Breve biografía como lector

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Mauricio Montiel Figueiras (1968), narrador, ensayista, traductor y editor mexicano, es el actual Coordinador Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (CNL-INBA). Entre otros premios, ha obtenido el Nacional de Poesía Elías Nandino 1993 y el Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 2000. Textos suyos han aparecido en medios de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Estados Unidos, España, Inglaterra e Italia. En las cuentas de Twitter @Elhombredetweed y @LamujerdeM trabaja el proyecto narrativo El hombre de tweed desde 2011. Su libro más reciente, Los que hablan. Fotorretratos, se publicó en 2016 bajo el sello Almadía.

 

 

Mauricio Montiel Figueiras

 

Diez negritos, Agatha Christie

El descubrimiento de lecturas más «serias» durante mi infancia –como si Karl May, Emilio Salgari, Robert Louis Stevenson, Julio Verne y un largo etcétera no fueran lo suficientemente serios para un niño– estuvo signado por las novelas de Agatha Christie editadas por Bruguera y Molino y subrayadas por la uña tenaz de mi madre. Las estrategias narrativas de Christie, que fueron el umbral hacia una fascinación por el género policiaco que crecería al paso del tiempo, cristalizan de modo insuperable en Diez negritos gracias al misterioso anfitrión que convoca a una decena de personajes cuyos pasados son su sentencia de muerte. La vuelta de tuerca final y la isla desconocida donde se desarrolla la trama constituyen un imán que no cesa y tal vez no cesará de atraerme con extraño vigor.

 

Narraciones extraordinarias, Edgar Allan Poe

Mi contacto inicial con Poe fue a través no de la fabulosa traducción de Julio Cortázar, sino de una edición ilustrada que el padre de uno de mis mejores amigos de primaria tenía en su biblioteca. Recuerdo la tarde en que, luego de comer, mi amigo sacó el libro a hurtadillas para que lo hojeáramos juntos en el jardín trasero de su casa: el escalofrío que tuve al ver y después leer la masacre a la que son sometidas Madame L’Espanaye y su hija Camille en «Los crímenes de la calle Morgue» marcó el principio de un affaire con la literatura fantástica y de terror que se extendería a lo largo de mi adolescencia y dejaría una huella indeleble hasta el día de hoy. Como el ascensor de El resplandor, Edgar Allan Poe soltó una cascada de sangre cuyas salpicaduras sigo tratando de limpiar.

 

Ceremonias, Julio Cortázar

Todavía guardo la edición de Seix Barral que reúne Final del juego y Las armas secretas, dos grandes títulos del escritor que fungió como una especie de calendario cristiano al dividir mi vida en dos hemisferios: a. C. y d. C., o lo que es igual: antes y después de Cortázar. Si la memoria no me falla, Ceremonias fue uno de los volúmenes que robé de una librería de Guadalajara a fines de los años ochenta, cuando decidí interrumpir mis estudios universitarios para inscribirme en un taller literario y consagrarme por entero –oh juventud, divino tesoro– a la escritura narrativa. Aquella librería desapareció hace varios años, pero mi afición cortazariana permanece firme en su lugar: con Ceremonias cerré mi adolescencia gore y abrí la puerta a un nuevo mundo de lecturas.

 

La casa de citas, Alain Robbe-Grillet

Fue uno de los autores invitados al taller literario tapatío al que asistí durante casi tres años quien me inoculó el virus del nouveau roman, un contagio del que aún no me recupero del todo. La obra de Alain Robbe-Grillet, a quien pude tratar brevemente en una Feria Internacional del Libro –eran muy pocos los interesados en el hombre de melena blanca y abrigo gris que vagaba con su mujer por los pasillos de la Expo Guadalajara–, siempre me resultó más significativa que la de Michel Butor, Robert Pinget, Nathalie Sarraute y Claude Simon. Por encima de Las gomas, El mirón y La celosía, entre otras novelas que acendraron mi gusto robbegrilletiano, sobresale para mí La casa de citas: la cámara narrativa que entra y sale a su antojo de espacios y tiempos diseña un tour de force difícil de olvidar.

 

La trilogía de Nueva York, Paul Auster

Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada fueron las novelas que me hicieron caer en la cuenta de que el género policiaco puede y quizá debe incorporar el elemento metafísico, las zonas de penumbra psíquica, para avanzar en su evolución. A inicios de los años noventa, las librerías de Guadalajara no eran ideales para conseguir obras de Friedrich Dürrenmatt, Patricia Highsmith, Tim Krabbé y Leonardo Sciascia, entre otros autores del género que me marcarían profundamente, así que La trilogía de Nueva York –que compré en un viaje justo a la ciudad que le da nombre– fue una lectura fundacional. Aunque mi hechizo por Paul Auster menguó a partir de Leviatán, continúo frecuentándolo a la espera de que su escritura retome el rumbo gozosamente perturbador de sus tres primeras novelas.

 

El desierto de los tártaros, Dino Buzzati

Haber sido un lector más o menos temprano de Samuel Beckett me permitió ver la novela que Dino Buzzati lanzó en 1940 –época en que el irlandés apenas comenzaba a despuntar– como prefiguración de uno de los grandes temas beckettianos: la espera abstrusa que signa la existencia del hombre. Fábula alegórica sobre el correr del tiempo, al que «parece que […] le cuesta mucho pasar y después resulta que huye como el viento», El desierto de los tártaros construye la arquitectura metafísica por excelencia: la Fortaleza Bastiani, el refugio vuelto cárcel kafkiana para Giovanni Drogo, el protagonista. El mar de las Sirtes, de Julien Gracq; Esperando a Godot, de Beckett; Zama, de Antonio Di Benedetto, y Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee, son obras que aprendieron la magnífica lección de Buzzati.

 

El barón Bagge, Alexander Lernet-Holenia

Dos son las novelas que mi memoria asocia casi indisolublemente: El barón Bagge, de Alexander Lernet-Holenia, y Relato de otoño, de Tommaso Landolfi. Leí ambas en la misma época y ambas, lo que es más, fueron publicadas en El Ojo Sin Párpado, la colección de Siruela que por desgracia desapareció hace tiempo. A El barón Bagge, sin embargo, he regresado varias veces debido a mi fascinación tanto por la caída del imperio austrohúngaro –ratificada por La marcha Radetzky, de Joseph Roth– como por el modo en que Lernet-Holenia desliza el elemento fantástico en la historia narrada por el sobreviviente de un destacamento que en 1915 se adentra en la región de los Cárpatos en pos de un enemigo inasible. La espectralidad que lentamente conquista la trama es un logro literario mayúsculo.

 

Ubik, Philip K. Dick

«Yo estoy vivo y ustedes están muertos.» En esta frase que da título a la espléndida biografía de Philip K. Dick a cargo de Emmanuel Carrère se cifra el encanto perverso de Ubik, una novela que —estoy seguro— habría hecho las delicias de Borges y Cortázar y que me llevó a descubrir que la ciencia ficción y la fantasía son géneros que se prestan a las estrategias narrativas más sofisticadas. (Ahí están J. G. Ballard, Thomas Disch, M. John Harrison, Christopher Priest y algunos otros para subrayarlo.) La lucha entre telépatas y antitelépatas ambientada en un 1992, previsto en 1969, es el pretexto que Dick usó para crear uno de sus mejores libros y a la vez reconfigurar la idea de palimpsesto. Pocas novelas han derribado mis expectativas como lector de una manera tan sagaz y contundente.

 

Vértigo, W. G. Sebald

Supe por primera vez de W. G. Sebald gracias a un ensayo de Susan Sontag («El viajero y su lamento») que leí, completamente imantado, hace casi una década. En cuanto llegué al punto final me dirigí a una librería del sur del DF que ya no existe, pero solía tener un buen surtido de títulos importados; ahí pude adquirir Los emigrados y Vértigo en inglés. En esa época pasaba por una situación personal particularmente difícil, así que Vértigo se volvió un espejo fiel de mi estado de ánimo: el sentimiento de alienación y errancia perpetua que cruza la obra sebaldiana me reflejaba en aquel instante oscuro. La forma en que el alemán empata la autobiografía con la vida ajena –en este caso, la de Kafka y Stendhal– aguzaría mi visión de la escritura como cámara de resonancia.

 

El libro de los pasajes, Walter Benjamin

Dejé para el final de este recuento la obra necesariamente fraccionada e inconclusa en la que Walter Benjamin trabajó durante trece años no porque le reste importancia sino, muy al contrario, porque de algún modo engloba mi noción de lo que debe ser la literatura: un proyecto hecho a base de astillas que pertenecen a un mismo tronco e interrumpido solo por la muerte. Benjamin, a quien leo como escritor antes que como filósofo en el sentido estricto de la palabra, fue el primero en aplicar una mirada estereoscópica a la cultura contemporánea y El libro de los pasajes así lo demuestra: la fragmentariedad que unifica sus más de mil páginas da una insólita sensación de profundidad al construir corredores secretos entre distintas células del mundo que nos tocó vivir.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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