Las ramas del azar

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Constantino Molina Monteagudo

 

 

CANCIÓN DEL MUNDO

 

Si alguna vez callásemos

como callan los árboles, las nubes

y las piedras, podrían escucharse

los árboles, las nubes y las piedras.

 

También en estas cosas se escucha una canción.

Y desde su silencio nos invitan

a creer en la voz que sin verbo habla.

 

Así,

mientras alguien fabula estrategias que calmen

su incertidumbre,

un lúgano le canta a la mañana

y el cielo le regala los colores del bosque.

 

Mientras alguien disfraza con plegarias su miedo,

un milano dibuja su vuelo entre las nubes

y esparce libertad.

 

Y mientras alguien busca con palabras

la respuesta que salve su alegría,

la primavera llega, tan callada,

y expande los secretos de la dicha.

 

El mundo nos entona su canción.

 

Una canción en blanco,

sin dictado ni acorde, sin ciencia ni conciencia,

que de la nada viene y en todo se refleja.

 

Basta callar, dejar cantar al mundo,

y oír su voz fugaz para entenderlo.

(Las ramas del azar)

 

EL CORAZÓN DEL MÁRMOL

 

El rapto de Proserpina, G. Bernini

 

Este trozo de mármol que ahora observo

descansaba en el sueño soterrado

de unas colinas próximas a Roma.

 

Ya entonces, muchos siglos

antes de que naciera su escultor,

en la entraña del monte,

Plutón y Proserpina se enzarzaban

en su lucha insistente.

 

Las manos de su autor

no eran de hueso y carne todavía,

y el corazón del mármol ya tomaba

la forma de los cuerpos.

Ya los dedos se hincaban en el muslo

y ondulaba el cabello en movimiento.

 

Fue al pasar cientos de años

cuando alguien acabó por escuchar

el corazón del mármol:

allí donde la piedra se hace carne

y, al contrario, la carne se hace piedra.

 

Y fue entonces así

que un pequeño cincel siguió el dictado

latente de la roca,

que vieron luz los miembros y los gestos

ya para siempre eternos de aquel mito,

y que el pulso dinámico del tiempo,

mientras todo seguía siendo bello y cruel,

se llevaba de nuevo las manos de Bernini

hacia el polvo infinito de la nada.

(Las ramas del azar)

 

OPIO

 

Diluida en la sangre

navega ebria la flor de la amapola.

Esparce su simiente

y ralentiza el curso de la vida.

 

Cayendo a plomo

el plomo sobre el párpado.

 

Llevando a un ritmo lento

la danza de las horas.

Cerrando el pensamiento al torbellino

del pensar y pensar.

 

Diluida en la sangre,

cayendo a plomo,

navega ebria la flor de la amapola.

(Las ramas del azar)

 

 

APRECIACIÓN

 

Son esas cosas simples,

que damos en llamar banalidades,

ocultas bajo la instintiva

costumbre de vivir,

de las que apenas damos

debida cuenta,

las que nos hacen

llegar a la hoja en blanco

de esta manera.

 

Sin ellas, sin su logro

de reconciliación y mansedumbre,

solamente seríamos

un abalorio

de la locura.

(Las ramas del azar)

 

 

PIEDRA NEGRA

 

Habéis pactado versos con la luz.

Os iluminan lámparas

de tan manido brillo

como la plata antigua que bruñida

en las generaciones

hace de su desgaste su belleza.

 

Y he aquí esta piedra.

La sola piedra negra.

La que oscura y latente en su contorno,

alejado de un ámbito de luz

que la transforme,

es solo piedra exacta.

 

Recógela,

canta con ella y guárdala en tu mano.

Que intacto permanezca

el oscuro fulgor de su materia.

(Silbando un eco extraño)

 

 

PISCINA

 

Me está bebiendo el agua.

Sumergido en su estómago buceo

entre la claridad incandescente

de su cuerpo sin cuerpo ni color

y la falta de oxígeno

que asfixia y que enamora.

 

En esta enorme lágrima de vida,

bajo el sol de un agosto interminable,

soy cloro que arrebata desalientos.

 

Renazco en estas aguas. Me sumerjo

en un lenguaje nunca pronunciado

y con él doy sentido a la existencia.

 

Nombrar hallazgos es su privilegio.

 

En su remota cápsula

burbujea la tarde de un verano

que ha venido a decirte cómo mueren,

en su vientre de amor,

las noches infinitas de diciembre

y el frío de su aliento.

 

En el rumor acuático

de este vaso de gozo y de frescura

nado con gratitud incomprendida.

En su interior diluyo mis asombros,

me sumerjo, y pronuncio

los casi extintos ecos del enigma.

(Silbando un eco extraño)

 

 

RÉQUIEM POR DAMIEN HIRST

 

Flotarás como flota tu becerro

en el formol eterno de la nada.

 

Coronado con oro y con diamantes,

astuto burlador de los mercados,

serás la estampa viva

que adorne, con su muerte,

las salas de un museo.

 

El tiempo pudrirá tus tiburones,

tus vacas y corderos.

También se llevará, donde la nada,

toda la cocaína y todo el lujo.

Barrerá para siempre tu lenguaje

y algunas de tus obras

ocuparán trasteros

en casas de los nietos de los ricos.

 

Pero serás el alma de una época.

Y te recordarán

en la Historia del Arte

como una calavera que brilló,

con la risa sarcástica de un genio,

en una galería de fantasmas

que entre otros, tú, supiste comprender.

(Silbando un eco extraño)

 

 

TORTUGA

 

Una isla de plástico

y algo de agua en un recipiente sucio.

 

La cal dibuja límites al borde

y marca las jornadas

como posos de olvido.

 

Percibo que sus ojos no están hechos

para mirar el mundo con amor.

Casi un gesto altivo, casi orgullo

es lo que este galápago desprende.

 

Muy lento, parpadea y gira el cuello.

 

Quien no busca el amor

tampoco quiere la misericordia.

(Silbando un eco extraño)

 

 

EL CUERVO BLANCO

 

Con un disparo blanco,

luminoso regalo de los trópicos,

se inaugura esta noche interminable.

 

En su hiriente relámpago me fundo,

navego

y me creo en las cimas de la vida.

 

Voy liviano, fluyendo entre la gente

con el sabor amargo

que guardan los venenos

metido en la garganta.

 

Y mientras tanto,

roto de sed y lleno de atención,

a mis oídos,

una voz, como aquel cuervo, repite:

nevermore, nevermore,

nevermore, nevermore.

 

 

SAN JUAN HERIDO

 

A Juan Azaña

 

Porque una rosa enferma se ha posado

sobre tu calavera

dices que ni con putas follarás.

 

Irónico y satírico

te ríes de tu suerte,

mientras otros lamentan tu infortunio,

y aminora el dolor tu inteligencia.

 

Te preguntas si un ojo de muñeca,

de los que parpadean automáticos,

irá bien en tu cara

cuando la operación

dibuje cicatrices en tu piel

y un hueco se te incline sobre el rostro.

 

Con tus cuatro palabras

despistas a la muerte

y caminas con tiento,

sobre la cuerda floja de tu vida,

mostrando la destreza

que solo el que ha gozado en plenitud

del alma y de su daño

es capaz de mostrar

frente a una nueva herida de su cuerpo.

 

Quizás mañana sanen

por fin todas tus células.

Hoy esgrimes motivos para el canto

y acompañas tus chistes

con el eco indolente que proviene

de tu sabiduría y de tu hastío.

 

Por siempre así será tu cuenca yerta

la rúbrica final de tu cordura.

 

 

 

 

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Constantino Molina Monteagudo (Pozo-Lorente, Albacete, 1985). Abandonó los estudios de Licenciatura en Humanidades en el año 2006 y desde entonces ha trabajado en muy diferentes puestos de empleo que nada tienen que ver con la labor literaria (repartidor de guías telefónicas, pintor, camarero, ferrallista, jardinero, empleado en tiendas y empresas de manufactura). Ha publicado los libros Las ramas del azar (Rialp, 2015) y Silbando un eco extraño (Hiperión, 2016). Entre sus galardones recibidos destacan el Premio Adonáis 2014, el Alfons el Magnànim 2016 y el Premio Nacional de Poesía Joven 2016. Algunos de sus poemas también han sido recogidos en antologías y revistas literarias. Colabora en el suplemento de cultura de ABC Castilla-La Mancha.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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