Thursday, 18th September 2014

Sobre el origen de la ilusión

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuadrivio proteico

La RAE denomina como ilusión a aquella representación causada por engaño de los sentidos. Adrián Soto cuestiona que la ilusión sea eso, y sólo eso; nos invita a reflexionar sobre el origen de la ilusión a partir de un ensayo literario que advierte la correlación que existe entre el mundo y los sentidos, en el que la ilusión es más que una esperanza y que supera los límites tangibles de la vida. 

 

 

La verdad es lo que todo ser humano necesita para vivir

y, sin embargo, no puede recibir o conseguir de nadie.

Todo ser humano tiene que producirla una y otra vez

desde su interior, sino perece. La vida sin verdad es

 imposible. La verdad es tal vez la vida misma.

Kafka

Adrián Soto

Ciertos ensayistas hablan sobre su trabajo como si consistiera en expresarse con el cuerpo hasta las vísceras; sin embargo, he de confesar que yo sólo puedo escribir desde el centro de mí mismo, con las fuerzas que se le han otorgado al vacío del cual formo parte, pues mi propio cuerpo es un vacío sensible. ¿Acaso no es maravillosa la correlación que existe entre el mundo y los sentidos?; la fruta que es en sí una sensación, que no existe para sí misma, o la descarga de luz en la tormenta cuando se confirma en mis pupilas, o las gotas de lluvia evaporándose sobre mi piel. El mundo se encuentra vinculado con nuestros sentidos por una serie de correspondencias sensibles y en nosotros adquiere dimensión y peso, color y forma. El que sintamos con todo el cuerpo es una sencilla revelación, confirmada por nuestra poesía más profunda: «Nuestros sentidos, como nuestra razón, son divinos / y crean a medias el maravilloso mundo que perciben; / pues si no fuera por aquel poderoso encanto de los órganos mágicos / la tierra sería aún un caos rudo e incoloro». Es por esto que descubrir los matices de un buen vino, el sabor, la textura, el reflejo de la luz en su superficie líquida significa re-producirlo: agregar algo más a su manifestación material; las vibraciones de una pieza musical las percibimos también con la piel y con la vista, intuitivamente, con el centro de nuestro ser; por tanto, no basta poseer sentidos, es necesario aprender a oler, escuchar y degustar.

Probablemente esto nos demuestre por qué estar en el mundo significa sentir, casi como un acto religioso o una realización metafísica. Algunos sabios han escrito que en el hombre está incubada la posibilidad de convertirse en un ser completo, que en su marcha sobre el abismo carga con los vestigios de un mundo antiguo y que un solo individuo contiene dentro de sí (latentes, como bestias en hibernación) infinitas posibilidades de metamorfosis, una eterna proyección hacia sí mismo. Ninguno de nosotros es un ser aislado: nos prolongamos en las cosas y los seres, y las cosas y los seres se prolongan en nuestro interior, como si guardáramos la memoria del todo. Al desarrollarnos somos como un ser invertido y vuelto sobre sí que se reconoce, pero no un ser ciego que ha apagado el mundo en una lánguida melancolía, sino como un ser completo que se descubre en las cosas, que se proyecta hacia el mundo y se deslumbra ante todas sus manifestaciones.

Si acaso el mundo es una ilusión, tendría que ser una ilusión complejísima, llena de misterio y encanto; empero, fuerzas terribles se oponen a esta idea: gente irreflexiva se refiere a las ilusiones como si fueran cargas desesperanzadoras; me atrevo a afirmar lo contrario: dudar de aquello que perciben nuestros sentidos en ningún caso ha de ser algo negativo, porque la misma ilusión es un reflejo y confirmación de un origen. Tal vez el mundo en que vivimos no sea real, pero definitivamente proviene de alguna parte; algunos quizá lo hayan nombrado «dimensión originaria» o «realidad primera». Por supuesto aquello que algunos llaman ilusiones no son más que sombras de sus propias frustraciones y desencantos, pues ciertos hombres son incapaces de entrever en el fondo de las cosas principios más profundos; han convertido el amor por la ilusión (el cual puede ser verdadero y tiene consecuencias en el mundo) en el materialismo más obtuso, vulgar y denigrante. Tener un sueño o una ilusión significa para estos seres hundirse en la mediocridad de la materia: desean conseguir seres, objetos o estados y comprenden su propio valor sólo a partir de estas posesiones. ¿Qué maligna ironía surgió cuando tener un sueño se convirtió entre nosotros en la búsqueda por alcanzar un objeto tangible? Las ilusiones no son simples esperanzas, no adquieren un peso en aquello que prometen, sino que se confirman y existen cuando destellan en nuestro interior como un sentimiento; no dependen de su realización, pues en su imaginación el amante posee ya el presentimiento de los labios anhelados, y ese sentimiento se expresa y libera a través de nosotros; somos el cristal por el cual el mundo se proyecta y cobra sentido.

Pero la ilusión a la que me refiero es únicamente un vínculo con el origen. Algunos creen que detrás de una ilusión no existe nada; yo en cambio parto de la premisa de que algo produce la ilusión. Incluso tras la manifestación de una ilusión óptica se expresa una realidad, como el fondo del todo que la sostiene; quizá su origen no se corresponda con lo que nosotros percibimos: el espejismo se produce cuando existe una refracción de rayos de luz sobre capas de aire condensado en distintas densidades ópticas, la emisión lumínica se curva y refracta el entorno; no avistamos aquello que produce esa ilusión, y sin embargo, la impresión que percibimos se encuentra en el paisaje real, sólo que un efecto óptico lo ha trastornado. Si al igual que un espejismo la ilusión no fuera un simple reflejo, si no se correspondiera a su origen como su refracción, su principio podría estar en cualquier cosa, alejada de nuestra realidad aparente, pero contenida en ella como una confluencia de factores ocultos que producen el fenómeno del mundo.

Descubro un atisbo de esperanza en la ilusión comprendida de esta forma, pues en todo caso no importa la realidad fáctica: si nuestro mundo de ilusión existe es porque algo lo ha originado, y ese algo debe simbolizar una esperanza frente a aquella idiotez que el ser humano llama realidad. No obstante, no se trata tan sólo de formar un camino infinito de ilusiones, sino de descubrir el principio de la ilusión. Quizá se me pregunte: ¿Por qué habría de existir ese origen de la ilusión? Mi respuesta es sencilla: porque en un mundo en el cual no existe un origen todo está permitido. No somos seres del caos, si ese «centro» no existiese la vida misma tampoco tendría sentido. Es decir, el considerar que la ilusión está vinculada a algo más es un fundamento ético y espiritual que nos da valor para enfrentar la vida y para hacernos responsables de ella. Entendida así, la ilusión sirve para infundirnos esperanza.

En su realidad estos hombres ordinarios no sólo asedian y niegan constantemente el principio de la ilusión, sino también su confirmación a partir de nuestros sentidos; por culpa suya nuestras vidas se han vuelto ritualistas como cáscaras vacías, pues todo vestigio divino desaparece cuando sólo sobrevive el culto, cuando pierde la conexión con aquello que lo ha originado. En el mundo de estos hombres nuestros sentidos están saturados y son incapaces de percibir verdaderamente; pero nosotros somos capaces de descubrir los matices luminosos de una puesta de sol o la aspereza de la arena bajo nuestros pies, antes de que la marea la arrastre lejos; de descifrar cómo cambia el mundo a cada instante y cómo nuestra vida ha sido formada para sentir. Por supuesto que las personas incapaces de sentir más allá de su voluptuosidad no comprenden que la escasez le da significado a un sabor o que la ausencia o el dolor nos elevan hasta casi conectarnos con lo divino, con este principio de la ilusión. Porque aquello que nos motiva es sentir, pero no como seres sensuales y opacos; pues quizá los sentidos sean el último vestigio divino en nosotros, el último vínculo que nos da la certeza de que existe un origen tras las formas de lo aparente.

Recuerdo un fragmento de En busca del tiempo perdido acerca de las almas. Proust afirma que en ciertas historias celtas las almas se encontraban prisioneras en árboles y objetos; sólo cuando algún predestinado las reconocía, esas almas se liberaban para surgir con nueva vida a nuestro lado. Tristemente me pregunto: ¿Cómo podremos volverlas a la vida cuando hayamos muerto, cuando nosotros mismos seamos una masa insensible e inerte? Muchos hombres son ya como aquellos seres, atrapados en un cuerpo ajeno, incapaces de expresarse o de sentir verdaderamente, pero a diferencia de las almas de los árboles y las cosas, sus almas se han petrificado y ya ni siquiera anhelan ser salvadas, no extienden ya sus cuerpos arbóreos ante el viento que surca la colina, expectantes y esperanzados. Si escribo acaso sea para revelar los vastísimos campos de neuronas que se encienden en nuestro cuerpo cuando tocamos al ser amado, para hablar sobre la maravilla de la ilusión y su confirmación a través de los sentidos; y quizá al descubrirla finalmente nos hagamos responsables de ella.

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Adrián Soto (Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado la biografía Quetzalcóatl, la efigie de luz en Editores Mexicanos Unidos, y el prólogo al ensayo «La Cristiandad o Europa» de Novalis en la colección Pequeños Grandes Ensayos de la Dirección General de Publicaciones de la UNAM, así como los ensayos «El transporte trágico» y «El pasajero espectral» en la revista Quehacer editorial, además de «Un breve recorrido por la montaña romántica», y «La incubación de lo siniestro», éste último sobre la novela Mandrágora de H. H. Ewers, en la revista electrónica Punto en Línea; también ha publicado poemas, traducciones y ensayos en las revistas HotelAeda LammLiteralgiaQuehacer editorial y el Periódico de Poesía de la UNAM. Se ha especializado sobre todo en romanticismo alemán y en literatura japonesa contemporánea.

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