Leer, ese misterio

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José Manuel Recillas (1964) es un poeta, ensayista, traductor y crítico literario mexicano, director de la Academia Mexicana de Poesía. Por su libro Catábasis y θεία μανία ganó el Premio Nacional de Ensayo Evodio Escalante 2016, y su poemario Atrévete a mirar, tú, que no quieres obtuvo mención honorífica en el 10° Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2016.

 

 

Para Lillian van den Broeck y sus orígenes neerlandeses

 

 

José Manuel Recillas

 

No provengo de una familia de abolengo, de una larga línea de lectores y personajes célebres, u oscuramente célebres, que formen un pasado conservado y relatado de generación en generación hasta llegar a mi padre. Soy el producto de un azar que no entiendo, y para el cual está de más buscar razones. Por ambas ramas familiares, la paterna y la materna, no hay el menor prestigio familiar. Ni siquiera en los apellidos que porto hay el menor asomo de algún blasón digno de rememorar. Lo más lejos que llega un apellido en mí, según alguna vez me relató mi padre, es que algún abuelo o tatarabuelo era de origen escocés, y que con el paso del tiempo se perdió ese apellido, McDonald, pues en inglés el apellido materno es el que nombra a los clanes y es el que se conserva. Si algún prestigio llegó a portar aquel McDonald escocés, se ha perdido para siempre.

Ésas podrían ser las palabras del inicio de una novela, la novela de quién soy, de dónde provengo. Las palabras de un proscrito. Acostumbrados a las grandes sagas literarias, a las historias familiares asentadas en grandes y prolongadas aventuras, la mía es una más, de entre millones, que no se destaca por absolutamente ninguna razón que no sea el vago y oscuro azar, y nada más. Como el universo mismo, podría no haber existido, y quizá lo más asombroso es que proviniendo de ese azaroso caos del tiempo, exista, en vez de no existir.

Nada hay en mi pasado familiar que indicase que terminaría escribiendo, y por lo tanto leyendo libros. En ningún lado del pasado familiar hubo abogados, escribas, ricos comerciantes, hijos de algún noble o privilegiado. Así como el azar me hizo llegar, salido de la nada, a la Ciudad de México un 31 de diciembre de 1964, y que bien podría haber sido uno o dos días después, así hizo llegar a mí la voraz pasión lectora. Pero como la depresión que me asoló durante la última década del siglo xx, de la que no supe cuándo entré en ella, tampoco tengo bien claro cuándo empecé a leer, cuándo esa pasión se apoderó de mí.

Mi padre tenía una biblioteca más bien modesta. No había en ella nada que la hiciera un monumento espectacular a la lectura. Principalmente había novelas, de todo tipo. Poesía prácticamente no había. No llegaban a cinco lo títulos. El poeta más cercano en el tiempo era Amado Nervo. Había muchos libros de consulta, enciclopedias, diccionarios, atlas, novelas en inglés, algunos libros en francés. No había prácticamente autores mexicanos, salvo alguna novela de Vicente Leñero, algún libro de Arreola, otro de Gustavo Sainz. Mi padre nunca me impuso, ni a mis hermanos ni a mí, la lectura como una obligación. Para bien o para mal, no nos impuso absolutamente nada. Pero él leía como otros beben como cosacos. Y sólo tardía, y caóticamente, me sumergí en el mundo de la lectura.

Ni siquiera mi paso por la secundaria, y una maestra que se empeñaba en que leyera a Hermann Hesse, consiguió que me volviera lector. En una de las tareas absurdas que solía dejarnos, nos pidió que leyésemos un libro en grupo. Al mío, de nuevo por azar, le tocó El juego de los abalorios, de Hermann Hesse, uno de los libros más aburridos e insoportables que haya jamás leído. Nadie de entre mi grupito entendía un carajo del libro, ni menos yo, pero como pude armé un resumen que expuse en clase, pues mis compañeros encima ni siquiera sabían hablar bien en voz alta. Sabrá dios qué habré dicho, pero la maestra quedó impresionada, y al final me obsequió, como estímulo supongo, ¡otro libro de Hermann Hesse!, que jamás leí y todavía anda por allí, con la tarjetita que le puso, felicitándome sabrá dios por qué.

No fue sino hasta la tarde de un sábado inmemorial, que por puro azar, a mediados de los años ochenta, en la televisión salió Ricardo Garibay hablando de libros. Salvo mi padre, y a veces a mi madre, nunca había visto a nadie más leyendo libros, y menos hablando de ellos. Su abierta arbitrariedad al hablar de esos libros y autores de quienes nada sabía, instantáneamente me capturó, y despertó en mí un furor lector incontrolable, que no ha parado desde entonces. Sin más guías que la pasión y arbitrariedad literaria de Ricardo Garibay, me volví un lector igualmente arbitrario, igualmente apasionado.

A diferencia de la insoportable prosa de Hermann Hesse, que sólo me provocó un sopor interminable, la primera gran obra que recuerdo me hizo ver los poderes de la lectura, y de la gran literatura, fue El viejo y el mar, de Hemingway, en una edición en rústica, de portada azul, que aún conservo, y que recuerdo que leí entre dos clases en la secundaria, cuando algún maestro faltó, y en medio del caos que se volvió el salón de clases sin una autoridad reguladora, yo me sumergí en sus páginas, y en esa hora sin maestro me lo leí de cabo a rabo, con absoluta fascinación. Pocos libros me han asombrado con semejante fuerza como esa pequeña obra maestra.

No considero poseer ninguna virtud que me coloque como una autoridad lectora. Tampoco estudié una carrera en humanidades ni poseo un rimbombante título de licenciado en nada, ni menos estudios de posgrado. Mi vida ha sido la de un solitario, y nada retrata mejor a un solitario que ser lector, salvo el whisky, que también bebo. Y tal vez por definición, un solitario no posee nada, o no debería poseer nada. Sólo poseo algo, que tal vez ni siquiera sea mío ni sea una virtud: la pasión. Pero decirlo yo suena a vanidad. Alguien más tendría que decirlo.

No sé qué clase de lector sea, ni sé si haya clasificaciones al respecto. La lectura me llevó a la escritura, y si elegí ser poeta fue, de nuevo, por puro azar. Hay colegas que me han dicho que lo llevan en la sangre, no pueden dejar de ser poetas: Silvia Tomasa Rivera me lo dijo en Xalapa, también Lillian van den Broeck una de las pocas veces que pude hablar con ella. No creo que mis genes tengan nada de excepcional, pues en mi pasado familiar no hay nada digno de ser rememorado. Toda mi vida ha sido como un naufragio, tratando de evitar ser devorado por el inmenso mar del olvido y de la noche. ¿Así habrá sido el mar que atravesó aquel McDonald que llegó, por puro azar, a Progreso, en Yucatán, en una fecha perdida en los anales de anónimos viajeros europeos? No queda nada de aquella saga familiar europea que no sea ese nombre extraño, perdido en el olvido de las generaciones.

El apellido de mi padre, Martínez Encalada, sólo muestra que en algún remoto pasado, en el siglo xix, o tal vez antes, ¿quién lo sabe?, alguien se dedicó a pintar con cal los muros de las viejas casas en Mérida y Progreso. Así de humilde y pobre es el origen familiar, así de genérica es mi historia. No puedo presumir, como Lillian me dijo una noche, de orígenes bien documentados hasta el siglo xvii o anteriores, de librepensadores, y trazar una línea ascendente bien delimitada desde Europa y una familia perfectamente identificada, aunque su apellido sea igualmente humilde, y probablemente denote la zona en que vivieron sus remotos antepasados: al lado de una laguna, de un arroyo. Al final, todos los apellidos remiten a eso: a un sitio sin mayor distinción ni pedigrí.

Nadie pensó jamás de entre mis remotos, oscuros y azarosos antepasados. No puedo rastrear mi pasado porque nadie jamás lo escribió, y a mi padre llegó como una oscura historia que no tiene principio ni origen. Los apellidos de mi madre son igualmente humildes y sin el menor asomo de prestigio familiar: Recillas Pareyón. Ni siquiera sabemos qué signifiquen o de dónde provengan dichos apellidos. Y si como escritor llevo el suyo, es también por puro azar, por voluntad de otros más que por la mía, pero no me arrepiento. Un día no quedará nada de esos apellidos, sean paternos o maternos.

¿Para qué leer, entonces? Leo quizás para vencer al olvido y a la noche, un tema obsesivo y permanente en mi poesía, pero como aquel oscuro navegante escocés, estoy condenado a perecer y a no dejar más que un puñado de palabras que un día alguien leerá, como yo he leído a otros. Quizá la lectura sea un ritual que la industria del libro y las revistas han pervertido. No creo que esté muy lejos de aquel gesto marcial que aún hoy los militares conservan en su saludo al llevar la mano hacia la sien, en permanente recuerdo del gesto que usaban los cruzados para reconocerse en los senderos y levantar la visera de su armadura.

No sé si habrá sido por azar, una vez más, que la primera gran lectura que me impactó haya sido la de un hombre solitario enfrentado a su destino en medio de un mar embravecido. No sé tampoco por qué pero la escritura de Lillian van den Broeck ocupa un sitio similar, sólo que desde el lado femenino. «Detrás de una gran mujer no hay nadie», escribió en su poderoso autorretrato. Quizá leer sea un gesto aislado, el de esos guerreros que se topan en un sendero sin saber si serán reconocidos, y al mirarse con desconfianza, en medio de peligros indecibles y de un justificado temor, siguen su camino en medio de la nada, en medio del olvido.

He sido un lector constante, pero el naufragio me ha rodeado siempre, lo siento a mi alrededor, amenazante. Leer, como oír música a los nazis, no me ha hecho mejor. Sólo me ha mostrado el tamaño de la herida que llevo en el costado.

 

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