Leer para conquistarse a sí mismo  

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Cecilia Eudave (1968) es una narradora y ensayista tapatía. Como investigadora ha destacado por su interés en la narrativa fantástica. En 2016 fue seleccionada para participar en la Cátedra América Latina de la Universidad de Toulouse, Francia. Ha publicado más de diez libros de cuento, novela y ensayo. Su última novela: Aislados (2015), dirigida al público juvenil, se publicó en la nueva colección Puck Mix de Ediciones Urano.

 

 

Cecilia Eudave

 

Porque cada vez que leo es como llegar a colonizarme en un país ignoto. Un lugar donde no sé si encontraré esas palabras que a través de los años he aprendido a distinguir, memorizar y guardar en mi cabeza, o si me desafiarán otras. Porque el acto mismo de leer me demanda un esfuerzo colosal, ahora menos gracias a que en todos estos años he aprendido muchas palabras, muchas, muchas y puedo lanzarlas sobre los textos que leo para que ocupen su lugar. Sí, fui diagnosticada a los ocho años de dislexia fonológica. Cuando eres niño no entiendes por qué todos leen y tú no, por qué ves lo mismo que ellos pero no puedes comprender qué pasa ahí entre ese aglutinamiento de frases que se ordenan para gritarte algo. Como no podía leer aprendí a inventar, a imaginar. Cuando la maestra leía en voz alta lo que después debíamos repetir, trataba de memorizarlo todo: imposible para esa edad. Afortunadamente al principio eran pequeñas oraciones o párrafos que no llegaban a dos líneas y pude pasar desapercibida; el problema vino después, cuando no logré mantener la farsa.

Entonces sucedió.

Me gusta usar esta frase reiterativamente en mis textos porque todo pasa así, de repente. Apareció esa maestra genial, en segundo de primaria, que dio con el problema y me sacó del ensimismamiento al que ya se le había añadido una tartamudez producto de la dificultad en la lectura. No imaginen el cuadro, porque es inimaginable, el que puede leer no entendería qué tan al margen se vara el que quiere y no puede acceder a esas regiones que guardan los conocimientos, emociones o pensamientos de los otros. Y comencé a conquistarme, a perder el miedo y a sumar la disciplina. Me dieron muchas herramientas para ser funcional, entre ellas aprender de memoria cada palabra y asociarla a un sonido, a una imagen, a una idea.

Entonces sucedió.

Comencé a leer. Y todavía guardo la sensación aquella en mi cabeza, por fin había llegado a tierra firme. Como posesa leía todo: anuncios de la calle, latas de sopa, cajas de cereales, volantes de publicidad, manuales de aparatos electrónicos –conservo un gusto especial por ellos–, pensando que si paraba perdería la voz de las palabras susurrándome la vida hasta ese entonces abstracta. Y sigo, leo siempre, esto, aquello, lo importante, lo sencillo, lo imposible, lo perezoso, lo detestable, lo edificante, lo mínimo o las máximas, lo grande o lo pequeño, sin géneros ni protocolos. Esta manera de leer, memorizando las palabras, me ayudó a su vez a ir construyendo el espacio de la escritura, de mi escritura, que concibo como rompecabezas o un manual de sensaciones de nuestra condición humana. Y como toda mi capacidad para memorizar la concentré en acumular palabras, que no frases ni citas ni referencias –jamás seré esa clase de erudita–, desarrollé mi capacidad de análisis, de síntesis, y de esa forma leo el mundo, cómo se comporta, interesándome no en lo que se dice sino en cómo se dice, cómo se asocia. Y mis textos son así, rumores de una disléxica que aprendió a imaginar universos memorizando, escudriñando y reinterpretando los horizontes concretos y poderosos de todos esos libros que me acompañaron y acompañan en la travesía. Leer no deja de asombrarme, y ahora no puedo imaginar mi existencia sin la lectura, sin los libros y sin esta discrepancia fonológica en mi cabeza. Porque cada texto, por leer o escribir, es un reto, un viaje donde me conquisto y me derroto, pero del que siempre salgo fortalecida.

Disculpen ustedes si no les dije en qué escritores edificaría mi reino de la escritura, si no los deslumbré con autores poderosos o desconocidos o maravillosos o malditos, pero creo que la lectura, a cada quien, lo aborda de diferentes modos. Porque creo que construir un prototipo cultural de quién es mejor lector con base en un conocimiento cobijado en prejuicios intelectuales y de menosprecio hacia los que no leen esto o aquello otro, rebaja y dificulta el ejercicio mismo de la lectura. Que me guste leer no grada ni degrada el acto mismo de la lectura, que es personal, único e irrepetible. Aquí uno debe plantearse para qué leer y por qué leer. Yo propuse para conquistarse a sí mismo –ello implica muchos tipos y variantes–, y uno se va conquistando o erigiendo poco a poco y a su ritmo.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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