Invitación a otra microhistoria

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La microhistoria italiana

La microhistoria suele entenderse como esa historia local, regionalista y reivindicadora, tan difundida por el mexicano Luis González y González. En este artículo, Carlos Aguirre Rojas nos lleva a una microhistoria que está en polo opuesto: la microhistoria italiana. En ella se recuperan las singularidades perdidas en el telón de fondo de la historia tradicional, recurriendo a un «cambio de escala», sin reducirse a la casuística, de lo que resulta una auténtica revolución epistemológica que reconstruye a cabalidad la compleja dialéctica entre lo micro y lo macro.

 

 

                                                                  No hay razones, excepto las de una tradición filosófica nunca revisada, para suponer que menos generalidad sea lo mismo que menos valor epistemológico o científico.

                                                                                              Norbert Elias, «El ocio en el  espacio del tiempo libre», 1986.

 

Carlos Antonio Aguirre Rojas

 

De la «microhistoria local» (mexicana) a la «microhistoria de escala» (italiana)

Mencionar hoy en México, dentro de la comunidad de historiadores, el término de «microhistoria», es suscitar de inmediato una posible confusión. Porque, desde los años setentas hasta hoy, y cada vez con más fuerza, el término de microhistoria se fue asociando progresivamente al proyecto y al modelo de historia defendido y explicitado por el historiador mexicano Luis González y González, modelo que encuentra su expresión y aplicación paradigmática en el hoy bien conocido libro de este autor titulado Pueblo en vilo[1] .

Y sin embargo, si al evocar el término de microhistoria, uno tiene en la mente a la importante y cada vez más difundida corriente historiográfica de la microhistoria italiana, está pensando en un proyecto intelectual que, de hecho, se sitúa realmente en las antípodas absolutas de esta «microhistoria» de Luis González y González.

Porque al acercarse con cuidado a las reflexiones y a la caracterización que el propio Luis González y González ha hecho de esta misma «microhistoria mexicana», resulta fácil descubrir que se trata, fundamentalmente, de un claro y explícito retorno hacia los horizontes y hacia el universo de la muy antigua y ampliamente difundida rama de la historia local. Un retorno que, por lo demás, no es concebido como una simple vuelta atrás, desde el nivel de la historia general y de los modelos más globales sobre la historia de México, hacia la tradicional historia local y regional, sino más bien como una reivindicación saludable de la necesidad de regresar a ese plano de la historia local y de ámbitos espaciales más restringidos, como salida al agotamiento y a la relativa falta de renovación de esas mismas historias generales.

Así, es el mismo Luis González y González el que, para definir su versión de lo que es la microhistoria, va a recurrir a la «historia anticuaria» de Nietzche, afirmando que esta última «… es la Cenicienta del cuento». Y luego, describiendo los rasgos y raíces de esta microhistoria, agrega «… fluye de manantial humilde; se origina en el corazón y en el instinto. Es la versión popular de la historia, obra de aficionados de tiempo parcial. La mueve una intención piadosa: salvar del olvido la parte del pasado que ya está fuera de uso. Busca mantener el árbol ligado a las raíces. Es la que nos cuenta el pretérito de nuestra vida diaria, del hombre común, de nuestra familia y de nuestro terruño». Para rematar con la frase: «su manifestación más espontánea es la historia pueblerina o microhistoria o historia parroquial o historia matria».[2]

Con lo cual resulta claro que esta microhistoria mexicana es, en esencia, una explícita llamada para regresar al cultivo y al desarrollo de la historia local. Una llamada que, en el contexto de profunda renovación historiográfica que vivió México después y bajo los benéficos efectos de la importante revolución cultural de 1968,[3] parecería haber sido muy bien escuchada, atendida y respondida por todo un cierto sector de los historiadores mexicanos de las últimas tres décadas.

Pero, si bien es claro que no es el llamado contenido en la obra de Pueblo en vilo ni en los trabajos de Invitación a la microhistoria y Nueva invitación a la microhistoria el que provoca el importante auge de la historia regional y local mexicanas posteriores a 1968, también es cierto que dicho auge va a corresponderse parcialmente y a sostener en parte la creciente y progresiva difusión de esa misma microhistoria proclamada y defendida por el historiador Luis González y González.[4]

Con lo cual es pertinente afirmar que la microhistoria italiana está en las antípodas de esta microhistoria mexicana, pues si esta última es en lo esencial solo una nueva versión de la antigua historia local – versión sofisticada y complejizada con algunas de las técnicas y de los métodos historiográficos desarrollados en los años cincuentas y sesentas por la historia demográfica, por la historia de la vida cotidiana, etcétera -, la microhistoria italiana, en cambio, es un complejo proyecto intelectual que solamente utiliza el nivel de lo local o de lo regional como simple y estricto «espacio de experimentación».

Es decir que la microhistoria italiana no es, en contra de lo que el término «micro» podría equivocadamente evocar, una historia de microespacios o de microregiones o de microlocalidades – es decir, una historia local o de espacios pequeños y reducidos – sino más bien una nueva manera de enfocar la historia que, entre sus procedimientos principales, reivindica el del «cambio de escalas» del nivel de observación y de estudio de los problemas históricos, y por lo tanto, utiliza el acceso a los niveles microhistóricos – es decir a escalas pequeñas o reducidas de observación, que pueden ser locales, pero también individuales o referidas a un fragmento, una parte o un elemento pequeño de una realidad cualquiera – como espacio de experimentación y de trabajo, como procedimiento metodológico para el enriquecimiento del análisis histórico. Giovanni Levi es muy explícito cuando afirma: «la microhistoria en cuanto práctica se basa en esencia en la reducción de la escala de observación, en un análisis microscópico y en un estudio intensivo del material documental», pero para aclarar de inmediato que «para la microhistoria, la reducción de escala es un procedimiento analítico aplicable en cualquier lugar, con independencia de las dimensiones del objeto analizado», agregando que «el auténtico problema reside en la decisión de reducir la escala de observación con fines experimentales».[5]

Y sin embargo, tanto la microhistoria mexicana como la microhistoria italiana han recuperado y luego popularizado, en el ámbito de sus respectivos ámbitos nacionales, y para el caso de la microhistoria italiana en el ámbito europeo y luego de todo el mundo occidental, el término de microhistoria, que por lo demás ellos no inventaron.[6] Y también, ambas microhistorias son hijas de los efectos culturales e historiográficos desatados por la Revolución Cultural de 1968, desplegando sus respectivas curvas de vida en el mismo lapso temporal de las últimas tres décadas, lo que sin duda explica que, en México, la evocación del término se preste a confusión.

Pero también subraya el hecho de que solo historiadores poco atentos o poco informados de los principales desarrollos recientes de la historiografía mundial, pueden llegar a confundir la microhistoria italiana con la microhistoria mexicana. Pues la diferencia clara y profunda que existe, de un lado, entre una versión más o menos sofisticada de la antigua y tradicional historia local e incluso regional, y del otro, al complejo recurso del procedimiento metodológico del «cambio de escala» y el acceso al nivel de lo micro como un lugar de experimentación historiográfica, es una diferencia que no puede escapar a la mirada cuidadosa de cualquier historiador actualizado respecto del estado general de los desarrollos y de las corrientes de la historiografía más contemporáneas.

 

Las raíces y el contexto de origen de la microhistoria italiana

No es posible entender la originalidad y la naturaleza específica del aporte que ha representado la corriente de la microhistoria italiana, si no la ubicamos dentro del contexto general producido por la enorme revolución cultural planetaria de 1968, cuyos impactos se han hecho sentir en la historiografía, como también en toda la cultura del mundo occidental de las últimas tres décadas.[7]

Porque, a treinta años de distancia, resulta claro que 1968 representó también, entre tantas otras cosas, la crisis de los modelos generales y abstractos que, habiéndose desplegado exitosamente dentro de las ciencias sociales europeas durante los años cincuentas y sesentas como esquema de aproximación a los problemas y a las temáticas abordadas por los científicos sociales, fueron vaciándose de contenido y perdiendo cada vez más tanto su capacidad explicativa como su fundamento nutricio originario, derivado de la rica y múltiple investigación empírica de los casos, las situaciones y las realidades sociales e históricas particulares.

Una crisis de estos modelos generales, tanto funcionalistas como estructuralistas e incluso «marxistas» – de un marxismo que, por lo demás, era un marxismo simplificado, manualesco y muy lejano del verdadero espíritu de Marx-,[8] que se acompasa y empalma espontáneamente con el proceso evidente de «irrupción de la diversidad» que también representaron en todo el mundo los movimientos de 1968.

1968 rompió con casi todas las centralidades que parecían inconmovibles en los años anteriores, liberando y haciendo aparecer en la escena social a una diversidad de actores, demandas, realidades y procesos hasta ese momento marginados u ocultos. Y entonces, es a partir del final de los años sesentas que surgen y se afianzan los nuevos movimientos sociales, con demandas que no son ya únicamente económicas o políticas, sino también ecológicas, pacifistas, feministas, antirracistas, o de defensa de la identidad y de los derechos de las más distintas minorías, grupos o actores sociales. Irrumpen demandas y frentes de lucha culturales o sociales, la reivindicación de la igualdad y visibilidad de las mujeres, el cuestionamiento de la lógica productivista-destructiva del medio ambiente y de los ecosistemas, la defensa del derecho a la diferencia, búsqueda de modelos pedagógicos alternativos o reivindicación de los múltiples caminos y esquemas civilizatorios tomados por los grupos humanos, que desmontan y cuestionan radicalmente a las viejas centralidades y hegemonías de lo económico-político, de la clase obrera como único sujeto revolucionario, de la lógica y el monopolio machista y patriarcal, de la discriminación racista y étnica, o de un tipo de familia, de educación o de civilización considerado como superior respecto a los restantes.

Una florida irrupción de lo diverso y una concomitante crisis de los centros y las hegemonías establecidas, que necesariamente se proyecta también sobre esos modelos generales y abstractos – construidos sobre la atención privilegiada en torno de esos actores, demandas, tendencias o realidades consideradas centrales o fundamentales y por lo tanto excluyentes de esa diversidad y multiplicidad sólo reconocible en el ámbito de lo particular – como cuestionamiento de sus límites explicativos y como recordatorio urgente y necesario de que dichos modelos son sólo abstracciones construidas de esa misma rica y multiforme realidad particular.

Esta crisis de los modelos generales en ciencias sociales tuvo una primera falsa salida en el desarrollo de las múltiples posturas posmodernas desplegadas también después de 1968. Una falsa y cómoda salida que consistía simplemente en negar la validez, e incluso la posibilidad misma, de construir modelos generales, a los que calificó de simples metarrelatos, frente a los cuales lo que se defiende es un relativismo total de las posiciones y del conocimiento historiográfico – en esta óptica reducido a simples relatos con pretensiones de verdad -; un relativismo que renuncia explícitamente al carácter científico del conocimiento histórico y reduce el resultado del trabajo del historiador a su sola y específica dimensión narrativa. Falsa alternativa posmoderna que, no casualmente, será duramente criticada y desmontada en sus principales supuestos e implicaciones metodológicas por los más importantes representantes de la microhistoria italiana.[9]

Frente a esta primera respuesta posmoderna, que era un verdadero callejón sin salida para los historiadores confrontados a esta crisis de los modelos generales, la microhistoria italiana va a ensayar otro camino, completamente diferente, que consiste en propugnar el retorno a lo micro y la vuelta a la historia viva y vivida por los hombres mediante el cambio de escala, pero sin renunciar en ningún momento a la necesidad e incluso al papel fundamental del plano de lo general. Por eso, Ginzburg va a definir la búsqueda de la corriente italiana como un proyecto cuyo objetivo es la construcción de «un paradigma general capaz de explicar los casos individuales y cualitativos, sin reducirse a la casuística»,[10] es decir, restituir nuevamente el papel esencial de lo particular, de las realidades diversas cuyo intento de explicación concreta genera justamente la construcción de esos modelos generales, pero sin abandonar o rechazar la imprescindibilidad y la relevancia de esa dimensión de lo general.

Poniendo así en el centro de su propuesta historiográfica general una novedosa recuperación de la compleja dialéctica entre las escalas macrohistóricas y microhistóricas de la realidad social, los microhistoriadores italianos van también a consolidar y afirmar de manera definitiva el tránsito de la historiografía italiana hasta su condición de verdadera y estricta historia social. Al preguntarnos sobre las razones que explican el nacimiento y desarrollo de la propuesta microhistórica en Italia, y no en alguna otra parte del mundo, nos acercamos también a ese contexto historiográfico particular que ha sido el espacio de origen de la corriente historiográfica que ahora analizamos.

Entonces, resulta claro que la microhistoria italiana se inscribe en un proceso más vasto que la rebasa y subsume, que la sobredetermina e impacta igualmente, y que es el ya mencionado despliegue de la historiografía de la península italiana como renovada y estricta historia social. Un proceso que todas las historiografías del siglo veinte han tenido que cumplir, más tarde o más temprano, y que en Italia se retarda claramente por la irrupción del fascismo y por el posicionamiento italiano dentro de la Segunda Guerra Mundial. Pero como es bien sabido, en Italia el fascismo será vencido por una profunda y organizada resistencia popular, lo que determinará el hecho de que, al salir de la Segunda Guerra Mundial, la tarea inmediata a cumplir por los historiadores será la de ese tránsito masivo y generalizado desde los espacios de la historiografía jurídica, política, y de la filosofía de la historia, hasta los nuevos territorios de la historia económica, social y cultural.[11] Un tránsito que no sólo explica la excepcional difusión y aceptación, en la Italia de los años cincuentas y sesentas, del conjunto de trabajos y aportes producidos entonces por la corriente de los Annales,[12] sino también el hecho de que la microhistoria italiana se ha formado y afianzado en un clima altamente receptivo al tipo de historia económica, demográfica, social y cultural que va a desarrollar. Tránsito que también explica que algún autor haya caracterizado a esa microhistoria italiana como el simple «camino italiano» hacia esa misma historia social.

Pero la microhistoria italiana, siendo sin duda parte de la nueva historia social de la península, y alimentándose de la misma, va mucho más allá de ella, al conformarse como una propuesta metodológica original y como una nueva vía de análisis histórico que no casualmente ha desbordado los límites de la península itálica para difundirse con fuerza en Europa y en el resto del mundo occidental durante los últimos cuatro lustros.

Así, resulta difícil entender la originalidad y novedad de la propuesta microhistórica si no consideramos ciertos datos característicos y singulares del contexto italiano de los años cincuentas y sesentas, y que aluden, en un caso, a dos situaciones coyunturales de esa Italia de la segunda postguerra, y en el otro, a realidades de larga duración de la historia italiana, que en esa misma coyuntura de postguerra se han manifestado también como elementos importantes y definitorios de esa misma microhistoria.

En primer lugar, la riqueza y la complejidad de la visión microhistórica no se puede entender sin considerar la situación coyuntural de extremo cosmopolitismo cultural que Italia vivía entre 1945 y 1968, aproximadamente, pues como fruto de la relativa declinación que la historiografía italiana ha vivido luego del brillo de los trabajos de Benedetto Croce y de Antonio Gramsci, entre otros, los historiadores de la península se han dedicado a asimilar todo y a aclimatar todo dentro de su paisaje historiográfico, recuperando lo mismo a la corriente de los Annales que a los autores de la escuela de Frankfurt, los resultados de la historiografía socialista británica y la antropología anglosajona, lo mismo que a sus propias tradiciones italianas y a las más diversas corrientes y autores de la historia del arte, de la crítica literaria o de la antropología de los diferentes países de Europa. Una apertura cosmopolita acendrada hacia los últimos desarrollos del pensamiento crítico en las ciencias sociales contemporáneas, sin cuya asimilación y síntesis sería también imposible entender esta corriente de la microhistoria italiana.[13] Es fundamento evidente de sus complejas visiones acerca de la dialéctica macro/micro, de la definición misma de lo microhistórico y de lo macrohistórico, de su construcción progresiva de la noción de cultura y de un nuevo modelo de historia cultural, la variedad y enorme multiplicidad de fuentes o raíces intelectuales en que se apoya la propuesta microhistórica, lo mismo que de su renovación profunda de la historia económica, demográfica y social en las que ha incursionado. Esta complejidad de sus visiones y propuestas teóricas, metodológicas e historiográficas ha llevado a un historiador francés a decir que el lema de esa microhistoria italiana es «¿por qué hacer las cosas simples si se pueden hacer de una manera compleja?»[14].

En segundo lugar, es claro q

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