Ora, lege, lege, lege, relege, labora et invenies

Por  |  0 Comentarios

Angelina Muñiz-Huberman (Hyères, 1936) es una escritora de las llamadas «hispanomexicanas». De padres españoles exiliados durante el franquismo, se naturalizó mexicana en 1954. Se doctoró en Letras en la Ciudad de México y en Estados Unidos y es catedrática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narradora, poeta, ensayista y una notable investigadora de, entre otros temas, la tradición judeoespañola y de la cábala. Ha sido traducida a varios idiomas y premiada en varios certámenes importantes, entre los que destacan el Xavier Villaurrutia 1985 y el Premio FIL Sor Juana Inés de la Cruz 1993.  Ha publicado más de treinta libros; Tusquets está por reeditar, como hizo con la novela Dulcinea encantada el año pasado, su libro Las confidentes.

 

 

Angelina Muñiz-Huberman

 

Nada mejor que el lema de los alquimistas para expresar el placer de la lectura: «Ora, lee, lee, lee, relee, labora e inventa». Al final encontrarás. El placer de leer y el placer de escribir, que van de la mano. El placer de inventar. Nada mejor que inventar. Inventar una buena lectura. Una buena historia. Inventar que se lee e inventar que se escribe. Leer y escribir: qué buenos inventos.

Porque todo es inventar. Sin inventar no hay lectura. Sin inventar letras y sonidos no hay palabras. Palabras: palabras: palabras. Desde las más antiguas hasta las recién creadas. Las que nacen: las que viven: las que se reproducen: las que enferman: las que mueren: las que renacen. De aquí a los astros.

Me pregunto: ¿quién fue el lector más antiguo? Me contesto: el escritor más antiguo. El que quiso escribir inventó letra tras letra, palabra tras palabra y su historia empezó a circular. Primero de boca a oído, como lo hacen los cabalistas. Luego, de las versiones que se sucedían unas a otras y no se sabía cuál era la definitiva, con un cincel y un martillo grabó sobre la piedra la primera historia elegida. Para que no fuera borrada.

Así nos lo cuenta el Génesis. Dios, el primer escritor-lector, no podía vivir sin leer. Nada pasaba en su silencio. Empezó a inventar relatos y poemas, parábolas, esbozos de teatro, principios de novelas, hasta las de crimen y castigo, poesía plena, Cantar de cantares, Salmos. Y no sólo textos sino que usó la palabra para la creación inmediata de la naturaleza toda y de hombres y animales. A partir de entonces ya no pudo parar. Le pasó su legado al hombre y éste tampoco pudo parar.

Así, los libros se multiplicaron e inundaron la tierra toda. De todos tamaños, de todos colores, de todas texturas, ¿de todos olores y sabores? En piedra: en papiro: en pergamino: en papel: en tela: en imprenta: en pantalla electrónica: reales y virtuales. Para  niños, para jóvenes, para adultos y adúlteros, para sordos y mudos, y hasta para ciegos. Incluyendo también para detectives y delincuentes, para presos, para cocineros, para piratas, para autistas, para miopes, para retrasados, para melancólicos, para hemiplégicos, para intrusos, para maleantes, para corruptos e impunes, para pilotos, para bomberos, para bailarines, para músicos, para superdotados, para mediocres y cursis, para homosexuales, bisexuales y heterosexuales, para cazadores, para ecologistas, para esotéricos, para académicos y científicos. No faltaba más. Y la lista puede seguir creciendo y creciendo, de acuerdo con el lema alquimista y la interpretación de los cabalistas.

Dios ya no puede quejarse de su extraordinaria recreación. El no rostro del Rostro se refleja en los billones y billones de páginas escritas para su lectura, deleite y diversión. El círculo se cierra como uróboro.

***

En mi caso, ¿cómo conocí el placer de leer? Supongo que por imitación, pues mis padres eran grandes lectores. La imagen que recuerdo de la infancia es de los tres sentados en la sala, cada uno leyendo un libro. Mi madre me leía el Pentateuco no por razones religiosas, sino históricas o de simples relatos. Me leía poesía y me hacía aprenderme de memoria el Romancero gitano de García Lorca. Un libro con el cual llorábamos ambas fue Corazón. Diario de un niño de Edmundo de Amicis, el cual aún conservo y que, por cierto, yo pensaba que era el corazón diario de un niño, sin el punto.

Mis padres solían llevarme al Palacio de Hierro, en el Centro, no a comprar ropa sino libros. Conseguí todos los de Monteiro Lobato, que también conservo y leyeron, a su vez, mis hijos. Otros libros preferidos fueron Jerry de las islas de Jack London y Azabache de Anna Sewell, historias de un perro y de un caballo que representaban mi amor por los animales y mi nostalgia por la vida campesina en Caimito del Guayabal, Cuba.

Entre los amigos de mis padres, exiliados de la guerra civil española, estaba un coronel republicano, Mariano Trucharte, gran lector también, con quien intercambiaba libros de James Oliver Curwood y de James Fenimore Cooper.

Otra fuente de provisión de libros era Carlitos, hijo de unos amigos de mis padres. Carlitos padecía de un leve retraso mental y sus padres se desvivían por comprarle los mejores juguetes y colecciones enteras de autores. Tenía las obras completas de Julio Verne y fui yo quien las leyó. A él le debo haber escrito mis primeros cuentos: un día en Cuernavaca, luego de haber jugado a todo lo jugable,  le propuse que escribiéramos cuentos.

Otra amiga de infancia fue María, enana y también con retraso mental. Mientras yo leía ella se sentaba a mi lado, con las piernas balanceándose, y me hacía figuritas de plastilina con gran habilidad. Luego yo le resumía lo que acababa de leer y se reía mucho.

Creo que, gracias a ellos, escribo como escribo.

Ya hacia los once o doce años me dio por enamorarme de los personajes literarios o de sus autores. Entre mis escogidos estaban el capitán Nemo, por su misteriosa vida, y Athos, el más melancólico y silencioso de los cuatro mosqueteros. De Víctor Hugo, cuyos libros leí todos, tenía en mi mesilla de noche una foto suya de joven y todas las noches me despedía mandándole un beso. A veces, hasta soñaba con él.

Después de estas confesiones, nada agustinianas ni rousseaunianas, no me queda sino reconocer que leer es el más irresponsable, irreverente y disparatado de los actos humanos. No digamos escribir.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *