Saturday, 25th October 2014

La cuesta de los caídos

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuento, Literatura

Antonio Ramos Revillas

 

1

¿Ve esas lomas? Vamos más lejos. En la canícula el pellejo se reseca, el sudor  quema y tenga cuidado de no cargar nada en las manos o al lomo, porque entonces lo que uno lleva, nada más pasando las lomas, como que agarra pesadez. La gente termina por cansarse. Sueltan sus trastos, sus valijas. Por eso le llaman «la cuesta de los tirados». Hay quien hasta arroja su cuerpo al suelo y no lo levanta jamás. Es un camino traicionero: de gente que huye, que lleva el peso de la sangre en la espalda. ¿Usted dirá cuando nos vamos? Pasando esos montes, ¿ve los tres sillares en la loma? Sigue luego un camino de tepetate que se antoja blando aunque sea duro como hierro. La tierra está despellejada, hasta la misma piedra quiere romperse en dos. Sólo las alcayatas se dan ahí. Quién sabe de dónde abreven la poca agua que cae. Yo le diré una cosa: esa sierra debe los años que tiene. Quién sabe la sangre que se han bebido. Quién sabe las ganas que les ha chupado a los viajeros, como quien se sorbe hasta la última gota de las naranjas. Mire bien, no hay ni zopilotes porque hasta a los zopilotes les quita las ganas de volar. ¿Y esa chamaca? Se les ve amartelados. Se nota en sus ojitos que tiene fe en usted. Aunque a usted se le ve el miedo. Eso luego luego se ve, se siente. Cuando lo vi entrar a la cantina me dije: ése anda huyendo. Es un sentir especial. Hasta a uno le da curiosidad por saber qué hizo. Allá adelante no va a necesitar la pistola. Mejor no la muestre tanto, mire que tienta la condenada.

¿Viajan ligeros? Eso está bien. Pero esos caballos que traen, ésos deben cambiarlos, más el retinto, ése no aguanta y ése sí es mi problema. Si ustedes andan huyendo no me importa; pero no les voy a prestar mi montura. Mejor las cosas claras desde ahorita. ¿Nos vamos ya? Despierte a la muchacha. ¡Ah! Qué chulos ojos tiene, con su perdón. Es mejor empezar cuando el sol aún no despunta. Mejor es encontrarlo con el trecho andado a hallarlo así nomás, esperándonos desde el principio. El camino atraviesa la sierra, sube, se entrevera, pelea; pero lo puede ver usted: no se detiene. Y si el camino no se detiene, pues tenemos una chanza. ¿Y cómo me dijo que se llama ella? No se me altere, nada más para saber con quién voy a ir. ¿Carolina? ¿Carolina qué? ¡Ah!, mire nada más. Tiene un apellido viejo por estos lares.

2 

Eran dos caballos amarrados al níspero: uno flaco, retinto, comido por los insectos; el otro zaino, igual de enclenque. Yo andaba entonces a pie, sin nada sobre los hombros. El hambre era mi único tesoro. Me dije: mira esos caballos, y ahorita que te hacen falta. Hasta semejan no tener dueño. Buena hora sería ésta para que te hagas de cosas. Me senté frente a los animales. Me gustan los ojos de los caballos. Parecen de gente. Fijé bien la atención en los paisanos y en la casa: la vieja casa de los Gaspar. Bonita como ninguna. Una vez entré ahí a dejar unos encargos. El viejo Samuel Gaspar aún vivía. Los chamacos y la niña jugaban en el patio. Es una lástima que al viejo Samuel se le acabara la suerte. Así pasa.

En eso cayó el atardecer. Se hizo un nublazón de esos que traen desgracias. Las nubes torpes y negras se apelotonaban entre ellas. Comenzó a llover. La gente corría mientras la tierra se reblandecía como nata. El agua se convirtió en aguacero. Tres jinetes pasaron al galope y se detuvieron frente a la casa de don Samuel. Luego arriaron los caballos y tomaron el camino hacia la parte baja del pueblo. El frío se me metió hasta en la respiración. Ya está, me dije. Caminé hacia los caballos. Justo en medio de la calle escuché el disparo. El ruido salió de la casa. En sus tiempos buenos la llamaba la Casa Canela por el color de las paredes y los canelos del patio. Los caballos se alborotaron. Se abrió una puerta dentro del portón y salieron dos personas. Quise reconocerlos, más a la mujer. Llegaron con los animales. El hombre los desató y subió a la mujer al renegrido; él se trepó al retinto. Las bestias se portaron bien. Apenas sintieron el peso sobre sus lomos aguzaron las orejas, patearon el suelo con las patas delanteras como inyectadas con lumbre. Luego se alejaron hacia la parte alta del pueblo. Escuché los cascos a pesar del lodo. Esa casa está condenada, me dije. Me acordé del hijo de Don Samuel: Felipe Gaspar. Lo mataron en el patio de esa casa. El luto duró un buen y nunca encontraron a los asesinos.

En la calle los vecinos cerraron trancas y ventanas. Bajo el aguacero quedó una sin cerrar. La puerta se veía negra. Nadie salió para atrancarla. El viento la azotaba sin animarse a cerrarla de una buena vez. Daban los portazos un sonido grave, como disparos bajo la lluvia. Caminé hasta la casa y asomé el rostro. Me dio un escalofrío. Adentro la oscuridad lo había tragado todo. Divisé la escalera, el pasillo que daba a un patio central, un hombre tirado bajo la lluvia. Me acerqué. La sangre salía del agujero en la espalda. Yo no tenía nada en el estómago pero contuve la arcada. Aún olía la casa a pólvora y canela. Cuando el viento cerró la puerta atrás de mí aparecieron tres hombres: los jinetes de rato atrás. Uno tenía la pistola desenfundada. Pensé en Felipe Gaspar, asesinado ahí mismo. El que tenía la pistola al aire se acercó y escupió a un lado del cadáver. Me miró de reojo. Luego se dio la vuelta seguido por los otros. Seguro ellos sí sabían a quién habían matado.

3

Yo sabía que vendrías. Me dije. A lo mejor no. A lo mejor me decepciona y no viene; pero cuando apareciste por la esquina de la plaza con los caballos hasta te respeté un poco. Yo sabía de tu traición porque a hombres como tú la perfidia se les ve en los ojos aunque lleguen con aire asustado. Yo sabía, Pepito. No se te olvide. Y te esperé. No te tengo miedo. Mandé lejos a Nabor y sus hermanos hasta para eso, para que no dijeras después: «Me esperaba con los Revillas». Esto se va a convertir en tu tumba. Ni esa lluvia que anda ahí prometiéndose te va a encontrar vivo. Todavía recuerdo cuando apareciste por primera vez aquí, en la Casa Canela. Parecías un animalito, de esos que se ahorcan con una mano. No sé cómo te salieron garras. No sé en qué tierra tragaste valentía ni quién te atiborró los oídos de soberbia igual que a marranos cuando se atascan de mazorcas, como para venir a enamorar a mi hermana; tú, un muerto de hambre. ¿Quién iba a decir que alguno vendría a retarme a esta casa? Llegas armado. Te han enseñado bien, Pepito; pero te diré una cosa: vas a batallar para matarme. ¿Dónde has visto que se caiga un fresno por un hachazo? Yo enterré a mi padre, volví a poner las lindes del rancho, levanté casas para la peonada. Con esfuerzos coloqué el apellido de los Gaspar otra vez en su sitio. Yo le regresé a esta casa su poder. También eduqué a ésa que de seguro oye ahorita. Todavía me culpa por la muerte de Felipe. Siempre andaba con él, a su pendiente, velaba su sueño. Un día los encontré besuqueándose, e imaginé cosas peores. Maldita sangre la nuestra. ¿Sabes lo que es la repugnancia, cómo sube desde el estómago? Pero te has puesto nervioso. ¿Dije algo que no sabías? Cuidado con la pistola, Pepito. No se te vaya a salir la bala como se me salió a mí, con mi hermano. Ni parece que tengas los pantalones bien puestos. No me decepciones. Felipe lloró cuando la vida se le iba, aquí mismo, en el patio. Dijo «tengo hambre». Abrió la boca como si quisiera colmarla de aire y se le expandió el pecho pero luego se desinfló. Pero vamos. Yo no te tengo miedo. Así me mates, no te tengo miedo. Te vas a acordar de mí. Ahora salgamos. No dispones de mucho tiempo.

4

Se lo dijo allá en la plaza de los Canarios. Va a venir, patrón, se lo pidió su hermana. Yo me comía unas naranjas. Tenía harta hambre y me fui a comer bajo el fresco de un chopo. Desde ahí los vi. ¿Que cómo escuché? No, yo no escuché pero leí sus labios; ya sabe, por Mingo, como no sabe hablar ni escuchar, aprendí a leer los labios. Clarito como si la estuviera viendo a la hermana de usted cuando se aferró al brazo de José Matías y le dijo:

—No estará esperándote, pero como quiera llévate la pistola.

Y supuse que hablaban de usted. ¿De quién más? Esa chamaca, con su perdón, pero se la tiene bien cantada, como que todavía no aprende a perdonar. Eso es bien triste. Luego el Matías la abrazó fuerte y ella se dejó apretar. Así lo vi y así vengo a decírselo. La apretó rico, como rica sabía la naranja.

—El amor nos dará prisa –también le dijo eso.

Ya anduve preguntando en el pueblo qué hace el Pepito. Compró dos caballos. Pienso que para pasado mañana, patrón. Les ha gustado para pasado mañana. Usted sabe, en el aniversario luctuoso de don Felipe. Si usted lo ordena mis hermanos y yo nos quedamos. Es más, nos escondemos, y le llegamos por la espalda como a su hermano. Déjelo también llegar confiado. Ya sabe, Rito es bueno para poner emboscadas. Mingo y yo somos fáciles para el pleito en las galleras y fáciles para soltar tiros, hasta parece que es nuestra especialidad, el don que nos regaló nuestra madre.

—Mi hermano es del pasado, Nabor, no vuelvas a mencionarlo. Tenía mis motivos.

—Como usted diga, patrón. Nada más me pongo a sus servicios.

—Traes ganas por meterle bala a ese cabrón, ¿verdad?

—Me quemo, patrón.

5

Tú conoces la casa, cómo entrar a los cuartos, el lugar donde se guardan las armas. Sabes el número de escalones hasta su habitación pero ahora vas a entrar por la puerta trasera. Ten cuidado. La puerta da a un pasillo al que salen la cocina y una bodega. No estará esperándote, pero como quiera llévate la pistola. Yo estaré en el salón, frente al patio. Esto es necesario hacerlo, José. Si nos fugamos, al rato andaremos de apestados de un lugar al otro, con miedo hasta de nosotros mismos. Él mandará a Nabor y sus hermanos tras nuestro rastro. Ya lo veo bien: los tres jinetes siempre persiguiéndonos. Adonde lleguemos no podremos estar y entonces tendremos que irnos. No habrá paz en nuestro camino aunque el amor nos dé prisa. Pero muerto él, los hermanos quedarán sin cabeza. Se irán cada uno por su lado como las serpientes cuando huyen del sol. ¿Me quieres? ¿Te gusto mucho? ¿Me quieres como para perpetrar este sacrificio? Tú eres hombre. Ayúdame y muchas tierras serán tuyas. Tu aliado será la sorpresa. Yo dejaré la puerta del frente sin cerrar, tú consigue los caballos, traza la huida. Nos iremos al desierto. Nadie nos buscará entre las rocas. Nada más necesito que tu amor por mí sea más fuerte; que tu amor por mí sea tan duro como esa bala. No necesito que lo mates, sólo ponlo en ese lugar, donde antes él mató a Felipe para quitarle la herencia. Quiero que al momento de morir tenga la misma sorpresa que tuvo Felipe cuando vio que su hermano lo mataba. Él me quería. Yo a él. Dispararé y vengaré su sangre. Ponlo ahí y lo haré. Lo juro. No me temblará la mano.

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Antonio Ramos Revillas. Monterrey, 1977. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha escrito cuento y novela infantil y juvenil. Obtuvo en el 2006 el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri. Su más reciente novela es El cantante de muertos (Almadía, 2011).

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