Entre el mixe y el castellano. Los sinuosos caminos de la lectura

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Yásnaya Elena Aguilar Gil (Ayutla Mixe, 1981) forma parte del COLMIX, estudió Lengua y Literaturas Hispánicas y cursó la maestría en Lingüística en la UNAM. Ha colaborado en diversos proyectos sobre divulgación de la diversidad lingüística, desarrollo de contenidos gramaticales para materiales educativos en lenguas indígenas y proyectos de documentación y atención a lenguas en riesgo de desaparición. Se ha involucrado en el desarrollo de material escrito en mixe y en la creacion de lectores mixehablantes. Ha traducido textos literarios y especializados del inglés al castellano y del castellano al mixe, y colaborado, además de Cuadrivio, en publicaciones como Este País y Letras Libres.

 

 

Yásnaya Elena Aguilar Gil

 

A Gilucho, tyoskujuyëp, amuum tu’uk joojt

 

Mentiría si dijera que a mí siempre me gustó leer. Más que aprender a leer, lo que aprendí al principio fue a decodificar los valores fonéticos de una lengua que no sabía hablar. Los conglomerados de letras que formaban textos no me develaban ningún sentido pero sí eran edificios sonoros interesantes. Los textos tenían un cuerpo acústico sin un esqueleto semiótico. Como sucedió en (me atrevería a decir) todos los pueblos indígenas de México, la alfabetización llegó a mi comunidad de la mano de un proyecto castellanizador belicoso y amedrentante. Sucedió sobre todo a partir de la primera mitad del siglo XX. La enseñanza de la lectura estaba fuertemente relacionada con el objetivo de desaparecer nuestras lenguas. Alfabetizar significaba hacer triunfar la llamada lengua «nacional» sobre «dialectos» que significaban pobreza y atraso en los discursos de educadores rurales oficiales como Rafael Ramírez. La enseñanza de la lectura, en mi contexto, fue una apuesta con los dados cargados.

Debajo de todos mis actos de lectura subyace, la siento, esa contradicción constante: por un lado se trata de un acto gozoso por medio del cual he obtenido nuevo conocimiento y disfrutado de múltiples experiencias estéticas, pero por el otro es la evidencia del triunfo de una imposición durante la cual mi madre, mis tíos y yo misma recibimos castigos físicos. No aprendimos castellano mediante algún método de enseñanza de segunda lengua, aprendimos castellano mediante la enseñanza de la lectura en ese idioma. La lectura, siempre en castellano, se convertía, a veces de modo evidente, a veces de modo subyacente, en la negación de una posibilidad impensable entonces: leer en mixe, nuestra lengua materna.

Antes de sumergirme en los rigores de la educación escolarizada, aprendí a leer –al menos una parte de lo que supone en realidad el acto de leer– de la mano de mi tío Genaro. Crecí en un entorno particular con mis abuelos y mis tíos (más que tíos, hermanos) entusiasmados con el comunismo y la URSS. Al mayor se debe la elección de mi primer nombre, un topónimo en ruso que se convirtió en mi nombre propio. A mi pueblo, Ayutla, en la Región Mixe en la Sierra Norte de Oaxaca, llegaban ejemplares (ignoro de qué modo) de la famosa revista Sputnik, en la que mis tíos y mi madre leían, entusiasmados, sobre fábricas en Rusia donde se organizaban torneos de ajedrez, donde los obreros podían asistir a clases de física o talleres de arte, donde todas las personas eran iguales, donde todo era mejor que aquí y donde, si me esforzaba lo suficiente podría, tal vez, ir a estudiar algún día.

Pertenezco a la segunda generación en mi familia en terminar la educación primaria. Mi abuelo estudió hasta el segundo grado y con eso le bastó para fungir como escribano además de campesino y albañil; ayudaba con la correspondencia de las personas, leía las cartas a los destinatarios de mi comunidad cuando así se lo pedían, les traducía al mixe, escuchaba la respuesta, la traducía de nuevo al español y por fin escribía la contestación con una hermosa letra que nunca he podido lograr.

Mis tíos tuvieron la oportunidad de salir a estudiar y se enfrentaron a contextos de discriminación que les dejaron claro que, si yo aprendía a leer castellano, debía hacerlo sin que se me notara, en lo posible, el acento de mixehablante. La solución fue enseñarme a leer antes de entrar a la primaria sin dominar aún el castellano. No les interesaba enseñarme esa lengua, pero querían que aprendiera a leerla. Tenían la convicción de que, para afianzarme el mixe, debía crecer como una niña monolingüe pero, paradójicamente, con la capacidad de leer en castellano. Aprendí el valor fonético de cada letra, logré decodificar las palabras y para entrenarme en la lectura tenía que leer unas cinco cuartillas diarias, en voz alta, del Libro Rojo de Mao Tse-Tung. Sobre la marcha, mi tío me corregía la pronunciación y la entonación. Resultaba imposible entender algo, por mi edad y por mi muy básico conocimiento de la lengua. Comprenderán por qué mentiría si dijera que a mí siempre me ha gustado leer.

Sin embargo, la decodificación misma, ese acto mecánico de leer, se fue transformando con el tiempo en una actividad interesante. Medíamos la velocidad con la que podía leer un texto articulando lo mejor posible cada palabra. Leía invariablemente en voz alta y casi siempre frente a alguien más porque ese era para mí el sentido de la existencia de cualquier texto: hacerlo sonar. En mixe, el verbo para «hablar» es el mismo que se utiliza para «leer»: käjpx, hacer que hable a través de tus cuerdas vocales. Desde un principio, tenía claro que el acto de leer podía desdoblarse en dos: articular fonéticamente los textos y entender su significado y, en última instancia, su sentido. Ahora que puedo realizar ambos actos me doy cuenta de que aprendí, a pesar de todo, a disfrutar del mero acto de decodificar sin entender: solo por eso me explico que, aun hoy, me dé por leer en voz alta, cada vez que puedo, casi cualquier material escrito en cualquier soporte sin entenderlo a cabalidad: «Agua, sulfato de sodio, dimeticona, coco-betaina, cloruro de sodio, glicol diestearato» (texto en bote de shampoo).

Con el paso del tiempo, conforme fui aprendiendo castellano, los edificios sonoros comenzaron a tomar sentido. Islas de significado iban emergiendo entre los textos del libro Español Lecturas que nos repartían en la escuela. Por otra parte, mi tío Genaro, con las recomendaciones de sus hermanos, siguió dirigiendo mis lecturas en casa. Una vez agotado el Libro Rojo de Mao (nos llevó bastante tiempo), me dio a leer un libro que se convertiría en uno de los más entrañables: el primer volumen de Lecturas clásicas para niños, una adaptación infantil de textos como los Vedas, el Panchatantra, Las mil y una noches, La Ilíada, La Odisea, los mitos de creación de oriente y occidente, una cuidada selección de las parábolas de Jesús y cuentos de la tradición oral japonesa, entre muchos otros. Las ilustraciones me parecían inquietantemente hermosas.

La contradicción también late en esta preferencia: Lecturas clásicas para niños, editado por primera vez en 1924, formó parte del gran proyecto alfabetizador de José Vasconcelos, uno de los paladines más entusiastas de la creación de una sola «raza de bronce» que debía ser hispanohablante y ferviente lectora del canon occidental. Aunque una de las razones (no la más importante, por supuesto) por la que disfruto hablar mixe es para que José Vasconcelos haga corajes en su tumba, no puedo negar el influjo que Lecturas clásicas para niños tuvo en mí: provocó que, entendiendo una buena parte del sentido, no me limitara a esperar las sesiones obligatorias de lectura en voz alta, y comenzara a leer anticipadamente en voz baja para enterarme antes de los giros de cada historia.

Después de este libro, leí, siempre de la mano de mis tíos, novelas sobre héroes rusos de la Segunda Guerra Mundial, como Un hombre de verdad de Boris Polevói, o historias de adolescentes rusas espías en Por la senda de los valientes: relatos acerca de jóvenes héroes de la Gran Guerra Patria, en una combinación extraña con poetas mexicanos como Amado Nervo, Manuel José Othón o Sor Juana Inés de la Cruz. Poco después comenzamos con Tolstoi, Pushkin, Chéjov y más tarde, ya en plena adolescencia, seguimos con Dostoyevski y Walt Withman, casi siempre en versiones de la Editorial Progreso.

Los libros llegaban uno por uno y muchas veces volvían a irse, por lo que nuestro pequeño librero de tres estantes nunca fue rebasado. Mi abuela me enseñó a reverenciar los libros como objetos de culto sobre los que era inimaginable dejar cualquier marca. Había que leerlos con las manos recién lavadas y de preferencia forrarlos con papel y plástico mientras durara la lectura. Mi abuelo leía el diccionario y nos pedía que hiciéramos lo mismo. El día que mi tío Genaro tuvo que migrar, me dejó al amparo de una sola recomedación: «trata de ir a la biblioteca pero solo lee los libros que tengan la palabra clásico en las portadas o en el prólogo», me dijo en mixe; «si tiene esa palabra es que se trata de algo que puedes leer». Seguí sus recomendaciones con mucha tristeza por su ausencia pero con una disciplina que trataba de honrar el cariño que siempre le he profesado, lo cual, a la larga, tuvo como consecuencia que no conociera casi nada de autores contemporáneos hasta entrar a la preparatoria, cuando me mudé a la ciudad. No sabía nada de vanguardias y, a excepción de Amado Nervo y algunos otros autores, casi no toleraba el verso libre sin versos medidos.

Además de leer las cartas que le enviaban a mi abuela, ella misma me designó un horario para leer y otro para bordar; si la lectura era interesante la iba traduciendo al mixe. Frecuentemente, mi abuela me interrumpía con airados comentarios sobre algunos pasajes. Por ejemplo, se enojó mucho cuando Eneas, de una manera tan ingrata, abandonó a Dido. Mi madre se llama Eneida y ése, además de la palabra «clásico» en la portada, fue el criterio para pedir La Eneida en préstamo. También leímos juntas vidas de santos y La Divina Comedia. Años después estudié Letras, un poco sorprendida de la existencia de una carrera así, y todo cambió mucho. Aún no tengo claro si para bien.

A los veinte años comencé a aprender a leer y a escribir la lengua mixe. Ha sido un proceso muy interesante y he tratado de unirme a una historia que empezaron activistas mixes hace más de treinta años, cuando se reunieron para proponer el desarrollo de un abecedario unificado para todas las variantes de la lengua. Me entusiasma colaborar con la creación de material de lectura en mi lengua materna e impartir talleres para que estos materiales encuentren lectores. Espero que al final de mi vida pueda tener un librero lleno de volúmenes en mixe de temas variados, un librero que, al menos, sea del tamaño del que teníamos en mi infancia, mediano, no muy alto, de tres estantes: un librero y una comunidad de lectores mixehablantes con quienes intercambiar impresiones.

A pesar de mi actual entusiasmo por la lectura (más que entusiasmo, obsesión), las circunstancias en las que un grupo de niños de la Sierra Mixe aprendió a leer en los años ochenta me hacen tener la certeza de que ser analfabeta no es un insulto. No puede serlo: la mayor parte de los portadores del conocimiento mixe no sabe leer ni escribir, ni en mixe ni en castellano. Tampoco creo que leer te haga mejor persona de ningún modo; leer te permite acceder a un medio de transmisión de conocimientos, uno solo entre varios, aunque uno políticamente privilegiado.

Junto con la lengua, que se halla cada vez más en riesgo, los conocimientos, el habla ritual, las estrategias poéticas, las narraciones de la tradición oral se encuentran en peligro. La memoria de los especialistas mayores o ancianos son bibliotecas orales amenazadas por el fuego de la castellanización forzada que ahora rinde sus más preciados frutos. Mientras leo en español, la tradición oral en mixe está en peligro de desaparecer, los espacios tradicionales para la tranmisión de este conocimiento se han ido sustituyendo por los espacios escolares. Curiosamente se lamenta el hecho de que una persona no sepa leer pero nadie lamenta que otro tipo de conocimientos, como el de la tradición oral, esté desapareciendo, sobre todo en castellano.

Cada vez que elijo leer un libro recuerdo que solo puedo elegirlo en ciertas lenguas. Cada vez que elijo un libro elijo un tipo de interlocución, cada vez que escribo en castellano elijo con quién hacer ese intercambio a través de este soporte gráfico. Detrás de la posibilidad de que una lengua tenga libros impresos existen múltiples factores políticos, históricos, económicos y sociales. No importa que muchas lenguas mesoamericanas como el mixe hayan sido de las primeras en el mundo en ser escritas. Actualmente, de las aproximadamente seis mil lenguas que se hablan en el mundo, solo un puñado de ellas cuenta con los medios, o más allá, con toda una industria, para crear materiales gráficos por medio de los cuales ejercitar la lectura. Las publicaciones, físicas o digitales, y por lo tanto, los actos de lectura, están inmersos en una red tejida por el colonialismo.

Muchas de las tradiciones escritas en lenguas mesoamericanas fueron explícitamente prohibidas y combatidas con el establecimiento del estado nacional. No hay nada ascéptico en un acto que parece en principio tan inocente, tan recomendable: leer. No lo es; por eso ahora, cada vez que dedico mi tiempo a  leer, en castellano o en inglés, difruto pero también pienso. Pienso, y entre el placer: la angustia. Casi siempre me ha gustado leer, pero no es cierto, a veces prefiero escuchar historias de la tradición oral en mixe.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

6 comentarios

  1. Yo

    Abril 20, 2017 at 2:49 am

    Eso es tener pensamiento crítico e independiente. Viva Yásnaya!

  2. Elias

    Marzo 28, 2017 at 11:40 am

    Hermoso, triste y alentador, al mismo tiempo.

  3. Fernando Rueda-FRanco

    Marzo 13, 2017 at 11:53 am

    Me queda claro que Yásnaya Elena es la voz que muchas otras personas que tienen como lengua materna una de los pueblos originales de México. Ella ha definido de forma muy
    clara el como y el porqué aprendió el castellano, su ambiente cultural, sus actividades como traductora, etc. Ojalá y muchas otras personas que como ella se han enfrentado a la burocracia oficial y al racismo, expresen sus vivencias tal y como ella lo ha plasmado de forma magistral.

  4. Hilario Chi Canul

    Marzo 9, 2017 at 11:01 pm

    Jach ki’ichkelem a ts’íib yéetel ba’axo’ob ka tuklik. Hermoso, me gusto conocer todo tu proceso de aprehender a leer, y la forma en que las análisis. Saludos estimada Yazna. Desde tierras mayas.

  5. Susana

    Marzo 8, 2017 at 5:55 pm

    Me ha encantado tu texto porque me hizo recordar cuando hace muchos años viví en Tlahui invitada por Floriberto y Mauro Delgado para dar clases de español en la escuela “el sol de la montaña” donde se experimentaba con una escuela donde las clases se impartieran en Mixe y que las dos ” extranjeras” (una guatemalteca y yo), nos encargábamos del inglés y el español respectivamente, y fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida profesional porque me hizo entender muchos aspectos de la comunalidad pero quizá lo que más me impacto y dolió fue cuando mis alumnos me explicaron como y a que edad habían aprendido español, y en esos momentos comprendí la gran dificultad que nos presentaba cumplir con objetivos de enseñanza fuera de la realidad. Así que decidí abandonar los libros oficiales y hacer lo que a mis alumnos les gustaba y en la poesía coral en los versos de Manrique a la muerte de su padre, encontramos la manera lúdica para que aprendieran formas básicas de comprensión y expresión del hermoso español.

  6. Brenda Melina Gil Cruz

    Marzo 7, 2017 at 10:43 pm

    Muchas gracias por compartir tu forma de pensar sobre la castellanización y su relación con la lectura y los aspectos extraliterarios. Concuerdo contigo y considero que la lectura es un medio más para adquirir conocimiento y poder entender distintos rasgos de nosotros mismos y de nuestro contexto. Sin duda, muchas veces prefiero escuchar a mi padre cuando canta en mixe, en lugar de realizar las lecturas escolares, porque además de que me entero de una historia, me fascina el sonido de las palabras, me transportan. El conocimiento, aunque expresado en los libros (símbolo de prestigio), también se nos muestra limitado, por decisiones editoriales, conveniencias políticas, sociales y culturales, así como por las mismas instituciones educativas. No se puede confiar ciegamente en el acervo de las bibliotecas ni en que los libros contienen verdades absolutas. Detrás de ellos hay más, al igual que hay más en los procesos educativos que intentan alfabetizar, y tú, querida prima, has tocado una parte medular de los muchos aspectos que se ocultan detrás de la portada, de la apariencia. Te quiero mucho. Mando besos llenos de ternura y abrazos a mi querida abuelita y a ti.

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