«Nosotros construimos puentes, no muros»

Por  |  1 Comentario

 

Cecilia Galli

 

Contarles a mis hijos que Donald Trump había ganado la elección presidencial fue terrible. Era de madrugada y nos encontrábamos frente a una noticia triste, inesperada y muy preocupante. Como a mí, a ellos les costó creerla. Pero cuando vieron que mis ojos rebalsaban de lágrimas supieron que no estaba bromeando.

El primer día fue un shock fortísimo para todas las personas de mi entorno. Sentí que, hasta hace una semana, éramos como quien vive tranquilo sin tener idea de que el volcán sobre el que se asienta ha empezado a burbujear. Los sentimientos de temor y desesperanza invadían las caras de los ocupantes del autobús de la mañana, rumbo al trabajo. Uno de mis hijos me preguntó varias veces si me deportarían. Y en su escuela, maestros y estudiantes se arrodillaron durante el juramento a la bandera de todas las mañanas para mostrar su disconformidad.

«Varias personas me dijeron que me relaje, que son sólo cuatro años, que le dé al tipo una oportunidad», me dice Bobby, una mujer afroamericana, visiblemente indignada. «Se nota que ellos no tienen un blanco en la espalda».

Mi amiga Lucille llora mientras conduce al trabajo. Acaba de dejar a sus hijos en la escuela y ahora, lejos de sus miradas, puede descargarse. Luego de despertarlos, pasó una hora consolándolos y asegurándoles que nada va a pasarle a su papá, quien, aunque vive en el país desde hace veinte años, está casado con una ciudadana estadounidense y tiene dos hijos nacidos aquí, todavía no logra arreglar su situación. Hace años obtuvo una amnistía que le permite trabajar, pero para tener sus documentos en regla debe volver a Honduras, el país de donde salió con sus hermanos mayores cuando tenía siete años y donde no le queda ningún conocido. Allí debe solicitar una visa y esperar, como mínimo, unos seis meses. Pero hacerlo no está en sus planes: su hermana siguió el proceso y se la denegaron; finalmente tuvo que volver a cruzar la frontera para reunirse con su hija pequeña.

Oigo la conversación de unos chicos adolescentes en el parque. Dicen que Pence, el vice de Trump, «es de esos que creen en la reprogramación del cerebro para la gente LGBTQ. What the fuck!». Disimulan su preocupación burlándose del político. Yo siento que estamos en el umbral de la edad media.

img_5878

Mauricio tiene veintiún años, es indocumentado, gay y llegó acá de bebé. El resultado de la elección lo asustó tanto que borró sus perfiles de las redes sociales y pasó las primeras veinticuatro horas encerrado en su apartamento. Todavía tiene miedo de salir a la calle, pero debe ir al trabajo. Si lo deportaran, no reconocería el lugar al que volvería. El país donde nació es ahora sólo un nombre en sus documentos que no significa nada para él.

Muchos empiezan a usar imperdibles en su ropa para indicarle a cualquiera que se sienta atemorizado que son un lugar seguro, una persona a quien acudir en caso de necesitar apoyo, compañía o protección.

 

Un par de días después de la elección, vamos saliendo del estupor y muchos estamos empezando a actuar.

El domingo por la mañana, asisto junto con mi familia a una manifestación en apoyo a las familias de inmigrantes indocumentados de nuestro estado. Es un evento poderoso en el que, por primera vez en mi vida, siento en mi corazón que pertenezco a una comunidad.

Unas pocas personas que nos ven pasar por la avenida Congress nos insultan. Muchísimas otras se nos unen. Yo camino atrás de todo: voy cerrando la columna de más de mil personas junto a una de las organizadoras. Mientras ella me relata, emocionada, su vida como dreamer, yo miro a los costados alerta, lista para abalanzarme sobre ella y resguardarla si alguien se nos acerca demasiado. Pero ningún peligro acecha y nada va a interrumpir nuestra marcha hasta el Capitolio de Texas.

img_5900

Pienso que esta mujer, que tiene la mitad de mis años, es enorme: pese al miedo que siente, organizó junto a su familia y en sólo un par de días una convocatoria para apoyar a familias como la suya. Su camisa, como las de muchos otros, dice «Don’t mess with Texas families». Delante de nosotras camina su padre, que no cabe en sí de orgullo y va saludando a todos los que nos ven pasar con la V de la victoria en sus dedos.

«Muchas personas me dicen que para qué hacer esto, que hay que esperar y aceptar lo que nos pase», me dijo el hombre media hora antes, cuando lo saludé sobre el escenario montado frente a la alcaldía de la ciudad. Los manifestantes cantaban «Cambia, todo cambia» y su hija me acababa de presentar ante su familia como su nueva amiga. El hombre tiene la piel curtida por el omnipresente sol de Texas, consecuencia de una vida de trabajo en el campo. «Pero yo no puedo quedarme de brazos cruzados», asegura, con una sonrisa que nunca se borrará de su rostro, mientras pasa uno de sus brazos por sobre los hombros de su nieta mayor, que me ofrece un imperdible. En ese momento su hija anuncia por los altavoces algo inesperado: la policía va a cortar la calle César Chávez para que marchemos hasta el Capitolio. El que podamos caminar por esta calle, que lleva el nombre del líder campesino que dedicó su vida a luchar por los derechos civiles de los trabajadores rurales, es en sí emocionante. Es un símbolo que da fuerzas, que hace sentir que es nuestra obligación hacer lo que sea para proteger a la comunidad, ayudarnos unos a otros y exigir justicia hasta obtenerla.

Minutos más tarde, nuestro enorme grupo de personas vestidas de blanco, con imperdibles prendidos en la ropa y portando carteles que hablan de derechos, paz, inclusión y amor, avanzamos custodiadas por un sinnúmero de patrulleros que se mueven lentamente delante y detrás de nosotros, con las luces de sus techos encendidas. A los lados, state troopers con sombreros de vaqueros vigilan, serios.

img_5889

Este encuentro nació como un rayo de esperanza en una noche oscura: Cristina, otra de las organizadoras, soñó que convocaba una reunión y que asistían cientos de personas. Ella se lo contó a sus seres cercanos, y juntos convirtieron la incertidumbre y el miedo en acción. Comenzaron anunciando el evento en las redes sociales y preguntando a los medios si estarían dispuestos a cubrirlo. Inicialmente, esperaban contar con al menos cien personas. Pero la madre de Cristina tuvo razón al profetizar que iría más de diez veces esa cantidad.

Durante la manifestación, varias personas cuentan, con voces quebradas, su situación de inmigrantes indocumentados. O qué se siente tener catorce años y ser la única persona documentada de una familia. El alcalde de la ciudad, que participa junto a nosotros, asegura que nada de lo que pasó esta semana (la elección de Trump como presidente) cambiará lo que somos como comunidad, nuestros valores ni nuestra cultura. «Nosotros construimos puentes, no muros», dice.

Hay cantos, lágrimas, carteles y muchos aplausos. Debemos luchar por derechos iguales para todos. Debemos luchar para que nuestros hijos crezcan en un mundo justo, tolerante, que celebra las diferencias que nos convierten en una comunidad fuerte. Cuando llegamos al edificio del congreso, ya no somos un millar de extraños, sino un millar de hermanos.

 

Mientras todo esto ocurre, nadie sabe qué va a pasar. Pero cada día que pasa puedo sentir más y más cómo todos estamos juntos, fuertes, tomando acción desde lo que cada uno puede tocar. Y quizás éste sea el regalo que nos deja este resultado inesperado: la certeza de que más allá de todo, unidos, somos mucho más fuertes.

 

 

«City of Weird» es una columna que comenzó a publicarse en octubre de 2013 en Cuadrivio Semanal. Para acceder a las entregas anteriores da clic aquí.

 

 

_____________

Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

1 comentario

  1. Angela

    Noviembre 28, 2016 at 9:40 am

    Excelente relato. Fuerza Texas!!!! El apoyo a los indocumentados llegará desde todas partes del Globo.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *