Por donde suben los sueños

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Eduardo Cerdán (1995) es narrador, ensayista, profesor adjunto en la UNAM y editor literario de Cuadrivio. Fue becario, en verano de 2015, de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha colaborado en antologías de cuentos, de ensayos, y en publicaciones periódicas como la Revista de la Universidad de MéxicoLa Jornada SemanalLiteral, Crítica y La Palabra y el Hombre. Su libro infantil Los días del extranjero está por publicarse en la Editora de Gobierno de Veracruz. Textos suyos se han traducido al inglés y al francés.

 

 

Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo.

 

Juan Rulfo

 

 

Eduardo Cerdán

Mi verdadera biblioteca cabe en un portafolios y lleva detrás el logotipo de una manzana mordida. Impresos sólo tengo los libros con valores afectivos, las ediciones extraordinarias, los escritos por mis amigos, los regalados, los autografiados y los electrónicamente inasequibles. Son varios, pero esa cantidad no es la que se esperaría de alguien que se dedica a la literatura. Creo que esto se debe, primero, a un asunto generacional; segundo, a que soy algo maniático. Me encanta el olor a libro nuevo o viejo, pero lo mejor para mí es leer (y escribir y subrayar y glosar) en mi iPad, tumbado bocarriba, con las luces apagadas y de noche. Si alguna compañera no-insomne duerme a mi lado, cambio los colores de la pantalla a negativo y ajusto el brillo al mínimo para no despertarla. Me encanta leer a oscuras o cuando viajo, de ahí que disfrute tanto las cuatro horas y media que paso adentro de un autobús dos veces por semana, en mis trayectos de Xalapa a la Ciudad de México y viceversa. Entonces no hay distracciones: somos el libro y yo, nada más.

Aunque en la casa de mi infancia no había demasiados libros, mis padres –médicos ambos– me compraban los que yo pidiera y me leían casi todos los días. A papá le gustaba el periódico; a mamá: Tolkien, Austen, Gaskell, Rowling. De soltera, y todavía al inicio de su matrimonio, fue una gran lectora. Supongo que heredó el gusto de mi abuelo Ricardo, que era abogado y solía hojear durante largos ratos el tumbaburros nomás porque sí, como un pasatiempo cualquiera.

Escuchar historias, la parte gregaria y primigenia de la narración, es edificante en la vida de cualquiera. Recuerdo perfectamente cuáles eran mis cuentos favoritos, los que hacía que mis padres repitieran hasta el hartazgo. Uno trataba sobre un par de elefantes que estaban seguros de que había dos lunas, pues en las noches veían la de a de veras y la que se reflejaba en el agua. Cuando contaron esto a los demás animales, todos los tildaron de imbéciles. Al final, una sirena conmovida por la congoja de los elefantes se convirtió en una esfera luminosa para que, ahora sí, ellos pudieran hablar de dos lunas. El segundo relato, según apuntaba el libro del que mis padres me lo leían, era la adaptación de un cuento clásico francés. Había dos niñas, una buena y otra mala, quienes iban a un castillo encantado que las ponía a prueba a través de un perro famélico. La buena ayuda al animal y es premiada con vestidos y joyas; la mala lo desprecia y sus actos la llevan a desaparecer. Desde el cuarto donde estaban las riquezas, ambas oían algo que las acechaba afuera de la puerta: pasos, ruidos y voces de una presencia ominosa que se llevó a la niña malcriada. Era un gran cuento de lo siniestro. También recuerdo muy bien cómo grillaba Francisco Gabilondo Soler, básico en la formación de mi oído literario.

La tía Fabiola, del lado materno, como es un imán de personas y situaciones raras, solía contarme historias inquietantes. Que cuando era niña, por ejemplo, vio a un duende bailando en el umbral de una ventana. Que en sus años universitarios, una roomie suya le juraba haber visto la metamorfosis de un nahual en el balcón. Que conoció a un personaje que, como sucede en «Estocolmo 3» de Amparo Dávila, veía a más personas de las que había en el cuarto.

La tía Patty, del lado paterno, me instruyó en las leyendas mexicanas y en las mitologías grecolatina y prehispánica. Me fascinaba el mito de las tres gorgonas tuertas y chimuelas que compartían el mismo ojo y el mismo diente. Si era de noche, le pedía que me repitiera el mito azteca del conejo en la luna. Yo miraba el cielo a través del ventanal de su cuarto, a ver si de casualidad estaba la bola de luz lechosa. Sin ser poeta, muy pronto «me impuse, como todos, la secreta / obligación de definir la luna» (Borges dixit). Sólo en eso me parecía a los elefantes estúpidos del cuento que me gustaba.

Mis abuelos paternos, Nicha y Camilo, me hablaban de un México rural con presencias invisibles que hundían el colchón a mitad de la noche, ojos voyeristas en las habitaciones, muertes trágicas de niños, árboles que se incendiaban de la nada y ritos satánicos en los montes. Eve, mi abuela materna: la que revive a los muertos que aparecen en las fotografías sepia, es quien ha colmado mi léxico con las formas de antaño, a través de sus soliloquios llenos de bifurcaciones que luego vuelven al núcleo de la narración. De ella aprendí que el alma de la prosa está precisamente en las digresiones. Asimismo, ella se ocupó de instruirme en otro tipo de mitología: los relatos de la tradición cristiana que, aunque debía recibir como lecciones –porque me crié católico apostólico romano, con el show de los sacramentos y todo el asunto–, yo sólo escuchaba como cuentos bonitos. A ver, me decía yo, ¿no pudieron existir las gorgonas, pero Noé sí pudo tener un zoológico errante?

Tuve una educación literaria muy pinche, así que mi selección de lecturas fue arbitraria y desordenada, pero muy gozosa. Por eso ahora me dan náuseas los académicos que sacralizan la literatura y la despojan del plaisir du texte. En mi infancia, o sea, en la edad primaria, leí El Quijote y La Ilíada en versiones resumidas para niños. Recuerdo que me parecía patética la no-relación con Dulcinea y que el mundo de Homero me confundía a ratos. Leí con pasión compendios de mitos griegos ilustrados, antologías de cuentos clásicos franceses y alemanes, algunos relatos del despiadado Hans Christian Andersen, las fábulas de Esopo y de Samaniego, dos o tres cuentos de Poe, varias novelitas de terror de la serie Goosebumps y también a J. K. Rowling. I regret nothing.

Más tarde, en la secundaria, se robusteció mi afición por lo fantástico y por la oralidad vuelta literatura. Las lecturas de Rulfo, de sus cuentos –en especial «Luvina», que casi me sé textualmente– y de Pedro Páramo, fueron experiencias fundacionales para mí. Entrar a Comala me pareció muy familiar, pues mi gente ya me había acostumbrado a escuchar a los muertos. Aura, de Carlos Fuentes, también significó un hito porque me permitió acceder a un nuevo tipo de narrador. Luego, con el cuento «Carta a una señorita en París» del más juguetón de los latinoamericanos, supe que todo se vale en la literatura. Intenté leer Rayuela pero no pude, no por difícil, sino porque decía cosas que, para la etapa vital en que me encontraba, me parecían huecas.

Soy, lo digo con pesar, un lector de poesía mal logrado. Me gusta en especial la escrita del siglo XX para acá y, en general, puedo disfrutarla, la intento comprender y adoro escucharla, pero mi acercamiento con ella ha tenido varios tropiezos. En la carrera me enamoré de las jarchas mozárabes cuando las leí. El Cid me dio jaqueca y sufrí casi todas las obras medievales, excepto las coplas de Manrique y los exempla. Los neoclásicos no me han entusiasmado, los románticos me gustan y los barrocos españoles, francamente, me rebasan. Admiro y valoro el artificio del que son capaces, pero –Quevedo aparte– no los siento. My bad. Y cuando leo los versos de sus homólogos novohispanos, parece que respiro vapores de Clonazepam. De ellos me quedo, por supuesto, con Sor Juana. ¿Quién no ama a Sor Juana? Amén de ella, mis poetas favoritos, los que realmente me han hablado, son Miguel Hernández, César Vallejo, José Gorostiza, Michel Houellebecq, Charles Baudelaire, Elinor Wylie y W. B. Yeats. Parte de la poesía de todos ellos viene de un mundo oscuro donde yo me siento muy a gusto.

Como (dizque) crítico estoy instalado en la Generación de Medio Siglo, o «de la Casa del Lago», como preferiría Huberto Batis. Me he obsesionado con ellos, en especial con las escritoras. Hay algo en la escritura de las mujeres, algo totalmente subjetivo con lo cual me relaciono de un modo que no sé explicar. Quizá en la literatura de ellas encuentro al Otro, digamos, decantado. Y eso, hurgar en lo que es distinto a mí, me atrae como el péndulo del hipnotista. Mi mayor aspiración es lograr una obra tan original como la de Guadalupe Dueñas, con tramas bien urdidas como las de Amparo Dávila, la óptica inteligente de Inés Arredondo, la transgresión de Adela Fernández y la calidad técnica de Elena Garro. Si llego a aquellas alturas, me daré por bien servido.

Cortázar dijo que los narradores inician escribiendo poesía y después se decantan hacia la prosa. En mi caso no fue así: jamás me he puesto a hacer versos. Escribo ficción desde la adolescencia, pero cuento historias desde que tengo memoria. En el kindergarten, y todavía en la primaria, narraba con dibujos. Fue a los once años cuando comencé a escribir cuentos, sólo por gusto, sin mayores aspiraciones. Recuerdo que, estando yo en el último año de primaria, mamá me habló de un relato que la había impactado mucho: «La gallina degollada» de Horacio Quiroga. Luego de leerlo, y todavía horrorizado por el desenlace terrible, yo sólo podía preguntarme cómo un sujeto, a través de un simple texto, era capaz de incidir así en el ánimo de alguien. Sentí una gran fascinación por el poder de la palabra y, la verdad, un montón de envidia por el uruguayo. Ése fue el germen. Más tarde, alrededor de mis dieciséis, leí el único libro que me ha hecho llorar: La tumba de las luciérnagas, de Akiyuki Nosaka, y un par de cuentos profundamente perturbadores: «Orfandad», de Inés Arredondo, y «La jaula de la tía Enedina», de Adela Fernández. Fue cuando decidí que quería ser escritor.

Desde entonces, mi deseo es crear historias como la de los hijos idiotas que degüellan a su hermana, como la de la niñita japonesa que muere de hambre en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, como la de la desmembrada que yace en una cama llena de caca o como la de la tía loca que vive encerrada comiendo alpiste. Cada noche les rezo a Cervantes, a Rulfo, al Medio Siglo mexicano, a João Guimarães Rosa, a Juan Carlos Onetti, a Henry James, a D. H. Lawrence, a James Joyce, a los fantásticos rioplatenses, a los rusos… Yo, como San Rulfo, trabajo con «imaginación, intuición y una aparente verdad». Me atrae la conjunción literaria de lo tierno con lo abyecto porque así es nuestra naturaleza: un constante juego de opuestos. Ahora mismo, una madre puede estar arrullando a su bebé para la siesta mientras que, en la misma calle, un delincuente arrebata a un niño del brazo de su abuela.

Intento explicarme por qué escribo. Los libros no salvan vidas per se, eso lo tengo claro. ¿De qué sirve, entonces, escribir en un país convulso como el nuestro? Un montón de hojas con letras impresas no taparán las fosas comunes, no van a envolver los cuerpos mutilados, no secarán las lágrimas de las Auroras que llenan de rocío al mundo. Los libros no son sólo las puertas del saber, no sólo sirven para visitar otros mundos. Esas frases son lugares comunes: publicidad barata, máxime si consideramos que no todo es bonito en los libros; que desde ellos también sopla un viento tosco, uno que parece venir «encañonado en tubos de carrizo». Por los libros suben los sueños, sí, pero también las pesadillas. Son el receptáculo de la otredad y, al mismo tiempo, un espejo. Un libro es importante porque en él los vemos y nos vemos. Quienes escribimos en un contexto manchado de sangre, no importa si somos fantásticos o realistas, hemos de propiciar un diálogo efectivo sobre el presente, lejos del acartonamiento que abunda en los discursos oficiales. He ahí nuestro compromiso. Hay que morar el lenguaje y hablar desde allí. Abracemos el cuerpo, cuya valía se ha degradado a niveles peligrosos, al menos en México, donde hablar de una vida humana es tan fácil como pesar un filete. Desde que el mundo es mundo, los fabuladores no han sido capaces de cambiarlo, pero como habitantes del lenguaje sí han podido dignificar los espacios y los cuerpos violentados: los propios y los ajenos, los vivos y los muertos. Eso es lo que nos toca. Sólo con ese compromiso en mente podremos enriquecer, aunque sea un poquito, el tránsito hacia la justicia.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

1 comentario

  1. Elpidia Garcia Delgado

    Noviembre 29, 2016 at 10:43 am

    Estupenda participación de Eduardo Cerdán. Fue un gustazo leerlo. Es interesante cómo las historias que le contaron sus abuelos, más que los libros que hubiera leído en su infancia, impregnadas de lo mágico y lo siniestro, lo iniciaron en su amor por la literatura fantástica. No hubiera disfrutado tanto si no fuera por esa destreza de Eduardo de dejarte pegado a la narración, por su estilo fresco y pulido. Felicidades a Eduardo y a Cuadrivio. Una cosa a corregir para la redacción: Al compartirlo en Google plus, no sale la foto de Eduardo sino la de Clara Obligado.

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