Friday, 22nd August 2014

Pizzería kamikaze y otros relatos, de Etgar Keret

Publicado el 29. abr, 2012 por en Libros, Zoo

Samuel Lagunas

 

Pizzería Kamikaze y otros relatos, Etgat Keret, Sexto Piso, 2011.

Descartando mis cotidianas lecturas bíblicas o los fragmentos de Las antigüedades de los judíos de Josefo, debo admitir que jamás había leído a algún autor nacido en Israel y que mi referente más próximo de un artista de aquellas latitudes era la supermodelo Refaeli. Entonces un amigo, con quien estoy en verdad agradecido, mientras platicábamos sobre autores mexicanos nacidos en la década de los setenta, me recomendó a Keret, diciéndome que en él encontraría a alguien «más o menos del estilo».

Tengo que confesar también que por un momento pensé que el libro estaría lleno de alusiones al holocausto, como si aquella losa fuera tan enorme para los escritores que no fuesen capaces de quitársela de encima. Y es que todavía por estos lares, en 2004, el premio Seix Barral lo obtuvo la novela chilena La burla del tiempo, que reflexionaba sobre el régimen dictatorial y sus consecuencias, y, además, con eso de que novelas sobre nazis y judíos aún siguen apareciendo en los estantes de las librerías escritas hasta por mexicanos, se me figuraba que Pizzería kamikaze al menos rozaría el asunto. Pero me equivoqué, afortunadamente, y mis prejuicios fueron vencidos, lo que demuestra nuevamente su inutilidad en el ámbito artístico.

 Las dos líneas temáticas que recorren los cinco textos del libro son el amor y la muerte. Ya lo había declarado el rey Salomón en el Cantar de los Cantares: «Porque fuerte como la muerte es el amor». El eros y el tanatos. Y la lucha –siempre paradójica– Keret (quien también cultiva con profusión la novela gráfica) no se propone resolverla. En «La historia del conductor de autobús que quería ser Dios» lo que se narra son los encuentros y desencuentros, inmersos en el ambiente cotidiano, en busca de la felicidad. Aquí los personajes son vectores que aprenden a avanzar con lo que la vida les da, todavía a la espera de que ese anhelo mayor, hondamente arraigado e inolvidable, llegue siquiera parcialmente a cumplirse. «El deschavete de Nimrod» es la intromisión de la muerte en medio de un grupo de amigos; cómo aquellos que se van, voluntariamente o a la fuerza, aún siguen subsistiendo, en este caso a través de la locura (una manera de estar) que va ocupando la cabeza de cada uno de los amigos, por turnos. Es una rotación de la que aparentemente el amor, en su forma institucionalizada, los libera. «El coctel del infierno» es ya la creación de un mundo donde coexisten geográficamente la vida y la muerte: «Hay un pueblo en Uzbekistán que fue construido justo a las puertas del Infierno», comienza el relato. El pueblo es yermo y allí, en una pequeña tienda atendida por Ana, entran los sulfúricos visitantes que sólo pueden salir del Infierno cada cien años. Y entre ambos lugares se tiende un puente, que es el amor, pero sometido a las categóricas reglas del universo que nada respetan. Y después de un día, la visita debe volver a casa. Y de repente la puerta, el vínculo entre los dos polos, se evapora, eliminando todas las esperanzas del encuentro, de la felicidad. «Todo lo sólido se desvanece en el aire». No es miedo al compromiso, como lo consignara Z. Bauman en Amor líquido, pues aunque uno ansíe el compromiso de todo corazón, la sociedad circundante te cerca, te obstaculiza, te lo impide.  Nuevamente el personaje debe casarse y tener hijos con uno de los dueños de la pescadería del pueblo. Ya qué. «Útero» es la reelaboración del triángulo edípico simbolizada en la latría del útero de la madre, uno «tan precioso que el hospital lo donó a un museo». Y es que una vez terminada la extirpación, el padre decide irse «porque una mujer sin útero no es una mujer, y un hombre que se queda con una mujer que no es una mujer deja de ser un hombre». Al final la madre muere y es entonces cuando lo que le sobrevive, el útero del museo, se vuelve la obsesión del hijo y del padre, ahora cazador de ballenas, quien al final es redimido –¿por el amor?– y además de volverse ecologista consigue de nueva cuenta el útero de su esposa gracias al pillaje y a la piratería.

Finalmente, el relato que da nombre al volumen es una transfiguración del viaje de Dante. Son Haim y Ari recorriendo el lugar destinado a los suicidas. Al principio no saben para qué hasta que descubren que Ergá, el paralelo de Beatriz y la razón del suicidio de Haim, también se ha metido un tiro. Entonces comienza la peregrinación por las carreteras y los bares. A diferencia de la Comedia donde al final triunfa el amor contemplativo, en Pizzería Kamikaze el viaje turba y modifica, y es que el amor ya no está en la meta sino en el camino y Ergá, si bien fue el motor, se vuelve una presencia fugaz, un ornamento que es quitado sin mayor problema. Y paradójicamente vuelve a triunfar el amor contemplativo, el amor romántico, porque la sobredosis de Lihi no había sido a propósito y lo que ella realmente buscaba era la forma de regresar. Y la encuentra. En Keret siempre son los personajes periféricos los que cumplen su objetivo, nunca los protagonistas. Entonces Haim regresa a la pizzería, a la monotonía de la vida, que es la muerte, con la esperanza de que a Lihi se le ocurra volver pronto.

Reconociendo el tono serio de mi reseña, debo decir que Keret para nada es así; en él se conjugan armoniosamente el humor, la burla, la parodia, la ironía y la nostalgia. Con ello es capaz de provocar en el lector reflexiones vitales al mismo tiempo que lo hace sonreír y soltar la carcajada. Los relatos nunca son obscenos y la mordacidad es inocente, cosa que no ocurre por ejemplo en Carlos Velázquez. Desde yonquis hasta falsos Mesías, bajo la voz de narradores tanto heterodiegéticos como homodiegéticos, el desfile de personajes en Pizzería Kamikaze y otros relatos es lo suficientemente amplio para proveernos un panorama de la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Concluyo. El carácter global de los tiempos posmodernos y las redes que visible e invisiblemente enlazan a todo el mundo nos permiten ver en Keret rasgos del individuo que todos compartimos: la resignación –a veces sufrida, por qué negarlo–, la coexistencia de las pulsiones y lo paradójico de nuestra existencia. Y en Pizzería Kamikaze no importa si vivimos o si morimos, pues la levedad del ser, ya no insoportable, agotará nuestra carne y nuestros huesos, nos arrobará, como el viento arrebata las hojas de las ramas y se las lleva por donde quiere.

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Samuel Lagunas (Querétaro, 1989). Es estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Sus poemas han aparecido en dos antologías: La Antología del Maratón. Reunión de poetas noveles (Épica, 2009) y Besar de lengua, (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2011). Es columnista en el semanario Bitácora.

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