Wednesday, 30th July 2014

Una vindicación de la lectura. Entrevista con Alberto Manguel

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuadrivio proteico

© Luis Barrón

Las relaciones entre el libro, la lectura y las tecnologías digitales constituyen un universo que cambia constantemente y que aún no ha sido lo suficientemente explorado. En esta entrevista con José Luis Enciso, Alberto Manguel reflexiona sobre el devenir del libro y la lectura, al tiempo que vindica al lector una época donde millones de personas rinden culto desmedido a los gadgets, la rapidez y la facilidad.

 


José Luis Enciso

Alberto Manguel es un escritor que ha dedicado su obra a explorar la relación entre el libro y los lectores en todas las épocas. Nació en Buenos Aires hace 63 años y hoy es un reconocido autor canadiense –así le gusta que lo presenten cuando se trata de hallarle alguna nacionalidad– con casi una veintena de antologías publicadas, cinco novelas y más de quince libros que comprenden crítica de arte, apuntes, biografías y ensayos. Su labor ha sido reconocida con varios premios, entre ellos el Medicis en 1998. Seis años después el gobierno francés lo nombró Oficial de la Orden de las Artes y la Letras.

Hace algún tiempo estuvo en México, invitado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, para dictar una ponencia en el Simposio Internacional del Libro Electrónico. Durante su estancia en esa ciudad visitó el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica (FCE). En ese lugar, entre los pasillos de la Librería Rosario Castellanos, además de revisar compulsivamente la estantería mientras esperaba atender sus citas con medios de comunicación, conversó con lectores, prodigó referencias bibliográficas, firmó ejemplares de sus publicaciones, recomendó obras de China Mieville –El rey rata, especialmente–, compró libros de Chesterton, que junto con Borges y San Agustín es su autor favorito, y pidió que le recomendaran compilaciones de poesía mexicana contemporánea pues, considera, «las antologías son el mejor modo de conocer, a través de un mismo tema, a muchos autores»; en este sentido, sostiene, todo lector es un antólogo y cada biblioteca personal un autorretrato.

En el Centro Cultural Bella Época presentó, también, la reciente edición mexicana de su ya bien conocido Una historia de la lectura, ahora editado por Almadía. Se trata de un recorrido personal por la práctica de leer, escrito hace más de 20 años y publicado originalmente hace más de 15. Aun cuando puede ser entendido como una cronología del mundo de la lectura a través de los siglos, es la historia de un lector que revisa sus asombros relacionados con la palabra escrita, desde los griegos hasta el presente. Esta exploración, motivada en su forma de experiencia personal por el ensayista Stan Persky, ha sido publicada en más de 30 ediciones en distintas lenguas; su novedad ha cedido ante el mote de «clásico contemporáneo».

© Luis Barrón

La vigencia de esta obra, considera Manguel, se funda en que desde los primeros lectores «el impulso de leer no ha cambiado. Lo que se ha modificado es lo mismo que se ha transformado en nuestras sociedades: en el siglo XVIII o en el XIX, aunque obviamente había poca gente que tenía acceso a la cultura y a la lectura, simbólicamente el libro tenía un valor central. Hoy, lo que llamamos el “núcleo de la sociedad” no es la biblioteca sino el banco; la institución financiera rige los valores. En ese contexto, el ejercicio de la lectura ya no tiene el prestigio que poseía. Hoy forma parte de la categoría de entretenimiento, de lo superficial, y los lectores necesitan defender su derecho de ser lectores a pesar de todo lo que la sociedad propone, porque la sociedad propone como valor lo rápido, lo fácil».

En los años recientes, «todo ello se ha acelerado porque la nueva tecnología, la electrónica, es impulsada no por razones intelectuales sino económicas que necesitan un nuevo producto todas las semanas para vender: si usted tiene un producto perfecto que no necesita modificación, y que compra una sola vez, acabará con la industria, entonces deben existir modificaciones que hagan sentir a la gente que si no tiene el último gadget no está a la moda; debe existir la ilusión de progreso y con estos elementos se crea una industria que no permite al lector desarrollar o afincar un uso razonado del instrumento».

*

En esta dinámica, el fetichismo por los gadgets pareciera suplir al viejo fetichismo por los libros, ¿es así?

Sí. Cuando salió el Kindle la gente hacía fila desde la noche anterior para comprarlo, como antes lo hacían para adquirir la nueva novela de Charles Dickens o, seamos justos, también lo hacen ahora para conseguir el último libro de Harry Potter. El fetichismo que el lector tiene con el objeto libro ha sido trasladado al gadget electrónico, la diferencia está en que el objeto libro uno sabía cuál era el texto que codiciaba bajo esa forma, mientras que con el gadget uno tiene una especie de contenedor vacío que puede llenarse con cualquier cosa.

Aun con ello, un fetichista del libro echará de menos el olor, la textura, el boleto de autobús olvidado en alguna página, la firma del autor sobre el papel…

Estas nostalgias de gestos que tememos se pierdan van a ser recuperadas por la nueva tecnología, eso sucede siempre. Margaret Atwood inventó una lapicera electrónica que le permite firmar libros a distancia; eso hace que no necesite venir, por ejemplo, a la ciudad de México para firmar ejemplares de su libro; usted tiene aquí un aparato y ella en Toronto firma; esa firma es reproducida por la máquina que tiene usted aquí, de manera que los fetichismos serán preservados.

El «ordenador» como metáfora

© Luis Barrón

Este hombre que fungió para Borges como sus ojos en muchas lecturas, amigo del Cortázar más parisino, cómplice de Martha Lynch en sus amoríos con Graham Greene, es, ante todo, un lector inquieto, ecléctico, enamorado de los libros. Para él, la informatización no es ajena –incluso tiene una página web personal que él no administra (www.alberto.manguel.com)– y su visión en este tema es crítica. Resulta revelador de ello que mientras tuvo que esperar una llamada por más de 20 minutos en una oficinita del Bella Época haya permanecido sentado frente a una computadora ignorando el artefacto como si se tratase de cualquier objeto inútil. Prefirió husmear entre revistas y gacetas. De pronto, al ver los banners publicitarios en una página de internet, cuestionó: «¿Cómo es posible que la gente lo tolere? Me parece inaceptable que se someta a la imposición. En el caso del libro, eso es impensable; acaso a principios del siglo XX se intentó poner algún anuncio en las solapas de algunas publicaciones, pero nada comparado con esto». Esta molestia ante la intrusión de la publicidad la ha manifestado, también, frente a la propuesta de Google a las grandes bibliotecas estadounidenses –como lo cuenta en Conversaciones con un amigo, libro editado en 2011 por Páginas de espuma y Colofón– de «colgar» gratuitamente todas sus obras en la red. «Esperen un segundo, no soy imbécil. ¡Gratuitamente! ¿Qué quiere decir toda esa publicidad que está ahí, alrededor?»

Manguel recuerda con Sócrates, en las páginas de Una historia de la lectura, que el dios Tot de Egipto, inventor de los dados, la geometría, los números, así como de la escritura, visitó a un rey egipcio y le ofreció esas invenciones con el propósito de que fueran entregadas al pueblo. El soberano aceptó todas excepto una: la palabra escrita. Si los humanos la aceptan, respondió, ésta sembrará el olvido en sus almas, dejarán de confiar en su memoria porque lo harán más en lo que está escrito. De igual forma, hoy Google y la Wikipedia son canales de información que siempre están disponibles con el fin de hacernos «recordar» datos y con facilidad podemos consultarlos, desde cualquier ubicación. ¿Será que es una especie de escritura potenciada que contribuirá a sembrar el olvido en el alma humana?

En aquel caso –responde– el problema era que en lugar de recordar dejaríamos que los libros lo hicieran por nosotros, de la misma manera que ahora dejamos a la memoria del ordenador recordar por nosotros, por eso cuando alguien la pierde está al borde del suicidio, pues todo está allí: desde el nombre de su mujer hasta sus teléfonos y su propia identidad. No es gratuito que cuando en Israel se creó la primera computadora, Gerson Scholem sugirió que se llamase Golem I.

En este momento uno de los graves problemas que cuentan los bibliotecarios y los profesores universitarios es que los alumnos que estudian a través de Google toman pedazos de texto que luego pegan juntos y construyen con eso un documento que firman; lo grave es que ese texto no ha sido leído ni meditado, entonces no es un texto de conocimiento. Es importante insistir en que, y es una observación de Séneca desde el primer siglo, la acumulación de conocimiento no es conocimiento y si bien es cierto que Google permite a través de la acumulación de casi todo acceso a esa información hay que saber lo que uno quiere y cómo acceder a ello; asimismo, una vez que uno accede deberíamos saber qué valor tiene la fuente y leer el texto, memorizarlo, comentarlo; la acción de leer no se detiene en el momento de encontrar la información, si no, cualquier persona que entrase en una librería o en una biblioteca sería la persona más leída del mundo sólo por ver los libros.

*

Ante este panorama, ¿en estos días todavía es posible desarrollar una labor similar a la de los antiguos humanistas?

No sé, porque supongo que la actitud humanista que se desarrolla en el Renacimiento, que es la de convertir cada texto en texto propio y tener el derecho a comentarlo, también es válida para el lector de hoy, para el verdadero lector. En ese sentido no sé si hay algo más, supongo que ahora en la lectura profunda hay también un elemento de resistencia y de subversión, de resistencia a la imbecilidad ambiente y de subversión de las medidas económicas que las grandes maquinarias comerciales nos imponen.

Una lectura de México

© Luis Barrón

Manguel ha estado en muchos países. Su historia de viajes resulta amplia desde su nacimiento: su padre, peronista argentino, fue nombrado el primer embajador acreditado en Israel, lo cual llevó a este escritor hasta aquellas tierras apenas recién nacido. Dijo sus primeras palabras en inglés y en alemán, cuando sus padres solamente hablaban español. La comunicación oral con ellos vino hasta que aquel niño cumplió diez años; la nana, judía y proscrita, le había enseñado a nombrar las cosas del mundo. Creció y viajó por Europa. En su etapa juvenil de cabello largo se dedicó a vender cinturones de cuero y tuvo su hora de gloria cuando Mick Jagger le compró una de aquellas baratijas hippies en una calle de Londres. Después viajó a Francia y se estableció en Canadá, donde impulsó su labor profesional. Ahí, en ese país con un índice de lectura situado entre los primeros a nivel mundial, aprendió «el ser canadiense».

*

A propósito de la lectura en un país como México: la Secretaría de Educación Pública aconseja leer 20 minutos diarios en familia con el fin de promover la lectura entre los chicos, ¿qué opina del método?

¿Por qué no? 20, 30, diez minutos, todo eso puede ayudar. Yo no creo que la lectura pueda enseñarse sino con el ejemplo, puede haber programas eficaces cuando se responsabiliza a la gente del aprendizaje de la lectura por ella misma. En México hay un programa sensacional: las salas de lectura. Son excepcionales. Esto debiera ser la identidad que esta nación presente al mundo, olvídense de todo el resto; digan: «Nosotros hemos creado salas de lectura». No ocurre ni en Francia ni en Alemania ni, sobre todo, en Inglaterra ni en Estados Unidos; ustedes han hecho algo único.

¿Será que acá es más necesario un programa así debido a los bajos índices de lectura con respecto a los países que menciona donde, se supone, hay un mayor ejercicio de esta práctica?

Sí, puede ser, porque la gente se engaña diciendo: «Yo vivo en Inglaterra, de manera que soy lector». Por supuesto. Pero también está el hecho de que países en los cuales la vida es más difícil hay más respeto por la creación imaginativa y artística. Mi experiencia en Turquía, en Yemen, en Colombia, me ha hecho comprobar que la literatura en esos lugares no es un agregado a la vida sino que forma parte de quien uno es, resulta absolutamente esencial. Uno se encuentra almorzando con gente en Bogotá y, de pronto, el otro empieza a recitar poemas; y uno está preguntándole cualquier cosa a alguien en una estación de autobús en Beirut y esa persona empieza a contarle alguna epopeya medieval; la literatura allí ayuda a mantenerse vivos. Quizás esto sea cierto también en México, pero eso no basta, se requiere también el impulso de la gente que tiene la autoridad para crear estos programas y, sobre todo, mantenerlos; se necesita discreción e inteligencia para no imponer un programa sino plantear: «Ustedes hagan lo que quieran, creen ustedes su propia sala de lectura, nosotros ayudaremos en lo que ustedes necesiten, pero es de ustedes».

En Colombia funciona así. Por ejemplo: en una biblioteca de la cual están a cargo las personas del barrio, ellas tienen que cuidar el jardín, la calle; hay un orgullo por lo que es propio de la comunidad y ello no se ve como algo que ha sido impuesto por un gobierno similar a un severo maestro que está diciéndonos que nos lavemos las manos y que nos limpiemos la nariz.

Este México de las salas de lectura es el mismo identificado con la violencia, un tema común en casi todos los relatos de Sol jaguar. Antología de cuentos sobre México (FCE), compilación hecha por Manguel y editada en 2010. La integra una docena de «lecturas» de México hechas por, entre otros: Jorge Luis Borges, Margaret Atwood, Ray Bradbury, Italo Calvino, Henry Graham Greene y Julio Cortázar. Son visiones de un país que, de acuerdo con el antólogo, «no es evidente»:

Yo quería hacer una serie de antologías de cuentos referidos a un país determinado, pero vistos desde afuera, es decir no cuentos mexicanos sobre México sino cuentos extranjeros sobre este país y de la misma manera relatos extranjeros sobre Francia, pero, finalmente, fue la única de las antologías que hice, había coleccionado ya varias de estas visiones extranjeras de México.

Hay, en estas páginas, como lo indica Manguel en el prólogo, la visión de los extranjeros que llegan al país en busca de «todo aquello que han oído hablar –las grandes culturas precolombinas, la violencia cotidiana, el sol, los frutos de la Iglesia y de la Revolución, los bigotes y el sombrero, los secretos del barroco, las complejidades de la cocina local– y no lo encuentran, o encuentran simulacros puestos para satisfacer la curiosidad de los visitantes». De ahí que la visión del fuereño suela ser ilusoria cuando intenta ser realista, «muchas veces brutal y hasta soberbia».

Me hubiese gustado que fuese una antología más completa —afirma—. Yo quería encontrar un relato japonés sobre México que me habían dicho que Haruki Murakami escribió, pero no pude hallarlo. Me hubiese gustado conseguir algo un poco más exótico, aun así se da «otra» visión de México para los mexicanos que quizá puedan sorprenderse al ver cómo su país es concebido desde afuera.

De este país «si no acogedor, al menos indulgente», y de la librería, Manguel se despidió con una veintena de nuevos títulos para su biblioteca, con especial interés en autores locales: Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Lemus, Alí Chumacero, Guadalupe Nettel, Sandra Lorenzano y Jorge Esquinca. Material de lectura que pidió le fuera enviado a Mondion, Francia.

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José Luis Enciso (Ciudad de México, 1976) es autor de Los condenaditos (Pre-Textos, 2005), relato ganador del XIX Premio Internacional de Cuentos Max Aub, otorgado en Valencia. En 2009 obtuvo el primer premio del VI Certamen de Narrativa Breve Canal Literatura, en Murcia. Ha sido incluido en la antología Códices en el asfalto, compilada por Edgar Omar Avilés, a publicarse el próximo año. Actualmente coordina actividades culturales en el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica en México, DF.

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