La mafia de las editoriales comerciales

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Cuando uno pasea por las librerías no sólo encuentra diversos autores y obras bajo categorías como «Novedades», «Clásicos» o «Best seller», también se topa con los criterios de las editoriales que deciden publicar, traducir, reimprimir y distribuir los libros. En este ensayo con toque personal, Nerea Barón nos muestra el rostro comercial del mundo literario.

 

 

Nerea Barón

 

Mi padre le tiene mucha fe a mi futuro como escritora. Cada vez que sale el tema a colación, aprovecha para contarme la anécdota de cuando Gabriel García Márquez se encerró durante 18 meses a escribir Cien años de soledad, dejando a su esposa Mercedes a cargo de la economía familiar. Eran tan pobres –cuenta mi padre– que cuando terminó no les alcanzaba ni para mandar por correo el libro de México a Argentina –sede de la editorial Sudamericana que le publicaba– y tuvieron que empeñar una secadora y una licuadora para poder pagar el envío (a esas alturas ya hasta el coche había ido a parar a manos de Monte de Piedad…). El resto de la historia es bien conocido: la novela fue traducida a 35 idiomas y un par de décadas más tarde García Márquez estaría recibiendo el Premio Nobel de Literatura.

Conclusión parcial: cree en tus sueños, trabaja duro y el resto se dará por añadidura. Óbviense,  para tal caso, las miles de historias de fracasos anónimos que se esconden detrás de cada historia de éxito. Esta falacia es sumamente popular en estos tiempos de «pornografía de la autoayuda» (Raúl Bravo Aduna dixit) donde siempre se está a «cinco sencillos pasos» de alcanzar el éxito o la felicidad; basta levantarse temprano todos los días, definir bien tus propósitos y no despegarte de tu escritorio ni en caso de temblor.

De entusiasmos sin porvenir están llenos los panteones y de gran literatura los tiraderos de manuscritos sin publicar (no conozco una fosa común semejante, pero podríamos proponerla en algún lado). Basta echar un vistazo en el mundo de las editoriales comerciales para constatar el triste hecho: la calidad de un texto poco influye en su probabilidad de ser publicado.

En el tiempo en el que estuve trabajando en una editorial de ese tipo vi cómo cambiaban los criterios de selección de manuscritos al menos una decena de veces. Hubo un periodo, por ejemplo, en el que no aceptaban ningún texto que viniera de becarios del Fonca o de la Fundación para las Letras Mexicanas. A la dirección le parecía que, sólo por venir de donde venían, no iban de acuerdo con «la línea editorial», sin mencionar además que mi jefa estaba en contra de esos apoyos, porque una cosa era ganar el pan con el sudor de tus empleados y otra muy distinta era ganarlo con apoyo del Estado. La palabra «literatura» estaba prohibida en aquellas oficinas porque automáticamente se calificaba como «confusa», «complicada» o «pretenciosa».

Hubo otro periodo en el que dieron más peso al volumen: para que un manuscrito pudiera ser sujeto a dictaminación tenía que contar con un mínimo de cuartillas, pues descubrieron que era más redituable publicar mamotretos que librillos famélicos, aunque los primeros fueran digresivos e infumables o los segundos agudos y ligeros.

Luego estaba la fijación por los famosos. Y cuando digo famosos no me refiero necesariamente a escritores, sino a famosos en general: al rockstar de moda, al psicólogo de estación de radio. «¡Escribe tu libro con nosotros!», le decían. A veces ni siquiera tenían que escribirlo, bastaba con que grabaran a grandes rasgos sus ideas. Un mes después se podía ver a un comité de editores sudorosos intentando hacer inteligible la asociación libre del personaje de moda y encima, con un calendario apretadísimo. No era infrecuente que aquellos textos sin pies ni cabeza terminaran en los estantes principales de todas las librerías del país.

Y hablando de librerías, quizá convenga aclarar brevemente su lugar en el mercado editorial: la razón por la que se quedan con un porcentaje tan alto de la ganancia (alrededor del 40% del PVP) es porque se trata de una renta como cualquier otra: están rentando su espacio para que los libros se coloquen ahí. ¿Pero quiénes llegan a esas joyitas escondidas en el librero de hasta el fondo? Casi nadie. Por lo mismo, si se quiere vender, hay que echar montón. Eso significa que una editorial nunca planea vender el 100% del tiraje de un libro; de hecho, si se vende el 60% ya se considera una gran venta. El resto está pensado únicamente para monopolizar la mesa de novedades.

Recuerdo que cuando era niña creía que, para tener un libro, bastaba con ir a una librería a comprarlo. No importaba cuál fuera, no importaba en qué momento. Por supuesto que en ese entonces no tenía noción de la cantidad de libros que se producían. No alcanzarían ni a llenar cincuenta librerías grandes. En consecuencia, la mayoría de los libros tienen sólo una oportunidad en el mercado. Una editorial comercial, por ejemplo, reimprime del 20 al 30% de su catálogo, y eso en el mejor de los casos. El resto está destinado a extinguirse en su única impresión de dos mil o tres mil ejemplares.

¿Y cuáles son los que se reimprimen? Bueno, están los extranjeros, los que ya se ganaron fama y llegaron aquí con empuje propio: todas las sagas de vampiros, de crímenes o de magos; están los de «resonancia literaria», publicados por editoriales no menos comerciales pero más presuntamente refinadas que privilegian sobre todo a los premiados y a los muertos; y están, claro, los de gran empuje comercial, los patrocinados por grandes televisoras, los que se sabe que serán discutidos en tal o cual programa de radio incluso antes de que salgan a la venta o los que llevan un prólogo firmado por alguna persona célebre, aun cuando el prólogo en cuestión se haya escrito en casa por algún sinnombre.

Pero no seamos tan negativos: pese al sesgo, el visitante de librería todavía puede elegir entre centenares de libros, dejarse atrapar por las portadas, prejuzgar a la novela o al autor por su título y leer las contraportadas antes de tomar una elección de venta. Sí, se podría decir eso, salvo porque los títulos son cambiados casi arbitrariamente por los directores de la editorial —que evidentemente no han leído el libro—, las contraportadas están llenas de teasers y ganchos mercadológicos tramposos y los modelos de las portadas rara vez se parecen a los personajes descritos por el autor.

El tema ya es viejo: una vez que la industria editorial adquiere un carácter eminentemente económico, el lector se vuelve un mero consumidor y, en esa medida, el éxito de un libro ya no depende tanto de las parcelas ideológicas que conquiste sino de su capacidad para cubrir las cuotas del mercado (para más información, leer a León Gross). Bajo esa lupa, todo ardid publicitario es válido. Total, ¿no es el libro uno de los pocos productos que exigen ser comprados sin saber bien a bien lo que se está adquiriendo?

Por si eso fuera poco, existen libros que nacen muertos desde el inicio. A este fenómeno Serna lo llama «tirar tinta» y los editores lo tienen más que contemplado: si no quieren perder su lugar en la mesa de novedades, tienen que seguir produciendo aunque ellos mismos sepan que, por una cuestión de timing, más de uno pasará al olvido sin haber tenido siquiera una oportunidad real.

Ahora bien, alguien podría argumentar que no es necesario recurrir a estas grandes editoriales y en parte tiene razón. Puede intentar autopublicarse –si tiene forma de financiarlo y de distribuirlo por su cuenta– o puede recurrir a una editorial independiente. Esta última quizá respete su título y su tono, pero encontrará las mismas dificultades al momento de venderlo y en vez del sesgo estrictamente comercial, el entusiasta autor inédito se encontrará con el sesgo de la aristocracia literaria basado en quién te reseña y quién no, a qué presentaciones de libros asistes y con quién te emborrachas los sábados. Hay que «pagar la cuota de piso de la literatura mexicana», en palabras de Antonio Ortuño, y «hacer lobby» puede ser una tarea de años (cfr. Federico Vite: http://suracapulco.mx/archivos/247898).

Con todo lo anterior, lo de menos es si a estas alturas se seleccionan «objetivamente» los dos o tres mejores libros del año. Los must-read. No dudo que más de uno sea genuinamente conmovedor, igual que Cien años de soledad es valioso por mucho más que el mero esfuerzo. ¿Pero qué pasa con todo lo demás? Tiene algo de triste y de poético asomarse a la ventana por la noche, cuando la ciudad es un mar de luces y pensar: cuántos talentos no habrán por ahí perdidos, condenados a extinguirse a la sombra de los best-sellers cuyo mayor logro es el de haber sabido estar en el lugar correcto, con los contactos correctos.

 

P.D. Yo ni siquiera sé si quiero ser escritora, papá.

 

 

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Nerea Barón. Filósofa, editora y entusiasta de jalar el hilo de su enredo. La encuentran en Twitter como @nereisima.

 

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

3 comentarios

  1. Luis

    Diciembre 6, 2016 at 3:25 pm

    Hola. Me gustó la forma clara y directa del texto. Me queda claro que a veces los mejores libros estén en los estantes menos visibles. Gracias por tu escrito. Saludos

  2. Edgar Khonde

    Junio 11, 2015 at 1:37 pm

    El título del post es algo «ambicioso», por no decir que no se ajusta al contenido. Me gustó la nota, sin embargo precisamente peca de lo que cuenta la redactora en el texto. Es decir, el título, funge como «efecto especial», vamos, parece sangre ketchup en una película serie B. Está de más, el título, es como el peluche del tablero de los ruleteros. Pero chido, buen post.

  3. Molcas

    Abril 21, 2015 at 8:54 am

    En general tu descripción es spot-on, pero hay algo que vino a cambiar el mercado por completo: INTERNET. Autopublicarse en formato electrónico (del cual soy consumidor asiduo) es mucho más barato que hacerlo en papel, y la distribución es universal. Si el autor es incluso más independiente que eso, puede Kickstartear la publicación de su libro en Indiegogo, Fondeadora, etc. (Si los cineastas lo están haciendo, con lo caro que es hacer cine…) En esos medios, uno puede hacer uso de las mismas mañas mercadológicas -despues de todo, uno como lector ha estado expuesto a ellas- pero con más autenticidad, porque al final cuando menos las hace el autor, o puede optar por otra estrategia más “innovadora”: decir la verdad.

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