El intruso nerudiano

Por  |  0 Comentarios

Rodrigo Garay Ysita

 

 

No había manera de llegarle a la altura. Al menos no bajo los cánones del cine biográfico convencional, que dramatiza los eventos más importantes de una vida para darles un solo sentido y conmover con la constancia heroica del homenajeado. Pero el escurridizo Pablo Neruda no era un héroe y no necesitaba más que sus palabras para conmover a quien fuera. Si algún adaptador quisiera hacerle justicia, tendría que romperse la cabeza para atrapar la esencia del poeta de manera poco ortodoxa.

 

Pablo Larraín sublima su intento de capturar lo inasible en la trama de Neruda (2016): la persecución obsesiva de un policía que nunca podrá alcanzar al criminal. El criminal es Pablo Neruda y el policía es el protagonista: Óscar Peluchonneau, hombre perseverante al que su presa se le escapa de las manos como agua. Hombre que nunca existió, por cierto.[1] El recurso narrativo por el que optó el cineasta hace transparente la inutilidad del apego al renglón del biopic. ¿Se hubiera aproximado más a la imagen del inmortal escritor si hubiera estudiado y reproducido la cronología de su escape en 1948, de milimétrico pe a pa, desde la disolución del Partido Comunista hasta el exilio en Argentina? ¿Qué es más efectivo para lo cinematográfico, la reconstrucción del hecho mediante un número finito de fuentes o la interpretación subjetiva del impacto titánico del más grande artista chileno? La llave para soltar el imaginario poético, según el director, es un constructo ficticio cuya violenta irrupción en las páginas de la Historia haga ecos que sondeen las múltiples caras del literato.

 

En otras palabras, la intrusión de Peluchonneau en la biografía del gigante latinoamericano quebranta su inmutabilidad histórica y establece una perspectiva ajena para describirlo como la ruptura ondulatoria de una piedra que cae al agua: si bien no hay propiedad en el mineral que sea fundamentalmente acuática, el carácter de la superficie del lago sí se puede comprender mejor gracias al agente extraño que se sumergió en ella de pronto, sin ninguna invitación.

 

El mecanismo de Larraín no es tan distinto del ejercicio que Peter Greenaway hizo para exaltar las pasiones de Serguéi M. Eisenstein en Eisenstein in Guanajuato (2015); el guía turístico Palomino Cañedo, construido a partir de rumores para el argumento de la cinta, está ahí para que exploremos la supuesta homosexualidad del legendario cineasta ruso. Es la otredad que provoca a la figura reverenciada que nos interesa. Aunque la diferencia estética entre ambas películas es abismal (su validación no es algo que competa a la presente revisión), el propósito de revelar una biografía mediante una ficción inaudita es el mismo. Un ejemplo literario más amable de la misma herramienta: en La fiesta del chivo (2000), la invención de la familia Cabral, por parte de Mario Vargas Llosa, cumple el propósito de dramatizar la vileza de Rafael Leónidas Trujillo en un ambiente maleable para el escritor.

 

Por definición, un símbolo es artificial y se construye con una intención específica. Es evidente que la muerte y consagración del personaje de Gael García Bernal en Neruda no es una manera de sacar al sol a los policías extraordinarios que permanecieron en las sombras de Santiago leyendo poemas. Las peculiaridades de Peluchonneau (su impotencia, su orfandad, su vínculo con la prostitución y con el Estado de Videla), más que simbolizar un sector social, definen las reacciones de su némesis. Es por la cacería que vemos la huella que el autor del Canto General (1950) ha dejado en los burdeles, en las tertulias despampanantes de los bohemios, en el senado, en su matrimonio y en las bardas violentadas de la calle.

 

¿Qué representa entonces el cazador? Como el cronista ideal de Juan Villoro, el dúo de Pablo Larraín y Guillermo Calderón «trabaja con préstamos» en el guion para practicar el artificio de transmitir la verdad ajena.[2] Su policía de encanto, su policía tontín, habla con la voz del que ha experimentado a Neruda, tanto directa como incidental o colateralmente, pues lo «nerudiano»[3] lo lleva un chileno en el aire. La recepción de la poesía se transmuta de lector en lector y, en el rol de un oficial romántico que legitima el statu quo por la fuerza (de un régimen que representa los valores contrarios al biografiado), el encanto de las letras inspira envidia por la libertad y la frescura de alguien que se sabe talentoso e independiente de los vaivenes políticos. Al perseguidor imaginario se le endulza la lengua con la cadencia que le quiere robar a su presa, se estimula su delirio con la caza infinita del gato y el ratón (la única relación dialéctica en la que podría sentirse superior) y, más importante, se acentúa la terrible angustia que le provoca su intrascendencia, la pequeñez terrenal que Neruda rebasó desde antes de los créditos de inicio y que, a su vez, se confirma superada con la validación del triste agente de policía al final de la película. El artista se fusiona con su lector y juntos sobreviven la corporalidad.

 

La mezcla de identidades que en el filme de Larraín se consuma en favor de un legado histórico cuestiona los alcances de la expresión humana y de la legitimidad del arte reconocido como tal. Cuando el perseguido, avalado por todas las instituciones habidas y por haber, absorbe a la creación de Larraín, se produce la emotividad a la que la película quería llegar: Neruda más allá de Neruda, Neruda en el otro. La conexión entre sus protagonistas es borgesiana.

 

Además, sólo en el juego de las imaginaciones pudo haberse realizado la revelación candorosa de Delia del Carril, que luce una contradicción de diva abnegada encantadora para aquellos ojos flexibles que estén dispuestos a volver a imaginar al único espíritu capaz de igualar el ritmo del prófugo ilustre. La entrevista entre Óscar y Delia es el punto de inflexión en el personaje que nos ocupa en estas líneas porque ante la mujer del artista no tiene defensa alguna; oprimido por ese two shot que asfixia lentamente, por la marea de contracampos sumidos en la oscuridad, al detective no le queda más remedio que conocerse como una invención más del poeta («¿Soy yo una ficción?») y, al mismo tiempo, saber que está cara a cara con la Historia, con una dama que ha burlado la muerte para siempre («Yo soy real. Y soy eterna»).

 

Esta secuencia es, asimismo, un modo de mostrar las palmas de las manos y asegurarle al espectador que aquí no hay trucos; el director se sincera a través de la autoconsciencia de sus personajes. De cierta manera, Larraín se equipara con Pelochonneau y se revela como un intruso que vino a jugar con un gran ícono del arte de su país, no por la cruda desesperación de querer apropiarse de las musas mezquinamente, sino por el impulso irrefrenable de su admiración. Para capturar siquiera una fracción de Pablo Neruda, se le debía tratar con agallas y con dinamismo impudoroso. Más allá de una imitación formal, el intruso nerudiano es una expresión del contagio poético en las voces de todos aquellos que buscan lo que nunca van a encontrar; en la caza, lo llevan consigo: «Yo lo tengo abrazado y abrazado me lo voy a llevar a la cárcel. Y lo voy a hacer dormir y lo voy a ver soñar. Y voy a terminar sentado en su pecho».

 

 

 

NOTAS

[1] Óscar Peluchonneau Bustamante fue director general de la Policía de Investigaciones de Chile durante la presidencia de Gabriel González Videla, en 1952. El nombre y el cargo son los dos únicos elementos que el personaje de Gael García Bernal conserva en Neruda. El resto fue completamente inventado para la película.

[2] En estos términos, Villoro describió la deontología del cronista –asimilable a la de un cineasta sincero–  en «La crónica, ornitorrinco de la prosa», que forma parte de Safari accidental. (2005). Ciudad de México: Editorial Joaquín Mortiz. También se puede leer en línea, en la sección cultural de La Nación (2006), a través del siguiente enlace: http://www.lanacion.com.ar/773985-la-cronica-ornitorrinco-de-la-prosa

[3] «It’s about the Nerudian. Neruda was a lover of food, a great cook, an expert on wine. He travelled the world collecting things. He was a lover of women, a communist, a politician, a senator, and the most amazing writer of our language. How do you depict such a man?». Larraín acerca de su película, en entrevista con José Teodoro para el número de noviembre/diciembre 2016 de Film Comment.

 

 

 

___________________

 

Rodrigo Garay Ysita es crítico de cine. Colabora en Mi cine, tu cine, de Canal Once, Corre Cámara y Zoom F.7.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *