El viaje de la vida y los libros

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Denise Phé-Funchal (Guatemala, 1977) es escritora, socióloga y docente universitaria de literatura europea y composición en la Universidad del Valle de Guatemala. Cuenta con un posgrado en teoría de género y ha realizado estudios en psicología social e historia. Es autora de la novela Las flores (F&G Editores, 2007), el poemario Manual del Mundo Paraíso (Catafixia Editores, 2010), el libro de cuentos Buenas costumbres (F&G Editores, 2011), la novela Ana sonríe (F&G Editores, 2015) y la novela para jóvenes La habitación de la memoria (Alfaguara, 2015). Sus cuentos han sido publicados en las antologías Sin Casaca (Centro de Cultura Española, Guatemala, 2008), Región (Interzona Editora, Argentina, 2011), Memorias de la casa (narradores) (Índole Editores, El Salvador, 2012), Ni hermosa ni maldita (Alfaguara, Guatemala 2012), Un espejo roto (Guaymuras, Tegucigalpa, 2014), Zwischen Süd und Nord (Unionsverlag, Alemania, 2014), Cuerpos, relatos eróticos por mujeres (F&G Editores, 2015), Una región de historias (La pereza Ediciones, Miami Florida, 2015), The novel of the world (Fondazione Arnoldo e Alberto Mondadori. Milán, 2015) y Kafakaville (El cuervo, editorial, Bolivia, 2016). Sus poemas aparecen en las antologías Poesía para todos (Óscar de León Palacios, Guatemala, 2011) y Memorias de La Casa (Índole Editores, El Salvador, 2011).

 

 

Denise Phé-Funchal

 

La relación con los libros es seguramente una de las mejores cosas de mi vida. Aunque yo los amo, entiendo cuando las personas dicen que no les gusta leer porque, vaya, en los coles con toda las tareas y con profesores desanimados que tampoco aman la lectura, no es difícil establecer una relación de martirio con las miles de páginas que los sistemas educativos pretenden que consumamos desde chicos, muchas veces sin guía. También tuve profes detestables que preguntaban detalles perversos sobre las historias, detalles que no aportan nada al placer y que desde el momento en el que uno sabe que «tiene» que leer un libro, comienzan a asomar sus caritas de grandes dientes redondos como los ceros que a los maestros les encanta poner ante el más mínimo fallo.

Afortunadamente mi madre era una enorme lectora. Si cierro los párpados veo de nuevo la habitación, la sala, el comedor, todos los espacios posibles llenos de libros. Cada noche, antes de dormir, ella leía en voz alta para Marcelo –mi hermano– y yo. Nunca tuvimos los libros de clásicos infantiles, las historias rosa de amores que llenaran nuestras noches; teníamos a Poe y el entierro prematuro, a Dante y los infiernos de su Divina Comedia (el cielo nos aburría un poco), a Bierce y su aceite de perro, a la mujer del perrito de Chejov, historias japonesas de enanos que quemaban gigantes para defender su terruño, un gato que exploraba azoteas y personas, y niños con pánico a la silueta nocturna de árboles invernales. Ella leía a Lorca y puedo jurar que las paredes se estremecían. Mi madre era actriz, sus lecturas estaban llenas de tonos, voces, pausas, gestos que aún ahora, algunas veces, imagino mientras leo.

Esta primera etapa de placer terminó el día que inicié el cole. Dejé ese mundo de historias que amaba y llegó el martirio del cole. Digo martirio porque fui una niña tímida que prefería pasar los recreos sentada en una grada observando a los demás que gritaban por todo el patio y a los que se jalaban de los pelos por una pelota, una muñeca, un carrito. Mi timidez me llevó a ser el centro de la joda de los demás, así que comencé a escabullirme dentro de las aulas y a quedarme ahí, descifrando los libros de texto. Esto, por supuesto, no les gustaba a los otros chicos. Una vez me arrastraron fuera de clase y como castigo, supongo, me escondieron los zapatitos rojos y la lonchera. Ahí comencé a salir de clase, con un libro escondido entre la ropa; pasaba los recreos y tiempos libres metida en el baño, en medio del descifrar el placer de la lectura, aunque se tratara de gallinas rojas que alimentan a sus polluelos y no del barril de amontillado que sería capaz de leer por mí misma, algunos años después.

El supervisor del cole, Monsieur Frot con su eterno cigarrillo en la boca, cansado seguramente de andar tras de mí y tras los asesinos de mi tranquilidad infantil que habían descubierto que me escondía en el baño, me esperó un mediodía luego del almuerzo y me acompañó al lugar más fantástico de la tierra: la biblioteca del cole.

Aunque también recuerdo un sinfín de episodios de joda escolar, eso que ahora llaman bullying, la mayoría de mis recuerdos de la primaria están ligados a ese lugar en el que poco a poco fui afinando mis capacidades lectoras y que me llevó, con los años, a devorar historietas, revistas, libros que narraban las aventuras de un grupo de amigos –¿El club de los cinco?–, de una chica llamada Caroline que viajaba por el mundo en sus vacaciones o las desgracias del Pequeño Nicolás, que tenía muy mala suerte y se encontraba con profes y otros alumnos tan terribles como los que me rodeaban. Quizá, ya que nunca pude adaptarme a la dinámica escolar, buscaba en los libros el calor de la casa, el amor de mi madre y las noches en las que ella seguía leyendo para nosotros antes de dormir.

Aunque amaba leer, no escapé de la angustia de las comprobaciones de lectura que parecían hechas para aquellos estudiantes que memorizaban todo. Aún ahora, cuando reviso los cuadernos que guardo de esa época, siento esos pequeños exámenes hechos a propósito para fallar. Si lo pienso detenidamente, es una suerte que esa forma de educar no haya minado mi relación con los libros, ya que fue solamente hasta los últimos cuatro años de la secundaria que tuve amigos y que salí un poco del cascarón de la timidez.

Este viaje al espacio de los libros, ese lugar que me esperaba para que me sentara en una esquina o debajo de alguna mesa para que los otros no se dieran cuenta de que estaba ahí, me llenó la cabeza de historias y provocó que inventara las propias. Esto me ganó, por el lado de los profes, el mote de «la niña de la Luna», y entre los compañeros –y los profes más perversos– el de «mentirosa» porque, claro, la literatura hace que se crea en miles de mundos, que la imaginación comience a buscar las explicaciones para la vida, el porqué de las acciones de los otros, y lleva a que se imaginen los ambientes en los que esos otros habitan, sus historias familiares, sus deseos y desgracias. Mis composiciones infantiles estaban llenas de detalles y de sucesos improbables, de crímenes resueltos, de la mezquindad humana, lo que, supongo, espantaba a mis profes, que me fueron creando una imagen de rata de biblioteca y chica rara aficionada a la miseria humana que se vestía casi exclusivamente de negro. Ésa fue la primaria.

En la secundaria, las cosas seguían igual a nivel de timidez y joda, pero tenía el permiso de René, el supervisor, para quedarme en clase, así que transitaba entre el aula y la biblioteca, que comenzó a proveerme de adaptaciones juveniles de clásicos como Los tres mosqueteros, El señor de los anillos o Los miserables, que después leería en versión completa.

En esta etapa, en medio de un montón de profesores franceses que veían de menos a los guatemaltecos –niños y adultos–, me encontré con tres maestros maravillosos. Primero con Mirna de Gutiérrez, con quien sigo teniendo comunicación y a la que amo entrañablemente. Ella me introdujo a la lectura hispanoamericana. Era la profa de español, quizá la primera que comprendió mi afición por la lectura –siendo ella también una maravillosa lectora– y que me permitía leer lo que quisiera. De su mano conocí a García Márquez y su amor en los tiempos del cólera, los cien años de soledad y a la cándida Eréndira y su abuela desalmada; Borges y el aleph; Cortázar, su tal Lucas y su rayuela; Miguel Ángel Asturias y la escena en el basurero y la madre del loco que leí y releí porque me encanta la música de sus palabras. Mirna me abrió otra parte del mundo, me introdujo al boom, que sería un punto de referencia para explorar lo latinoamericano y lo guatemalteco hacia atrás y hacia adelante. Creo que nunca hablé con ella sobre cómo seleccionar libros pero ahora que pienso en su selección de lectura, me animo a decir que todos eran libros cuya arquitectura era impecable. Historias redondas, sin hilos sueltos ni preguntas sin respuesta. Ése fue su legado, mi fijación con la estructura y el placer de descubrirla.

La segunda profa con la que me encontré, y que fue fundamental para mis lecturas, fue Madame Lemonier, una loquilla de pelo corto y rojo, de sandalias y pantalón pescador que dedicaba sus cursos a hablar de teatro y a armar puestas en escena. Conocí a Molière, Racine, Corneille, Dumas, Víctor Hugo, Ionesco y muchos otros a lo largo de dos años con ella como profa de literatura. Seguramente el programa de clases no estaba estructurado así, pero su amor era el teatro y me llevó a apreciar la comedia y la «humanidad» de una obra, la recreación infinita de los males que nos aquejan a lo largo de la vida y de las situaciones dramáticas o cómicas que suceden alrededor de nuestra ¿miserable? existencia. Exploré los libros de teatro de la biblioteca del cole y los de mi madre. El mundo se abrió de nuevo y encontré en el teatro la fascinación por los diálogos y por las direcciones sobre la voz y el movimiento de los personajes. Al escribir, no puedo evitar pensar en todos esos detalles.

Luego llegó a mi vida Monsieur Gely –también profe de literatura– y con él Balzac, Zola, Sand, De Maupassant, Verlaine, Rimbaud, Boris Vian, Japrisot, Baudelaire, Sartre, Camus, Beckett, Artaud, Éluard y el concepto de la literatura escrita con libertad, la idea del arte por el arte, el rompimiento con la idea de la literatura como un medio de educación moral. Fue él quien me introdujo a los siglos xix y xx: de la descripción de los detalles, los ambientes y personajes burgueses, luego populares, a la magia y el misterio de lo rural que desparecían ante la industrialización y los obreros que se ahogaban en las minas; a los ambientes urbanos, a la introspección de los personajes y a la exploración de la belleza y significado de escenas nimias como la sangre que despacio se escurre del hocico de una rata o el recorrido de la espuma de la cerveza que se desliza por el vaso. Por él conocí la parte mágica europea, el surrealismo y el absurdo como un eco humano.

Durante la secundaria, cuando todavía me faltaba un par de años para terminar, murió mi madre. Deshicimos la casa familiar y pasamos todo a un apartamento. Me tocó desempacar sola, ordenar la biblioteca e ir descubriendo a mi madre por sus lecturas. Me encontré con una amante de las literaturas inglesa y rusa y me pasé los siguientes años recorriendo el mundo literario que había alimentado su personalidad dramática e histriónica. En esa época pensaba que era una lástima que la tabla de guija no funcione con personas en específico para poder contactarme con ella y hablar de los libros y de tantas cosas que quedaron pendientes. Aún lo sigo pensando.

Mi camino por el mundo de los libros cambió al entrar en la U. Mi carrera no estaba ligada a la literatura. Conocí muy pocos lectores y tuvieron que pasar algunos años, un cambio de carrera y un corazón roto antes de volver a encontrar un compañero de libros. Durante unos años, mi principal proveedor de autores fue mi hermano, que vivía en Ginebra y que tenía acceso a muchas librerías. Con él descubrí a Daniel Pennac, Bernard Werber, Sue Townsend; profundicé en Vian, Japrisot, Camus, y siguió creciendo mi afición por la literatura francesa clásica y por Anne Rice.

Con la entrada en la universidad y especialmente luego del corazón roto, había comenzado a escribir y buscaba a alguien que me guiara por ese camino. Tuve un par de malas experiencias en talleres literarios, pero fue gracias a una convocatoria en la prensa –a la que apliqué casi vencida por el ego de los escritores– que conocí a quien me acompañaría por el camino de la escritura y me presentaría a muchos que ahora me comparten sus lecturas. Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño, apareció en mi vida y se convirtió en uno de esos amores que traspasan la distancia y la muerte. De los que salvan el espíritu y se quedan para siempre. Rafa, mi máster Jedi, no solamente me enseñó a ver críticamente mis textos, a saber cómo editarlos, sino que me llenó de libros nuevos. Fue con él que llegué a comprender la riqueza de mi historia como lectora y la importancia de quienes me guiaron por las páginas: el amor por la estructura, el placer por encontrar diálogos que no le deben nada a la realidad, la sorpresa de descubrir la musicalidad en los textos, el cuidado de los detalles y sobre todo la sensación de placer, de satisfacción, de conocimiento que se tiene al leer.

Parte de la dinámica con Rafael era contarle qué y sobre qué estaba escribiendo, entonces él me decía «leete esto» y me pasaba un libro, «fijate en este capítulo», me lo leía y hablábamos de estructura, de creación de personajes, «echale un ojo a este cuento» y me enviaba un link. Pasamos años entre sus viajes a Guatemala y los míos a El Salvador, hablando de libros. Rafa me presentó a O’Connor, Parker, Bryce Echenique, King, Eliot, Woolf, Vallejo, Girondo y muchos otros. Hablábamos de literatura, de la vida, de fantasmas y de astrología durante largas noches. Descubrí que elegía como yo: pasear por los estantes de alguna librería de nuevos o de usados, leer los títulos y tomar alguno que llamara la atención y leer las primeras páginas. Si no atrapa, no lo llevo. Me guía el placer que un autor pueda darme desde el inicio, sea o no un autor reconocido, sea o no un clásico, uno de esos libros que «hay que leer porque es fundamental». En Rafa encontré a alguien que al igual que yo, disfrutaba desde las lecturas profundas e impecables, pasando por textos rompemadres y rompereglas, estacionando de vez en cuando en las profecías de la ciencia ficción, hasta descansar la cabeza y el espíritu con una buena novela rosa de Corín Tellado. Rafa murió, pero conocerlo me dejó, además de un kit de herramientas para el oficio de escribir, un legado de amigos escritores y lectores con los que sigo intercambiando títulos y nombres.

A mis casi cuarenta años, no tengo libros «fundamentales», tengo libros más bien ligados a etapas específicas de mi vida y que amo, pero jamás me atrevería a decirle a alguien que «tiene» que leer a tal o cual autor. Cada vez que alguien me sale con ese «tenés que», cuando alguien abre los ojos enorme y me dice «¿no has leído a…?» o se echan el clásico de «cómo es posible que siendo escritora no hayás leído a…» me río por dentro y los dejo hablar desde su superioridad. A veces les hago caso y en una incursión a la librería tomo alguno de los recomendados, pero mi filtro sigue siendo el mismo, si no me atrapa la historia o la estructura que se anuncia desde las primeras páginas, los dejo ahí, de nuevo en su estante así se trate de autores reconocidos.

Este voltear de páginas en el mundo de los libros me ha formado, me ha llevado a entender las pasiones y los dramas que nos persiguen desde el día que nos dimos cuenta de la mortalidad de nuestra especie. Estoy segura de que leer me encaminó a la sociología y a la escritura, a la necesidad de explicarme el mundo, los sentimientos, los actuares, porque eso es lo que hace la literatura, abrir los ojos y mostrar los grises entre el blanco y el negro que la moral y las buenas costumbres pretenden enseñarnos sin respetar la pasión y la soledad humanas.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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