Canadá a (mis) menos treinta

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¿Qué complicaciones enfrenta una mexicana al instaurarse por un tiempo en la gélida Canadá invernal? Con un tono de desenfado y una prosa llamativa, Karla Cortés Valladolid entrega una crónica de su propia experiencia en el país de la hoja de maple.

 

 

Karla Cortés Valladolid

 

Como les pasó a miles de adultos de mi generación, mi formación básica sufrió los rezagos de la educación pública. Alumna durante la dictadura de Elba Esther y lejos en el tiempo de las demandas por la obligatoriedad de la enseñanza de computación e inglés, crecí con lo mínimo para aprender un segundo idioma. Cuando ya inmersa en la vida laboral por fin tuve dinero, pero no tiempo –porque estas variables que siempre vienen juntas también suelen ser inversamente proporcionales–, emprendí lo que llamo «la aventura canadiense».

Pero eso no fue lo que me llevó a Canadá; reconsidero: eso no fue lo único que me llevó a Canadá. A mis 26 de lo que me daban ganas era de escapar, de probarme a mí misma y de encontrar algo que ni sabía qué era pero que pensé que reconocería al hallarlo. Así, después de seis años de trabajo ininterrumpido, renuncié y pasé la víspera de año nuevo más extraña que había vivido: con mochila al hombro y con mi familia despidiéndome en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, comencé un 2015 marcado por la nieve y una independencia personal que a mis más de veinte nunca había experimentado.

Si la decisión de vivir por casi cinco meses en el país del maple tuvo que ver con ahorro y el temor a no entender el acento irlandés –mi primera opción to improve my English skills fue Dublín–, lo de viajar en invierno a un lugar que alcanza los menos 30 grados centígrados sí fue imprudente.

 

Primera parada: je ne parle pas français

Montreal me recibió con un frío que jamás había experimentado y con la certeza de que si para algo estoy negada es para el francés. Mientras esperaba el inicio de los cursos de inglés en Ottawa, pasé mi primer fin de semana bajo cero en un hostal calificado con un 8.2 de 10 y perfecto «para los viajeros interesados en gente amable, en hacer una escapada urbana y en ver arquitectura», según la descripción en Bookers.com.

En esta primera escala me di cuenta de algunas cosas: de que los copos de nieve son como los de las caricaturas, como dibujados, y de que para contrarrestar el impulso de tomar fotografías no hay nada como sentir los dedos de las manos entumecidos cada vez que necesitas tocar la pantalla del celular.

El primer día lo dediqué a recorrer la ciudad a pie y a la compra de todo eso que en México sólo es posible encontrar en tiendas para quienes practican deportes de invierno: adquirí las botas de nieve y la cazadora que se convertiría en mi outfit y que luego de tres meses de uso ininterrumpido terminaría odiando.

En Montreal conocí el Biodôme, velódromo que varios años después de los Juegos Olímpicos de 1976 empezó a albergar cuatro ecosistemas reales, un acuario y un jardín botánico. Comí baguette de pavo ahumado, chocolate caliente y poutine, platillo québécois que consiste en papas a la francesa bañadas en un gravy y decoradas con un queso que si no rechina entre los dientes, no es del bueno.

El último día de mi estancia cometí el atrevimiento de andar, con maleta y mochila a cuestas –calle abajo–, desde el hostal hasta la terminal de autobuses, en medio de lo que se conoce como freezing rain; esta mezcla de lluvia y nieve forma una delgada capa de hielo apenas perceptible que haría resbalar hasta al más hábil. De todas las insensateces que cometí ésa fue la peor. Al medio día abordé el Greyhound que me llevaría a Ottawa, mi primer hogar en Canadá.

De Montreal no me despedí; sabía que volvería en otro momento, con otro clima y, quizá, con excelente compañía. Así fue.

 

Segunda parada: Lynn’s eleven

Al grupo de chicas mexicanas que nos hospedamos en casa de Lynn Crête, en Gatineau, se nos conocía como «las once». Me gustaría decir que esta mínima muestra de ingenio venía de los canadienses, pero la verdad es que así fue como nos nombraron nuestros compañeros de clase, a quienes les sorprendía que casi una docena de estudiantes compartieran un mismo homestay. Si convivir día y noche con gente que habla tu mismo idioma es pésima idea para practicar tu speaking, de lo que estoy segura es de que de no haber sido por ellas mi primer mes a tres mil kilómetros de mi hogar habría sido muy solitario.

Contrario a lo que pudiera parecer, las peleas por el baño nunca significaron un problema: establecimos un reglamento que lejos de contar con horarios estrictos, se basaba en las ganas de cada una de levantarse de la cama para tomar una ducha, o bien de prescindir de un regaderazo en caso de que éste no se considerara necesario.

La rutina durante este primer mes casi siempre era la misma. La mitad de las chicas empezaba cursos a las ocho de la mañana, por lo que el resto, que empezábamos clases a las doce del día, nos dedicábamos a dormir o estudiar. Con una precisión meticulosa, bajábamos las escaleras para ponernos la segunda y tercera capa de ropa y, una vez todas listas –nunca nos abandonamos–, caminábamos hacia la parada del autobús. Nada más trágico que perderlo. Así me di cuenta de que en Canadá los horarios del transporte están hechos para llegar antes de tiempo o después de tiempo, pero nunca a la hora exacta. En este sentido, ser puntual es una decisión y no cuestión de suerte, o del tráfico, o de la manifestación… o de todas esas excusas que los mexicanos usamos cuando no llegamos a nuestras citas.

Todas estudiábamos en la UNAM Canadá, localizada justo en la frontera entre la parte francófona (Gatineau) y la anglófona (Ottawa). Las clases terminaban a las cinco, pero la oscuridad y tranquilidad de las calles indicaban que por lo menos eran las diez de la noche. Un poco deprimidas por esta ausencia de vida, tomábamos cualquier camión que nos llevara al único centro comercial que conocíamos: el Rideau Centre; si era jueves de museos gratis, íbamos a asombrarnos con la herencia y significado de los totem poles del Canada War Museum o con la belleza del arte dispuesto en la Galería Nacional de Canadá.

En Canadá el verano se vive como una promesa. Cada vez que preguntaba por algún sitio que parecía interesante, pero que en ese momento las condiciones climáticas lo forzaban a permanecer cerrado, generalmente recibía las mismas respuestas: «Espera a que llegue el verano y verás». Todo lugar que permanece dormido durante el invierno tiene potencial para ser algo magnífico durante los meses veraniegos. Desgraciadamente no tuve ni el dinero ni la paciencia para esperar por tiempos mejores.

Si el viento era benévolo y teníamos ánimos suficientes para patinar, íbamos al Rideau Canal a tropezar, reír y demostrar quién era la mejor en el arte del deslizamiento sobre hielo. Aunque luego de una semana la fiebre del patinaje cesó –hubo quienes compraron patines que sabían que jamás volverían a utilizar–, yo seguí recorriendo los 8 kilómetros del canal hasta mi último día en Ottawa.

 

Última parada: A multicultural city

Viajé a Toronto para buscar aventuras y establecerme los tres meses restantes. La escuela donde continué mis estudios la encontré en internet, lo mismo que el sitio donde estuve viviendo, una casa que, por fetiche del casero o simple obsesión por el orden, sólo era habitada por estudiantes japonesas a las que nunca terminé de descifrar. A pesar de las diferencias culturales guardo preciosos recuerdos del deleite gastronómico con que Tomomi y Masako siempre me agasajaron.

Mientras que Ottawa fue el sitio que me sirvió para acostumbrarme a la vida canadiense sin suponer una completa ruptura, en Toronto tuve mi primera experiencia sobreviviendo sola y subsistiendo haciendo mis propias compras y comiendo lo que yo misma cocinaba. Por fortuna nunca enfermé del estómago y descubrí que tengo sazón.

Aquí también fue donde conocí más gente y al mismo tiempo donde más sola me sentí. En la escuela tomé la precaución de alejarme de cualquiera cuya lengua materna fuera el español: si quería aprender inglés en serio tendría que verme forzada a hablarlo. La hora del almuerzo era el momento de socializar, de hacer amigos… Sin embargo, conocer personas distintas todo el tiempo implicaba tener la misma conversación cada vez. Nuestro nivel de inglés condicionaba nuestras pláticas a la repetición de preguntas y de respuestas.

Si hasta el momento no he hablado de la gente es porque necesité tiempo y mucha observación para hacerme una idea de cómo son los canadienses, y también porque sólo conocí unos cuantos. El invierno no es la mejor época para socializar con ellos.

El primer detalle que llamó mi atención es su territorialidad y la necesidad de delimitar su espacio personal. Mis idas y regresos en metro me sirvieron para reflexionar y percatarme de la manía de los canadienses por preferir elegir el peor lugar libre en el autobús (el más frío o el más lejano de la puerta) que sentarse junto a alguien más, y de su resolución de nunca pedir el asiento si éste ya estaba siendo ocupado por los pies o la mochila de otra persona. Con el tiempo aprendí a entender y aplicar esos mismos códigos.

Más tarde, mi profesor de gramática me explicaría que de la misma manera que en muchas otras grandes ciudades, en Toronto se vive rápido y cada quien se ocupa de sus propios asuntos: «Además, aquí es difícil saber qué sí y qué no puede ofender a alguien, por eso la gente opta por no involucrarse con los demás». Vivir en una ciudad considerada como la más multicultural del planeta –la mitad de sus habitantes nacieron fuera del territorio– implica mucha mesura al establecer contacto con los demás.

Por eso, cuando conocí a Halil, a quien cariñosamente llamaba «the ShawarMan» –porque trabaja en un restaurante árabe–, y a Tina, «my corean sister», me sentí plenamente agradecida. Con ellos, que también eran estudiantes, podía reír y platicar de lo que fuera, como si nuestra comunicación no estuviera limitada por el idioma.

Su cercanía y disposición me permitió acercarme a dos culturas magníficas: de Tina aprendí sobre el sentido del orden y disciplina que caracteriza a los coreanos, mientras que con Halil me sentí como en Turquía, escuchándolo hablar de sus sabores y costumbres. ¿Mi legado? Explicarles que México es más que sólo Cancún y guacamole, aunque de cualquier manera les enseñé a prepararlo.

No regresé a México con un anillo de compromiso, como había pronosticado una de mis mejores amigas; tampoco volví siendo bilingüe, como esperaban mis papás; y mucho menos encontré lo que pensé que hallaría. Lo cierto es que no soy la misma que se fue hace un año. Cuando me lo preguntan siempre digo lo mismo: «Yo en Canadá no me quedaría a vivir, pero a Canadá volvería siempre que pudiera».

 

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Karla Cortés Valladolid (México, 1988). Periodista de formación pero investigadora de mercados de profesión, cada que puede disfruta de escribir textos que nada tengan que ver con marcas y productos. Escribir sobre su estancia en Canadá era una ejercicio que tenía pendiente desde su regreso y que se siente afortunada de compartir con quienes quieran leer.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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