Wednesday, 30th July 2014

Un viaje en tren con David Miklos. Segunda parte

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuadrivio proteico

 

Estación: Eternidad

 

Los ciruelos, el café molido, las postales literarias de dos naciones australes y el apunte minucioso acerca de la importancia de una buena portada, entre otras cosas, esbozan paso a paso, día a día, el retrato de un escritor que ha afincado su arte en el amor paterno y en las múltiples tradiciones históricas que confluyen en sus apellidos. A continuación ofrecemos la segunda y última entrega de la charla de David Miklos con Diego Armando Arellano, el arribo a la estación final de la travesía por la vida de un hombre de espíritu transparente.  

 

 

Diego Armando Arellano

 

 

Día 20, 6:12 PM

Hoy es un gran día para continuar la charla. Anna amaneció de muy buen humor. Imita a un perico que conocimos ayer y que se llama Pancho. Es su nuevo juego. Además del agua. Siempre el agua. Es una niña de agua. Y el agua siempre me remite a la música. Respondo a tus preguntas en el estricto orden en que las planteas. Ahora escucho varias cosas: a un grupo llamado Metronomy. A Autechre. Y a un par de gringos llamados The Civil Wars (me encanta la «Americana», esa música que revive las raíces profundas del país vecino). También escucho a los Wild Beasts. Y ahora, vamos al pasado. De niño escuchaba a AC/DC, Iron Maiden, Motorhead, Cheap Trick y, por encima de todas las cosas, a Kiss. Hasta que me entró no sé qué dictado del súper yo y tiré mis discos de los maquillados por la ventana. Me inicié, a la vez, en el rock progresivo (Yes, Genesis, King Crimson) y en el new wave (Human League, Alphaville). Pero pronto encontré mi derrotero musical (en el rubro del rock): Bruce Springsteen. Sigo escuchando a The Boss. Lo mismo que a Led Zeppelin. Y cambiando drásticamente de géneros, lo mío es la música para piano solo (Chopin, Bach –las adaptaciones que se han hecho de su obra, además de las piezas para clavecín y órgano trasladadas al piano–, Janacek, Beethoven, Schubert, Satie) y el jazz de John Coltrane, que me parece uno de los creadores más iluminados que han pisado el orbe, y de Keith Jarret. Hay mucha más música en mis oídos. Bob Dylan, a Jefferson Airplane, a The Doors (juraba que mi padre biológico era Jim Morrison) o a Jimi Hendrix… ¡A los Rolling Stones!

 

Día 21, 8:24 PM

No creo en las casualidades, creo en algo más profundo, pero ni sé lo que estoy diciendo. Me gustaba todo el asunto de la sincronicidad junguiana, pero eso luego es demasiado new age. Creo en los pulsos, las pulsiones de la vida natural, que nosotros luego racionalizamos y dotamos de carácter mágico. En mi familia, hasta donde sé, no hay locos. Historia de horror, una: mi madre, recién nacida, y mi abuela, ocultas en un granero, perseguidas por los nazis. Más adelante, mi madre en un orfanato (es su horror, que me lo transmitió). Y luego, mi abuela, Anna, muerta de cáncer cuando mi madre era aún muy joven. Esa historia de guerra y abandono y enfermedad es, sin lugar a dudas, el sino de mi escritura. No todo se transmite genéticamente. Pero me repito, creo que ya hablé de esto cuando mencioné La hermana falsa y su gestión. Un escritor tiende a la repetición. Y eso, creo, es bueno. En casa de mis padres había un ciruelo. Me encantaba verlo florecer. Sus frutos se los comían los pájaros. Eran demasiado amargos (la cáscara de la ciruela es un reto) para mi gusto. El árbol murió. Muchos años después, me mudé a una casa en las afueras de la ciudad. Una pequeña casa en un gran terreno, una vieja huerta. Y allí, al otro lado de la ventana de mi cuarto, había un ciruelo idéntico al de mi infancia. Allí comencé a escribir lo que sería La piel muerta. Y me leí la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Murakami. Es una época que recuerdo con ternura. Había renunciado a mis trabajos. Me preparaba para irme un buen tiempo de México, aunque yo no lo sabía. Desayunaba Ovaltine, una bebida de malta y chocolate que, en ese entonces, se encontraba en el súper. Jugaba con mi gata Eudora. Y miraba las horas y el día pasar. Fue una época triste y feliz a la vez. Una época de abandono. No sé por qué te cuento todo esto. Las casualidades, los ciruelos, el pulso de la historia natural de nuestras existencias. Eso.

Día 22, 9:54 PM

Soy un neurótico. Pero tal vez esto sea otro lugar común, ya que sin neurosis no hay escritura. Uno no aprende: uno sigue escribiendo. Sigue intentándolo. ¿Cómo decía Beckett? Lo parafraseo, mal: fallar y fallar mejor cada vez. A ratos soy un ser muy paciente, si bien a veces mi intolerancia es del tamaño de un rinoceronte. Impulsivo para mal, de pronto. Ya sabes: te adelantas en un acto y la cagas (no hay otra manera de decirlo: lo llenas todo de mierda, lo riegas de heces fecales vueltas líquido y lanzadas a un ventilador de techo. Eso). Pero algo he aprendido. Y mi lado feo no es tan feo como lo era antes. Será la edad. Aun así, como ansias de pronto. Me acabo la propia tripa. No hablo cuando es pertinente hablar. Y, cuando finalmente hablo, estallo como volcán. Pero quiero a mi prójimo y no lo hago a los demás lo que no quiero que me hagan a mí mismo. No sé qué más decir. Así que me repito, porque no aprendo: soy un neurótico. El peor de los neuróticos. Ya me puse de malas.

 

Día 23, 11:01 AM

Hay narradores solventes que no son artistas sino orfebres de la prosa (y a ratos de los argumentos: hay novelas de ideas, pues). Pensemos, por decir algo, en el magnífico Stephen King, un escritor hecho y derecho y probado y multimillonario. Vaya, hasta un libro sobre la escritura publicó. Y es un gran libro. Luego tenemos a autores que también consiguen vender, mucho, pero que consiguen destilar una voz que nos dice algo más en su prosa. Pienso en John Connolly. O en la semidiosa que es Patricia Highsmith. O, más recientemente, en David Peace. Y luego está la fauna literaria que hace arte. El primero que me viene a la cabeza es John Banville (que ahora tiene un álter ego o nom de plume que hace novela negra: Benjamin Black). Banville es mi idea de arte literario. Un escritor que ha domeñado una voz. Partió de Beckett y acabó en Banville. No conozco mayor artista de las letras que él, hoy. Una novela como Eclipse podría colgarse de los muros de un museo, por decir algo. Banville nos da esperanza: no todo está perdido.

 

Día 24, 8:21 PM

Creo que toda palabra puede encontrar su lugar en la escritura, para eso están allí. No hay mayor arte que transformar un lugar común en algo novedoso. Por algo, también, son lugares comunes. En realidad, nunca pienso, no a la hora de escribir, en las palabras que le dan sustancia a mi prosa. Algo distinto ocurre a la hora de la lectura y de la corrección y de la re-escritura del texto: comienza el podado o la tala o la quema del bosque recién alzado. Eso sí: uno escribe de manera consciente en coqueteo con el inconsciente, así que a ratos uno pergeña párrafos o parrafadas perfectas (o eso piensa uno) y no hay más que mover allí, todo está en su justo sitio. Ahora bien, los temas: me parecen irrelevantes. Creo en una escritura que rebasa al tema. Creo, pues, en las voces. Y pienso en The Waves, de Virginia Woolf, o en las maravillosas novelas de Raymond Chandler. La escritura temática y la narrativa de ideas (salvo en ocasiones escasas) me  parece una mamarrachada. Fleur Jaeggy es clara en todos los cuentos de El temor del cielo. Todo está en el título. Y en las líneas que citas. No hay más. Pocos autores consiguen lo que ella. ¿Has leído a Peter Stamm? Allí tienes a otro suizo que es un real maestro. Los temas están todos dados: basta con asomarse a la Biblia, a la Ilíada, a la Odisea, a la Comedia… vaya: a todo Shakespeare, en donde se vacía lo anterior. Si uno se deja inspirar (en el amplio sentido de la palabra) por los clásicos, va de gane. Otra novela fenomenal: el Aquiles de Elizabeth Cook. ¿Su tema? La ira de Aquiles. Sobadísimo. Y, a la vez, notable.

 

Día 25, 9:52 PM

¿Dices soledad? Nunca me he sentido tan solo como cuando viví en Londres. Una soledad concentrada. Una reducción de soledad. El desplazamiento, la vida en una ciudad extraña, extranjera, la ausencia de una pareja y, en el recuerdo, algo no resuelto con otra. No recuerdo peor invierno que mi primer invierno inglés. Como para saltar por la ventana. Pero yo vivía en un primer piso. Luego, pasada la crisis, llegada de nuevo la primavera, uno entiende lo básico, el lugar común, el cliché: uno nace solo y muere solo y, en el ínter, está solo. O como dice una buena canción de mis tocayos David & David: «Being alone together». Hay algo inaccesible en uno, ante lo que uno es impenetrable. Sino o quintaesencia, llámalo como quieras. Algo, tal cual, aislado. En perenne cuarentena. La soledad que nos habita y que es la eterna pasajera y compañera de nuestros días, todos y cada uno de ellos. Pero no quiero sonar dramático. Ahora vivo en pareja, tengo una familia, soy padre de Anna: mi soledad parece aplacada. ¿Has leído a Lovecraft? Allí está, la soledad, agazapada en uno como Cthulhu, a la espera de salir a la luz y acabar con todo.

 

Día 26, 8:11 AM

¿Por dónde comenzar, Diego Armando? Me gusta cocinar, comer y, después de comer, hablar de comida. Y, claro, antes de cocinar ir a conseguir los ingredientes de tal o cual platillo. Aprendí a cocinar con la idea de superar las amplias habilidades culinarias de mi madre, quien le aprendió varios trucos húngaros a mi abuela (su suegra). Cuando aún vivía en mi hogar infantil y traspuesta la adolescencia, preparaba platillos que luego degustábamos mamá y yo. Le gustaba lo que yo hacía. Y me transformé en chef amateur. De niño, debo decirlo, comía pésimo: una caja diaria de Rice Krispies con leche y sin azúcar. Pero eso cambió. Aquí en la casa nos encanta preparar platillos nuevos. Somos fanáticos de «The Minimalist», que es de lo poco bueno que le queda al New York Times (qué feo, un diario tan bueno con un accionista como Slim). No tememos probar nada. Ni intentar domeñar recetas que aparecen como imposibles de consumar.

La comida mexicana, sí, es la gran cosa. Junto con la comida india. Y la japonesa. Y la italiana. Y, claro, la francesa y la húngara y la alsaciana. Pero no dudo que esa carne en su jugo que prepara tu madre sea superior a cualquier platillo de restaurante de guía Michelin. Durante un tiempo me dio por encontrar el agua de horchata perfecta. Sobra decir que muero por probar esa horchata rosada de la que me hablas. ¿De dónde el color? ¿Piñón? Hablando de bebidas, ¿has probado el texcalate? Una delicia.

Pasando al rubro de las bebidas que ponen, soy cervecero. Y poco a poco me he introducido al mundo del mezcal. Me gusta, mucho, el vino, también. Tinto, sobre todo. Hay varios vinos mexicanos impecables. Pero nada vencerá al mejor de los Châteauneuf-du-Pape (ni a los vinos franceses o húngaros, de nuevo). Destilados: prefiero esa aberración que es el bourbon sobre el más fino whisky de una sola malta. Y mi perdición es el sake. Acompañado de un buen sushi. Frutas: la granada china, que en México se da muy bien, y las naranjas veracruzanas, las clementinas chilenas. Verduras: el jitomate, que es una falsa verdura. Los berros. Los rábanos con mantequilla y sal. Y se me está yendo el nombre de una planta deliciosa con la que se hacen tortitas (o bien se rebosa luego de rellenarla de queso; se baña en caldillo de jitomate). Amo el café. Todos los días muelo mi café y lo preparo. Qué decir del chocolate.

 

Día 27, 12:09 PM

Gatos, dices; y aciertas. Tenemos cuatro gatos en casa: Joe, Billie, Ella y Nina. Joe vivía conmigo antes de que me mudara a vivir con MP. Billie se apareció un buen día en el jardín de casa de mis padres y la adoptamos. Al día siguiente, caí en la cuenta de que estaba embarazada. Coincidió con el embarazo de MP. Claro que Janis, Ella y Nina nacieron mucho antes que Anna (y Janis tuvo el mismo final trágico que mi anterior gato, Frankie: cayó de un sexto piso, que no es una broma editorial).

Antes de Joe y antes de Londres tuve otro par de gatos: el Güero y Eudora. Y mucho antes de eso, cuando era niño, mi papá trajo a Sófocles a la casa (yo lo bauticé así) y, atraído por ese gato, llegó Manchado a vivir con nosotros. En mi prehistoria gatuna hay una gata sin nombre que no vivía propiamente en la casa sino en el jardín: allí dio a luz. Hay fotos en blanco y negro de ella y sus crías. Es curioso, pero sólo he comprado un gato (todos los demás son adoptados). Eudora vivía en la jaula de un perico, en una tienda de mascotas en Polanco. La jaula le quedaba chica, ya que Eudora no era más una gatita pequeña de pocos meses, sino una gata que se acercaba al año. No sé cuánto tiempo llevaba allí pero me pareció una crueldad. Y la compré. Y fui muy feliz con ella. Me acompañó en mi lectura de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, y en la escritura de los prolegómenos y el fallido íncipit de lo que después sería La piel muerta. Más acá en el tiempo, cuando supimos que MP estaba embarazada su ginecólogo nos recomendó deshacernos de los gatos (no lo dijo en esos términos, sino en unos peores, pero me cae muy bien y no repetiré lo que dijo). Ya sabes: la toxoplasmosis y demás historias de terror. El caso es que hice una investigación a fondo y descubrí que es más (muchísimo más) fácil pescar el bicho de la toxoplasmosis a través de una lechuga mal lavada o un trozo de carne crudo que mediante las heces de un gato. Nuestra pediatra (neonatóloga) nos dijo que nos despreocupáramos: Anna no tendría alergia alguna. Y tuvo razón. Anna es feliz con sus cuatro gatos. Y llama «Joe» a todos.

 

Día 28, 6:39 PM

Nunca me ha picado un alacrán. Sí algunas abejas. Y no más. El otro día, sin embargo, me encontré un alacrán casi petrificado en el cuarto de Anna. Debajo de la mecedora. También vimos un cara de niño en su escuelita. Pobres. Los cara de niños son grillos malogrados. No hacen daño, pero la gente los piensa reductos de Satán. Nada de eso. A Anna le encantó el mentado bicho. Tanto que aprendió esa nueva palabra: «bicho». La repite sin tregua. Yo digo «bicho»; ella responde «Anna». Yo digo «Anna», ella me interpela «bicho». Ahora que la conozco y soy padre, la muerte me asalta a cada paso. No me quiero morir, claro. Quiero ver crecer a Anna. Ser su papá. Y ser adulto con ella en el futuro distante. Pero no quiero pensar en eso. Es tarde. Debo ir a recogerla a su primera escuelita. Hoy lloró mucho cuando la dejé allí, por la mañana. Y ya la quiero de vuelta conmigo. Hoy no tengo muchas ganas de hablar.

 

Día 29, 5:11 PM

Es una tarde gris, la lluvia una amenaza. Y tus preguntas de hoy, filosas, duras de responder. Pero haré el intento. Argentina, sí, es una potencia literaria, aunque muchos, celosos, se empeñen en decir lo contrario y estancarse en la dupla Borges-Sábato y desentenderse, por ejemplo, de Di Benedetto, demostrando así su ignorancia (adivinanza: ¿de quién estoy hablando?). Regresemos con lo de la potencia literaria. A Argentina le pasa lo mismo que a Estados Unidos con su literatura: son autosuficientes. Claro, los americanos tienen un mercado enorme con nichos generosos, en donde lo literario tiene un real peso. Argentina es un país latinoamericano, ya sabes, de crisis en crisis, pero aun así ha logrado dejar la marca más evidente en el mapa de nuestra geografía literaria hispanoamericana (España, por cierto, es un desastre en este rubro: tienes a Javier Marías, a Justo Navarro y poco más que eso; claro, hay voces más jóvenes que resuenan, pero confieso que no las he leído, aún). En fin: Argentina. Gracias a su crisis más reciente, oh paradoja, vio el florecimiento de una nueva camada de editoriales independientes, partiendo de las famosas y notables cartoneras. Aquí en México también han nacido varias editoriales independientes, pero es difícil desentrañar su línea editorial. Almadía, por ejemplo, es rarísima (sé que has tenido tus desencuentros con varios de sus libros). Tenemos a Aldus, que trata de renacer. Y a proyectos pequeños pero depurados como Libros Magenta (me echo flores yo mismo). Mangos de Hacha. Tumbona. Varias otras. Sin embargo, ninguna termina de despuntar comercialmente. Y es que los grandes grupos todo lo eclipsan con sus novedades hechas y editadas y vendidas al vapor. Aquí, creo, comienza lo que nombras «estancamiento». Hay escritores desmarcados que hacen lo que mejor saben hacer: escribir. Publicar es un mal menor para ellos. Y hay escritores atentos a los vericuetos del medio editorial que hacen lo que mejor saben hacer: publicar cualquier cosa y hacerse de un nombre, estrechar las manos correctas, incurrir en el mayor pecado que conozco: ceder y abandonar lo que algunos pensamos como principios. El cinismo impera. Y siempre se disfraza de otra cosa. Hay un establishment nefasto. Y estás allí o no estás allí. Si no estás allí, «no existes». Piensa en Álvaro Enrigue, hombre del sistema, que fue vilipendiado en casa. Y piensa en nuestro querido Antonio Ortuño, al que un francotirador acaba de dispararle una estruendosa salva sin plomo ni huevos en esa misma casa. Bostezo, francamente. Como verás, algo se destila de lo que escribo: en México lo último que importa es la literatura, sobre todo para los que en apariencia la ejercen y la critican. Importa figurar, encontrar sitio en la corte, tirar a matar y cobrar el cheque necesario para decorar la atalaya y mirarlo todo desde la torre de marfil, emasculados. Yo nunca perderé los huevos. Y sé que mis amigos que a esto se dedican, tampoco. ¿Ejemplos a seguir? Ya los he mencionado y no seré redundante. ¿Qué hace falta? Todo. Crecer. Reinventar este país. E independizarse realmente de España, que tanto mal le ha hecho a nuestras mejores letras con el canto de sus abarroteras, ultramarinas sirenas. Hoy estoy emputado, qué te puedo decir.

 

Día 30, 9:02 PM

Es curioso, pero siempre he querido, si no ser un escritor argentino, sí publicar en Argentina. Y que me lean allá. Hace no mucho me publicaron un libro en una cartonera uruguaya: es mi gran orgullo. Me encantaría vivir en Montevideo, más que en Buenos Aires. Pero me desvío de tu pregunta. O no. ¿Qué pasaría conmigo si fuera un escritor argentino? A saber. Quizá me pesaría demasiado Borges. Y putearía contra Pauls y anexas. Sería, creo, un Di Benedetto. O un Saer en miniatura. Saer es grande, grandísimo. Macedonio Fernández. O, de vuelta en Uruguay, Felisberto Hernández. Montevideo, Buenos Aires: son un par de ciudades formidables, una inmensa e inagotable, la otra pequeña y abarcable a pie, cada una con su propio humor. Pronto estaré por allá, con MP, y promete ser un gran viaje, mi tercero al hemisferio sur. Pero regresemos con el complemento de tu pregunta. ¿Fomentar la lectura? No. Antes tienen que fomentarse otras cosas, otras actitudes, otras maneras de vivir la vida y encarar la realidad. Este país se hundió. Y salir del fango, de las arenas movedizas, no será fácil. Y no será la literatura la que nos salve. No, señor. Los niños necesitan aprender a no ser corruptos, a no imitar todo lo que destrozó a este país. ¿Cómo hacerlo? He allí la cuestión.

 

Día 31, 5:10 PM

Duele, sí, ser mexicano, hoy. Pienso en la declaración de hace meses de los presuntos culpables del incendio ocurrido en el Casino Royale de Monterrey: «Se nos pasó la mano.» Es un eslogan perfecto. Habla de lo que somos, hoy, los mexicanos. Unos pasados de lanza. En todo. Nadie nos gana en apatía ni en violencia, aunque no sea una violencia terrorista como quieren el presidente y muchos de los patéticos periodistas y líderes de opinión (comentócratas) que saturan los medios y malversan la información. Aceptémoslo de una buena vez: la ingobernabilidad ya floreció en México (enraizada ya estaba) y todos tenemos vela en el entierro. Todos (que, como bien dices, a veces somos buenos; y a veces, malos). ¿Qué me hace enojar? De entrada, la imbecilidad rampante (mejor conocida como ignorancia) y la carencia de sentido común (que se parece mucho al sentido cívico). Me hace enojar la transformación de «prójimo» en «otro». Y la imposibilidad de pensarse en los zapatos de los demás. Eso ha hecho de México una porquería.

 

Día 32, 10:20 AM

Te contaré una historia, que es, para mí, una hazaña. Cursaba alguno de los últimos semestres de la licenciatura que finalmente obtuve: Relaciones Internacionales. Como todos los estudiantes, debía realizar un servicio social. Fui a una fundación en la que se investigaban distintos temas de política, economía y sociedad. Desconocía que se trataba de un bastión de la inteligencia panista (yo era muy cándido entonces). El proyecto parecía bueno. Y entré. Me adscribieron al área internacional. Mi jefa me pidió una investigación sobre Francia. Como ya lo he dicho, mi madre es francesa (yo lo soy: Anna lo es). Así que aproveché su red de conocidos y conseguí información de primera mano procedente de la embajada de esa otra patria mía. Redacté el texto. Hice los recuadros pertinentes. Y mandé el texto a la publicación de la fundación que en este relato nos ocupa. Había mandado, además, parte de un ensayo amplio sobre la globalización, que era, entonces, mi tema de tesis (luego fue otro). Apareció la revista. Y vi mi artículo sobre la globalización, firmado por mí, y mi artículo sobre Francia, firmado por ¡mi jefa! Indignado, le escribí una carta. Le dije que, en mi terruño, lo que ella acababa de hacer se conocía como plagio. El real coordinador de los imberbes que realizábamos nuestro servicio social en ese bastión de la inteligencia panista (un mexicano-holandés) me citó. Me enseñó la carta. La tiró a la basura. Me dijo que olvidáramos el caso. Y que yo trabajaría directamente para él. Publiqué dos ensayos más en la revista citada, realicé no sé qué otras actividades y, llegado el momento de pedir mi carta de conclusión del servicio social, el mexicano-holandés me dijo que, lamentablemente, yo no había cumplido ni con las horas ni con las responsabilidades que acreditaban al 100 por ciento el trámite. Aún más indignado que después del plagio, fui al consejo universitario del servicio social (o como se llame) y presenté mi caso. Aduje que lo que yo había hecho superaba con creces lo que habitualmente se hacía en un servicio social. Dije que me habían plagiado. Y acusé, con fundamento, de proselitista a la fundación-bastión de la inteligencia panista. Gané el caso. Y a los panuchos les suspendieron el flujo de becarios imberbes durante un tiempo. El mexicano-holandés acabó en la presidencia (con Fox, creo, aunque puede ser que con Calderón) y me lo encontré en un restaurante de Polanco. Comía con una amiga mía. Ella me saludó; él, no. Y yo canté doble victoria en mi fuero interno. No sobra decir que también me hubiera bastado con aderezarle el café con flemas. Es lo que recuerdo hoy, día en el que estoy muy indignado luego de que ayer por la madrugada un conductor del mal baleara a un camión del colegio en el que cursé la preparatoria, en una calle de la colonia que me vio crecer y en la que aprendí a andar en bicicleta. Se nos pasó la mano, Diego Armando. Y nos cerraron las salidas de emergencia. O bien, las pintaron en un muro, sin más.

 

Día 33, 7:34 PM

Leí tu amplia pregunta y relato hace media hora. Todo ese tiempo lo pasé pensando en qué te respondería. Y lo primero que vino a mi cabeza fue la visión de mi maestra de segundo de primaria. Mi maestra desnuda. El origen del mundo en su pubis peludo y hippiesco, como dictaba la moda alternativa de 1977. Estudié en una escuela activa y todos los años íbamos a Camohmila, un campamento en las afueras de Tepoztlán. Ésa era la primera vez que yo iba: los dos años anteriores me había negado a dejar mi hogar. Era muy apegado a mis padres, tal vez por mi origen y mi circunstancia.

Pero en segundo de primaria me animé a ir y vaya que valió la pena hacerlo. Apenas llegamos al campamento y nos instalamos en la cabaña más nueva del sitio (una cabaña de aluminio, no de madera), mi maestra de segundo de primaria nos dijo que nos pusiéramos el traje de baño para ir a la alberca. Yo quise preguntar por el cambiador, pero ella fue más rápida que cualquiera de nosotros. Se quitó la playera y sus pechos quedaron al aire. No llevaba brasier. Luego se deshizo de los jeans. No sé si llevaba calzones, pero su zarza ardiente y negrísima a la vez fue una revelación. Pronto, el resto de las niñas siguió el ejemplo de nuestra maestra de segundo de primaria, que ya no era sólo mía sino de la comunidad.

 Nosotros, los niños, fuimos más pudibundos. O estábamos congelados (y a la vez excitados) por lo que la naturaleza había puesto ante nuestros ojos. Dudo que alguno de mis compañeros haya olvidado dicho evento. Pasado el fin de semana del campamento, me di a la empresa de buscar libros que hablaran de sexo en mi casa. Más bien: libros que mostraran el sexo. Encontré dos. Uno es un clásico: La joie du sexe, versión francesa de The Joy of Sex. El libro mostraba a una pareja que ensayaba distintas posiciones sexuales. Él era barbado y de pelo largo. Ella llevaba las axilas sin rasurar y su vulva estaba recubierta por una densa pelusa, no muy distinta a la de mi maestra de segundo de primaria. Las escenas no eran explícitas. No se comprendía la penetración. Es decir: no se comprendía el funcionamiento del sexo, que era lo que, entonces, me interesaba a mí. Pero me repasé el libro incansablemente, con la esperanza de que, con el paso de mis asomos a sus páginas, se me revelara algo. No fue así.

El otro libro era uno sobre la vida sana. Hablaba de alimentación, de deporte y, en uno de sus capítulos, de sexo. Se mostraba una serie de fotografías de una pareja ensayando posiciones sexuales. En blanco y negro. Y nada. Tampoco había detalles que me hicieran entender cómo sucedía todo. No vi pornografía sino hasta cuarto de primaria. Y no era pornografía cualquiera sino hardcore. La revista la llevaba una niña. La había usurpado del cajón de uno de sus hermanos mayores. Invitó a algunos compañeros a verla. Me excluyó a mí. La amenacé. Le dije que le contaría del hurto a su hermano. Y me sumó al corro de niñas y niños ansiosos de ver lo que las páginas de papel cuché lustroso y a todo color nos ofrecían. No lo he olvidado. Era una serie de fotos en la que una pareja consumaba su primer encuentro sexual. Una noche de bodas. Pero lo que el novio insertaba en la vagina abierta y muy expuesta de la novia no era su pene sino el anillo de compromiso. La imagen del diamante reluciente de sangre es un tatuaje en mi memoria. Seguramente también se mostraba a la pareja en una cópula detallada, pero eso, si llegué a verlo, ya lo he olvidado. Así las cosas, vi, a una edad muy temprana, algo que no era ideal que un niño de nueve años viera. En la novela que acabo de terminar y que ya está en manos de mi editora traslado esa escena a la trama y la narro. Había que exorcizarla. Lo que es curioso es que, durante la secundaria, me desentendí del sexo. O bien, no jugó un papel tan crucial como durante mi infancia más temprana. Ya en la prepa fue otra cosa. Me desquinté, como se dice, y entendí o creí entenderlo todo. La vida, el sexo.

 

Día 34, 10:05 PM

El tema del sexo me parece inagotable. Y uno de los mejores. Aunque no hay mal tema allí donde sí hay literatura. Es una cuestión de voces, no de temas. Escribiría, sí, sobre el narco, sobre la violencia, sobre los 60 mil muertos (lo he hecho, de manera indirecta, en una novela aún inédita). De hecho, nunca pienso en temas. Pienso en la manera de narrar tal o cual situación. De engarzar el ánimo de un personaje con el de otro. No sé. Nunca hago esquemas ni escaletas ni nada que se le parezca. Escribo, hasta donde puedo, con la mayor libertad posible. Y no prefiero el cuento sobre la novela ni viceversa: me gustan las formas híbridas. Y creo que eso se ve reflejado en lo que se ha dado por llamar mis novelas. La vida triestina, por ejemplo, es, según yo, un libro de relatos, y en varias reseñas dicen que se trata de una novela. Hay, eso sí, muchas cosas sobre las que quiero escribir y aún no lo he hecho. Me gustaría escribir una novela-ensayo a la Leonardo Sciascia. ¿Leíste El caso Moro? Es la gran cosa. Algo así me encantaría escribir, con eje en México y la realidad mexicana. No a través de la resobada novela del narco, sino a través de la crónica rigurosa y las ideas. Sciascias no hay en México y es una pena: hace falta un temperamento así, aquí, ahora.

 

Día 35, 4:48 PM

Suelo no asomarme al año de nacimiento de los escritores a los que leo y admiro. En México, pues, no me queda de otra, porque uno acaba por conocerlos a todos (y metido en tal o cual huacal con filias y fobias). Extranjeros leo a muchos y, entre ellos, a demasiados muertos. No sé en qué año nació David Peace, pero me parece uno de los narradores anglosajones más solventes y necesarios. Sé que Fleur Jaeggy es bastante más grande que nosotros y es una soberana chingona. De la generación Granta, he leído a las antípodas: nuestro Ortuño y el chileno Zambra (de la O a la Z). Argentinos y uruguayos contemporáneos a nosotros casi no he leído. Hay un escritor un pelo más viejo que yo y al que admiro enormemente: Rafael Juárez, de Montevideo (es de 1966). Gringos, pues, los más jóvenes no me parecen la gran cosa: Jonathan Safran Foer, Nicole Krauss, Dave Eggers… No. Son mejores los americanos más viejos. Aunque hay una cuentista admirable (nacida en los sesenta, si la memoria no me falla): A.M. Homes. Pero ya me fugué de la pregunta: habla hispana, decías. Me declaro ignorante, en suma.

 

Día 36, 5:08 PM

El de ayer fue todo un día. Algo me pegó. Traigo una congestión terrible, la nariz bloqueada, como si me hubiera nacido una bola de billar justo detrás del sitio en el que los ojos se encuentran, abajito de la frente. Me pega el clima y me pega la historia actual, la realidad de nuestros días. Pero Anna lo alegra todo: hoy no lloró cuando la fui a dejar a la escuelita, así que me doy por bien servido. Ahora hablemos de las portadas.

La imagen que acompaña a La piel muerta la encontró mi editora. Lo mismo aquella que viste a La gente extraña. Me dio a elegir entre varias opciones. La imagen que engalana a La hermana falsa, sin embargo, la encontré yo: apenas vi el cuadro, entendí que comunicaba, visual y de manera inmediata, lo que yo había escrito. Le pedí los derechos de reproducción a un pintor de origen ruso, afincado en Estados Unidos. Alex Kanevsky. Un tipazo. Me regaló los derechos siempre y cuando se cumpliera con una condición: que no se invadiera la imagen de su cuadro con leyenda alguna y que se respetaran, a escala, sus dimensiones. Si te fijas bien, en La hermana falsa Tusquets rompió con sus habituales medidas de ilustración. Lo han hecho con otros libros. Una buena imagen de un buen creador debe ser respetada. El cuadro que aparece en La vida triestina (tanto narrado como en la portada: la Zagi de Euan Uglow) también lo elegí yo: habla mucho de lo que es el libro. Y de las mujeres que allí aparecen, desaparecen y son inasibles. Mujeres. Todas mis portadas las llevan. Portadas inolvidables y hermosas conozco muchas (las que hacía Daniel Gil para Alianza, notables; las portadas de Penguin, sobre todo de sus libros de bolsillo, todas acertadas), pero hay una que me hipnotiza: la fotografía en sepia del palacete de Miramare, que sirve de puerta de entrada a uno de los mejores libros que he leído: Trieste and the Meaning of Nowhere, de Jan Morris. Pero, sabes, me gustan mucho las portadas francesas: el nombre del autor, el título del libro, el sello editorial, un marco azul o negro o rojo sobre blanco o amarillo. Nada más que eso. Y es que no hace falta nada más que eso, en realidad. Ahora mismo veo la portada de Palomar de Italo Calvino (Daniel Gil, de nuevo), que reposa sobre la portada de La vocación suspendida, de Pierre Klossowski, en la primera edición mexicana de Era, 1975, y que me encanta. Ahora bien, portadas horrendas: casi todas las de Alfaguara. La Alfaguara actual. Antes, eran gloriosas: nada de imagen, sólo el título del libro, el nombre del autor y un marco incompleto o una ele o como quieras verlo, con tonos lila-morado. Casi todas las portadas horrendas son el portal a libros horrendos. No sé cómo un escritor puede permitir que le hagan un libro feo. Claro que hay escritores sin gusto (ni paladar ni oído ni tacto ni buena vista: los hay daltónicos a granel, metafórica y realmente), que no se enteran ni de lo que escriben, menos aún de que una portada, pues, importa. Hay también grandes fiascos en editoriales buenas: el Cuarteto de Alejandría en una edición moderadamente reciente de Penguin, por ejemplo, que seguro hizo que Durrell se retorciera en la tumba: parecen libros de superación personal o de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (todo un pelmazo, además: es el rey de la ignorancia). Ahora, para volver con el buen gusto, veo mi Zama de Antonio Di Benedetto: vaya que los de Adriana Hidalgo le hicieron justicia a la obra del argentino. Es una belleza. Verde y abstracta y conmovedora, como la primera escena del libro. Ah, me excedí. Pero me pusiste a hablar de portadas. Qué le vamos a hacer.

 

Día 37, 8:30 PM

Istor es una historia feliz y afortunada. A mí sí me gusta la historia, más aún después de conocer a Jean Meyer y trabajar con él a lo largo de siete años. Llegué a la revista que él dirige luego de una serie de buenos encuentros. Durante cerca de dos años fui jefe de redacción y luego director del hoy extinto suplemento de libros Hoja por Hoja. Hacia verano de 2004, me di cuenta de que mi ciclo en dicha publicación había llegado a su término. Y renuncié, valientemente, para dedicarme a escribir La piel muerta, de una vez por todas. Fue un verano fructífero. Poco antes de iniciar mi desempleo pagado (soy buen ahorrador), el amigo de un amigo (ex colega de Hoja por Hoja) me buscó para decirme que se iba de Istor, que si me interesaba editar la revista. Le dije que sí. Fui a entrevistarme con Jean y me ofreció el trabajo. Era mayo, apenas, y entraría en septiembre. Así que pasé tres meses muy tranquilos. Uno de real reventón. Otro dedicado en cuerpo y alma a la novela. Y un tercero de viaje. En septiembre me integré a Istor y allí sigo. La revista es muy amena y plural y libre: no estamos en el padrón del Conacyt ni tenemos ataduras que nos obliguen a publicar o no publicar lo que planeamos. La revista está abierta a textos académicos y no académicos, siempre y cuando estén relacionados, aunque sea tangencialmente, con la historia. Y es que la historia es amplia: en ella cabe la propia literatura, para decir algo, así que mi relación con la disciplina es feliz. No sabría qué más decir al respecto. Es, sin más, el trabajo en el que más tiempo he estado y en el que más contento he sido. Y soy, y estoy.

 

Día 38, 9:50 AM

Se acaba el tiempo, sí, Diego Armando. Hace un rato pensaba en eso: el viernes será el día 40. Pero no nos adelantemos a eso. Hace una hora o poco más tuve lo que me pareció una idea narrativa genial. Hace algunos minutos intenté encararla. Y detesté la primera frase. Y la segunda. Y no fui capaz de pergeñar la tercera. Es malo concebir ideas narrativas con el estómago vacío. Y es peor aún sentarse a escribir con el estómago y el paladar satisfechos. Ahora bebo café. Acabo de preparármelo. Molí el grano, le eché agua a la cafetera, calenté leche, la sometí al vapor, abuse del azúcar y ahora tomo una especie de capuchino (así, españolizado). Me gusta el café. Mucho. Me gusta el café a la italiana: hecho crema, reducido a su mínima expresión, que es la máxima. Como en aquella película de David Lynch, pienso que un mal café es para dejarlo caer de la boca. Ni siquiera merece ser escupido. Nada de esfuerzo merece un mal café. México es cafetalero, pero aquí no sabemos qué hacer con el grano cosechado. Se tuesta mal. Se prepara peor. En Trieste está esa gran empresa llamada Illy: es el mejor café del mundo. Y el mejor café del mundo lo he probado justamente allí, en el café Stella Polare, acompañado de unas pastas que parecen haber sido preparadas y horneadas por una cocinera salida del Imperio Austrohúngaro. Café y agua mineral. Italiana, también. Y un Campari. Me gusta la mesa y la sobremesa. Pero de esto ya hemos hablado. Nada. Escribir sobre nada. Narrar la nada es un arte, Diego.

 

Día 39, 4:20 PM

Nunca he sido lector de biografías, Diego, así que ignoro cómo sería la mía. Prefiero los libros que hablan de ciudades y las tratan como si fueran, de algún modo, seres humanos. Ahí tienes la London: The Biography, de Peter Ackroyd, que es un portento. O bien, un libro que ya he mencionado: Trieste and the Meaning of Nowhere, de Jan Morris. Ahora bien, me gustaría, ya que lo pienso, una biografía en tono imperial, como los Césares de Suetonio. Sí. Eso. O no. Tampoco quiero sonar tan megalómano. Me gustaría que mi biógrafo se las emprendiera conmigo así como hizo Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias. Sí. Eso. Una biografía de ficción. ¿Conoces el F de Justo Navarro? Es un libro perfecto, sobre un personaje de la vida real. Creo que es la mejor biografía que he leído. Y eso. Quisiera que alguien de la talla de Justo Navarro novelara mi vida o alguno de sus episodios y ya está. También me gustaría que Anna fuera escritora y escribiera algo así como Los años de mi padre. Yo escribo, día con día, su biografía. Un ejercicio a la inversa sería interesante. De hecho, todo lo que en realidad tendría que decir una biografía mía, en tono enciclopédico, es que soy papá de Anna y pareja de MP. Todo lo demás es redundante, incluidos mis libros. O no. Yo qué sé

 

Día 40, 11:02 PM

Y la gente me reconocerá por el pelo que comienza a ser largo, castaño oscuro, quebrado y que suelo domesticar peinándolo hacia atrás, así como por una barba no del todo bien recortada y con bastantes canas a la altura de la barbilla. No he desarrollado una joroba, aún, pero no soy un hombre del todo erguido: ando por allí como si estuviera escribiendo, ensimismado sobre el papel. Mi tez y mi piel son blancas, de pronto aceitunadas. Soy delgado y mi estatura es la suficiente, a mi gusto: un metro con setenta y siete centímetros (menos un centímetro por la ya mencionada postura). Mis cejas con tupidas y rebeldes: las llevo despeinadas, se salen de mi control. Mis ojos son verdes, con café al centro y un círculo muy oscuro en la parte exterior del iris: son los ojos que, junto con las largas pestañas, le heredé a Anna. Mi frente es amplia y mis entradas también, pero estoy lejos de la calvicie. Ahora bien, el alma. Reconocerás en mi cara una mezcla de cansancio y, a la vez, plenitud. Tal vez me brillen los pómulos: es la marca de cierta realización. He llegado a donde quería llegar, a mis 41 años. Y estoy pavimentando el camino hacia donde quiero llegar a los 50, por decir algo. Frunzo mucho el ceño, a veces porque la luz me lastima los ojos (hay algo de fotofóbico en mí, en mi expresión), a veces porque le presto demasiada atención a lo que la gente y la naturaleza y lo que me rodea me dicen. Soy una persona atenta. Escudriño los detalles de todo. Me verás alzar la mirada al cielo muy seguido: me gusta lo que hay allá arriba: nubes, pájaros, edificios, las copas de los árboles, un asomo azul al negro infinito. También miro mucho hacia abajo: me encantan las fisuras de la tierra, el concreto quebrado de la calle y de la banqueta, las plantas que consiguen imponerse a lo urbano. Y también miro de frente y hacia mis lados: reconozco a y me reconozco en mis prójimos. Me gusta darle los buenos días a la gente que trabaja en la calle o que se asoma a la puerta de su negocio. En mi colonia, me gusta saludar a mis vecinos, hacerles entender que estamos en el mismo bando, aunque sea sólo por una razón geográfica. Mi gesto es serio, pero cuando sonrío se me ven los dientes debajo del bigote: unos dientes separados de los que me enorgullezco. No me gustan las sonrisas deslumbrantes y ordenadas e imposibles de las estrellas de Hollywood a las que solía entrevistar hace más de un lustro, no más. Apenas tengo arrugas. Canas en las sienes, pocas. Tal vez luzca más joven de lo que en realidad soy, todo depende de qué tal pasé la noche. Si estoy cansado o de malas, lo sabrás de inmediato: mis gestos reflejan mi transparencia de ánimo. Y eso: soy un ser transparente, Diego, Armando pero jamás traslúcido.

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Diego Armando Arellano (1984) estudió periodismo en la Universidad de Colima. Se integró al taller literario de José María, la Foca, en la ciudad de Toronto. Ha publicado en Punto en Línea, Palabras Malditas El Juglar. Es miembro honorario de Cuadrivio.

 

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