Ecos de la Revolución

Dice una verdad de Perogrullo que la historia la hacen sus protagonistas y la escriben sus escritores. Pese a ello, no son siempre ni necesariamente todos los escritores involucrados quienes definen la forma en que la historia será asimilada por el imaginario colectivo; unos perpetúan su voz, otros quedan relegados a un archivo de veredictos que, a fuer de impopulares, se convierten en marginados. La Revolución mexicana, y quienes escribieron y escriben sobre ella, no son la excepción. Daniel Tovar y Joaquín Guillén recopilan fragmentos de escritores de diferentes épocas para acercarnos a la variopinta forma en que la Revolución fue y sigue siendo percibida, escrita y reescrita.

Dice una verdad de Perogrullo que la historia la hacen sus protagonistas y la escriben sus escritores. Pese a ello, no son siempre ni necesariamente todos los escritores involucrados quienes definen la forma en que la historia será asimilada por el imaginario colectivo; unos perpetúan su voz, otros quedan relegados a un archivo de veredictos que, a fuer de impopulares, se convierten en marginados. La Revolución mexicana, y quienes escribieron y escriben sobre ella, no son la excepción. Daniel Tovar y Joaquín Guillén recopilan fragmentos de escritores de diferentes épocas para acercarnos a la variopinta forma en que la Revolución fue y sigue siendo percibida, escrita y reescrita.

Daniel Tovar Herrera y Joaquín Guillén Márquez

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«La Revolución es un avatar más de la historia, pero no su rasero».

«Un conflicto que generará diversas retóricas ­–desde el nacionalismo lírico del “redescubrimiento” a la revaloración del folklor–, usos, temáticas y hasta estrategias de divulgación, que constituyeron no sólo un tensor importante en el debate cultural […] sino un vaciado de hábitos intelectuales y emotivos, discursos ideológicos y convicciones estilísticas».

Sheridan. México en 1932. La polémica nacionalista.

«Habéis vivido todos estos años sometidos a rudas pruebas. La continuidad –base única de la cultura– de vuestros trabajos era interrumpida todos los días por el sobresalto y la violencia. Los valores de por la mañana perdían su virtud por la noche, y más de una vez, en horas de desfallecimiento, pudiste preguntaros si vuestros mismos ideales no serían como unos bilimbiques del espíritu, en que no se podían fundar promesas seguras».

Alfonso Reyes. Salutación al PEN Club de México.

«El principio de la nacionalidad mexicana no será una forma capaz de eficiencia creadora mientras sea una pura capacidad de imitación».

Jorge Cuesta. La nacionalidad mexicana.

«Los movimientos revolucionarios tienen, entre otros, el efecto de que ocupen los puestos públicos personas sin experiencia política y, muy a menudo, sin ninguna capacidad intelectual».

«No sé cómo hay todavía personas que sienten nostalgia por la filosofía porfirista: “Poca política y mucha administración”. No sé cómo, los propios revolucionarios mexicanos cohibidos por la tradición porfiriana, aspiran a restablecerla…»

«Me pregunto […] si la Revolución mexicana, como algunas personas suponen, no habrá sido un movimiento superficial que no ha podido modificar las bases profundas de nuestra cultura política».

«Puede decirse con más fundamento, que nuestra verdadera tradición es el estado revolucionario, y que las perturbaciones de nuestra historia son las épocas de administración y de paz».

«Ahí está lo que pasa con el “arte dirigido”: llegan unos jóvenes marxistas a las oficinas públicas, como ignoran cuales han sido los fines y los efectos de la Revolución, piensan que el ser marxistas y el ocupar esas oficinas les da capacidad suficiente para “dirigir el arte”».

Jorge Cuesta. La decadencia moral de la nación.

«El espectáculo visible de la Revolución es el de una lucha entre las conveniencias particulares de diversas facciones revolucionarias, arbitrariamente constituidas, pero eso no nos permite concluir, como lo hace un espíritu superficial, que esas conveniencias son el contenido substancial de la Revolución…»

Jorge Cuesta. La tradición del nuevo régimen.

«¡Qué hermosa es la Revolución, aún en su misma barbarie!»

«La Revolución es el huracán y el  hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval».

Mariano Azuela. Los de abajo.

«El Estado mexicano está levantado y modelado sobre un millón de cadáveres salidos de sus hornos revolucionarios».

Willebaldo Herrera. Jorge Cuesta a fragmento abierto.

«El proyecto de cultura nacional se va configurando como una decisión política: no sólo es la cohesión social que de allí se derive lo que importa, sino el consenso en torno al guardián y proveedor de símbolos nacionales. La “nueva sensibilidad” cuya presencia declaran los intelectuales gracia de la Revolución deviene producción de ideología que solidifica y avala la permanencia del Estado Nacional».

Carlos Monsiváis. Días de guardar.

«La Revolución mexicana cambia radicalmente la vida pública y la cotidiana, moviliza grandes contingentes de un lado a otro del país, liquida inercias, puebla y despuebla la ciudad de México. Al cabo de una década de estreno o reestreno, la institucionalidad que surge es también un proyecto de ciudad y de cultura-para-los-que-no-la-tienen, de ofertas accesibles para una minoría, y de aprovechamiento distintivo de lo que sucede en las calles, en las festividades, en los salones cinematográficos, en el teatro».

Carlos Monsiváis. «La cultura popular en la Revolución Mexicana», de Jaime Bailón Corres, Carlos Martínez Assad, Pablo Serrano Álvarez (coords.), El siglo de la Revolución mexicana.

«Sometámonos a los hechos. No todo es pureza Revolucionaria en la Revolución, también tenemos nuestra canalla, y ésta, por desgracia, es la que va haciendo el ambiente moral en que nos movemos. Para la canalla, revolucionar equivale a robar y destruir cuanto se halla al paso».

«Carranza arribó a Sonora no sólo huido, sino sucio, andrajoso; y cuando todos esperaban oírle pedir un baño –agua y jabón que le quitaran mugre y piojos–, se escuchó con sorpresa que el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista sólo quería retratarse».

Martín Luis Guzmán. El águila y la serpiente.

«No hay que exagerar: nuevas leyes, nuevas costumbres. ¡Supondrá usted que para algo trajimos el divorcio los hombres de la Revolución!»

Martín Luis Guzmán. La sombra del caudillo.

«Las partidas de rebeldes y federales rivalizaban en eficacia destructora, y entre unos y otros acabaron con los pueblos, los ranchos y los simples caseríos y diezmaron como una peste desconocida a los vecindarios».

Mauricio Magdaleno. «Leña verde», El ardiente verano.

«Es triste, pero al suceso puede sacársele una significación. Ustedes no saben, pero desde que se mete uno a la Revolución se ven las cosas de más alto».

José Martínez Sotomayor. El General.

«Las noticias revolucionarias llegaban a la ciudad desproporcionadas; se hablaba de saqueos, de matanzas, de raptos. Todo el mundo se disponía a recibir la avalancha que se acercaba cada vez más violenta; los comerciantes cerraban las puertas de sus establecimientos, los altos empleados se ocultaban, diariamente aumentaba la población, que llegaba huyendo de los pueblos y de las haciendas».

Eduardo Luquín. El indio.

«Las clases con toda frecuencia eran interrumpidas por las frecuentes alarmas que muchas veces resultaban falsas; pero llegaba a la escuela alguna señora en busca de sus hijas: “Señorita, vengo por mis niñas porque hay mucha alarma; dicen quiay vienen […] ya toda la gente empieza a comprar provisiones […] ya andan cerrando las tiendas…por favor, señorita, pronto, deme mis criaturas […]”».

Celia Herrera. La vida en Parral: tenebrosa pesadilla.

«La Revolución eran las joyas. Toda una sociedad amante de las joyas, se derrumbaba y del edificio desprendíase la pedrería fantástica: amatistas, rubíes, diamantes, perlas. Un régimen caduco, viejo, conservador, reaccionario, comienza por acumular joyas y cuando por fin el pueblo interviene en alguna revolución, esas joyas aparecen poco a poco y de mano en mano hasta llegar a las diligentes, blandas, amistosas, comprensivas, cordiales de los hombres…”».

«¡Pájaros sobre la soledad de México! Eran pájaros de la época, pájaros del tiempo desolado aquél, llenos de estupor por el ruido, los gritos y la sangre de la tierra. Aves que habían quedado sobre la revolución, a causa de quién sabe qué milagro, sobre la revolución mirando los cadáveres, el silencio de los disparos, la gente toda, pequeñita y ocupada en cosas de la muerte».

José Revueltas. El luto humano.

«Durante todo el día ha seguido el cañoneo, exasperante, rabioso, infernal, sembrando la muerte en la ciudad y arruinando las propiedades. Cinco días de diabólico cañoneo dentro de una ciudad es algo inverecundo y de inaudita barbarie… Lloran en estos instantes centenares de viudas y de huérfanos; sufren las mujeres y los niños, comienza el hambre a sentirse en los hogares de la gente pobre que no come porque no trabaja… ¡Y mañana vendrá la peste! La perspectiva no puede ser más desconsoladora».

José Juan Tablada. Diario.

«En su primera sacudida mezcló nuestras capas sociales y despertó en los de abajo una esperanza de una igualdad por tanto tiempo ambicionada».

«Pillaje y saqueo no son Revolución. Revolución es un noble afán de subir, y yo subiré; es esperanza de una vida más justa, y yo me aferro a ella. Hoy más que ayer me siento revolucionario, porque de un golpe volví a ser pobre. La Revolución, como Dios, destruye y crea y, como Él, buscámosla tan sólo cuando el dolor nos hiere».

José Rubén Romero. Desbandada.

«A veces se podía saber de quién eran los soldados por las canciones que cantaban. Los villistas se desataban con “La Adelita”, “cuyos ojos eran verdes como el mar….”. Los carrancistas cantaban coplas obscenas sobre la política y las mujeres al son de “La cucaracha” (que ya no puede caminar). Los hombres de Zapata cantaban “La Valentina” con una voz de tenor que se derretía, o rompían súbitamente a lanzar gritos ensordecedores, seguidos de “si me han de matar mañana, que me maten de una vez…”».

Anita Brenner. La Revolución en blanco y negro: la historia de la Revolución mexicana entre 1910 y 1942.

«La Revolución mexicana fue la primera epopeya tenazmente fotografiada. Dos inventos definitorios del siglo XX, el cine y la fotografía, hicieron en ella su ensayo general hasta transformar la contienda en una épica de la mirada. Después de décadas de educarnos en esa vasta iconografía resulta difícil saber si el país era fotogénico en sí mismo o se volvió inolvidable gracias a quienes supieron verlo en la metralla».

Juan Villoro. «El archivo, es decir, el tiempo», Letras Libres. Abril 2003.

«Dividir la historia en siglos, en particular la mexicana, tiene grandes inconvenientes. Puede ser que el siglo mexicano haya comenzado en 1910, como se dice que el siglo XX empezó con la Primera Guerra Mundial».

Enrique Krauze. «México en un siglo», Letras Libres. Octubre 1999.

«La Revolución mexicana, al descubrir las artes populares, dio origen a la pintura moderna; al descubrir el lenguaje de los mexicanos, creó la nueva poesía”».

Octavio Paz. El Laberinto de la Soledad.

«Imposible de comprender a no ser que se la vea y se la lea con los mismos ojos de un adicto a una de esas alucinógenas telenovelas mexicanas.

Una historia que tiembla, que se cae y se hace pedazos y vuelve a construirse con los mismos pedazos pero puestos en distintas partes de la estructura original a la que intentan, con cierta entusiasta dificultad, volver a parecerse.

Una telenovela que dura milenios por más que ya haya terminado varias veces, por más que vaya a terminar otra vez dentro de muy pero muy poco».

Rodrigo Fresán. Mantra.

«En su caballo retinto
llegó Emiliano Zapata
bonita su silla charra
y sus botones de plata
pero mucho más bonito su famoso Plan de Ayala…

Este gallo es de navaja
y no es gallo de espolón
si quieres tierra trabaja
trabaja no seas huevón…

Ya llegó don Venustiano
con sus anteojos oscuros
y Villa y Zapata gritan:
No sé que tengo en los ojos
porque ya en Pablo González
se vislumbra la traición
¡Ay reata no te recientes
que es el último jalón…!

Ya se están muriendo todos
¡Jesús qué desilusión…!
se está volviendo gobierno
¡Ay Dios…! La revolución.»

Renato Leduc, «Corrido de la revolución mexicana».

«Aunque, como digo, la Revolución propiamente empezó en 1911, ya desde un año antes comenzaron a soplar aires revolucionarios pues mucha gente, encabezada por líderes, le amargó las fiestas del Centenario a don Porfirio gritándole “mueras” al viejo dictador cada vez que éste aparecía presidiendo junto con doña Carmelita algún acto alusivo a las mencionadas celebraciones».

Renato Leduc, Renato por Leduc.

«No acierto a comprender cómo se puede plantear un movimiento popular independiente que sea revolucionario y que no sea violento. ¿Hasta cuándo nos vamos a curar del lenguaje eclesiopolítico de “revolución institucional”? Por lo demás, ya sabemos en qué consiste el diálogo entre los estudiantes y las bayonetas. La lógica es elemental: en el universo de las bayonetas, gana el que las tiene. Pasar de la crítica verbal a la crítica de las armas, como ha dicho algún irresponsable tirado en las ferias, es abdicar de la fuerza que se tiene en favor de la que no se tiene. La revolución, si en serio, no es para ineptos bien intencionados. No hay un Juicio de Dios que garantice el éxito de la pureza revolucionaria. Cuando se enfrentan fuerzas militares, ganan las que pueden más, no las que están mejor con Dios».

Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta.

«Nunca podremos copiar la revolución china, simplemente, porque no somos chinos. Como tampoco pudimos copiar la revolución francesa. Pero los ideales de todas las revoluciones nos pertenecen, sencillamente, porque somos hombres y queremos mejorarnos mutuamente. Haciendo un patrimonio común de los errores y de los aciertos. Y el acierto y el error son igualmente útiles y comunes».

Juan José Arreola, Inventario.

«Revolución, revolución,
siguen los héroes vestidos de marionetas,
vestidos con palabras signaléticas,
el usurpador Huerta
y la Revolución triunfante,
don Venustiano disfrazado con barbas y anteojos
como una novela policíaca primitiva
y la Revolución Constitucionalista,
Obregón, que tiró la piedra y escondió la mano
y la Revolución triunfante de nuevo,
la Era de las instituciones,
el Mensaje a la Nación,
las enseñanzas agrarias del nuevo caudillo suriano,
el Jefe Máximo de la Revolución,
y el Instituto Político de la Revolución,
los Postulados de la Revolución,
los intereses colectivos.
La clase laborante y el proletariado organizado,
la ideología clasista,
los intelectuales revolucionarios,
los pensadores al servicio del proletariado,
el campesinaje mexicano
la Villa de Álvaro Obregón, con su monumento,
y el Monumento a la Revolución.»

Salvador Novo,  «Del pasado remoto».

«Mi padre y mi abuelo eran muy distintos. Como todas las casas, la mía era el teatro de la lucha entre las generaciones (aparte de la otra, tal vez más profunda, entre los sexos). Mi abuelo –periodista y escritor liberal– había peleado contra la intervención francesa y después había creído en Porfirio Díaz. Una creencia de la que, al final de sus días, se arrepintió. Mi padre decía que mi abuelo no entendía la Revolución mexicana y mi abuelo replicaba que la Revolución había sustituido la dictadura de uno, el caudillo Díaz, por la dictadura anárquica de muchos: los jefes y jefecillos que en esos años mataban por el poder. Ni al uno ni al otro les alcanzó la vida para ver cómo la fundación del PNR resolvió la disyuntiva entre dictadura y anarquía por la instauración de una “democracia dirigida”».

Octavio Paz, «Suma y sigue. Conversación con Julio Scherer».

«Debido al alto nivel de atención historiográfica que se ha prestado a la revolución de 1910, no faltan explicaciones para la rápida caída del régimen de Díaz. De acuerdo con la interpretación “ortodoxa” o “popular”, los ingredientes clave de la revolución fueron su base y sus orígenes populares. Campesinos, obreros y la pequeña pero creciente clase media se movilizaron en una protesta contra las condiciones económicas desfavorables posteriores a 1907, las cuales resaltaban el monopolio de poder y riqueza que los hacendados, los dueños de fábricas o minas, las elites metropolitanas y los extranjeros. Para algunos partidarios de la interpretación “ortodoxa”, la revolución popular no fue sólo agraria, radical y progresista, sino que tenía elementos distintivamente nacionalistas e incluso xenófobos como una guerra de liberación de la dominación extranjera (particularmente estadounidense) que había sido impuesta por el régimen de Díaz. Para otros, la base de la movilización popular fue más amplia y más sutil y respondía a la disparidad de las estructuras en todo México y de las experiencias regionales a lo largo del porfiriato. Es decir, las movilizaciones populares reflejaban lealtades e identidades más complejas que estaban relacionadas no sólo con cuestiones de clase, sino también de etnia, ideología, clientelismo y afiliación regional o faccional.»

Paul Garner, Porfirio Díaz.

«[Las revoluciones] Se hacen viejas y llega un momento en que cuesta mucho trabajo recordar lo que fueron en sus mocedades. A la nuestra, por ejemplo, le pasa lo mismo que a todas las mujeres de sesenta años. Ha adquirido una respetabilidad que nunca hubiera pretendido tener en su juventud. Actualmente, la Revolución mexicana es un movimiento en el que participamos una gran mayoría de mexicanos, encaminando para lograr la justicia social y el bienestar de los mismos.

[…]

En la actualidad, las mocedades de la Revolución siguen siendo los episodios más confusos de nuestra historia.

—¿Zapata era bueno, mamá? –preguntan los niños.

—Sí, era bueno. Luchó contra la opresión del campesino y porque se les entregara la tierra a quienes les trabajan –explica la madre patriótica y revolucionaria.

Esta es la parte fácil. Lo que cuesta más trabajo explicar es cómo, siendo bueno, luchó en contra de Madero, que también era bueno, y de Carranza, que también lo fue; y cómo siendo bueno, murió a consecuencia de una intriga en la que, todo parece indicar, metió las manos don Pablo, otro buenazo que años antes había combatido al archivillano irredento de la Revolución: Victoriano Huerta. Prueba de la maldad de este último es que ni siquiera le han hecho estatua».

Jorge Ibargüengoitia, «Sesenta años de gloria», Instrucciones para vivir en México.

«La gran crisis que sufrió el país al estallar la Revolución en noviembre de 1910, está determinada por un largo proceso de transformaciones a través de sangrientas luchas que conmocionaron su vida social, política, económica y cultural de manera definitiva».

María del Carmen Millán, «Prólogo» a El águila y la serpiente.

«Cuando un mexicano grita “¡Viva!”, termina con un “¡Muera!”. Cuando dice “¡Viva!” Lo que realmente quiere decir es “¡Muerte a alguien más!”. Pienso en las revoluciones mexicanas, y veo un esqueleto caminando delante de un gran número de personas, ondeando una bandera negra con la leyenda “¡Viva la muerte!” escrito con largas letras blancas. “¡Larga vida a la muerte!”, no “¡Viva Cristo Rey!”, sino “¡Viva muerte rey! ¡Vamos! ¡Viva!”»

D.H. Lawrence, The Plumed Serpent.

«El Bicentenario es un rito sobre dos procesos que no han podido lograrse: la autonomía psíquica (la “independencia”) y el autosustento (la “revolución”)».

Heriberto Yépez, «Psicoanálisis del bicentenario».

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Daniel Tovar Herrera (1989). Se dice que estudia Relaciones Internacionales en la UNAM FES-AR, es director de la revista digital Escenarios XXI y colabora en el blog de la revista Ágora, de El Colegio de México. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

Joaquín Guillén Márquez (ciudad de México, 1990) es estudiante de Literatura Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado en El Universal, Punto en Línea, Palabras Malditas, Narrativas, La Jornada Semanal, HermanoCerdo, entre otros. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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