Cacahuates japoneses: un punto de encuentro

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Aunque distantes y diferentes las gastronomías mexicana y japonesa están emparentadas por los famosos cacahuates japoneses. En este texto, Atziri Quintana Mexiac reflexiona sobre algunos encuentros y desencuentros de ambas cocinas y relata la historia de esta famosa botana. 

 

 

Atziri Quintana Mexiac

 

A pesar de que la comida japonesa goza de un momento de gran popularidad en el mundo, existe relativamente poca información sobre ella fuera de Japón. En general, lo que se sabe de la cocina nipona está basado en unos cuantos platillos, que si bien son representativos de su gastronomía, no abarcan toda la riqueza de sus ingredientes ni de su historia.

Esto es especialmente cierto cuando se habla de los dulces y botanas tradicionales de Japón, parte de la gastronomía que casi no aparece en las guías de viaje ni en los menús de restaurantes porque son un mundo aparte. A diferencia de los postres en otros países, los dulces tradicionales japoneses no son parte de un menú de comida en las casas. Si se desea consumirlos, hay que ir a lugares específicos a buscarlos y comerlos entre comidas, pues no existe un horario particular para saborearlos. Los dulces y botanas de Japón son un mundo que está listo para ser descubierto y mostrarnos facetas desconocidas de la historia y la cultura japonesas. Especialmente, los dulces están listos para decirnos que la gastronomía de este país oriental quizá no esté, ni en sus ingredientes ni en su historia, tan lejos como pensamos de la cocina mexicana. La botana conocida popularmente en México como cacahuates japoneses, nos servirá de guía y ejemplo para acortar la distancia entre estas dos tradiciones culinarias y revelar algunos secretos de ambas.

En mi larga relación y estancia en Japón, el choque cultural más fuerte que he experimentado ha sido, sin duda, con la comida japonesa. Las diferencias culturales de, por ejemplo, cómo hacer trámites o cómo se comporta la gente, me parecen una serie de características personales más que algo que marque totalmente a una población. Se suele decir que los japoneses son muy fríos o callados, pero la verdad es que los hay quienes son mucho más animados que los mexicanos. En cambio, cuando se trata de paladares, diría que hay algo que los une a todos: el gran apego y orgullo que sienten por su comida, incluyendo sus dulces, a los que califican incluso de más saludables que los de otros países.

En el aspecto del orgullo gastronómico, los japoneses se parecen mucho a los mexicanos. Sin embargo, nuestros puntos de vista son distintos. El pueblo japonés considera su cocina como algo más bien único. Además, la ve como parte de una larga historia muy enraizada en la naturaleza del archipiélago y poco influida por otras cocinas, al menos hasta el siglo XX, incluso hasta después de la segunda guerra mundial, cuando la comida y costumbres extranjeras que llegaron de la mano de los estadounidenses se volvieron populares entre la mayoría de la población. Hasta entonces, la comida europea y los productos occidentales eran parte de las costumbres de las élites y no se habían difundido entre las clases menos afortunadas, quienes los veían como platillos para ocasiones especiales o fuera de su alcance.

A diferencia de los japoneses, los mexicanos nos enorgullecemos del crisol de tradiciones que representa nuestra gastronomía y la riqueza que le han dado los diversos encuentros de culturas en nuestro país. En otras palabras, tenemos más presente el hecho de que nuestra gastronomía actual es resultado del mestizaje cultural. Quizá por eso nos sorprenda menos que el origen de ciertos platillos mexicanos esté en ingredientes o platillos originarios de otros países.

A pesar de las diferentes visiones, ambos pueblos comparten un amor profundo por su cocina, y también comparten historia y un gusto particular por las botanas que nos hace muy cercanos. Por ejemplo, al igual que los mexicanos con los dulces de chile, los japoneses llaman dulces (菓子-kashi, del carácter chino con significado de fruta, que hace referencia a productos en su mayoría dulces) a cosas que en realidad no son dulces, como frituras con sabor a pescados o mariscos, galletas con sabor a soya o dulces aciditos de umeboshi (梅干し、ciruelas encurtidas), la versión japonesa de nuestro chamoy.

Recuerdo mis primeras semanas en Japón, hace muchos años, como el continuo descubrimiento de una cocina llena de ingredientes y sabores desconocidos, pero eso no era lo que realmente me sorprendía, pues era lo que esperaba de una «cultura tan lejana y diferente». Más bien me asombraba encontrarme con cosas familiares o que me hacían pensar: «¿qué hace esto aquí?, pensé que era exclusivo de México».

Una de esas cosas fueron los cacahuates japoneses. Un día, paseando por las calles de Kioto encontré una tienda abarrotada de vitroleros llenos de algo que parecían cacahuates japoneses. Después de observarlos un rato desde fuera y llegar a la conclusión de que tenían que ser cacahuates japoneses, me atreví a entrar y comprar algunos. Sí, el concepto era el mismo, cacahuates capeados de harina con sabor, freídos y empacados. Claro, aquí los sabores a pescado o algas son lo más popular. Ahí descubrí que, contrario a lo que pensaba, los cacahuates japoneses realmente eran japoneses.

 

cacahuates japoneses

«Cacahuates mexicanos» de Japón

 

Por alguna razón, los cacahuates japoneses, esta botana tan popular al menos en el centro de México, se han convertido en un estandarte de la mexicanidad. La mayoría dirá, sin dudarlo, que, aunque se apelliden «japoneses», fueron inventados en México y no existen en Japón.[1] En efecto, el concepto «cacahuates japoneses» es algo hecho en México, pero el producto en sí (cacahuates fritos y cubiertos de harina con sabor) es una creación japonesa que cuenta con una tradición bastante larga y una historia muy interesante. En Japón, a estas botanas se les conoce como mamegashi 豆菓子 (dulces/ de frijoles). En México la variedad de sabores es limitada: el tradicional con soya, con limón y algunos con chile. En Japón, por el contrario, existen incluso dulces con sabores estilo gourmet: chocolate blanco con cítrico de invierno, entre otros. Desde la antigüedad, en Japón ya existía una tradición de comer frijoles secos (por ejemplo, de soya), por lo que no sorprende que las nueces y otros tipos de frijoles que llegaron tras el contacto con otros países se sumaran poco a poco a la dieta de los japoneses.

Andrew F. Smith[2] comenta en su obra Peanuts: The Illustrious History of the Goober que los cacahuates (originarios del América) entraron al continente asiático antes de 1608 a través de galeones españoles, específicamente a Filipinas e Indonesia y posteriormente a Malasia, Vietnam y China. Al arribar a estas localidades fueron nombrados «frijoles extranjeros». Los cacahuates emigrarían después a Japón y recibirían el nombre de «frijoles chinos», destacando su país de procedencia.[3]

En un inicio, la importación del cacahuate de China a Japón ocurrió gracias al intercambio cultural propiciado por los monjes budistas que se trasladaban de un país a otro. Ya por entonces los japoneses garapiñaban frijoles y cacahuates. Posteriormente, con la entrada y el establecimiento en el gusto de los japoneses de los dulces confitados europeos, principalmente portugueses y españoles (como nuestras almendras confitadas de navidad), los nipones conocieron nuevas técnicas que llevarían, entre finales del siglo XIX y principios del XX, a crear lo que ahora conocemos como cacahuates japoneses o mamegashi.[4]

Estos cacahuates, a pesar de ser un producto que está en el gusto de los japoneses, nunca han sido la botana más popular. En años recientes se han quedado un poco relegados en medio de la impresionante cantidad de golosinas novedosas que salen para atraer a los jóvenes y no tan jóvenes. Los mamegashi son de esas comidas que pasan inadvertidas pero todos alguna vez han probado. A diferencia de los wagashi (和菓子, dulce al estilo japonés), dulces artesanales y pequeñas obras de arte que recrean las estaciones del año, hechos con pasta de frijol dulce o camote, los cacahuates no tienen un momento especial, como la ceremonia del té, para ser disfrutados. Están ahí, para picar, para la hora de la botana, para ese momento en el que estás solo en casa y no sabes qué comer. Son el regalo perfecto cuando vas de viaje y tienes que llevar recuerdos al trabajo, pues son relativamente baratos y vienen en buenas cantidades, perfectos para compartir con toda la oficina, pero no aparecerán nunca en un menú o en eventos relacionados con la gastronomía tradicional japonesa. Por esas mismas razones, los jóvenes en Japón no los tienen tan presentes y cuando van a México y les preguntan por ellos no los saben reconocer, abonando a la equivocada creencia de que los cacahuates japoneses sólo existen en nuestro país.

Uno de los aspectos más sorprendentes que encuentro en la cultura japonesa, no únicamente en su gastronomía pero sí especialmente en ella, es su capacidad de adoptar cosas de fuera (el camote, los cacahuates, los caracteres chinos, etcétera) y acoplarlas de tal manera que la gente deja de sentir extrañeza ante ellas y las adopta como parte de sus tradiciones, como si siempre hubieran estado ahí y nadie dudara de su origen japonés.  Los cacahuates, que salieron de nuestro continente a conocer el mundo, son una de esas historias en donde la hibridación cultural dio como origen una práctica nipona que a la postre se convertiría en una tradición.

De la mano del inmigrante japonés Yoshigei Nakatani, los cacahuates hicieron el viaje de vuelta a México. Nakatani llegó a nuestro país en 1932, contratado por Heiji Kato para que laborara en su compañía de fabricación de botones, El Nuevo Japón. Tras casi una década en territorio azteca, Yoshigei Nakatani contrajo nupcias con la mexicana Emma Ávila Espinoza y juntos fundaron en 1943 la empresa de dulces Nipón.[5] Para este negocio, Nakatani recordaría los cinco años de experiencia trabajando al lado de un dulcero en Japón. Producto de ese conocimiento tradicional Nakatani crearía en nuestro país una fritura de harina conocida como «oranda» (que a la postre se convertiría en el dulce llamado «muégano»). Tras el buen recibimiento de este dulce, sus propuestas creativas tendrían deparada un éxito mayor.

En 1945, intentando preparar una golosina de origen japonés, Yoshigei Nakatani mezcló harina de trigo y salsa de soya con cacahuate, con lo que dio origen al famoso «cacahuate japonés».[6] El nuevo producto de la empresa Nipón resultó un híbrido entre los saberes tradicionales y los ingredientes que la cocina mexicana del momento podía ofrecer. Gracias a esta invención multicultural, Nakatani pudo sobrevivir en un país extraño y al mismo tiempo –y de manera involuntaria– nos mostró la extraña cercanía que hay entre los paladares mexicanos y japoneses. Este hecho muestra algo que va más allá de la misma anécdota: tanto los japoneses como los mexicanos hemos sido pueblos que adoptamos y fusionamos tradiciones de otros países; unos aceptando la diversidad y otros acoplándolo a la tradición del país. ¿Pero no es este proceso común a cualquier cultura? ¿Cuál puede preciarse de ser completamente original?

Los cacahuates japoneses son una de quizá muchas coincidencias en nuestras cocinas, aparentemente tan lejanas. Ahora ya saben, cuando se comen cacahuates japoneses no solo se está consumiendo una botana deliciosa, también se unen historia y cultura, creando un puente que tal vez sólo exista entre México y Japón.

 

NOTAS

[1] Existe mucha información sin fuentes y leyendas urbanas que se han extendido entre los mexicanos.

[2] Andrew F. Smith es escritor, conferencista y profesor en estudios sobre la comida de la New School University en Nueva York.

[3] Smith, Andrew F. (2002). Peanuts: The Illustrious History of the Goober Pea. Ubrana: University of Illinois Press, p. 8.

[4] Según el dueño de una de las casas productoras de mamegashi más importantes de Japón, el proceso y la maquinaria de los confites japoneses, descendientes de los europeos, es el mismo que se ocupa en la fabricación de los cacahuates japoneses.

[5] La información aparece en la página de internet de la misma empresa: http://www.pnipon.com/#quienes-somos

[6] Hernández Galindo, Sergio. Japoneses, la comunidad de un nuevo sol naciente, recuperado de

http://www.discovernikkei.org/es/journal/2011/01/13/nuevo-sol-naciente/

 

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Atziri Quintana Mexiac (Ciudad de México). Maestra en Estudios Japoneses y Relaciones Internacionales. Actualmente estudia un doctorado en la Universidad Hitotsubashi (Tokio) y su tema de investigación es la diplomacia gastronómica. Su pasatiempo es comer y reseñar todos los dulces y comidas raras que venden en Tokio.

En su blog wagashidagashi.blogspot.com, Atziri reseña y cuenta la historia de dulces japoneses.

Su Twitter es @wagashidagashi

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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