Humanos y cetáceos: identidades y contradicciones

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La fascinación de los seres humanos hacia los gigantes del mar ha pasado por la Biblia, la ciencia, por Melville y por Pinocchio. Todo tipo de mitos, afectos y terrores nos han acercado a los cetáceos. Luis Medrano da razón de las semejanzas verdaderas que podemos encontrar entre ellos y nosotros, de tipo anatómico, social o hasta erótico. En las actuales condiciones de amenaza ecológica, resulta más que pertinente volvernos a acercar con ojo crítico y sin prejuicios a estos seres y a su mundo.

 

Luis Medrano González

 

 

Identidades

Ballenas, delfines, marsopas, belugas, narvales, delfines de río, zifios y cachalotes; ningún grupo de organismos como los cetáceos ha fascinado tanto, en tantas formas y a tantas culturas a través de la historia.

Muy pocos organismos han inspirado en nuestra especie tanta curiosidad, confusión y conocimiento; tanta admiración y creación; tanto terror, antagonismo, fraternidad y derramamientos de sangre. Muy pocos organismos como ellos ocupan nuestra mente al grado de representar casi por sí mismos arquetipos de nuestra psique. Ningún grupo de seres vivos como los cetáceos representan en la actualidad tanta preocupación y hasta fanatismo en la lucha por la protección de la naturaleza y sólo por ellos se ha formado un foro mundial (la Comisión Ballenera Internacional) para generar información científica con la que los gobiernos atienden importantes problemas de política y conservación.

El orden cetacea incluye actualmente ca. 90 especies (las cuentas exactas difieren entre los taxónomos) agrupadas en 42 géneros, 14 familias y dos subórdenes: 1) Los cetáceos con dientes (Odontoceti = Cetodonta) que son un grupo heterogéneo formado por delfines oceánicos (familia Delphinidae), marsopas (familia Phocoenidae), belugas y narvales (familia Monodontidae), delfines de río (familias Platanistidae, Iniidae, Pontoporiidae y Lipotidae), zifios (familia Ziphiidae) y cachalotes (familias Physeteridae y Kogiidae); y 2) Los cetáceos con barbas o ballenas (Mysticeti = Mystacoceti) formado por las ballenas francas (familia Balaenidae), la ballena franca pigmea (familia Neobalaenidae), los rorcuales (familia Balaenopteridae) y la ballena gris (familia Eschrichtiidae) [Figura 1]. Los cetáceos incluyen también el suborden ancestral Archaeoceti del Eoceno (hace 55-34 millones de años) [Figura 2].

Figura 1

Figura 2

En conceptos y en palabras, cetáceo y ballena son sujetos frecuentes de confusión. El libro bíblico de Jonás designa al animal que tragó al profeta con el vocablo hebreo dag gaddol, que significa «gran pez» y este significado se conserva en la Biblia haciendo que Herman Melville, en Moby Dick (1851), declarase a la ballena como pez. La traducción al griego de la Biblia por los 72 rabinos de Alejandría en el siglo III a. C. como ketei megalo o gran cetáceo hizo la interpretación popular de la identidad del monstruo en la historia de Jonás como ballena. Carlo Collodi (Lorenzini), en Le avventure di Pinocchio (1883), manifiesta que el gran animal marino de la historia no es una ballena, como suele contarse, sino un enorme tiburón (Pesce-cane) que padece asma y palpitaciones en el corazón. Suele traducirse la palabra en inglés, whale (Whal en Alemán, val en los idiomas nórdicos) como ballena, pero ambos términos tienen significados y usos diferentes. Whale significa «gran animal marino» y así se usa para nombrar a todos los cetáceos grandes (por ejemplo, sperm whale para el cachalote, es decir, Physeter macrocephalus, que es un odontoceto). Whale es tal vez una palabra pariente de squalus, que en el español usamos sólo para los tiburones. La palabra ballena proviene del latín balaena que significa «barba» y, por lo tanto, debe aplicarse solamente a los misticetos como se hace en el inglés baleen whale (gran animal marino con barbas).

Claude Lévi-Strauss, en El pensamiento salvaje (1962), reconoció que «las especies animales y vegetales no son conocidas sólo porque son útiles, sino que se declaran útiles o interesantes porque primero se les conoce», y así, muchas culturas a través de la historia observaron la similitud de los cetáceos con los humanos que los biólogos ahora reconocemos al clasificarnos juntos como mamíferos placentados (euterios).

Los maoríes, por ejemplo, conciben a los cetáceos como parientes sagrados, mientras que los nahuas antiguos pensaban que los cetáceos y otros mamíferos marinos eran humanos transformados en el cataclismo del sol de agua.

Si los biólogos escudriñáramos más el contenido de los mitos y el inconsciente para encontrar lo que interesa a nuestro oficio de pensamiento objetivo, creo que comprenderíamos mejor cómo los humanos hemos afectado la vida en nuestro planeta y, en particular, cómo el interés de la humanidad por los cetáceos –las diferentes formas de identificación que los humanos hemos tenido a través de nuestra historia con estos animales y su importante papel en la lucha social actual por la conservación de la naturaleza– ha permitido el surgimiento de una identidad biológica real que debemos aprovechar para impulsar socialmente la conservación de la biósfera pero que también debemos superar para vencer toda forma de discriminación y limitación al respeto que debemos a la vida en nuestro planeta.

La identidad de humanos y cetáceos como euterios y sus contrastantes morfologías y modos de vida manifiestan uno de los casos más patentes y fascinantes de la evolución biológica y sus productos de diversificación y adaptación de las especies.

En una revisión conmemorativa sobre evidencias de la teoría de la evolución [Gee, et. al. (2009)] enlistan el registro fósil de la transición de los cetáceos de la tierra al mar como lo que llaman «gema número 1». Humanos y cetáceos tenemos anatomías muy diferentes pero en ellas podemos reconocer nuestra identidad como euterios fundamentalmente en dos conjuntos de caracteres.

Primero, compartimos la anatomía y en general la biología reproductiva. El ano y la abertura urogenital están separados y no desembocan juntos a una cloaca como es en los vertebrados no mamíferos. Esta separación conlleva la existencia del pene y la vagina y por lo tanto de la fecundación interna. En los euterios, los embriones se desarrollan en el interior de sus madres (viviparidad) en la placenta, que es un órgano que se forma del epitelio uterino de la madre y la membrana corioalantoidea del feto. Compartimos también las glándulas mamarias y con ellas, en complemento de la viviparidad, la lactancia y un intenso cuidado materno.

En segundo lugar, humanos y cetáceos compartimos con los euterios un gran desarrollo de la corteza (neopalio) del telencéfalo (cerebro) el cual es la parte anterior del encéfalo y ocupa la mayor parte de su volumen implicando que nuestra conducta sea esencialmente aprendida en relación con el cuidado materno luego del nacimiento ante un modo de vida social.

Por estas dos identidades biológicas básicas, la reproducción y la anatomía urogenital junto con la conducta y la anatomía cerebral, los humanos nos identificamos con los cetáceos en lo sexual, lo conductual y lo social de nuestras vidas y con ello también en lo erótico, lo afectivo, lo moral, lo inconsciente y lo oscuro. No es casual que todos estos temas sean centrales en Moby Dick y Le avventure di Pinocchio (aunque el erotismo sea muy velado), novelas que se construyeron como alegorías bíblicas con la ballena como cimiento de sus tramas. La inteligencia de los cetáceos ha llamado nuestra atención siempre, desde su asociación con el mal y la oscuridad como en la Biblia y Moby Dick, hasta la exaltación fraterna y afectiva del movimiento conservacionista actual, ampliamente desarrollada en la obra de Jacques Yves Cousteau, y sintetizada en el concepto reciente de personas no humanas.

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Fascinaciones y oscuridades

Tal vez por la soledad obligada de los navegantes o tal vez por las evocaciones del agua en nuestra psique, el mar y sus criaturas están cargados de sensualidad, las sirenas, en primer término, como las que Marcial (siglo I) en sus epigramas dice: «…alegre pena del navegante, muerte suave, goce cruel». Hay que decir también que por las sirenas se han inspirado sentimientos de amor profundo como en La Sirenita de Hans Christian Andersen (1837) y El pescador y su alma de Oscar Wilde (1892). David H. Lawrence, en su poema Whales Weep Not! (1933), combina la enormidad de las ballenas y del océano para fustigar nuestra sensualidad en el amor:

And they rock, and they rock, through the sensual ageless ages

on the depths of the seven seas,

and through the salt they reel with drunk delight

and in the tropics tremble they with love

and roll with massive, strong desire, like gods.

Then the great bull lies up against his bride

in the blue deep bed of the sea,

as mountain pressing on mountain, in the zest of life:

and out of the inward roaring of the inner red ocean of whale-blood

the long tip reaches strong, intense, like the maelstrom-tip, and comes to rest

in the clasp and the soft, wild clutch of a she-whale’s fathomless body.

 

(Y se mecen y se mecen, a través de las sensuales épocas sin edad

en las profundidades de los siete mares,

y entre la sal giran con deleite embriagador

y en los trópicos tiemblan de amor

y se revuelven con deseo masivo y fuerte, como dioses.

Entonces el gran macho se recarga sobre su novia

en el profundo lecho azul del mar,

como una montaña oprimiéndose con otra, en el brío de la vida:

y afuera del rugido interior del interno océano rojo de sangre de ballena

la larga punta se hace fuerte, intensa, como el centro del maelstrom, y llega a reposar

en lo ceñido y lo suave, asir silvestre del cuerpo insondable de una ballena hembra).

Más que con la sensualidad, los cetáceos en la historia han estado cercanamente ligados al mal y a lo oscuro del ser. La historia de Jonás sublima una de las imágenes más intimidantes en la ensoñación: la oscuridad que hecha sustancia con el agua, abismal, pesada y animada en una gran bestia, se vuelve un todo que nos devora (Bachelard 1942). Las tinieblas, el océano y la ballena son un todo en nosotros; la oscuridad es tan densa y profunda como el agua y la ballena tan grande como el océano. En una noche tempestuosa en altamar, un hombre que cae por una borda más que sumergirse en el agua, es tragado por una sombra-criatura descomunal como cuenta Jonás náufrago (II.6.): «Cercáronme las aguas hasta el punto de quitarme la vida; encerrado me he visto en el abismo: el inmenso piélago ha cubierto mi cabeza». Pero la oscuridad y la profundidad atemorizantes del océano y que en el libro de Jonás se unifican con la ballena, no son sino los abismos que tanto tememos de nuestro propio inconsciente, los mismos que el obcecado Capitán Ahab llama a la consciencia en pos de su venganza.

All that most maddens and torments; all that stirs up the lees of things; all truth with malice in it; all that cracks the sinews and cakes the brain; all the subtle demonisms of life and thought; all evil, to crazy Ahab , were visibly personified , and made practically assailable in Moby Dick.

(Todo lo que más enloquece y atormenta; todo lo que agita lo execrable de las cosas; toda verdad con malicia en ella; todo lo que quiebra los nervios y hornea el cerebro; todos los demonismos sutiles de la vida y el pensamiento; todo mal, al demente Ahab, se personificaron visiblemente, y se hicieron prácticamente accesibles en Moby Dick).

En su libro sobre el Mar de Cortés, John Steinbeck (1941) hace una interpretación explícita.

For the ocean, deep and black in the depths, is like the low dark levels of our minds in which the dream symbols incubate and sometimes rise up to sight like the Old Man of the Sea. And even if the symbol vision be horrible, it is there and it is ours. An ocean without its unnamed monsters would be like a completely dreamless sleep.

(El océano, hondo y negro en las profundidades, es como los oscuros niveles inferiores de nuestras mentes en los que se incuban los símbolos de la ensoñación y que a veces surgen a la vista como el Viejo del Mar. Y aún si la visión del símbolo es horrible, está ahí y es nuestra. Un océano sin sus monstruos innombrables sería como un dormir desprovisto por completo de sueños).

Los cetáceos poseen una forma única que los ha confundido muchas veces con los peces. En su evolución [Figura 2], el cuerpo de los cetáceos se hizo fusiforme minimizando cerca de lo óptimo la resistencia del agua por fricción y por presión; la cabeza quedó en posición horizontal, desapareció el cuello externamente y los orificios nasales se desplazaron a la parte superior de la cabeza; las extremidades anteriores se transformaron en aletas que funcionan como timones, desaparecieron las extremidades posteriores y apareció una aleta dorsal de tejido conectivo que estabiliza el nado igual que una quilla; la piel se hizo dúctil por la estructura membranal de la epidermis que es toda viva y no tiene estrato córneo, así como por la abundancia de elastina en las papilas dérmicas minimizando el flujo turbulento del agua; la cola se convirtió en un masivo tronco con una aleta bifurcada horizontal que genera un fuerte impulso en un movimiento tan efectivo como fascinante del cual en las ballenas Jules Michelet en El Mar (1861) dice: «…su cola soberbia […] bate regiamente el mar; su maestría los hace avanzar con una rapidez, una soltura majestuosa con las que se reconoce muy bien a las soberanas del planeta».

Por su parte, Melville en Moby Dick refiere:

Nor does this-its amazing strength, at all tend to cripple the graceful flexion of its motions; where infantileness of ease undulates through a Titanism of power. On the contrary, those motions derive their most appalling beauty from it. Real strength never impairs beauty or harmony, but it oftens bestows it; and in everything imposingly beautiful, strength has much to do with the magic.

(Tampoco esta fuerza prodigiosa tiende a estropear la flexión llena de gracia de sus movimientos; la soltura infantil ondula a través de un poder titánico. De esta fuerza, en cambio, reciben los movimientos su belleza más sorprendente. La verdadera fuerza nunca deteriora la belleza o la armonía; a menudo las confiere; y en todo lo imponentemente hermoso, la fuerza tiene mucho que hacer con el hechizo).

No mucho antes, el adelantado Jean-Baptiste de Lamarck en su Filosofía zoológica (1809) decía de los cetáceos lo que sigue:

…al vivir habitualmente en un medio denso, y en el que los miembros bien desarrollados sólo habrían servido para entorpecer sus movimientos, sólo pueden tener miembros muy cortos; que sólo el producto de la influencia de las aguas que perjudicaría los movimientos de los miembros muy largos, al tener partes sólidas interiores, ha tenido que convertirlos en lo que son, y que consecuentemente estos animales deben su forma general a las influencias del medio en que viven […] los cetáceos tienen que formar el último orden de la clase, siendo los mamíferos más imperfectos.

¿Qué pasó en el medio siglo que transcurrió del desdén de Lamarck a la fascinación de Melville y Michelet por los cetáceos? Las representaciones de cetáceos como monstruos inexactos y/o terroríficos abundan en la literatura hasta el siglo XVIII, cuando se empezaron a cazar comercialmente luego de la revolución industrial y luego también de que Carl Nilsson Linæus identificó a humanos y cetáceos como mamíferos en su Systema Naturae (1735-1770).

Temprano, en el siglo XIX, desaparecieron muchas confusiones y terrores sobre los cetáceos dejando lugar a la fascinación científica y emotiva por ellos y también a su exterminio el cual significó una parte muy importante de la expansión geográfica y económica de los imperios capitalistas durante los siglos XIX y XX. Creo que hay tres avances concretos en la historia del pensamiento que llevaron de concebir a los cetáceos entre el mal y la inferioridad a encumbrarlos en la fascinación que hasta hoy predomina en nuestra sociedad: 1) El romanticismo que significó una exaltación del individuo y, por lo tanto, un redimensionamiento del ser humano ante la naturaleza dominado por su emotividad, su moral y su percepción subjetiva; 2) La teoría darwinista de la evolución que rompió con la teleología como principio explicativo en la biología y, en especial, con la escala aristotélica del ser que aún subsistía en el pensamiento evolutivo de Lamarck y que impedía comparar a los humanos con el resto de los seres vivos; y 3) El comunismo que significó un cuestionamiento de todo el orden social establecido y la generalización de las ideas evolutivas, desde el sistema solar y la biodiversidad a la sociedad misma.

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Pensar en el mar

Desde su origen, la lucha por la protección a la naturaleza ha concedido una gran importancia a los cetáceos y al igual que el movimiento conservacionista ha tomado múltiples caminos irrumpiendo en diversos ámbitos sociales, la protección a los cetáceos se ha vuelto compleja y en ella algunos han fincado la postura obtusa de proteger estos animales contra toda consideración de un humanismo elemental.

Ante diversas críticas a la protección obcecada de los cetáceos, algunos conservacionistas han optado por considerar que la protección de estos animales conlleva la de los ecosistemas en los que viven y han abanderado a los cetáceos como emblemas para cuidar la vida en los océanos, lo cual, aún si se hace con buena voluntad, tiene todavía poco fundamento científico. Un argumento fundamental del proteccionismo a ultranza de los cetáceos es el de que son animales altamente inteligentes a juzgar por la desarrollada conducta social de algunas especies y el gran desarrollo de su encéfalo, especialmente de su corteza cerebral.

Desde finales del siglo XVIII, algunos han considerado que el tamaño del cerebro y el grado de involución de su corteza son indicadores de inteligencia en los animales y alrededor de ello se ha fincado una tradición de investigación anticientífica rica en fraudes y tergiversaciones, especialmente de la teoría de la evolución. La proclamación de la inteligencia superior de los cetáceos suele acompañarse de una interpretación antropocentrista (y cetocentrista) de la evolución biológica que pone a los humanos y a los cetáceos como los seres vivos más elevados en un ordenamiento unidimensional de superioridad, científicamente indefinida, de la diversidad biológica. Además de torcer la teoría evolutiva y la filogenia de los seres vivos en un algo afín a la escala teológica medieval del ser nacida de Aristóteles, la noción de superioridad e inteligencia de los cetáceos es un recocido de las ideas de superioridad e inteligencia que fundamentaron prácticas terribles de discriminación racial y de género que causaron la infelicidad y muerte de millones de personas (Gould 1981).

El tamaño del encéfalo en los mamíferos depende del tamaño corporal. El porqué un cierto mamífero tiene un encéfalo de cierto tamaño depende del tamaño de su cabeza, el cual, a su vez, depende del tamaño corporal y todo esto depende a fin de cuentas del modo de vida del organismo.

Apreciar correctamente la particular anatomía encefálica de los cetáceos requiere considerar sus diferentes modos de vida acuáticos y su consecuente gran tamaño corporal. El encéfalo consume una alta proporción de energía en el organismo (16 por ciento en los humanos cuando el encéfalo representa sólo 2 por ciento del peso corporal) y si tuviese una proporción de tamaño constante entre animales de diferente tamaño corporal, consumiría una proporción mayor de la energía en animales grandes cuyo metabolismo relativo es comparativamente menor.

En un mamífero de 10,000 Kg, por ejemplo, un encéfalo con el 2 por ciento del peso total consumiría el 85.7 por ciento de la energía producida por el metabolismo. El escalamiento del tamaño cerebral es inversamente proporcional a la tasa metabólica relativa, de manera que un mamífero de 10,000 Kg tiene en realidad un cerebro del 0.07 por ciento de su peso que consume el 3 por ciento de la energía en su metabolismo.

En los cetáceos, como en todos los mamíferos, el tamaño cerebral relativo disminuye drásticamente con el incremento en el tamaño corporal. Por ejemplo, en un delfín del Río Ganges, Platanista gangetica, de 59.6 Kg, se registró un encéfalo de 0.295 Kg (0.495 por ciento) mientras que en una ballena azul de 50,904 Kg se registró un encéfalo de 3.64 Kg (0.007 por ciento). Las diferencias de encefalización entre los mamíferos marinos parecen paralelas al grado de socialización siendo en los cetáceos menor en los arqueocetos y mayor en los fisetéridos, monodóntidos y delfínidos, los cuales son comparables al tamaño y grado de encefalización de los humanos [Figura 3].

Figura 3

Un desarrollo encefálico relativamente mayor en los cetáceos más sociales puede comprenderse a partir de mayores necesidades de aprendizaje y memoria con respecto a cetáceos menos sociales. La evolución de la vida social depende del tamaño corporal, hábitos y hábitat de los organismos ante un balance entre ventajas y desventajas de formar grupos de cierto tamaño y cohesión. La vida social en los fisetéridos y los delfínidos particularmente se asocia a habitar regiones pelágicas y la de los monodóntidos a habitar aguas polares y circumpolares. Ambos casos son similares a los humanos en el sentido de que la vida social permitió a estas especies vivir en lugares con condiciones ambientales extremas y alimentos poco abundantes y de difícil captura para un individuo (Gygax, 2000; Jones et. al., 1992).

La corteza cerebral de los cetáceos tiene una configuración similar a la de ungulados y carnívoros, aunque no se han establecido homologías completas entre estos animales, y de ellos con los primates mucho más allá de reconocer la fisura de Silvio y de considerar que el surco cruzado de los cetáceos es homólogo al surco central de los primates en tanto que separa las cortezas motora y somatosensorial.

El telencéfalo de los cetáceos parece haberse conformado por una gran expansión caudal y ventral del lóbulo temporal que hace la gran masa lateral y posterior de los hemisferios y la cual también ha empujado el resto del telencéfalo en dirección dorsofrontal. La región lateral de los hemisferios cerebrales en los cetáceos resulta así la principal corteza de asociación, esto es, los procesos de aprendizaje y memoria en los cetáceos están muy relacionados con la audición como la principal forma de percepción de estos animales. Esto contrasta con los humanos y otros mamíferos en quienes hay amplias cortezas de asociación en los lóbulos parietal y temporal que integran información visual, auditiva y somatosensorial así como en el lóbulo frontal entre la corteza motora, el rinencéfalo que integra la olfación y el sistema límbico que controla las funciones de regulación fisiológica, las conductas instintivas y las emociones [Figura 4].

Figura 4. Vista dorsal del encéfalo de un humano (izquierda) y de un delfín Tursiops truncatus (derecha). Con ashurados se indican la principales cortezas sensoriales y motoras. La corteza auditiva en el cerebro humano se encuentra en el lóbulo temporal bajo el surco (fisura) de Silvio y no es visible en vista dorsal. Las abreviaturas indican sc: surco central; scr: surco cruzado; se: surco ectosílvico; sl: surco lateral y ss: surco suprasílvico.

Figura 4

Tanto en los primates como en los cetáceos y otros grandes mamíferos, la existencia de amplias cortezas de asociación y los procesos de integración, aprendizaje y memoria que en ellas ocurren, es primariamente el producto de un gran tamaño corporal. La lateralización en la conducta se ha demostrado en algunos cetáceos indicando que hay diferenciación funcional entre ambos hemisferios cerebrales. La corteza cerebral de los cetáceos tiene las 6 capas típicas de los mamíferos pero en varias regiones cerebrales las capas no están bien diferenciadas y tienen un grosor total menor al de los primates. La densidad neuronal en la corteza cerebral depende del tamaño corporal siendo mayor en animales pequeños, esto es, la variación en la densidad neuronal acomoda una cantidad más o menos constante de neuronas en volúmenes variables.

Diversos estudios han demostrado que los mamíferos marinos, en general, y los cetáceos, en particular, tienen capacidades cognitivas y de comunicación que en nuestra perspectiva humana podemos calificar como admirables pero que no son diferentes ni superiores a las capacidades de otros mamíferos. Anatómicamente, el encéfalo de los cetáceos es como el de otros mamíferos y obedece las mismas leyes de desarrollo pero presenta características particulares, esencialmente el gran desarrollo del lóbulo cerebral temporal, que derivan de la relación entre su gran tamaño corporal y su modo de vida acuático.

Las capacidades cognitivas y de comunicación están más desarrolladas en los odontocetos sociales como las orcas y los cachalotes pero en ningún cetáceo se ha encontrado evidencia de lenguaje y por lo tanto, de abstracción o simbolismo. Los cetáceos no tienen una inteligencia superior sino una inteligencia adaptada a la vida de mamíferos en el medio acuático y la cual es diferente a la inteligencia de nuestra especie (Deacon, 1997; Würsig, 2002).

Conocer mejor la forma de percepción, los contenidos de información en la comunicación de estos animales y sus procesos de transmisión cultural en un contexto evolutivo rigurosamente científico, son necesarios para apreciar mejor las capacidades de estos animales así como para ampliar nuestros propios conceptos de inteligencia y de lo que significa que ellos sean cetáceos y nosotros humanos.

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Figuras

Figura 1. Principales líneas filogenéticas de los cetáceos actuales originadas durante el Oligoceno hace ca. 30 millones de años. Mysticeti incluye cuatro familias de ballenas, Physeteroidea incluye dos familias de cachalotes, Inioidea incluye tres familias de delfines de río y Delfinoidea incluye tres familias que son delfines, marsopas así como narvales y belugas.

Figura 2. Esqueletos de algunos organismos en la filogenia de los cetáceos. Los raoélidos son los ancestros artiodáctilos (ungulados de pezuña par) de los cetáceos, vivieron en el sur de Asia durante el Paleoceno hace ca. 60 millones de años y tenían hábitos semiacuáticos. Los pakicétidos (suborden Archaeoceti) son los cetáceos más ancestrales, sus fósiles se han encontrado en Pakistán y datan de hace ca. 50 millones de años, eran anfibios y vivían en agua dulce. Los ambulocétidos (suborden Archaeoceti) son también del sur de Asia y vivieron hace ca. 45 millones de años, eran aún anfibios, se alimentaban en el mar y se reproducían en tierra. Los dorudóntidos eran oceánicos de aguas tropicales y templadas, vivieron hace ca. 40 millones de años y son los arqueocetos de los que probablemente se originaron los cetáceos actuales. Los fisetéridos (suborden Odontoceti) son los cachalotes actuales, son cosmopolitas y viven en aguas profundas en donde se alimentan fundamentalmente de calamares gigantes. Los balénidos (suborden Mysticeti) son las ballenas francas actuales, viven en aguas frías de todos los océanos cerca de las costas en donde se alimentan de zooplancton. Nótese el desplazamiento de los orificios nasales hacia la parte superior del cráneo como resultado del crecimiento de los huesos premaxilar y maxilar. Nótese también que el cráneo de los odontocetos es cóncavo y que el de los misticetos es convexo. Otros cambios óseos importantes en la evolución de los cetáceos son la desaparición de las extremidades posteriores simultánea al crecimiento de las vértebras caudales, la transformación de las extremidades anteriores en aletas, la casi total desaparición del esternón, la fusión y reducción de las vértebras cervicales y la posición del cráneo en una postura por completo horizontal.

Figura 3. Relación entre el tamaño encefálico relativo (peso del encéfalo/peso corporal) y el tamaño corporal en los cetáceos (blanco) y otros mamíferos (negro). Ambas escalas son logarítmicas para obtener una relación en línea recta que contiene un total de 44 datos. Las mayores encefalizaciones relativas individuales registradas son la de la orca y el humano y las menores se presentan en el Arqueoceto Rodhocetus y el manatí, Trichechus manatus, que es un sirenio. Datos de Gould (1981) y Jones et. al. (1992) para los humanos y de Marino (2002) para los cetáceos, fócidos y sirenios.

Figura 4. Vista dorsal del encéfalo de un humano (izquierda) y de un delfín Tursiops truncatus (derecha). Con ashurados se indican la principales cortezas sensoriales y motoras. La corteza auditiva en el cerebro humano se encuentra en el lóbulo temporal bajo el surco (fisura) de Silvio y no es visible en vista dorsal. Las abreviaturas indican sc: surco central; scr: surco cruzado; se: surco ectosílvico; sl: surco lateral y ss: surco suprasílvico.

Referencias

  1. Bachelard G., El agua y los sueños, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.
  2. La Sagrada Biblia, Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, México, 1951.
  3. Collodi C., Le avventure di Pinocchio / The adventures of Pinocchio, University of California Press. Berkeley, 1986.
  4. Darwin C., The origin of species by means of natural selection, or the preservation of favored races in the struggle for life, Modern Library, New York, 1998.
  5. de Lamarck J.-B., Filosofía Zoológica, Facultad de Ciencias, UNAM, México, 1989.
  6. Deacon T.W., The symbolic species: the co-evolution of language and the brain, W.W. Norton & Co. New York.
  7. Gee H., R. Howlett y P. Campbell, 15 evolutionary gems. A resource from Nature for those wishing to spread awareness of evidence for evolution by natural selection, Nature, Enero, 2009.
  8. Gould S.J., The mismeasure of man, W.W. Norton & Co. New York.
  9. Gygax L., Evolution of group size in the superfamily Delphinoidea (Delphinidae, Phocoenidae and Monodontidae): a quantitative comparative analysis, Mammal Review 32, pp. 295-314.
  10. Jones S., R. Martin, D. Pilbeam y S. Bunney (eds.), The Cambridge encyclopedia of human evolution, Cambridge University Press, Cambridge.
  11. Lévi-Strauss C., El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, 1988.
  12. Marino L., Brain size evolution, en: Perrin W.F., B. Würsig y J.G.M. Thewissen (eds). Encyclopedia of marine mammals, Academic Press. San Diego, pp. 158-162.
  13. Melville H., Moby Dick, or, The Whale, Oxford University Press, Oxford, 1991.
  14. Michelet J., El mar. Conaculta, México, 1999.
  15. Ruíz Dueñas J., Tiempo de ballenas, Universidad Autónoma Metropolitana, México.
  16. Steinbeck J., Sea of Cortez. A leisurely journal of travel and research, The Viking Press, New York.
  17. Würsig B., Intelligence and cognition, en: Perrin W.F., B. Würsig y J.G.M. Thewissen (eds). Encyclopedia of marine mammals, Academic Press, San Diego, pp. 628-636.
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Luis Medrano González (Juchipila, Zacatecas, 1962). Biólogo (1985), maestro en Ciencias (1989) y doctor en Ciencias (1994) por la UNAM. Postdoctorante de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda (1997-1999). Académico de la UNAM desde 1982. Profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias, UNAM desde 1994. Desarrolla investigación multidisciplinaria sobre mamíferos marinos con el propósito general de conocer la interacción de distintos niveles fenomenológicos en la evolución biológica y desarrollar aplicaciones para la conservación a largo plazo de los ecosistemas marinos. Entre la serranía donde fue concebido y el mar donde encontró su pasión, se hizo buen nadador, marino, corredor y futbolista.


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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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