La piel es periferia

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José García Obrero

 

 

RAÍZ

Algo nace quebrado.

Lo indica esa montaña cubierta de edificios.

Ni un solo palmo de tierra limpia para la siembra.

Un descampado, a veces, interrumpe el paisaje

vertical de ventanas.

Un descampado es una tierra podrida;

ningún loco pretende ahondar bajo sus piedras

y enterrar la semilla de la fruta del miedo.

Aquí se invierte el mundo:

él cosecha entre hombres, agujas y cristales,

protege de miradas a los cuerpos urgentes.

A veces un cuchillo amenaza los juegos

de los niños que ignoran el temblor

de las venas cansadas de estar rotas.

Y algo nace quebrado si no hay tierra

tan limpia que podría morderse.

Se arrojan las semillas, sin mirar, a la acera,

esperando que el viento las proteja en su marcha.

La respuesta es el tronco que crece sin raíces.

De Un dios enfrente, La Garúa, 2013

 

 

LA CAZA

Él acaricia el lomo de la tierra, deposita en su boca

las virutas de sol, los restos de la cena que devuelve

a su origen.

—¿Es la creación? –pregunta y la tierra responde,

asiente a través de las hojas picudas de una encina.

Y todo es movimiento, es un baile frenético

de colores y luces. Se agolpan en su oído los rumores

constantes de los tallos creciendo,

cómo rompen la tierra.

Y así transcurre el día para él y su perro,

que ladra a las ramas manchadas por la tarde.

Mi padre es un tubérculo,

pertenece a los surcos del dios de la arcilla:

las raíces al aire y el cuerpo, sobre el magma,

se nutre de las aguas oscuras del subsuelo

para llevar las nubes a los huecos más áridos.

Por eso para él no ha sido tan sencillo ponerme este carcaj,

verme salir de noche con la sal en la lengua,

sacudiendo en la puerta la arena del zapato,

y perderme en parajes donde el aire es silencio

y la tierra, una imagen que los niños aprenden.

Yo le hablaba del hielo,

de pechos azules en la acera,

pechos que yo prensaba como bayas o moras;

recolecta de manos que en domingos de algas

llamaban a las puertas arañando la nieve.18

Me lanzaba desnudo con la muerte en los dedos

por la esquina mugrienta de los acantilados.

Un día regresaba cubierto de coágulos

después del tiempo ralo oculto

entre las luces crujientes de los parques.

Los gritos de la presa se agitaban en mis dientes

y mi padre temía por mi mirada oblicua,

observaba muy serio las brechas de mis ojos,

la oquedad amarilla de mi voz al nombrarle.

Ahora mira mi presa convulsionar despacio,

la agarro por las sienes hasta hundirle mis dientes.

Luego sirvo a mi padre, que se alegra en secreto

del temblor de mis manos manchadas por los bordes.

Comemos con orgullo en los tiempos de caza.

De Un dios enfrente, La Garúa, 2013

 

 

DESIERTO

 

                                                                                  Eras inconsolable,

                                                                                  mi pequeña estrellita de Wisconsin.

                                                                                  Inconsolable

                                                                                  como los inventores de la tierra,

                                                                                  como la voz anfibia de los salmos,

                                                                                  condenada a vivir

                                                                                   entre lo real y lo ficticio.

 

                                                                                  José Antonio Arcediano

 

 

Dice que su garganta es un desierto.

Dice. ¿Te habló de una casita en San Francisco?

Lejos de Nevada

(el desierto no debe repetirse).

Dice. Dice beber y no saciarse, dice bendecir

el líquido, postrarse de rodillas en los charcos.

Y está convencida de que yo… Me llama fuente

por tener humedad bajo los párpados, uñas azules.

Pero yo soy el vaso, soy el jarrón, soy la copa

que cae al suelo desde sus manos ásperas.

De Un dios enfrente, La Garúa, 2013

 

 

PLAZA DE SAN BARTOLOMÉ

 

A Nieves

 

                                                                      La soledad incendia los tejados.

                                                     Francisco Bejarano

 

Esta es la orilla de la ciudad. El punto de partida, el

pico desde donde alzarla como una sábana. Doblarla

y doblarla y guardarla entre los párpados como un

mapa. Aquí nace y termina, en esta coordenada

exacta de dulzura y entregas. Aquí se aviva el aire

y desde aquí traen las calles horneadas en cal y

pedrerías. Desde este punto exacto, que no es fijo,

sino que anda por la casa, sale al balcón, se atusa los

cabellos y se deja envolver por las primeras luces que

apremian la jornada. Brota, entonces, la ciudad: una

urbe desnuda cortada por un río. Una plaza de agua

cercada por incendios.

Mi corazón no es alimento, Ediciones En Huida, 2014

 

 

PARTO

Hubo un instante

en que nadie en el mundo

había muerto.

Una línea finísima

de tiempo impreciso

en que todas las cosas

chocaban

  suspendidas

en el fluido

caliente

de la casa.

Vino después

un giro brusco:

la luz blanca

y el primer golpe

y un ruido

de engranajes

y esta penumbra.

La piel es periferia, Visor Poesía, 2017

 

JARDÍN BOTÁNICO

Deshazte de la idea
de que un jardín botánico es una selva dócil.
¿No te han hablado aún del salvaje rugido de la savia
cuando sacude, firme, los troncos de los árboles?
Brota entonces el viento de las hojas y pétalos
de todas las especies vegetales;
es un soplo de seda que acaricia la herida,
nos sana de la fiebre de la piedra.
¿Notas su tacto? Es pura luz de amor
y nunca muere.

La piel es periferia, Visor Poesía, 2017

 

DECONSTRUCCIÓN

Olvidar nuestras alas rotas en el felpudo

después de restregar con fuerza los zapatos.

Despegar de las suelas restos de cielos limpios.

Pasear conjuntados por la ciudad naranja

con vestidos de días que encajaban en otros

como haría Namibia en Río de Janeiro

si el mundo no sufriera por sus placas tectónicas.

 

Si el mundo no sufriera por sus placas tectónicas

la soledad sería una noria de agua:

subiríamos de un salto sobre sus cangilones

para dejar un eco de labios en la alberca.

Ahora la libertad se funde como un chicle

sobre las ascuas blancas del dormitorio helado.

Afuera solo hay nubes dentro de los remolques

que lloran el silencio de las grúas mecánicas.

La piel es periferia, Visor Poesía, 2010

 

20

Has confundido cena con ceniza

y esa fría paronimia te han llevado al silencio.

Era cuestión de tiempo y combustión.

Entra, pues, en materia y avanza enmudecido

–la ceniza es ceniza y no será otra cosa–.

Nosotros, sin embargo, resistimos al aire

que hace ondular adentro el brillo de la idea.

La ceniza es ceniza y espera con paciencia.

 

 

 

______________

 

José García Obrero nació en Santa Coloma de Gramenet en 1973, aunque reside en Córdoba desde 1997. Sus poemas han ido apareciendo en diversas publicaciones, entre las que destacan Agua para chocolate, Guaita!, PDA-Perfil del Aire y Girándula (que también dirigió), Poesía en Santa Coloma de Gramenet (Paralelo Sur Ediciones) y Suspiros de Artemisa. Codirigió el ciclo de poesía digital Soledades 2.0 No moderno artificio dentro del Festival Internacional de Poesía Cosmopoética (2010), que contó con la participación de creadores de la talla de Myriam Reyes, Eugenio Tisselli o Ricardo Domeneck. Es autor de los poemarios Un dios enfrente (La Garúa, 2013), con el que ha sido finalista del Premio Ciudad Alcalá de Henares de Poesía en 2014, y Mi corazón no es alimento (Ediciones En Huida, 2014). Recientemente se ha publicado su traducción al castellano de Mal, del poeta catalán Jordi Valls (Valparaíso, 2015). En la actualidad, es asesor literario de la editorial Proscritos y forma parte del equipo de redacción de la revista de poesía contemporánea en lenguas peninsulares Caravansari. También colabora con el suplemento literario Cuadernos del Sur de Diario Córdoba. Su poemario La piel es periferia se alzó con el Premio de Poesía Ciudad de Burgos en 2016.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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