción Alonso toma un ícono clásico, el personaje creado en Peter Pan por James M. Barry, para evocar una mitología infantil que amenaza derrumbe y en la que siempre prevalecen presencias cercanas que dan al entorno la claridad de lo diáfano. Son ellas las que siempre ofrecen la mano generosa para que el otro crezca.

La evocación del pasado emplea la dicción directa que unifica sujeto biográfico y escritura en poemas connotativos que propician el acercamiento inmediato del lector con la celeridad de quien resuelve una ecuación relacional. La escritura se define como aprendizaje y destino, como una estela abierta por el temblor de vivir en la que se filtran temas que no envejecen: la memoria, el amor o el repiqueteo de un devenir mudable en el que se cobija un personal patrimonio, un desorden de brújulas y libros.

Nacido en Bilbao en 1986, Aitor Francos es licenciado en Medicina por la Universidad del País Vasco y colaborador habitual de algunas revistas. En su título de arranque Igloo, ganador del certamen Surcos, presentaba una visión lírica inspirada en el surrealismo que se acrecienta en su segunda entrega, Un lugar que nunca he escrito, donde resalta el propósito formal. Todo el libro usa de forma continua el soneto como molde textual. La travesía de Aitor Francos plantea una particular metafísica de la escritura; no le subyuga la narratividad que hace del poema un hábitat de acogida para las vivencias del sujeto y su acontecer. Ensaya un ideario de apartamiento, un lejano domicilio ártico que cobije la diferencia; quien se hace a sí mismo objeto de introspección no se reconoce, no se siente estar, ve una alteridad que se interroga en la hondura del poema, que es consciente de la carencia. En Libro de las invitaciones el vector más significativo es el encuentro con las propias desapariciones. El poeta refleja lo discontinuo con un lenguaje de síntesis cuyas nervaduras son la concisión y la sugerencia. El cuaderno Ahora el que se va soy yo (Logroño, 2014) precisa la estela más reciente de una construcción escritural que tiende a la paradoja: «Una escritura para la ausencia de escritura». La palabra versal concede una oportunidad de existir, una forma de sedimentar lo transitorio, de que cobre existencia lo inexistente. El protagonista poemático tiene una representación interior, visible, narrativa, y vive como eremita su visión inanimada de lo real.

Aitor Francos es un lector ensimismado y eso se percibe de inmediato en los aportes de un saber hacer múltiple. En el conocido poema «No volveré a ser joven», de Jaime Gil de Biedma, que contiene dos versos para la memoria, «envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro» encuentra título para el poemario aparecido en la colección Tierra de La Isla de Siltolá. En Las dimensiones del teatro hallamos tres vértices orgánicos: la metapoesía y el catálogo de lecturas que hacen del libro medida de la realidad, la introspección en la identidad del sujeto y sus versiones, y el diálogo con la existencia siempre concebida como un acto de incertidumbre.

El paso inicial de Rodrigo Olay (Noreña, Asturias, 1989), Cerrar los ojos para verte, se alzó con el Premio Asturias Joven de Poesía en 2010. Era un estudiante de Filología hispánica que ya mostraba un patrimonio lector inusual. Al poeta no le asusta convertir en precursores colaterales a Gonzalo de Berceo, Gustavo Adolfo Bécquer o Antonio Machado; sabe que la tradición es una cartografía visitable, proclive a la hospitalidad y al diálogo. El libro compendia poemas escritos desde 2005, cuando el autor apenas contaba dieciséis años, hasta el año de publicación, un lustro que coincide con su formación universitaria en la que se acumulan horas de lecturas, dominio técnico, más allá del mero ejercicio imitativo, y empleo del coloquialismo y del humor como enfoques de acercamiento a la vida diaria. Su segunda carta, La víspera, profundiza en las incisiones trazadas: pautada convivencia entre la preocupación formal, el fondo vivencial de lo diario desde una mirada observadora y diáfana, y el oído atento a las voces del tiempo en un diálogo ininterrumpido con la tradición.

En la escritura de Rodrigo Olay las palabras son vínculos de permanencia, actúan como soportes de asentamiento frente al desgaste abrasivo de la temporalidad. Su yo poemático adquiere una entidad que aglutina sustrato biográfico y verosimilitud literaria para construir con el verso un espacio de reflexión.

Asombra la incansable voluntad de Luna Miguel (Alcalá de Henares, Madrid, 1990), periodista, asistente editorial e impulsora por tradición familiar del sello El Gaviero. Su bagaje integra los poemarios Estar enfermo, Poetry is not dead, Pensamientos estériles, La tumba del marinero y Los estómagos. De ellos se han traducido amplias muestras al inglés y al italiano. Además de traductora de clásicos como Marcel Schwob o Rimbaud, ha coordinado tres antologías sobre la última poesía. Formada por lecturas de poetas franceses y sobre todo norteamericanos, la voz de Luna Miguel vislumbra geografías cotidianas con aristas conformadas por facetas con desajustes. Lejos del purismo aséptico de lo formal, deja libre un cauce versal narrativo y directo, con un aderezo de imágenes que multiplica la ambivalencia y los significados abiertos.

En los contenidos poemáticos de Luna Miguel el hábitat biográfico es una geografía expuesta a la reflexión que se muestra al lector sin veladuras, como intensa coordenada situacional. En Pensamientos estériles la singladura del yo abría un profundo surco de referencias concretas en el patrimonio vivencial de un periodo vital; también en las composiciones de La tumba del marinero, un libro de estructura muy elaborada, las experiencias íntimas emergían desde el limo de lo cotidiano con una clara conciencia de objetivación para reescribir un proceso de madurez de piel y pensamiento.

Esta focalización acerada del hablante verbal prosigue en la salida Los estómagos (La Bella Varsovia, 2015), donde se reconoce a la fisiología como condicionante básico de la identidad y se hace ver sus efectos secundarios, como el dolor, la erosión física y el camino fangoso de la enfermedad. Son temas de impacto de quien conoce el frío y aguarda la amanecida para esperar claridad y transparencia. El poema no es una proclama en blanco y negro, sino la verbalización de un pensamiento ante la desolación. Con la conciencia de finitud se reafirma la búsqueda de equilibrio y armonía para seguir siendo.

Diego Álvarez Miguel es natural de Oviedo, donde nace en 1990. Con sus textos de aprendizaje participa en certámenes juveniles y logra algunas distinciones como el Premio Dafne en la modalidad de poesía. Ya en las aulas universitarias, escribe en colaboración con Xaime Martínez la obra Los mil cuentos de Marcelino Tongo, un conjunto de narraciones breves. Su recorrido poético comprende Un día, tres otoños, galardonado con el Gloria Fuertes en 2012 y editado en Torremozas, Lugares últimos, que obtiene el IV Premio de Poesía Universidad de Oviedo, y su tercera entrega, Hidratante Olivia, ganadora del Premio de Poesía Hiperión en marzo de 2015.

En la voz del ovetense percibimos una lluvia común que integra la realidad cotidiana, el trayecto existencial y el tiempo. Sin cortes estridentes, con un enfoque que difunde naturalidad, en los poemas se abren sendas emotivas que dibujan un tiempo cognitivo expuesto a lo contingente. La carta inicial, Un día, tres otoños, abunda en la percepción maleable del discurrir; la ausencia ralentiza el paso de las agujas y alarga una jornada hasta la percepción crepuscular de tres estaciones. Con epitelio emotivo, los enunciados verbales conectan con la tibia claridad de los sentimientos, crean un decir que recalca contrastes entre la indagación y el pensamiento racional. El quehacer personal traza nudos firmes con la biblioteca; los antecedentes dan solidez al impulso conversacional y optan por una construcción clásica, directa, de línea clara, que sitúa al margen lo solemne y construye desde la memoria. Son redes vitales que incorporan al poema la filosofía del ahora, el áspero asfalto de lo cotidiano.

Una de las andaduras más recientes en esta panorámica es la de Paula Bozalongo (Granada, 1991). Su amanecida, Diciembre y nos besamos, logró en 2014 el xxix Premio Hiperión. Otra vez el certamen recuperaba su función primordial: servir de puerto franco a una creadora desconocida y facilitar el desembarco de idearios estéticos recientes, todavía en periodo de formación. Paula Bozalongo se suma a la lírica denotativa; no le asusta la transparencia del registro figurativo ni renuncia a las teselas que convierten al confidente verbal en un reflejo del hablante real. La autora entiende la poesía como asimilación de progenitores literarios. Hay ecos de Ángel González, Joan Margarit o Luis García Montero. Esta genealogía fortalece el propio taller; el acervo constata que el lenguaje se renueva a sí mismo. Diciembre y nos besamos aglutina sus poemas en torno a la búsqueda, cuando se pierden radas y la identidad del sujeto está abocada a superar incertidumbres. Los versos construyen una arquitectura de esperanza en la que ganan sitio algunas presencias cercanas, que actuaron como brújulas y modelos éticos en el modo de palpar la realidad y sus disonancias.

En el verano de 2015, Paula Bozalongo consigue el Premio Bridges of Struga, una iniciativa conjunta de la Unesco y el Festival de Poesía de Struga (Macedonia), concedida a la más destacada ópera prima de un autor joven. Se premiaba así una lírica que expresa las pulsiones de la intimidad. Los versos enuncian una sutil aventura introspectiva donde el hablante se convierte en palabra compartida. Mediante un lenguaje depurado, nos deja su visión del aprendizaje vivencial, expresa un entorno subjetivo que recupera grietas en el gastado muro de los días. Una poesía que no se desliga de las posibilidades estéticas de la realidad.

Javier Temprado Blanquer (Albacete, 1992) es graduado en Historia por la Universidad de Alicante. Colabora en la revista Barcarola. Sus frutos literarios más tempranos se integran en antologías como Una generación de fuego y Cosmoanónimos 2.2. En 2014 resulta ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Ciudad de Albacete y disfruta de una beca para jóvenes creadores en la Fundación Antonio Gala. Pertenece a la comisión organizadora del Festival Poético Fractal. En 2015 aparece en el sello sevillano de la Isla de Siltolá su libro Los vértices del tiempo, con el que fija su ruta poética.

Con título expresivo, Los vértices del tiempo definen una escritura que no pasa por alto aquellos contornos que se perfilan, convincentes y opacos, sin saber su significado frente al tacto existencial. Las aristas adquieren en el pensamiento una enumeración caótica, como elementos variables dispuestos a llenar el vacío. La escritura conjuga indecisión sobre el transcurso de los hechos, como si la memoria fuese un mapa incierto cuya fisonomía cambiase en la evocación.

La escritura de Javier Temprado Blanquer se aleja de la cadencia discursiva para abordar el entorno cercano con un lenguaje imaginativo. En él se yuxtaponen secuencias que perfilan los trazos de la experiencia. Las impresiones dispersan conexiones y dejan el sentido comunicativo en un segundo plano. En esta escritura reverdece la imagen surrealista y se abre un rastro crítico en el análisis del mundo cotidiano; también hay sitio para los sentimientos y para la definición de la propia identidad en una etapa de globalización y uniformidad.

Mientras comienza su formación universitaria, Miguel Floriano Traseira (Oviedo, 1992) da a conocer su producción más temprana, relatos en su mayoría, en el libro Cuentos para adornar los sueños (2012). El siguiente título, Diablos y virtudes (2013), compila composiciones líricas. En la amanecida de 2015 opta de nuevo por la poesía y publica Tratado de identidad. Además una selección de su lírica forma parte de la muestra Diversos (Círculo Cultural de Valdediós, 2015). Pronto se suma al inquieto ambiente de voces jóvenes que impulsa la revista Anáfora. Asimismo, anticipa poemas en medios digitales como Círculo de Poesía o en publicaciones como Estación Poesía. Su proyecto «El país de Ammyt» realiza un recorrido exploratorio por el mapa de la lírica más joven.

Si en los versos de Diablos y virtudes se percibe el recrear de las sensaciones, el afán por dejar constancia de la estela del ser que, poco a poco, se disuelve y declina en la memoria, en Tratado de identidad es el lenguaje el que pugna por crear espacios de autonomía y conocimiento en una realidad en permanente reconstrucción; la claridad de la palabra cuestiona lo evidente y lo muda en destello indeciso. En su poemario Quizá el fervor se acentúa el sesgo confidencial. El acontecer convierte al sujeto poético en un ser receptivo, una sensibilidad abierta al estímulo cuyo tono de voz se hace elegíaco. La temporalidad nos sitúa en una encrucijada transitoria, un paisaje colmado de signos caducos en el que la escritura busca percibir y entender.

Elvira Sastre (Segovia, 1992) abre su destino literario casi en la adolescencia. Sus tanteos hallan sitio en el blog «Relocos y recuerdos» que todavía mantiene activo. Cuando se traslada a Madrid para cursar el grado universitario de Estudios Ingleses cobra presencia en los eventos culturales de la capital. En 2013, con prólogo de Benjamín Prado, publica su primer poemario, Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo. Poco después, en colaboración con la ilustradora Adriana Moragues, impulsa el proyecto Tú la acuarela / Yo la lírica. Ya en 2015, la editorial Valparaíso incluye en su colección de poesía la segunda salida, Baluarte, que logra un enorme refrendo público y en menos de seis meses se reedita por tercera vez.

Tras concluir el máster de Traducción literaria realiza su primera versión al castellano, el libro Los hijos de Bob Dylan de Gordon E. McNeer.

En la lírica de Elvira Sastre se cruzan los claroscuros existenciales, esas interrogaciones que salen al paso para imprimir sus huellas en la incertidumbre. La amanecida dibuja en la retina instantáneas que conformarán los recuerdos y el caladero de experiencias vitales. Se abre así un prolongado diálogo que requiere al yo como interlocutor directo. De esa sobreexposición del intimismo nacen los poemas de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, «una llamada al desahogo; una puerta abierta a lo que habita dentro de cada uno». Con esa equilibrada mezcla de percepción y sentimiento que traza el orden justo de la confidencia, Baluarte escucha el rumor fuerte de las relaciones personales, a través de un lenguaje directo, cuajado de aciertos expresivos y asociaciones insólitas. Los poemas se mueven entre las coordenadas sentimentales como presencias irradiadoras que inspiran actitudes y reflexiones y admiten la cercanía de la implicación. El discurso amoroso multiplica la capacidad de vivir el instante. El amor y sus bifurcaciones suplantan el tedio, agavillan pensamientos y se transforman en impulso de miedos y sueños.

Asturiano nacido en 1993, Xaime Martínez cursa estudios de grado en Lengua Española y sus Literaturas en la Universidad de Oviedo. Para dar solidez a su aprendizaje como escritor se integra en las actividades del colectivo poético Mil Novecientos Violeta. Algunas composiciones se anticipan, tanto en castellano como en asturiano, en revistas como Ex Libris, Anáfora o Clarín. Forma parte de los seleccionados en Mecánica Celeste, breve panorámica editada por el Círculo Cultural de Valdediós en 2012. Ese mismo año entrega Los tres mil cuentos de Marcelino, conjunto de relatos escritos en colaboración con Diego Álvarez Miguel. Es músico y letrista del conjunto La Bande.

El trabajo lírico de Xaime Martínez se estrena con El tango de Penélope, libro refrendado por el Premio Universidad de Oviedo. En él explora el almacén cultural para recolocar estanterías y sacar a la luz vetas de una poesía conversacional, de rostro multiforme, siempre atenta al ritmo de los sentimientos. Con su segunda voz, Fuego cruzado, logra el Premio Antonio Carvajal. En sus poemas conviven los reflejos móviles de la herencia literaria y abundantes referentes que provienen del cine, el cómic y la música pop; el poemario revitaliza asuntos de la tradición que así adquieren una temporalidad más actual. No faltan recursos de amplia presencia en otros coetáneos como el humor y el toque irónico, el pretexto biográfico y los guiños de estilo, que rompen la lectura literal, con ejemplos cercanos, como el de Pere Gimferrer, Luis Alberto de Cuenca o Manuel Vilas. El poeta entiende el culturalismo como «variación sutil de la autobiografía» porque permite reconciliar las señales comunicativas de lo cotidiano con elementos perdurables de la alta cultura. La mezcla permite una deconstrucción de motivos clásicos, deja el campo libre para explorar las brechas inesperadas de lo real.

En esta poética el pretérito y el equipaje abierto de la modernidad no son espejos enfrentados sino perspectivas yuxtapuestas, intervalos que amplían el campo de visión.

Palabras sobre palabras, en la atardecida de 2015, queda expuesto el poblado archivo creador de una nueva generación poética. Es un trabajo colectivo escrito en un contexto histórico en continua mutación. En él se integran los autores nacidos desde el inicio de los años ochenta, cuando la andadura constitucional adquiere solidez y transforma el país en una democracia asentada, pese al crepúsculo golpista de 1981, hasta el año 1995, un año inmerso en un ciclo de bonanza económica y desarrollo que fomenta la mentalidad conservadora y despliega una cultura oficial triunfalista, con un activo escaparate intelectual.

Esta compilación aglutina protagonistas que han recibido amplia formación universitaria y disponen de acceso directo a la funcionalidad tecnológica. Los seleccionados salen de su etapa juvenil, comparten premios, mesas de debate y facilidades editoriales en sellos de prestigio (a partir de la eclosión de la crisis económica en 2008, comunidades autónomas, instituciones educativas y gobiernos municipales han financiado propuestas minoritarias y publicaciones de corta difusión y, tras la caída del mercado, han sido las pequeñas editoriales las que han suplido con entusiasmo el apoyo oficial).

El alcance global de los medios de comunicación revitaliza de forma continua el aire creativo del momento porque acerca las actividades de otros ámbitos lingüísticos y anima el sistema poético vigente con ampliaciones. Además permite la lectura de predecesores no integrados en la tradición «oficial» del castellano. La página web y el blog facilitan las necesidades de expresión y la difusión inmediata de la identidad del autor; además el soporte digital canaliza estudios y antologías que alternan el soporte en papel y la red. En consecuencia se ha potenciado la subjetividad y la emancipación individual; la mayoría de los poetas actuales desecha el gregarismo y se niega a ser considerada miembro activo de grupos cohesionados en torno a un mismo ideario estético. Pero el contexto y el trasfondo social condicionan siempre y es posible percibir una común conciencia generacional.

La antología Re-generación muestra la primera línea; una comunidad de voces sobre un escenario plural donde coinciden la realidad exterior y la interior. Poesía sin fronteras estéticas, escritura de hoy que negocia con el tiempo y abre página para quedarse.

 

 

 

Prólogo de E, Granada, Valparaíso Ediciones, 2015.

 

 

 

 

___________

José Luis Morante nació en El Bohodón, Ávila, en 1956. La antología Mapa de ruta (Maillot Amarillo, 2010) compendia su obra poética formada por siete libros, con reconocimientos como el Premio Antonio Machado para profesores, el Premio Luis Cernuda, el Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, o el Premio Hermanos Argensola.

En 2013 se publicó Ninguna parte, un conjunto de poemas editado por la Isla de Siltolá. Entre sus obras en prosa están el diario Reencuentros, el libro de entrevistas Palabras adentro y Protagonistas y secundarios, selección de artículos sobre poesía contemporánea. Su extensa labor crítica está representada por Arquitecturas de la memoria, sobre Joan Margarit, Ropa de calle, con Luis García Montero como protagonista, y la edición Hilo de oro, en torno a Eloy Sánchez Rosillo, las tres integradas en la colección Letras hispánicas de Cátedra. Su aportación aforística comprende Mejores días (2009) y Motivos personales (2015). En febrero de 2016 la editorial Valparaíso publicó su antología Re-generación, una muestra de poetas que dan voz a la primera promoción lírica del siglo xxi.

Prosigue su trabajo crítico en revistas como Clarín, Ínsula y Turia, y en algunas revistas digitales.

Es responsable del blog Puentes de Papel.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *