Friday, 1st August 2014

«The Bell Jar»: La articulación del problema sin nombre

Publicado el 29. abr, 2012 por en Ensayo, Literatura

The Bell Jar, de Sylvia Plath, es considerada como una novela autobiográfica que encierra la locura de la escritora, y por lo mismo su crítica se ha enfocado en un análisis psicológico-psiquiátrico con el que Antonio Puente difiere. Él propone una lectura más compleja que se relaciona con el conflicto en torno a la identidad femenina que ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. El siguiente ensayo es un estudio que permite al lector involucrarse más en la historia y la literatura femenina.

 

 

Antonio Puente Méndez

En el primer capítulo de su libro The Feminine Mystique publicado en 1963, Betty Friedan habla de un problema que aquejaba a las mujeres estadounidenses en los años cincuenta. Este «problema sin nombre», como ella lo denomina, es una difusa sensación de insatisfacción que las amas de casa sentían a pesar de vivir en hogares agradables en los suburbios, tener esposos exitosos y muchos hijos a los que cuidar, ya que, según la sociedad de la época, era todo lo que podían desear. Es por eso que muchas mujeres no entendían qué es lo que ocurría con ellas. ¿Por qué no se sentían satisfechas con lo que tenían? ¿Qué no se suponía que no necesitaban más para ser felices? ¿Acaso ser mujer no consistía únicamente en ser esposa y madre? Y de no ser así, ¿por qué se consideraba entonces que «las mujeres verdaderamente femeninas no necesitan carreras, educación superior [o] derechos políticos»[1]? ¿No estaban equivocadas aquéllas que en vez de establecer una familia preferían conseguir un trabajo? La respuesta que la sociedad dio a estas incógnitas fue simple: sí, ser mujer consiste en ser esposa y madre; sí, la verdadera mujer no busca independencia, busca seguridad; y sí, aquellas mujeres que prefieren tener un trabajo son las del problema.

Pero entonces, ¿por qué las que supuestamente eran las verdaderas mujeres exitosas se sentían tan mal? Muy simple, porque «el ama de casa no se da cuenta de la suerte que tiene: su propia jefa, sin relojes, sin subalternos que deseen su trabajo. ¿Qué si no es feliz? ¿Realmente cree que los hombres son felices? ¿Secretamente desea ser un hombre? ¿Todavía no se da cuenta de la suerte que tiene al ser mujer?»[2]. Es decir, el conflicto de las amas de casa era su incapacidad por darse cuenta y aceptar que eran felices. Así pues, la manera más fácil de hacer el problema a un lado era ignorando lo que sentían para concentrarse en obtener «más dinero, una casa más grande, otro auto [y/o] mudarse a un mejor suburbio»[3]. Sobra decir que el problema no desapareció y de ahí que haya existido el movimiento feminista de los sesenta; sin embargo, lo que me interesa establecer para los fines de este ensayo es el origen de la insatisfacción de estas mujeres, porque no es casual que sea precisamente en los años cincuenta cuando se cimbre tan radicalmente la función «natural» de las mujeres.

Friedan establece que el problema de la identidad femenina se crea con la Segunda Guerra Mundial debido a que, como los hombres tuvieron que ir a luchar, las mujeres «se vieron forzadas» a dejar sus hogares para trabajar y así sostener la economía del país. No obstante, con el regreso triunfal de estos «héroes» que arriesgaron su vida por la patria, las mujeres no sólo tuvieron que volver a sus casas, sino que ahora tenían la responsabilidad de recompensar a los soldados por su valentía. Así pues, hubo una fuerte campaña por «feminizar» a las mujeres. Para la época significó enseñarles a vestir bien, a cocinar, a poner las prioridades de su marido antes que las propias, a lavar, planchar, etcétera. El discurso de la «naturaleza femenina» –es decir, que el papel natural de la mujer es el cuidado de otros– vuelve a escucharse con más fuerza que nunca y se dice que aquellas que siguen trabajando o persiguiendo una carrera van contra natura. Se sigue permitiendo que las mujeres estudien, pero porque se cree que la universidad es uno de los mejores lugares para conseguir marido.

Muchas aceptaron este retroceso, por el continuo bombardeo que se hizo en todos los medios sobre la mística femenina, y ocuparon su debido lugar sin cuestionamientos. El conflicto vino después cuando, como ya mencioné, se dieron cuenta de que todo lo que debía hacerlas felices sólo les provocaba insatisfacción mientras que, en contraste, las que siguieron en la esfera pública de la sociedad parecían estar bien. Así es como nace «el problema sin nombre» al que se refiere Friedan y que fue muy común durante los años cincuenta.

¿Qué tiene que ver The Bell Jar, la supuesta «autobiografía» de la esposa loca de Ted Hughes con el problema de identidad que las mujeres sufrían en los cincuenta? ¿No es sabido de sobra que The Bell Jar es una roman à clef en la que Sylvia Plath hace un recuento de lo que vivió mientras estuvo internada en un hospital psiquiátrico tras intentar suicidarse? De acuerdo con mi lectura, no. The Bell Jar[4] no es una novela sobre la locura, como varios críticos se empeñan en sostener, sino precisamente sobre «el problema sin nombre» del que Betty Friedan habla en The Feminine Mystique, sólo que no desde el punto de vista de una mujer casada, sino desde el de una mujer joven que se encuentra en el momento de su vida en que «debe» decidir entre ser ama de casa o profesionista.

Al principio de la novela Esther Greenwood, la protagonista, se encuentra en Nueva York trabajando como becaria en una revista femenina tras haber ganado, junto con otras 11 jóvenes, un concurso de escritura. El premio no sólo consiste en trabajar en ella, sino también en una serie de beneficios extra como dinero, ropa, accesorios, cenas en restaurantes exclusivos, etcétera: todo lo que una mujer de 19 años podría desear. No obstante, Esther tiene un problema. A pesar de que «se suponía que debería estar pasando el mejor momento de mi vida»[5], algo le impedía disfrutarlo.

Al principio se lo atribuye a sus compañeras por ser «tan aburridas. Las veía en la terraza bostezando, pintándose las uñas y tratando de mantener sus bronceados de Bermudas, y me parecían inmensamente aburridas. Hablé con una de ellas y me dijo lo aburrida que estaba de los yates, aburrida de volar alrededor del mundo en aviones, aburrida de esquiar en Suiza en Navidad y aburrida de los hombres en Brasil»[6]. De ahí que se relacione con Doreen, la única compañera que no es como las demás, ya que es sarcástica, no se deja impresionar por las celebridades a las que conocen, y se atreve a cuestionar y burlarse de la mística femenina que las demás tratan de alcanzar con tanta perseverancia. Al menos en apariencia porque, como más adelante se demuestra, Doreen depende de la aceptación de los hombres y por eso accede a acostarse con quien se lo propone sin pensarlo dos veces, tratando de disfrazar su dependencia en el deseo masculino con una supuesta independencia sexual. De ahí que Esther decida que «voy a verla y escuchar lo que dice, pero muy dentro de mí, no tendré nada que ver con ella»[7] y termina uniéndose a sus otras 10 compañeras. Lo irónico es que, en el momento en que acepta las normas de comportamiento establecidas, trata de ser femenina y va a los eventos que la revista tiene preparados para ella, termina intoxicada por la comida que les sirven, una clara señal de que algo está podrido en ese mundo de la feminidad perfecta que no es para ella.

Entonces, como no puede seguir culpando a sus compañeras del malestar que siente, Esther sube de nivel y decide que su incomodidad viene de su jefa, Jay Cee, una mujer a la que comienza respetando y admirando por ser inteligente, independiente y exitosa en el mundo editorial a pesar de ser, como Doreen explica, «fea como el pecado, […] apuesto a que su marido apaga la luz antes de acercarse a ella, o de lo contrario vomitaría»[8]. De hecho, al principio uno podría pensar que la función de Jay Cee dentro de la novela es ser un modelo para Esther. A pesar de eso, no es así. La función de este personaje no es guiar a la protagonista en su camino al éxito, sino la de ser la primera persona que altera la aparente tranquilidad de Esther al hacer la pregunta que, en los años cincuenta, estaba prohibida formular: «¿Qué piensas hacer después de graduarte?»[9]. Esther tiene dos respuestas: la que piensa –es decir, «lo que siempre creí tener en mente fue ganar una gran beca para una universidad o un préstamo para estudiar en Europa, y después ser profesora y escribir libros de poesía, o escribir libros de poesía y ser algún tipo de editora»[10]– y la que articula –«en realidad no sé»[11]– para darse cuenta de que «sentí un profundo golpe al oírme decir eso, porque, en el momento en que lo hice, supe que era verdad»[12].

Transcribo casi íntegramente esta conversación porque, a mi parecer, es el primero de tres momentos cruciales que Esther vive en la novela. Y es que a partir de este punto se hace evidente la confusión que la protagonista tiene sobre qué es lo que quiere hacer con su vida. Un ejemplo claro es el pasaje en el que compara las opciones que tiene con un árbol de higos del que cuelgan muchos frutos, cada uno representando una alternativa: tener una familia feliz con un esposo e hijos; ser una poeta famosa; o ser profesora, editora, campeona olímpica, etcétera. Sin embargo, «me vi sentada en la base del árbol, muerta de hambre, sólo porque no podía decidir qué higo escoger. Los quería todos, pero al tomar uno perdería el resto; al permanecer sentada ahí, incapaz de decidir, los higos empezaron a ennegrecer y arrugarse, y, uno por uno, cayeron en la tierra a mis pies»[13].

Es entonces cuando el malestar que siente desde el principio de la novela finalmente es identificado. No es el «aburrimiento» que sus compañeras, tratando de ser verdaderas mujeres femeninas, le provocan; ni la falta de autoestima de Doreen disfrazada de «mujer liberada»; ni Jay Cee y su éxito lo que tanto incomoda a  Esther. O tal vez sí, pero no porque choquen con su manera de pensar, sino porque la hacen darse cuenta de que la identidad femenina está tan fragmentada que lo que aparenta ser un universo de opciones en realidad es la batalla entre mundos que parecerían excluirse necesariamente el uno del otro. Sus compañeras representan las mujeres que estudian mientras consiguen un buen partido para casarse, irse a vivir a los suburbios y tener hijos; Doreen figura un intento bastante fallido de liberación femenina; en tanto Jay Cee a la mujer que, para conseguir un puesto de poder, tiene que masculinizarse y no demostrar ningún gusto por «lo femenino» a pesar de que, irónicamente, trabaja en Ladies’ Day, una de las muchas revistas femeninas que en los cincuenta, tenían tanta importancia en la consagración de la mística femenina como la perfecta ama de casa.

Además, la ahora ya reconocida incertidumbre que Esther siente sobre su futuro se ve acentuada aún más por la fuerte presencia, a partir de este punto de la novela, de Buddy Willard, su novio de la preparatoria y, durante algún tiempo, prometido. Es cierto que el personaje es mencionado aquí y allá durante los primeros capítulos con referencias de los siguientes tipos: «A pesar de que Buddy era estúpido tenía la habilidad de sacar buenas calificaciones» o «Buddy era tan pobre que en los bares no podía pagar más que cerveza». No obstante, es hasta en este punto de conciencia sobre su posición como mujer cuando Buddy adquiere un peso determinante dentro de la historia no sólo como la única figura masculina constante en la novela sino también como el personaje que ofrece a Esther la «seguridad» de convertirse en una «verdadera mujer» al casarse con él, pero al mismo tiempo, la confronta con el papel pasivo que tendría que asumir al convertirse en ama de casa.

En definitiva, Esther deposita en Buddy todos los valores de la sociedad patriarcal para, de esa manera, poder enfrentarse a ellos en pequeña escala. Por ejemplo, al principio de la narración sabemos que Buddy está en cuarentena en un hospital porque tiene tuberculosis; por eso «la mamá de Buddy me había conseguido un trabajo de mesera en el Sanatorio TB ese verano para que Buddy no estuviera solo. Ella y Buddy no podían entender por qué había preferido ir a Nueva York»[14]. Una mujer «femenina» hubiera aceptado el trabajo para poder cuidar de su prometido ya que, de esa forma, hubiera podido practicar para cuando estuvieran casados. Sin embargo, Esther opta por seguir su vida profesional que, aunque como ya vimos se ve tambaleada por la pregunta de Jay Cee, se vuelve a reafirmar gracias a los recuerdos negativos que tiene de Buddy, muy específicamente del día en que estuvieron presentes en un parto y él le dijo que, «después de que tengas hijos, te sentirás muy diferente, ya no querrás escribir poemas», lo que la lleva a concluir que «tal vez era cierto que cuando te casas y tienes hijos es como si te lavaran el cerebro, y después caminaras adormecida como esclava de algún Estado totalitario»[15].

Por eso es que, la noche antes de regresar a su casa, Esther lanza desde el techo toda la ropa que había comprado en Nueva York, como si fuera una manera de no llevar ningún recuerdo de las dudas que sintió, pero también de cualquier posible rastro de femineidad que hubiera podido contagiársele de sus compañeras. Después de todo, le esperaba un futuro prometedor:

Había aplicado para una escuela de verano con un escritor famoso donde tú enviabas el manuscrito de un cuento, él lo leía y te decía si eras suficientemente buena para ser admitida en su clase. Por supuesto era una clase muy pequeña, yo había mandado mi cuento hace mucho, todavía no había recibido respuesta, pero estaba segura de que tendría mi carta de aceptación al llegar a casa.[16]

 A pesar de ello, la realidad es otra. Cuando llega a su casa lo primero que recibe es la noticia de que no fue aceptada en el curso. Éste es, según yo, el segundo momento definitivo de la novela –y en muchos sentidos, el más importante–  puesto que es aquí cuando Esther sufre la crisis nerviosa que la llevará a 1) pensar en suicidarse, 2) intentar suicidarse y 3) ser internada en el hospital psiquiátrico con el que tanto se relaciona a la novela.

No obstante, ¿qué no es universalmente sabido que Esther Greenwood tenía una enfermedad mental, específicamente esquizofrenia? Eso dicen muchos de los críticos que analizan la novela sin importar el enfoque de sus artículos a pesar de que en ningún momento del texto se menciona la palabra esquizofrenia. De hecho, el único diagnóstico clínico que se hace del personaje determina que sufre de «depresión». Curiosamente, esta palabra sí es utilizada, y en abundancia, durante todo la novela. ¿Por qué entonces está tan arraigada la idea de que la protagonista de The Bell Jar tiene un problema mental? Tengo dos hipótesis: la primera tiene que ver con el hecho de que, como siempre se ha considerado que The Bell Jar es la autobiografía de Sylvia Plath y Sylvia Plath es el epítome de la escritora loca, lo lógico es pensar que Esther también esté loca. La segunda, en cambio, tiene que ver una mala lectura –que por cierto es bastante común– de la teoría psicoanalítica. Y es que la esquizofrenia es un trastorno mental en el que la persona se disocia de la realidad por medio de alucinaciones o ilusiones fantásticas[17]. Es decir, el esquizofrénico se separa de la realidad y crea una propia menos problemática, pero eso no ocurre con Esther. El problema que ella tiene es que se niega a aceptar el rol social que «debe» adoptar por ser mujer y al mismo tiempo «fracasa» en su vida como profesionista porque no es aceptada en el curso de escritores al que estaba muy segura de entrar. Así pues, se queda sin opciones, no sirve para ser ama de casa pero tampoco para ser mujer independiente. Esto le crea un conflicto tan grande que la lleva a una depresión en la que el suicidio es la única solución que encuentra, pues a pesar de que siempre está consciente de la realidad que vive nunca se escinde, ya que, como explica Franca Basaglia en su libro Mujer, locura y sociedad, una de las reacciones más comunes en las mujeres que no encuentran un rol social al que ajustarse «es intentar desaparecer, hundirse en una depresión sin salida, resultado de la exasperante actitud pasiva, autodestructiva y dañina, supuestamente natural, que le ha sido impuesta como único modo de supervivencia»[18].

A pesar del hecho de seguir considerando que Esther en realidad estaba loca me parece una marca de la manera en que operaba el discurso oficial en los cincuenta. Una de las formas con que se validó el papel «natural» de la mujer fue el mal uso de la teoría freudiana. Se hizo un corte aquí y otro allá; se sacaron de contexto términos como «envidia del pene», «complejo de Edipo» y «frustraciones de la madre»; y tenemos una teoría científica y objetiva en la que las mujeres son inferiores. Ya no son pasajes de la Biblia los que sustentan que la mujer es un objeto, sino un estudio serio y ante esto no se puede hacer nada. «¿Cómo puede una mujer estadounidense educada, que no sea analista, cuestionar una verdad Freudiana?»[19], se pregunta Betty Friedan al analizar el papel del discurso psicoanalítico en la sumisión de la mujer. No hay manera. Por eso se volvió común que a las mujeres que se negaban a aceptar su lugar en la sociedad se les encerraba en un hospital psiquiátrico. ¿Qué era más fácil? ¿Aceptar que había algo en la sociedad que no permitía a estas mujeres crear una identidad funcional o simplemente calificarlas como enfermas? Recordemos que al igual que Esther, Buddy es también encerrado en un hospital. La diferencia es que él está enfermo del cuerpo; ella de la cabeza. Él se ve obligado a hospitalizarse y no puede salir hasta que la enfermedad pase; ella «se lo buscó» y no va a salir hasta que ella no quiera.

De ahí que Esther sienta tanta aversión por doctor Gordon, el primer psiquiatra que se hace cargo de ella en el hospital. Él ejemplifica no solamente el pensamiento machista en el se presenta el encierro como «piedad, solicitud y cura» aunque en realidad lo que se busque es reprimir por la fuerza [y por los] argumentos[20], [ése es] el éxito de esta ideología. Lo que desata el odio de Esther por éste es la foto de su familia «perfecta» en el consultorio. Como ella lo describe, «mostraba a una mujer Hermosa de cabello oscuro, […] sonriendo sobre la cabeza de dos niños rubios. […] Creo que había un perro en la foto, cerca de la esquina. […] Por alguna razón, la foto me puso furiosa»[21]. Esa «alguna razón» que no parece poder articular, desde mi punto de vista, es el darse cuenta de que el discurso de la mujer no-sana que maneja doctor Gordon es recompensado con una mujer hermosa, dos hijos rubios y un perro. En cambio la doctora Nolan, la segunda psiquiatra que la atiende, representa la primera figura femenina positiva para Esther. Cuando la conoce sabemos que «me sorprendí de que fuera mujer. No creí que existieran mujeres psiquiatras. Esta mujer era una mezcla de Myrna Lay y mi madre»[22], y eso es porque por primera vez conoce a una mujer que mantiene los ideales femeninos que la sociedad tanto fomenta –sentido por la moda, un instinto maternal, belleza– y a la vez una carrera exitosa.

Por eso es que a partir de aquí Esther comienza a sentir que tal vez sí hay un lugar para ella. Su «recuperación», es decir, la integración de una imagen femenina con la que puede identificarse, comienza cuando comprueba que existe la posibilidad de conjuntar dos mundos que son considerados opuestos y excluyentes. Nunca sabemos mucho de la doctora Nolan pero lo poco que conoce es suficiente para que Esther logre sobreponerse a su crisis de identidad. El simple hecho de que acepta la terapia de choques eléctricos –siempre y cuando la doctora esté presente a pesar de que lo primero que sabemos en la novela es que no hay nada que le provoque más miedo que ser electrocutada– demuestra hasta qué punto la idea de esta mujer la tranquiliza.

Así pues, en este proceso de «recuperación» ocurre el último momento definitivo de la novela: la pérdida de su virginidad. Un concepto bastante interesante porque en un principio Esther misma, a pesar de su descontento con la sociedad, le da un lugar importante. En una discusión con Doreen nos deja ver que para ella la virginidad es significativa, que está de acuerdo con que cierta parte del «valor» de la mujer se encuentra depositado en su «virtud». No obstante, cuando se entera de que Buddy, que se suponía iba a permanecer virgen hasta que se casara, ya tuvo relaciones sexuales con una mesera, cambia de parecer. Por eso decide acostarse con Irwin, un profesor de universidad al que acaba de conocer, ya que como ella explica, «desde que supe de la corrupción de Buddy Willard, mi virginidad me pesaba como una piedra al cuello. Había sido tan importante para mí por tanto tiempo que la defendía ante todo por costumbre. La había defendido por cinco años y estaba cansada de hacerlo»[23]. Es decir, Esther ve en su virginidad la última atadura que la detiene para convertirse en la mujer que ella quiere ser. De ahí que el gran momento de su primera relación no se centre en la penetración, sino en lo que ocurre después, en el rompimiento del himen y la hemorragia que esto le provoca; una hemorragia tan seria que termina en el hospital, sola. Irwin no la acompaña, ella va por sí misma como una manera de aceptar que no puede depender de los hombres, que el hombre no determina lo que ella hace pero que no por eso es inocente. Al enviarle la cuenta del hospital está diciendo: «tú también eres causante de lo que pasó, hazte responsable». Por eso es que al colgar el teléfono, después de explicarle por qué le envió la factura, sólo acierta en pensar que «era realmente libre»[24].

En conclusión, después de este último rito de paso, Esther es libre para decidir su futuro. Por eso la novela termina con el momento en el que «los ojos y las caras de los médicos voltearon hacia mí, y, como guiada por un hilo mágico, entré en la habitación»[25]. No sabemos si los médicos que deben determinar si Esther está «curada» o no la dejan salir del hospital. Lo que importa es que ella se enfrentó al «problema sin nombre» del que habla Betty Friedan; se deshizo de la mística femenina y logró construir su propia identidad.

 

Bibliografía


[1] Betty Friedan, The Feminine Mystique, Aylesbury, Pelican Books, 1982, p. 13.

[2] Ibíd., p. 21.

[3] Ibíd., p. 24.

[4] Sylvia Plath, The Bell Jar, Nueva York, Harper Perennial, 2006.

[5] Ibíd., p. 2.

[6] Ibíd., p. 4.

[7] Ibíd., p. 22.

[8] Ibíd., p. 5.

[9] Ibíd., p. 32.

[10] Ídem.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] Ibíd., p. 77.

[14] Ibíd., p. 19.

[15] Ibíd., p. 85.

[16] Ibíd., p. 103.

[17] «Esquizofrenia», en Diccionario de psicología, trad. E. Imaz, A. Alatorre y L. Alamitos, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.

[18] Franca Basaglia, Mujer, locura y sociedad, Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, 1985, pp. 52-53.

[19] Friedan, op. cit., p. 91.

[20] Basaglia, op. cit., p. 66.

[21] Friedan, op. cit., p. 129.

[22] Ibíd., 186.

[23] Ibíd., 228.

[24] Ibíd., 242.

[25] Ibíd., 244.

___________________

 Antonio Puente Méndez (Ciudad de México, 1988) es licenciado en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Inglesas) por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente cursa la maestría en Letras (Modernas Inglesas) en la misma institución con la investigación «El adulterio en la obra diaspórica de Jhumpa Lahiri». Sus áreas de interés son la narrativa escrita por mujeres de los siglos XIX y XX en lengua inglesa, el feminismo, el poscolonialismo, los estudios de género y el psicoanálisis.

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