Aun entre los pobres

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La llegada de un recién nacido a una familia es motivo de orgullo y alegría. En México, como en muchas partes del mundo, este hecho se celebra incluso antes de que suceda. En esta crónica que advierte diferencias de clase y prácticas habituales, Alejandro Ponce Aguilar habla sobre las circunstancias en las que se llevan a cabo los baby shower.

 

 

Alejandro Ponce Aguilar

 

Aun entre pobres parece haber castas y alcurnias, diferencias de vestimenta, de calzado, de alimentación e incluso, matices en el color y textura de la piel. Aun entre pobres hay niveles. Aun entre pobres, insisto, hay ciertos estratos –los más pobres de los pobres– que se mueven en un nivel más subterráneo, quebradizo, como inexistente y esparcido por doquier, en cada esquina, en los fraccionamientos otrora ejidales, ciénagas: la multitud invisible. Se arrastran. Pululan. Duermen. Levantan sus casuchas, erigen colonias completas. Si los pobres aprovechan todo motivo para celebrar: bodas, quince años, presentaciones de tres años, primeras comuniones, y toda clase de rituales en los que la iglesia todavía cobra sus rentas y sus diezmos, ¿por qué los más pobres de los pobres no habrían de celebrar también?

Entre estas celebraciones también están los baby showers. Ignoro de dónde venga la costumbre ni a qué motivos exactos responda, seguramente es una práctica anglosajona –el nombre así lo rebela– mas, como sea, ha cobrado la forma y el decoro de nuestras latitudes. Y según sé, la celebran tanto ricos como pobres. Digo todo esto sólo para evadir el hecho de que, pese a mi poca voluntad y desidia ante los baby showers, hace muy poco asistí a dos, uno en sábado y el otro en domingo. Ameno fin de semana. Asistí sólo para constatar lo que he venido diciendo: hay pobres que frente a los más pobres parecen ricos, se mueven como ricos, beben como ricos y comen como ricos. No acierto a entender esa realidad, me limito simplemente a pintarla lo mejor que puedo.

Par de críos de 18 y 19 años respectivamente. La niña embarazada, sospecho que sus papás aprovecharon la ocasión para hacerle a su hijita quince años y baby shower, todo a una vez, costumbre cada vez más común, o tal vez desde siempre común y brutal: niñas que se lanzan a la maternidad sin tener siquiera pechos para amantar a sus hijos. La pancilla empotrada al cuerpo de un palillo, el palillo engarzado al mozuelo sonriente, jactancioso. El muchacho de camisa púrpura abierta hasta el pecho, perfectamente fajado, peinado con retoques de gel, muestra una cadena acaso de oro, zapatos de vestir cafés y pantalón color crema. Semblante de galán de telenovela. Sonrisa entre orgullosa y nerviosa. Si pudiera tal vez iría a esconderse tras las faldas de su jefecita.

A este baby shower de abolengo asistieron un par de payasos que no dicen chiste alguno pero que tienen cara de chiste. Los payasos sientan a los protagonistas de la fiesta frente a todos, ellos son los principales invitados y ellos deberían reír muy a sus anchas, mas con sumo cuidado, nadie quiere partos adelantados a fuerza de risotadas –más de pena que de júbilo–, nadie desea que su hijo nazca de bufidos y bufones. Los invitados se burlan del papá amateur. Repiten su nombre imitando la solemnidad y gravedad del escuincle. «Cómo se llama el papacito», preguntan. «Abraham», resuena la voz rocosa, desértica, en una frecuencia apenas audible para el oído humano. Y los payasos repiten, «¡Abraham!», y lo dicen como un pistolazo. No se cansan y lo disparan y lo vuelven a herir. El público se ataca de la risa con la burla de su núbil muchachillo, el mi rey de la colonia. «¡Abraham!» Y Abraham los mira con gracia y al mismo tiempo luce amenazante, agarrado a regañadientes a su silla.

Bocadillos y dulces y paicitos, brochetas de sandía, piña, fresas, con su piquín o miguelito. Gomitas metidas en diminutos biberones, golosinas, bombones, caramelos, cigüeñas de fomi para que cada invitado las tome y se las lleve de recuerdo, no se nos vaya a olvidar de dónde provienen los chamacos. Palomitas, chicharrones, chetos. Verdaderas torres de azúcar y chatarra. Dos mesas largas repletas. Primos, tíos, sobrinos, abuelitas, metiches, colados, todos sin diferencia, vuelta y vuelta tras las confituras. Y la damita del niño también porque hay que enseñarle buenos hábitos al que todo lo escucha, allí, ahogado en su placenta. Ya para iniciar el convite llegan los taqueros y los payasos los alaban para que al final los conviden también. Después de los payasos vienen los clásicos juegos del baby shower. Hacer los pucheros, ponerle pañales a los señores, que gateen a las carreras y a las carreras vacíen una mamila. Y claro, nada de cruzar las piernas porque le toca a uno peca o pañal. El hambre arrecia y los invitados se lanzan por sus tacos, el aroma del pastor incita a los concurrentes a romper el protocolo. La fila es larga y hay que apurarse para ser de los primeros. Pedir uno o dos tacos no es cosa de buen ver, hay que llenarse el plato para no dar tantas vueltas y no obstruir la circulación. Su cebolla, su cilantro y su salsa. Agua de horchata y jamaica o un chesquito. El trompo aguanta los ires y venires.

Después viene la abridera de regalos. Otra vez los esposos frente a todos, juntos, jugando a que les gusta desenvolver cajas y cajas, abrir las bolsas, adivinar de quién procede cada presente y ponerse o poner lunares. Y los allegados se encajan con el esposo con lunares de media luna. Hay carcajadas y los abuelos miran entre alegres y conmocionados a sus hijos, con mirada de leona después de alimentar a sus cachorros, imitando su andar entre indiferente y afectivo. Tal vez contentos porque los hijos se van, pero con seguridad angustiados porque quién sabe a dónde irán, cuántos niños más vendrán y qué concierto tendrá su matrimonio. ¿Se divorciarán jóvenes?, ¿podrán con el paquete?, ¿será un hombre decente o mujeriego?, ¿ella se dedicará como se debe a los hijos?, ¿no andará de mirona por allí?, ¿se querrán hasta la muerte?, ¿saldrá bien el parto?, ¿los cablecillos, que por piernas tiene la damisela, soportarán otros dos o tres meses de embarazo? Y la pregunta de oro, ¿debieron mis hijos seguir el camino que yo seguí? La respuesta, al menos en este caso, pareciera ser afirmativa. Todos se regocijan de ver a sus niños vueltos adultos por arte y bienaventuranza de una panza, una enlatada, encarnecida y desproporcionada panza, regalo de dios para sus devotos. En el momento de los discursos Abraham dice que admira a su joven mujer porque ella tiene el don o la virtud de dar a luz. Lo que ve de más admirable en la persona con quien ha decidido compartir su vida –o por lo menos algunas de las noches de la vida– es su condición biológica, con la que nació y con la que, a pesar de los contrahechos de la edad, morirá. El respetable agita las palmas y hambriento espera todavía a que desfilen los pasteles.

Así el baby shower sirve para hacer viable un matrimonio iniciado en la dádiva de los cuerpos. Las familias reconocen el fiel producto de los niños y quieren conocerse y aceptarse. Darle un buen augurio a su nieto y enderezar el retuerto del arranque. Al muchacho, que no tiene estudio porque no quiso terminar la secundaria, ya le han dado unas accesorias en la central de abastos para que surtiendo limones, pescado, dulces o pañales, pueda darle un sustento a su mujer y a sus hijos, los que sean que vengan de los matrimonios que más se acomoden al caso. Los tiempos cambian y las esposas caducan. Las abuelitas correrán a la zaga de los nietos, defendiendo su biberón, poniendo los pañales ante la cara verde de los hijos.

Mas no todos los baby showers se celebran con tanta pompa y donaire. Y si los primeros no son de Polanco y no dieron un festín en un palacio, todos con fracs y vestidos con hilo de oro, tampoco dejan de darse uno que otro lujo cuando de agrandar la familia se trata. Pero sucede que hay fiestas más humildes que las otras. Y si a la fiesta del sábado, allá por Iztapalapa, asistí con la idea de darme una comilona, a la del domingo fui con la esperanza de no perderme entre el Valle de Xico y Chalco. Calles de polvo emergidas entre jacalones de una vieja laguna. El viento infausto, común por aquel llano sin árboles, arrecia sobre las frentes. El valle se agita merced a los soplidos de las nubes, perpetuamente concentradas en partir los labios de sus gentes. El letrero de la fiesta debiera estar en alguna puerta frente al mercado, pero no hay nada y las llamadas no entran. Allá, a los lejos, en contra esquina, está otra cigüeña de unicel que dice que allí es el baby shower. Puerta oxidada y carcomida, oxidada al igual que las banquetas, carcomida como la casa misma, arañada por la lluvia y por los años, del mismo modo que sus habitantes. Tan erosionados están los tabiques del patio que en algunas partes se mira a través de ellos hasta la casa de al lado. La lona es apenas un retazo que cubre medio patio y que da sombra apenas a la mitad de los presentes. El viento la levanta y la polvareda nos pica los ojos. Detrás de unas sillas está un plátano medio seco, sus ramas se agitan y dan manotazos a los que se sientan en aquellas sillas.

Al cruzar la puerta, inmediatamente le ofrecen a uno un vaso de refresco. La primera pregunta es si nos tardamos mucho en llegar y si no nos perdimos. La joven encinta es como una pera o una manzana hervida, dilatada por el fuego, con los cachetes ligeramente hinchados y la frente con mil preocupaciones talladas trabajosamente. Nadie ríe a granel como en la víspera. Hay apenas tímidos comentarios entre los anfitriones y los invitados. Los padres de la joven embarazada, que a la sazón cuenta 25 años y es egresada de la carrera de psicología, son tan sólo como un par de promesas de algún tenue movimiento. Sentados y callados hasta el borde de una meditación profunda, o de una momificación precoz, no aciertan a pronunciar diálogo alguno. El padre, con una gorra cubriéndole la frente, mira el piso con insistencia, no levanta la cara ni cruza la mirada con nadie. Pareciera deseoso de encerrarse todo completo en aquella gorra, la gorra es todo su continente y protección. Su trabajo lo ha de exponer tan continuamente al sol que, incluso en las sombras, ya le es imposible prescindir de ella, tal es el fiel recato que le guarda. La mujer tiene aquellas arrugas en torno a los párpados tan características de quienes están constantemente con el ceño fruncido. Las manos cruzadas sobre el vestido lila extendido hasta los tobillos. Tuerce y retuerce los labios, igual que sus hijas.

El ambiente está viciado de las preocupaciones que producen las carencias, no las de un momento, no las de la falta de este o aquel manjar, sino de una pobreza con acciones mayoritarias y de larga permanencia. La carencia cincela los cuerpos y las mentes y los reduce a un silencio obstinado. En la mesa, una mesita de apenas tres pies de largo, hay una canasta con cilindros forrados con papel crepe. Los cilindros, sacados de los rollos del papel de baño, contienen algunos dulces, no más de tres o cuatro. En la mesa hay refrescos y una jarra de agua simple. Ése es todo el convite que ofrecen a sus invitados. Escucho a la festejada con su diminuta panza y su debilidad a flor de piel. Su esposo platica por otro lado con sus amigos. Y ella es un hielo a punto de quebrarse, sólo falta alguna insinuación, una nota de sutil melancolía, para que la mujer trueque su fingida tranquilidad por lágrimas. Se siente débil, está perdida, a todos lados a donde ha caminado se ha sentido atrapada. 25 años cumplidos y una carrera universitaria trunca cuyos frutos no ha conocido todavía. No ha ejercido su profesión, no se ha independizado de sus padres y tal vez para escapar de ellos decidió casarse. Todo sin la sospecha de que sus suegros serían un suplicio mayor. La panza que lleva a cuestas es una panza errante y de panzas errantes nacen hijos nómadas. El embarazo se le ha complicado debido a una infección en las vías urinarias. Los dolores que sintió apenas hace unos días le hicieron pensar que ella o su niño ya no la contaban. Le diagnosticaron preclamsia y por eso espera que su hijo llegue por cesárea. También mira al piso, traga saliva e inquieta dice, pues a ver qué pasa, pues a ver qué pasa.

Ya va siendo hora de comer y la mayoría de los invitados están reunidos en el patio. Los anfitriones deliberan si será mejor pasar a los juegos primero o darse un tiempo para la comida. La decisión es unánime, no hay que hacer esperar más a los asistentes. El esposo va por las tortillas y las mujeres se meten a la cocina. Empiezan a despechar los platos. El menú consiste en pequeñas porciones de hasta seis guisados, salchichas, tinga, ensalada rusa, bisteces a la mexicana, arroz y un huevo cocido. Tostadas o tortillas, ya depende de cada quien. Los platos no se llenan una segunda vez. Los juegos no varían mucho de los de la noche anterior. Otra vez pañales y otra vez pucheros. Acá en lugar de poner lunares, maquillan al futuro papá. Y aunque no hay payasos las risas no faltan. Hay chistes y albures. En toda familia siempre hay un chistoso, un bufón y alguien de quién reírse, así que por carcajadas no paran. La hermana llora al abrazar a la futura mamá, la nuera se deshace la cara en muecas, los suegros miran condescendientemente a todo aquel que no conocen y el viento no amaina. Llega el momento de los discursos y todos ruegan que los abuelos tomen la palabra. Pero ellos, desaparecidos en un rincón junto a la puerta, se abrazan a su silencio. ¿Sentirán vergüenza de decir unas palabras por su hija y su nieto? ¿Vergüenza de su pobreza, pena por no poder ofrecerles algo más a sus invitados? ¿Pena de su hija embarazada? No alcanzo a comprenderlo, ¿cuál será la fuente de su aislamiento maniatado? Lo más seguro es que alguien les puso pegamento en las sillas para no levantarse, pegamento en los labios para no hablar, pegamento en las manos para estrujarlas todo el tiempo, pegamento en los párpados para que no abran los ojos, pegamento en la gorra para que nunca levanten la frente.

Es imposible no comparar ambas celebraciones. Aparto la mirada de los primos, de los regalos –también más humildes y menos numerosos que los primeros–, me suspendo por entre tanto niño, en las fisuras de la pared, en ese viento que no para, en las sonrisas de la gente, en las panzas de las madres, tan vitales, tan frágiles, tan perpetuadoras de la especie. Si tal es la discrepancia entre dos familias con diferencias económicas que, por más que se piense, no pueden ser tan significativas, ¿cómo será el abismo entre los verdaderamente ricos y los pobres? Qué clase de festines se comerán en una fiesta de primer mundo, qué tipo de regalos, qué vestidos vestirán las madrecitas. Y sobre todo, a qué médicos acudirán, cuánto gastarán en alimentar a sus hijos, en comprarles medicina, todo hasta tal punto que la especie se va separando en función de la carencia o abundancia de bienes materiales. Y luego, ¿cómo aceptar que mis hijos pudieran nacer y desarrollarse en un ambiente sano y quizás con buena educación, mientras los más, los que nacieron con menos suerte a la hora en que un dios despiadado tiró sus dados cargados, viven arrojados en los márgenes de las ciudades, por la orilla de los basureros, donde los perros de la calle beben agua verde y chiclosa y donde, milagrosamente, un terraplén de costales contiene el desagüe y protege las casas de la extinción más deplorable? Las diferencias y las preguntas están a la vista, las respuestas las hemos ido aplazando de generación en generación y de baby shower en baby shower.

 

 

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Alejandro Salvador Ponce Aguilar (Ciudad de México, 1990). Estudió Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º concurso universitario de cuento Letras Muertas de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la FIL Minería.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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