Narrativa del cuerpo para tiempos aciagos

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Eduardo Cerdán

 

Parecemos, no soy el primero que lo dice, personajes de Luvina: el purgatorio imaginado por Juan Rulfo. Nos arrastra el aire, se nos amontona el tiempo. Conocemos el olor de la tristeza y la textura del silencio. El viento no amaina para los que habitamos México: cada noche nos arrulla el miedo. Esto nos mueve, inevitablemente, a pensar en cómo se escribe dentro de un contexto así. ¿Para qué crear en un país que se desangra?

En 2010, luego del asesinato en Xalapa de su hija Irene, la escritora Esther Hernández Palacios creó una metáfora doliente que me alumbra a la hora de escribir. Se supo «madre mutilada» y, como tal, comenzó a firmar Ester sin H para que –muy à la Derrida– en los niveles morfológico y semántico de su nombre, el signo que la representa,  quedara un rastro de su nueva maternidad en ausencia. En su Diario de una madre mutilada (que leí teniendo presente la recomendación hecha por Susan Sontag en Regarding the Pain of Others: uno ha de asomarse al duelo ajeno no desde el morbo, sino desde la razón y la conciencia), Hernández Palacios logró un texto con no pocos méritos literarios que se articula, además, con base en una narrativa del luto, del trauma.

El adjetivo que aparece en el título del Diario, ganador del Premio INBA de Testimonio y publicado por Ficticia, se basa en la importantísima retórica del cuerpo. Una amputación: la madre sin su hija, sin un miembro: extensión de ella misma. El discurso desde y sobre el cuerpo –desde como espacio de enunciación y sobre como asunto literario por ser recipiente de la vida– debería ser pieza clave para los artistas de un país como México, infectado por una violencia sistemática que abarca, entre otras abyecciones, las «desapariciones forzadas», las masacres, la exposición de cadáveres y miembros humanos.

Sobre lo anterior, por cierto, abunda Cristina Rivera Garza en libros como Dolerse. Textos desde un país herido. En lo que dice al respecto la sigo y por ello encomio su faceta de ensayista, no por sus juegos pronominales y casi colonizadores («Mi Rulfo mío de mí», «Mi yo de ti. Tu tú mío de mí. Nuestro ustedes de ellos») que dizque hablan de la socialización de la literatura y que de veras me enervan. ¿No se supone que ella apuesta por una poética de la desapropiación? En fin, creo que falta un diálogo –estoy seguro de que eso querría la narradora tamaulipeca– en donde haya no solo ensalzamiento por su calidad de transgresora-inclasificable-experimental-multimediática (¿no que hablar de originalidad ya es obsoleto?), sino discusión seria sobre las muchas zonas oscuras de su propuesta y el confrontamiento riguroso con sus puntos débiles. Para ello hace falta gente de ideas, no solo de intuiciones como yo. Lo paso al costo.

Ahora vuelvo al diario de Ester, que no debería existir porque para que se produjera tuvo que ocurrir una tragedia. Es aquélla una muestra descarnada del papel del arte, no solo ahora: siempre. Su texto es a la vez testimonio de lo que puede lograr –pues la autora cuenta que en la poesía encontró el asidero que necesitaba para sobrevivir al luto– y, como las buenas obras, punto de partida hacia la reflexión.

Siete años han pasado desde la escritura de aquel libro. Allí se lee ya, entre líneas, el temor por lo que vendría: vaticinio terrible de un país hoy rafagueado (verbo común en Ciudad Juárez) por el espanto. La presencia constante de imágenes violentas en los medios internacionales, el aire de terror que respiramos y la perpetuación de la agresividad machista: todo ha llevado a que el valor de una vida, de un cuerpo latente, se demerite, y a que la sensibilidad y la empatía se trastoquen. «Parecería [dice mi colega la escritora Magali Velasco] que mientras más muerte y crueldad, más resistimos. Somos fantasmas en los baúles de la Mamá Grande y nuestra bandera representa este país y sigue siendo roja, demasiado roja».

¿Lo terrible y lo siniestro, la violencia y la crueldad pueden ser parte de lo bello? Por supuesto que no. Pueden, eso sí, producir efectos estéticos que escapen del sensacionalismo y que apelen a la catarsis referida por los clásicos. No lo digo yo: lo dijo Kant en su Crítica del juicio de 1790. Margo Glantz ejemplificó muy bien lo anterior con su libro publicado hace diez años: Saña, que a decir de Anamari Gomís «urde problemas ontológicos como ¿dónde comienza o termina la identidad cuando varias mujeres desnudas, rasuradas desde la cabeza al pubis, pululan en un campo nazi, sin poder reconocerse unas a otras? El cuerpo, al que en apariencia le escamoteamos su importancia, cobra una enorme fuerza con las obsesiones de las top models y con la “saña” de Francis Bacon y de Stanley Spencer para pintar la figura humana, asunto que ha fascinado a Glantz desde hace tiempo».

Nuestra postura generalizada –porque hay excepciones, por supuesto– hacia los asuntos del cuerpo no es tan antigua como nosotros. Basta asomarse a las obras del medioevo y de los siglos áureos (ahí están, verbigracia, el Arcipreste de Hita, Rabelais, Cervantes y Quevedo) para ver que la literatura de entonces se relacionaba con el cuerpo de una manera muy distinta a la actual. Para Michel Foucault, según se lee en su extraordinaria Histoire de la sexualité, las actitudes de hoy, llenas de ocultamientos y omisiones, empezaron a cocinarse en occidente luego del siglo XVII. Hubo que desensibilizar primero el tema del sexo, del cuerpo en general, para que después se impusieran los tabúes y los recursos perifrásticos.

Pero no hay que olvidar, recomienda el must-read patólogo y ensayista Francisco González-Crussí, «que el cuerpo es la sede de la identidad del ser humano y que el ser humano no puede reducirse al cuerpo. Atrás del cuerpo, o por encima de él, está la historia de cada individuo: su imaginación, sus valores, sus angustias y sus gozos. El médico [y cualquiera que se ocupe de lo humano, agrego yo] no puede hacer abstracción de todo eso y ver exclusivamente lo que cree ser máquina. Disociar al cuerpo de todos sus elementos simbólicos sería tanto como ocuparse no de un ser humano, sino de un miembro de una especie diferente».

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995) es narrador y ensayista, profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y editor literario de Cuadrivio. Ha colaborado en la Revista de la Universidad de México, La Jornada Semanal, Confabulario de El Universal, Crítica, Literal y La Palabra y el Hombre, entre otras publicaciones. Ha participado en libros de cuentos mexicanos y latinoamericanos (UV, BUAP, UAM-X y Ediciones Cal y Arena), así como de ensayos sobre literatura hispánica (Sussex Press). Textos suyos se han traducido al inglés y al francés. Su libro infantil Los días del extranjero está por publicarse en la Editora de Gobierno de Veracruz. Twitter: @Eduardo_Cerdan.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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