Texto caracol

Por  |  0 Comentarios

Magali Velasco Vargas (1975) es una narradora y ensayista xalapeña, doctora por la París-Sorbona. Ha publicado los libros Vientos machos (Universidad de Guadalajara, Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2004), El cuento: la casa de lo fantástico (Tierra Adentro, 2007), Tordos sobre lilas (Universidad Veracruzana, 2009) y El Norte de Bruguel (Instituto Veracruzano de Cultura, 2015). Cuentos suyos aparecen en las antologías Tierras insólitas (Almadía, 2013) y La tienda de los sueños (Ediciones SM, 2016), entre otras. Fue coordinadora general de la Feria Internacional del Libro Universitario y es catedrática en la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.

  

 

Magali Velasco

 

I

Aprendí a leer y a escribir a los cuatro años: fui una niña parlanchina –demasiado, según mis pobres papás– y el lenguaje me era divertido: me hacía sentir a mis anchas. Me volví lectora porque mi papá, unas veces, y mi mamá, otras, nos leían a mi hermano y a mí una colección de cuentos que José Emilio Pacheco coordinó. Estaban «El príncipe feliz» de Oscar Wilde, relatos húngaros como «El bondadoso hermano menor», la leyenda totonaca de «El Tajín y los siete truenos», las fábulas de Esopo…

Desde Cuba llegó a casa una antología de cuentos infantiles rusos del siglo XIX que mi hermano menor y yo recordamos, masoquistamente, como los cuentos más terribles y tristes jamás leídos. Yo le leía a él las historias de Chéjov («Kashtanka»), Dostoievski («En un colegio para la nobleza»), Tolstói («El cautivo del Cáucaso»), Grigorovich («El niño de goma»), entre otros. Un niño pobre y maltratado o un perro abandonado y golpeado eran los protagonistas de descarnadas realidades muy al estilo de la no menos tiránica serie japonesa Remi.

Luego comencé a leer sola y para mí, tumbada en mi cama o en la sala. Lloré con El principito. Me sentí orgullosa de terminar Se ha perdido una niña de Galina Demikina y, muchos años después, me emocioné porque Alberto Chimal homenajeó este fantástico cuento que muy pocos amigos míos conocían. También fui fanática de cómics: leí La Banda Timbiriche, Memin Pinguín, Tom y Jerry, La pequeña Lulú, Parchís, Garfield, Mafalda, Ásterix, Archie y, en el baño de la casa de unas tías solteras, siempre había otras tiras soft porn que a escondidas llegué a husmear con legítimo morbo.

 

II

Pocos de mis recuerdos se mantienen intactos como el primer día en la universidad. Recuerdo los actos: levantarme de la cama, no ponerme el uniforme de la prepa y por fin elegir lo que vestiría, llegar sola a la Unidad de Humanidades, atravesar la explanada y después el pasillo de la Facultad de Letras Españolas para entrar al salón de los de primer semestre. Me sentía intimidada por los alumnos mayores que recargados en el barandal, la mayoría fumando, escudriñaban con curiosidad, y hasta con morbo, a los nuevos. Había que elegir tu ropa, elegir si fumar y tomar un café negro para sentirte grande. Estaba maravillada con la libertad que no existía en mi bachillerato –rígido y conservador–, al que asistían los hijos de familias con recursos y a veces hijos de algunos universitarios que con esfuerzos, como mis padres, apostaron por esa como la mejor opción educativa. Nunca encajé ahí: fui la clásica marginada que luego hizo amigas también marginadas: la clásica nerd sin novio y con libros de Agatha Christie. Luego descubrí que sí me interesaban los chicos, entonces fui la hippie liberal que leía En brazos de la mujer madura de Stephen Vizinczey, Cien años de soledad de García Márquez, Otilia Rauda de Sergio Galindo, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, La casa del incesto de Anaïs Nin y El amante de Marguerite Duras, entre otros libros que básicamente fueron mi educación sentimental.

Cuando ocupé mi espacio en el salón de primer semestre de Letras, la sensación fue la de llegar a casa. La primera clase la dictaba el profesor Renato Prada Oropeza (descanse en paz en el cielo semiótico), pero nos novatearon haciendo pasar a Norma Angélica Cuevas, hoy doctora e investigadora en la Universidad Veracruzana, como la maestra pesadilla. Fue toda una puesta en escena: alumnos de otros semestres se camuflaron entre los nuevos, Norma actuó que los identificaba y les increpaba que cómo se atrevían a asistir si estaban reprobados, que se retiraran. Luego de esto, la «maestra», que en esa época era egresada y becaria del doctor Prada, nos apabulló con títulos de libros y lecturas específicas que debíamos preparar   para la próxima clase. Hablaba rápido, firme, como un militar, y aun así yo estaba encantada y a la vez muy espantada. El teatro duró media hora, quizá un poco menos. Norma no aguantó la risa: nuestros rostros debieron ser una mezcla de pasmo y de terror. Entró Prada, sonriendo. Creímos que estábamos salvados de algo. Qué equivocados: era Norma la buena onda.

Así comenzó la carrera. Otra vez fui señalada: ahora de «fresa». La no-pertenencia ha sido mi talón de Aquiles. No sé pertenecer. Es más: no sé ni por qué me preocupa. Me costó aprender a estar sola (esta enseñanza asimilada a madrazos ocurrió justo cuando cambiamos de siglo). Saturaba mi día con actividades y con gente; me aferraba (lo sigo haciendo) a los distractores, a los pretextos, a compromisos apócrifos y agendas traslapadas. Tengo la enorme capacidad para ser fútil y contradictoria. También soy muy buena para los excesos que a lo largo de la vida han variado el giro. Soy cíclica y en la travesía van la euforia, el clímax, el desencanto, la ansiedad, la enfermedad, ansiedad otra vez y, en medio de todo, la escritura y el libro.

Fui bailarina y no pertenecí. No fui capaz de crear con mi cuerpo un lenguaje que, aunque me explotaba en palabras, me limitaba a ser intérprete y no coreógrafa. Era 1995 y leía los cuentos de Cortázar y de Onetti, los dos ejemplares del Diccionario jázaro de Milorad Pavic, Memorial del convento y Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Me aferré a la narrativa y a la lectura como a una soga para salir de un pozo donde el agua me llegaba a las rodillas y me asfixiaba, me lastimaba la espalda y los pies. Me sentía alejada en lo oscuro, oyendo a mis compañeros bailarines saltar y reír en un escenario alienado para mí.

Junté músicos, bailarinas y una coreógrafa e hicimos un programa que se tituló Demonios de la melancolía. En esa época me topé con El temperamento melancólico del joven y no muy conocido Volpi. Leí todo lo que pude de Alberto Ruy Sánchez y La jaula de la melancolía de Roger Bartra. Así salió un trabajo musical y dancístico en el que fusioné la palabra, la idea y el movimiento, compartiendo la lectura con los artistas que traducían en sonido y tiempo y espacio lo que deseaba expresar. No levantamos solos el proyecto: tuvimos un mecenas, un laudero furioso y de enorme corazón, y un protector, Fernando Vilchis, que nos apoyó brindando el teatro, tramoyas y la difusión de la Universidad Veracruzana. Solo se planearon dos funciones, me fracturé un metatarso derecho en el ensayo general y aun así bailé ambos días. Supe de la voluntad del cuerpo y lo que la adrenalina es capaz de hacer. Dos meses con muletas.

 

III

Soy buena para irme. Tardo y me paso de tiempo, pero cuando lo hago no me convierto en estatua de sal. Por eso me duelen tanto las despedidas. El único espacio donde siento que no me caeré, donde nadie me dejará ni yo tendré que dejar, es en los libros: entre los pensamientos de otros a los que no hay que ver a los ojos porque los ves directo a su mente y a su espíritu. La letra permanece y me hace pertenecer.

En mi infancia hubo tardes en que me alejaba de mi hermano y del juego. La luz se volvía naranja, me entristecía en ocasiones sin saber por qué y buscaba dónde escribir. Con palabras también marqué mi rostro. Conservo un par de fotos enmarcadas de fin de cursos de la primaria: una es la grupal, quizá de tercer año de primaria, y la otra es mi rostro agrandado. Una tarde naranja, a la edad de ocho años y enojada con una prima con quien aprendí la codependencia, rayé con violencia mi rostro en la foto y escribí «FEA». Y fea me sentí desde entonces, hasta que dejé la danza y la lucha con mi cuerpo. Sigo librando esa batalla.

Con todo y la certeza, el oficio lo he labrado a mano y descalza.

El cuento es la forma literaria que me fue orgánica. Para mí, el cuento es la clara imagen del tapanco donde dormí mis noches niñas. En ese tapanco tenía una cama individual, una mesa con silla, un librero y un baúl para guardar las cartas de mis amigas de la primaria y luego las de la secundaria. En ese tapanco con tragaluz y una ventana de ojo de buey donde veía el Pico de Orizaba, releía la colección de cuentos coordinada por José Emilio Pacheco de la que ya hablé.

La angustia de no-pertenencia solo se equipara a cuando la escritura me da la espalda. Me distraigo con facilidad y busco las narrativas afuera de los libros: una historia ajena, un viaje, la conversación del día a día. Mi relación con la escritura es la del nido y el caracol. Fabulo con la mente preparando el nido donde nacerán los cuentos y los espero con la calma del caracol que avanza haciendo sobre su cabeza una espiral de apariencia abrumadora.

Leer me hace feliz; escribir no, pero me libera poder hacerlo, es un respiro luego del tiempo bajo el agua. Sin embargo, lo que sigue es el palimpsesto: un borrador y los que sean necesarios. Texto caracol.

Un día entendí que escribía para entender. Hoy sé que me adhiero y me metamorfoseo con las narrativas, la poética, la filosofía y las ideas como una vía de supervivencia. «Salir una mañana de la casa, sin tomar el café, sin decir nada», como dijo el poeta Hugo Gutiérrez Vega, significa emprender el viaje. La lectura y la escritura acompañan estos procesos: son testigo, son respuesta. Hay una constante injerencia de fronteras, una placentera certeza de que se come, se sueña, se hace el amor, se desespera, se frustra, se respira con los libros.

Escribo esto a días de que entraron a nuestra casa a robar. La ropa por el suelo y los libros intactos, silenciosos en apariencia y a la espera para seguir abrazándonos.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *