Victoria

Por  |  0 Comentarios

Cecilia Galli

 

 

La mujer encontró la chaquetita apenas el lunes, dos días después de haber entregado a Victoria a sus padres. Volvía a su casa desde el mercado cuando descubrió el pequeño abrigo entre los asientos de su auto. Quizás haya pensado en las niñas que ese fin de semana había cruzado al otro lado de la frontera. Quizás fueran las primeras de su vida o tal vez se dedicara a eso: a reunir niños con sus padres. En todo caso, nunca más las vio, porque las niñas jamás volvieron a México.

Casi veinte años más tarde, Victoria todavía recuerda esa pequeña chaqueta azul de niño que su padre le había enviado desde Estados Unidos cuando ella tenía dos años, unos meses antes de mandar a buscarla. Casi veinte años más tarde, Victoria todavía recuerda la noche en la que cruzó la frontera junto a su hermana y a una pareja de extraños que llevaban los documentos de sus nietas y que le aseguraron a la policía migratoria que eran sus abuelos. Bien entrada la noche, Victoria viajaba dormida en el coche de esos desconocidos, cuando en el puesto fronterizo la despertaron las luces y las voces, y la mujer, su falsa abuela, le dijo cariñosamente que volviera a dormirse. La niña estrechó la mano de su hermana apenas mayor que ella, que dormía a su lado, y cerró los ojos. Sus dos años de vida no fueron obstáculo para que comprendiera todo lo que pasaba.

Más temprano, esa tarde, su tía, que la había cuidado durante los seis meses que pasaron desde la partida de su madre y de sus hermanos mayores, se había despedido de ella nerviosa, apretando las lágrimas, y la había entregado a una mujer desconocida. «Mañana ya estarás con tu familia, chiquita. Tú pórtate bien y no tengas miedo, que esta señora buena te va a llevar con tu mamá», le había susurrado al oído.

«Es lo que más recuerdo de esa época: la chaquetita azul que tenía un dibujo de un carro rojo. Mi papá, que había venido solo a los Estados Unidos, compraba ropa en ventas de garaje y nos la mandaba. Y esa chaqueta era mi favorita», me cuenta Victoria. En su expresión adivino una mezcla de la tristeza de la niñita indefensa con la esperanza y la fuerza de una mujer decidida a hacer todo lo posible por cambiar su situación, que no es sólo suya sino de cientos de miles de hermanos y hermanas, pues la historia de Victoria es común a la de millones de otros dreamers que fueron traídos a este país de niños y crecieron con la cultura, la educación y el estilo de vida de cualquier estadounidense.

Su padre se vio obligado a emigrar al norte para poder proveer a su familia. De este lado de la frontera, se convirtió en un trabajador que viajaba entre Texas y Tennessee, para ayudar en la cosecha de frutas y verduras. Cada dos semanas enviaba el dinero que permitía a su familia seguir adelante, pero después de dos años, su esposa decidió que no era justo que Victoria y sus hermanos crecieran sin un padre, así que, convencida, agarró a sus dos hijos mayores y cruzó la frontera, dejando a sus dos hijas menores –provisoriamente– al cuidado de su hermana. Seis meses más tarde de ese acto heroico los padres estaban listos para mandar a buscarlas y volver a ser una familia.

Después de la noche en el carro de la mujer, las niñas se reunieron con su padre en una ruta poco transitada, a la entrada de un pequeño pueblo cuando el amanecer empezaba a despuntar. Un camión gigantesco dormía protegido por la luz amarillenta de la estación de servicio del pueblo. Los grillos ya se habían callado y los pájaros todavía no empezaban a cantar.

El paso de un carro a otro fue rápido, apresurado, urgente, y no dejó tiempo para el abrazo. Lo que más recuerda Victoria de esa noche es la algarabía que hubo cuando llegaron a su nueva casa y se encontró con su mamá y con sus hermanos mayores. En ese entonces no sabía de territorios ni de fronteras, pero tenía la certeza de lo que realmente importa: nada volvería a separar a su familia, ahora que estaban de nuevo juntos.

La familia vivió unida y feliz por mucho tiempo. Sus padres tuvieron otra hija y se dedicaron a trabajar mientras sus hijos estudiaban y crecían. Hasta que a la hermana mayor de Victoria le llegó la hora de tramitar su licencia para conducir.

«Mami, ¿me das mi tarjeta del seguro social?», pidió la adolescente de 16 años una tarde de sol y cigarras. Con esa simple pregunta se terminó la inocencia de Victoria y de sus hermanos para siempre, porque esa tarde de verano, su realidad de indocumentados, situación que hasta ese momento no había significado nada en sus vidas, irrumpió en su hogar como un cascote que atraviesa el techo y deja un agujero por el que siempre se colará la noche.

Los padres se sentaron con su hija mayor y le confiaron el secreto que guardaban. Luego de aceptar el hecho de que ella no podría sacar la licencia de conducir como sus amigos, todo siguió aparentemente igual, pese a que lo más oscuro de la realidad latía, agazapado, detrás de cada uno de sus muebles, dentro de cada armario de la casa, en el interior de cada pesadilla.

Dos años más tarde llegaron las barreras más grandes, cuando la hija comenzó a llenar solicitudes para entrar en diferentes universidades: por carecer de documentos, no podía acceder a préstamos para estudiar. Esto, al principio en la familia se vivió con gran desesperanza, al poco tiempo se convirtió en su fuente de lucha.

Cuando llegó el turno de ir a la universidad al segundo hijo, él decidió que las circunstancias en las que había comenzado su vida no definirían su futuro. Con una persistencia imposible de amedrentar, el joven tocó puertas, tendió puentes y se involucró con organizaciones dispuestas a asistirlo. Por fin consiguió la ayuda que necesitaba para poder estudiar. Fue aceptado en la Universidad de Texas, donde se destacó entre los mejores de su clase. En ese momento comenzó a involucrarse y a ayudar a otros dreamers. Incluyó a sus hermanas y poco a poco todos los integrantes de la familia daban pasos fuertes en actividades de organización comunitaria por los derechos civiles de los inmigrantes y de familias como la suya.

Pero en casa, la realidad no era nada triunfante para Victoria: cuanto más sacaba a la luz su realidad, más rechazo experimentaba en el pequeño pueblo donde creció. Se encontró cara a cara con el racismo, y vio cómo sus amigos se alejaban diciendo que ella y su familia habían hecho algo criminal. Para mitigar su tristeza, Victoria se concentraba en trabajar lo más duro posible. Pero no importaba que fuera la mejor de su clase ni que ganara una gran cantidad de torneos deportivos y académicos para su escuela secundaria: a los ojos de sus pares ella no valía tanto. Al final, supo que debía separarse de esa situación y acercarse a quienes la hacían sentirse segura.

Victoria se enfocó en el cambio: ingresó en la universidad y continuó trabajando en actividades de organización comunitaria. Como su hermano mayor, está entre los mejores alumnos de su clase. Con 21 años, es una experimentada líder que trabaja para mejorar su realidad y la de los demás organizando reuniones, haciendo oír sus reclamos y creando conciencia sobre los problemas con los que la comunidad debe lidiar. Es tranquila, fuerte y generosa, y sabe cómo no bajar los brazos. Pasaron dos décadas desde que llegó a este país custodiada por desconocidos y envuelta en una chaquetita azul de niño. Hoy Victoria es una fuerza de esperanza.

 

 

_____________

Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *