Los potros de la imaginación

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Ana Clavel (1961) es una narradora mexicana, creadora de una literatura del deseo. Ha recibido, entre otros, el Premio Gilberto Owen de cuento, el Juan Rulfo de novela corta auspiciado por Radio Francia Internacionaly el Elena Poniatowska de novela. Su último libro, El amor es hambre, fue publicado en 2015 por la editorial Alfaguara.

 

 

Ana Clavel

 

En mi casa no se leía ni el periódico. Y cómo no, si mi madre había quedado viuda con tres hijos y había otras prioridades más inmediatas. Por supuesto, asistía a una escuela pública. Un buen día, la profesora de quinto grado –Eloísa Garcilaso se llamaba, lo recordaré toda la vida– organizó un «viernes social» y nos pidió comprar y leer un libro para intercambiarlo. Yo no sabía dónde se conseguían los libros, así que acudí a la papelería más grande de mi colonia, donde había visto unos objetos bellísimos con portadas sugerentes en una suerte de carrusel enjaulado: sí, ahí estaban los potros de la imaginación, listos para subir en sus lomos a quien se dejara llevar a la aventura. Escogí La vuelta al mundo en 80 días. Como dice Orham Pamuk en La vida nueva: «Un día leí un libro y toda mi vida cambió». De hecho, el mundo inmediato dejó paso a horizontes de imaginación inquietante, desbordante, gozosa. Fui absolutamente feliz. Descubrí que leer restauraba todas las heridas y todas las pérdidas, que me daba todo lo que me hacía falta. Tal vez por eso mi literatura surge del deseo que busca colmarse.

Después fue ir descubriendo otros universos. Me gustaban mucho las mitologías y abrevaba de ellas en los fascículos de Joyas de la Mitología que se vendían en los puestos de periódicos de entonces junto a La pequeña Lulú, Kalimán y Susie: secretos del corazón. Recuerdo especialmente la historia de Aracné, afamada tejedora que llegó a retar a Atenea, deidad de las labores textiles, entre otras advocaciones, y al vencerla con tapices mucho más hermosos y provocadores que recreaban los deslices de dioses con mortales, obtuvo por premio que la diosa la castigara condenándola a tejer con un hilo que brotaba de su propio vientre: así surgió la araña… (Claro, varios años después descubriría que esas historias estaban basadas en las Metamorfosis de Ovidio, una de las lecturas que más me encantaron de las muchas que haría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.)

En la secundaria intenté leer Don Quijote de la Mancha, pero tuve que abandonar el libro. Tendría unos trece años, había leído pocos libros antes y tuve que claudicar en el intento apenas traspasar los primeros capítulos y toparme con una enorme cantidad de palabras que no entendía. Intentaba recurrir al diccionario, pero entonces la lectura se fue haciendo más y más pesada. Repasaba las famosas imágenes del Caballero de la Triste Figura y su escudero realizadas por Gustave Doré, y entonces saltaba los capítulos para dar con un relato que me mantuviera con vida entre sus páginas. Pero fue superior a mis fuerzas: ese estilo de narrar y ese español de los gloriosos pero lejanos Siglos de Oro fueron demasiado para mí en aquel entonces. Por esa experiencia temprana, sé en carne propia que Don Quijote no es un libro para jóvenes. Tuvo que pasar el tiempo, hube de acumular otras lecturas y experiencias vitales, para que el libro consiguiera apasionarme. De hecho, es uno de mis libros favoritos y recurro a él cada vez que la vida acumula sinsabores. Y entonces río y descubro que la buena literatura es curativa de todos los males, pero que Don Quijote lo hace además con una sonrisa.

Por los tiempos del bachillerato surgieron lecturas desordenadas: lo mismo El Llano en llamas que La muerte en Venecia. Con esta última obra, entendí que la vida podía ser una postal donde belleza y muerte se daban la mano. Esa visión esteta me hizo una lectora voraz y exigente. Pero fue Las olas de Virginia Woolf, con su reflujo de conciencias y sensibilidades, la que me hizo descubrir mi deseo de ser escritora, no de escribir –eso fue antes y después de un sueño–, sino de hacerme del oficio más allá de la vocación.

Al principio escribía cuentos, pero el salto a la novela lo di después de leer Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. El deslumbramiento ante el prodigio de sus mundos fantásticos incidiendo en la realidad a través de la traición y la culpa fue tal que comencé a fraguar un personaje invisible en plena Ciudad de México, que tiene una larga historia con los deseos, los miedos y las culpas, la protagonista en torno a la cual tejería la trama de Los deseos y su sombra, mi primera novela. Y a propósito de tejer textos: Atenea, también diosa de la sabiduría, fue siempre una de mis predilectas del panteón griego. Sólo que, recordando la metamorfosis de Aracné, a mí no me castigó al concederme tejer historias surgidas de mi interior, sino que me premió con un don casi tan preciado como el placer de la lectura.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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