El ayuno como sublimación

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Paralelismos entre las huelgas de hambre y el ayuno y éxtasis religioso

 

Más allá de la inhibición de la comida, ¿qué tienen en común las huelgas de hambre y el ayuno religioso? Con una perspectiva antropológica,  Ozziel Nájera caracteriza a estas dos practicas como actos sublimes con propósitos semejantes. 

 

 

Ozziel Nájera Espinoza

 

La oposición que se hace entre «cultura» y «naturaleza» nos permite entender el sentido del primero de estos conceptos. Si matizamos un poco esta disyuntiva decimos que, aunque opuestos, ambos términos están interrelacionados: la cultura es en efecto es una creación convencional, pero ésta se sostiene de una práctica natural necesaria. En tanto seres vivos, los hombres estamos sujetos a condicionamientos animales que nos son irrenunciables: respirar, crecer, reproducirnos y morir son solo algunos ejemplos de esto. Sin embargo, la manera en como cada civilización experimenta estos instintos depende siempre de arbitrariedades. La actividad de comer está revestida de esta misma ambivalencia: lo que en unos sitios se considera como un manjar, en otros puede resultar repugnante; si comer con las manos es signo de incivilidad, desde algún punto de vista utilizar cubiertos o palillos puede resultar exótico. Así como aquello comemos es reflejo de nuestra cultura, lo que dejamos de comer y la razones por la que lo hacemos también. Aunque en apariencia distantes, las huelgas de hambre y el ayuno y éxtasis religioso son prácticas culturales que se encuentran extrañamente relacionadas como actos de sublimación de la vida del hombre.

 

Las huelgas de hambre

A la privación parcial o total de comida por algún tiempo se le llama ayuno. Aunque regularmente esta práctica tiene orígenes religiosos, existen algunas otras razones que la suscitan: recomendación médica, protesta política, pobreza y por ende carencia de alimentos, o producto de algún trastorno psicológico. Este múltiple origen posiciona a la actividad de comer a medio paso entre el instinto y la civilización. Tan cierto como es que no existe una sola persona que pueda prescindir eternamente de la nutrición, lo es el hecho de que las elecciones que hacemos al alimentarnos (o al no hacerlo) son reflejo innegable de nuestra cultura.

Cuando el ayuno intenta cumplir el propósito de ser una expresión de disconformidad social se conoce como «huelga de hambre». No es fortuito que dos de las muestras de rechazo más contundentes que existen se sustenten en la lengua (como órgano y como sistema expresivo): las huelgas de hambre, o la ausencia voluntaria de alimentación, y el silencio, o la negación de salir de nosotros mismos por medio de la expresión. Visto desde esa perspectiva, de nueva cuenta la relación entre naturaleza y cultura se hace presente.

Uno de los ejemplos más famosos del ayuno como protesta lo llevó a cabo Mahatma Gandhi en repetidas ocasiones. El pensador y político indio utilizó la huelga de hambre como recurso de resistencia no violenta ante las múltiples detenciones que sufriera por parte del Imperio Británico. Gandhi fue quizá el mayor promotor de la independencia de la India de Gran Bretaña, y en todo momento lo hizo por medio de manifestaciones pacíficas que presionaban —sin presionar— y proporcionaban una muy mala reputación a los ingleses (circunstancias mayores intervinieron en la liberación del territorio india, pero el esfuerzo de Gandhi es por demás notable). El ayuno, en este caso, se muestra idealmente como un ejercicio que sirve para desafiar, con dignidad, los abusos de la imposición. Las huellas notablemente visibles de los estragos de la no alimentación en el cuerpo del político asiático son al mismo tiempo reflejo de la debilidad humana y de la voluntad de defender una ideología. Entre el 12 y el 18 de enero de 1948, 12 días antes de ser asesinado, Mahatma Gandhi realizó otra huelga de hambre; su propósito era promover la unión entre musulmanes e hinduistas en la ya inminente India independiente.

La propia violencia que supone el hecho de la privación voluntaria del alimento es la cara de una protesta honorable, que ha sido emblema de muchos luchadores civiles. El código de la huelga de hambre acepta, empero, la inclusión de agua como único recurso para subsistir. El individuo que se ve orillado a optar por este medio de manifestación, requiere de una gran disciplina y una elevada valoración moral que le permita ser coherente con el acto que realizará.

Pero si la lucha social dignifica al ayuno, los problemas de hambre en el mundo rebajan nuestra condición humana al mínimo. De acuerdo con la Organización de Comida y Agricultura de las Naciones Unidas (FAO por sus siglas en inglés), en 2015 hubo más de 792 millones de personas con problemas de desnutrición en el mundo.[1] Aunque en materia de reducción del hambre a nivel global ha habido avances considerables, existen regiones que históricamente han adolecido y siguen adoleciendo de este problema. El contraste entre territorios como el africano con casi todos los países de Europa revela la imposibilidad del ser humano de ser lo que está llamado a ser: humano. No es propósito de este texto ahondar en el tema, aquí se pretende reflexionar por la contraparte voluntaria del ayuno, sin embargo, no quisiera obviar este asunto.

 

El ayuno y éxtasis religioso

El ayuno (consciente o involuntario) es una forma de resistencia: contra el cuerpo, contra uno mismo, contra los designios de la naturaleza, contra las diferencias políticas y también las de los dioses. Es la representación simbólica de saber vencerse y reconocerse como un mortal que necesita tomar las energías de su entorno para vivir. No por nada la mayor parte de las religiones contemplan el ayuno como un ritual elemental que pone a prueba el espíritu del individuo sobre su cuerpo, la voluntad humana por encima de la naturaleza.

El ayuno y el éxtasis están esencialmente relacionados desde un punto de vista religioso. Aunque son prácticas incuestionablemente distintas, la segunda puede ser consecuencia de la privación de los alimentos. Desde el hambre hasta la epifanía, se somete al cuerpo a estados alterados de la conciencia.

La palabra ayuno proviene del latín ieiunum que significa vacío (de ahí que desayunar sea el acto opuesto de darle fin a ese vacío), condición elemental en toda mitología para generar algo. El punto inicial, igual al cero para comenzar la creación, para iniciar el proceso de autoconsciencia y el despliegue de ésta. Al comienzo de los tiempos, en medio del vacío representado por la oscuridad, el dios de la mitología hebrea dijo «hágase la luz»; Prajapati, en la mística hindú, necesitaba del vacío para poder tener autoconciencia de sí mismo —de ahí que en la tradición religiosa de la India las vacas sean sagradas, su asociación con la raíz indoeuropea vacuus, vacuo, las relacionaba con ese momento sagrado—; el origen del universo griego que parte del huevo cósmico rodeado por la serpiente.

Lo divino y lo terrenal constituyen planos distintos de la existencia: el primero es el lugar de lo eterno y espiritual, la morada de los dioses, y en el segundo ocurre todo lo humano y lo carnal, de donde se desprenden los placeres del hombre. Dice Paolo Rossi: «El deseo está en el origen del mal y el deseo de comida es uno de los más arraigados y profundos. Apartarse del deseo es parte del camino de la salvación.»[2] Simbólicamente, al alejarse de los placeres más mundanos —en los que la comida tiene un lugar de privilegio—, los creyentes se aproximan a lo divino. No hay nada de circunstancial entre el ayuno de los católicos en Semana Santa y el de los musulmanes durante el mes del Ramadán, ambas prácticas son ofrenda humana para lo trascendental.

Aunque es una acción voluntaria ocasionada por la fe, el ayuno religioso no implica ningún momento placentero de por medio. El sufrimiento que deviene por la ausencia de comida hace presente la importancia del cuerpo como ninguna otra cosa. Para aspirar a un grado superior, de cercanía con lo divino, se tiene que transitar por un camino que no es superfluo. Esta trayectoria agobiante ocurre siempre de manera ascendente: el paso del tiempo sin alimentarse es directamente proporcional al mérito que se hace para agradar a lo celestial. Quienes consiguen realizar el sacrificio por un lapso prolongado y no sucumbir ante el antojo, frecuentemente suelen experimentar perturbaciones en la consciencia, que en el mejor de los casos se viven como momentos de éxtasis, y en el peor como el conocimiento de los límites inferiores de la naturaleza humana (famosa es la anécdota de Jesucristo tentado por el diablo, en el desierto, tras hacer un ayuno de 40 días y 40 noches, que cuenta Mateo en el Nuevo Testamento).[3]

Si asociamos el hecho de que los rituales religiosos exigen ciertas formas de éxtasis, podemos encontrarnos con diversos métodos a los cuales múltiples religiones han recurrido para poder acceder a revelaciones, visiones o epifanías que sirvan como señales para conectarse con lo trascendente. El uso de las drogas o sustancias enteógenas ha sido un vehículo ideal para alcanzar el éxtasis. No siempre puede juzgarse, o al menos intentar especular, sobre qué es lo que ha generado las grandes visiones místicas de las narrativas en las que trabaja Occidente (por ejemplo, Abraham, Ezequiel, Enoc y Jacob en el Viejo Testamento; o el Apocalipsis de San Juan en el Nuevo). Cuenta Robert Graves que es muy posible que, como se lee en el mito de la caída del hombre (o el pecado original, como también se le conoce), dentro de la tradición hebrea se contemple el uso de sustancias psicotrópicas:

«Los jardines de delicias, llenos de joyas, se relacionan habitualmente en el mito con el consumo de una ambrosía prohibida a los mortales; y esto indica la existencia de una droga alucinógena reservada a un pequeño círculo de adeptos, a quienes proporciona sensaciones de gloria y sabiduría divinas.»[4]

Graves, poseído quizá por un espíritu incendiario, termina por señalar que las referencias mitológicas que en esos momentos se cruzan con la construcción del mito de la caída del hombre se encuentran vinculadas con el uso de hongos alucinógenos. El fruto prohibido del árbol del paraíso está revestido por este tipo de características, no por nada el adjetivo «paradisiaco» se usará para referirse al paraíso y a algunas sustancias estupefacientes. Pero no sólo en la cultura hebrea se da la concepción de estas sustancias como alimentos sagrados: en relación con las diversas experiencias místicas que se relataban en esa zona geográfica, existe también el uso del soma por parte de la tradición hindú y zoroástrica, o la referencia en la epopeya de Gilgamesh (quien por cierto se mantiene en ayuno poco después de la muerte de su muy entrañable amigo y compañero de batallas Enkidu) de cómo las culturas mesopotámicas utilizaban el espino cerval como un método para despertar la conciencia.

Los métodos de producción de éxtasis de muchas sociedades no se han limitado exclusivamente al uso de sustancias activas, sino que también se ha recurrido de forma constante al empleo de otras técnicas para inducir estados alterados de conciencia. El druidismo, por ejemplo, pone especial atención en el viaje que cruza los Tres Reinos: el Mar (referente al pasado, al Inframundo), la Tierra (el presente) y el Cielo (la zona divina). Para arribar a estos universos, el chamán genera una visión. Mediante este éxtasis tiene la posibilidad de acceder de forma voluntaria a un estado alternativo saliendo del mundo común. Los métodos usados por el chamanismo para entrar en estado alterado de conciencia comprenden desde la hiperventilación, la interpretación de relatos sagrados, la privación sensorial, la exposición a temperaturas extremas, el cansancio, el baile, el canto, el uso de mantras —como bien lo puede ser desde un repetido ohm, hasta un rosario—, la usanza de música y tambores o el ayuno.

La relación entre el ayuno y lo espiritual no es propio de las grandes religiones del mundo: en algunas zonas de América del norte —señala Piers Vitebsky— los chamanes buscan deliberadamente la iniciación mediante el aislamiento y la privación de la comida. Los hombres jóvenes, y algunas mujeres, buscan algún lugar salvaje y ayunan durante unos cuantos días para conseguir una revelación de los espíritus.[5] La finalidad del ayuno en estos casos suele estar asociada con la pureza del cuerpo y el alma que se encuentran vacías, sin alimento alguno que se interponga entre la visión del individuo y sus deidades. La experiencia religiosa está mediada por una combinación de factores entre la fatiga, la tensión y el ayuno. Al otro lado del polo las cosas presentan ligeras variaciones, pero los métodos se perpetúan. Mircea Eliade hace algunas referencias a tribus sudamericanas que en busca de una iniciación chamánica se someten al ayuno:

«la iniciación chamánica en América del Sur conserva en ocasiones el esquema perfecto de una muerte y una resurrección rituales. Pero la muerte también puede ser sugerida por otros medios: fatiga extremada, torturas, ayuno, golpes, etc. Cuando un joven jíbaro se decide a ser chamán, busca un maestro, le paga los honorarios debidos y se somete inmediatamente después a un régimen en extremo severo: no prueba alimento durante varios días y toma bebidas narcóticas, especialmente esencia de tabaco (que, como se sabe, desempeña un papel esencial en la iniciación de los chamanes suramericanos).»[6]

En estos rituales, cuando el joven alcanza el éxtasis y tiene la revelación, el chamán comienza a darle de golpes hasta dejarlo inconsciente. Cuando despierta del proceso se considera que ha regresado de la muerte, como lo hacen todos los héroes en todos los mitos. Tantas recurrencias no pueden ser producto de la casualidad: entre los hombres y los dioses hay un abismo que se reduce con el sacrificio.

 

Los significados parecen coincidir en diferentes contextos. El ayuno religioso y las huelgas de hambre representan prácticas revestidas de propósito que hermanan el aspecto animal y cultural del hombre. La comida (o la ausencia de ella) es acaso una de las variables que mejor definen la condición de ser humano, y la autoexclusión de la misma como resultado de una actividad consciente es muestra de nuestra compleja naturaleza. En todos estos casos, el ayuno representa una batalla librada desde uno mismo hacia un objetivo que nos trasciende. La privación voluntaria de los alimentos es una acción que sublima nuestro propósito de existir, ya sea porque es una manera violenta de manifestar nuestros principios políticos, ya porque constituye la voluntad de dignificarse ante los dioses mismos.

 

NOTAS

[1] Fuente: Estadísticas de la FAO, tomadas de su página de internet, a través del siguiente enlace: http://faostat3.fao.org/home/E

[2] Paolo Rossi, Comer. Necesidad, deseo y obsesión, México, FCE, 2013. p.37.

[3] Evangelio según Mateo. Nuevo Testamento. (Mt 4, 1-11)

[4] Robert Graves, Los mitos hebreos, Madrid, Ed. Alianza, 2001, p. 98

[5] Piers Vitebski, Los Chamanes, Singapur: Tascehn, 2006. p. 42

[6] Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, México: FCE, 2009. p.85

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Ozziel Nájera Espinoza (Ciudad de México). Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Ha sido catedrático en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Estado de México, en la Universidad La Salle y en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Cuajimalpa, impartiendo las materias de Sociología de la comunicación, Semiótica, Hipermedios, Metodología de la investigación, Introducción al campo profesional de la comunicación. Es presidente y socio fundador de Identidad y Pensamiento, Centro de investigación en desarrollo social en ciencias y humanidades, A.C.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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