Thursday, 17th April 2014

Un viaje en tren con David Miklos. Primera parte

Publicado el 11. dic, 2011 por en Cuadrivio proteico

 

Estación: Destino

 

Las entrevistas con escritores suelen ser partidas de esgrima donde el interrogado revela, amplía o glosa sus obras e influencias o, cuando mucho, se desdice sutilmente de alguna opinión sostenida en el pasado. Sin embargo, las poco comunes condiciones en las que se gestó el encuentro entre Diego Armando Arellano y David Miklos (San Antonio, Texas, 1970) arrojaron un resultado tan inesperado como fascinante: un autor que ensaya con su biografía, su amor paterno, sus lecturas y su prosa; un ejercicio literario más que una simple sesión de preguntas y respuestas. He aquí la primera parte de esta conversación con uno de los prosistas mexicanos más notables de la actualidad.

 

Diego Armando Arellano

Conocí a Diego Armando gracias a Antonio Ortuño. Nos presentó. Hicimos buenas migas. Me pareció un tipo con talento. Pero, sobre todo, percibí en él una honestidad sin parangón. Hace falta gente así en nuestra malhadada republiquita de las letras. A Diego, que sabe plantear y pedir muy bien las cosas, es casi imposible decirle que no. Y aquí estamos. Esta larga entrevista, dividida en dos partes, se tardó varios meses en gestarse. Tardamos en dar con el formato. Y tardé en encontrar un momento en el que el tiempo me fuera favorable. Una vez iniciado el proyecto, fue imposible echarse para atrás. Así fue. Y así llegamos a su término. Fue como un largo viaje en tren. Un viaje ameno, en línea recta, sin curvas ni pendientes ni descarrilamientos. Eso. Un viaje en tren. Un viaje como se hacían los viajes antaño, cuando en este país aún había trenes. Trenes de verdad, no trenes meramente turísticos. Diego me encontró enfermo de mí mismo y me aisló durante semanas para que me curara del mal que nos aqueja a los escritores, la megalomanía exhibicionista. Ya dirán los lectores si consiguió su cometido. Así las cosas, he aquí una vacuna contra el virus pandémico de David Miklos.

D.M

Día 1, 9:54 AM

Nací en un hospital que, entonces y hoy, parece más viejo que los años que ahora, 41 años después de aquel 8 de agosto de 1970, visto y me visten. Nací en San Antonio, Texas, en el condado de Bexar, ciudad que no conocí sino hasta 31 o 33 años después de mi alumbramiento. Nací y no sé si me pusieron algún nombre, si las enfermeras que me cuidaron luego de que mi madre me cedió en adopción me llamaban de tal o cual modo, lo único que sé es que en mis papeles de identificación, durante esos primeros meses en los que no tuve padres (aunque mis padres ya existieran y ya me esperaran), se me denominaba, sin más, Baby Boy.

Supongo que hacía un calor muy tejano: era verano y allá todo es canícula por esas fechas. Hacia octubre, mis padres fueron por mí. No porque no quisieran ir antes, cuando yo era un recién nacido apenas, sino porque nací ochomesino y estuve en una incubadora: no era un bebé adoptable desde el inicio. Nací, por segunda ocasión, a bordo de un avión que me trajo a la ciudad de México apenas comenzaba el otoño. Y esa vez, definitiva, nací en el abrazo y bajo la sonrisa cálida de mi madre, orgullosa de por fin tenerme con ella. Hay una fotografía que ilustra ese momento. Nací, igual que tú y como el resto de los bebés, incluida mi hija Anna, con los ojos hinchados…

Día 2, 11:44 PM

He estado, como adulto, una sola vez en mi ciudad natal. Un mal viaje. No entraré en detalles, pero sí te puedo decir que es una ciudad que me gustó, que me gusta, a la que volvería gustoso. Cuando estuve allí, hace un lustro, me paralicé. No me atreví a ir a ninguno de los sitios relacionados con mi origen: la agencia de adopción (desaparecida), el hospital en el que nací (no sé si el edificio aún se mantiene en pie). Algo de mí, sí, pertenece a ese lugar. Remember El Álamo. Lo cual nos trae, de manera obligada, a México.

Mi padre es mexicano, hijo de húngaros. Mi madre es francesa, hija de alemanes (judíos, fugados de los nazis, exiliados y ocultos en Francia). Así las cosas, un porcentaje de mí se siente mexicano, pero, por ejemplo, mi selección de futbol, para bien y para mal, es la francesa (jamás la estadounidense ni mucho menos aún la alemana; cuando Hungría regrese al escenario de un mundial, ésa será mi selección, además de la uruguaya). México, sin embargo, es mi casa. Mi hogar. Ese lugar tan familiar que resulta detestable: uno se piensa más feliz en otra parte, en otra ciudad, en otro país. Pero no es así: es una ilusión eso de estar mejor en donde no se está. Pero no quiero confundir a nadie. Habla la gripe que me abruma hoy, no yo. No es mi día más lúcido.

Día 3, 10:54 AM

Mi infancia fue muy feliz. Había muchos libros en casa. Me inicié en la lectura con libros de cuentos populares chinos y rusos (soviéticos: el comunismo existía, entonces). Mis padres nos llevaban a los festivales del PCM, luego del PSUM. Yo era un ferviente comunista. Quería ser un pionerito. Pero no jugaba a eso. Tuve una educación activa y mis padres eran abogados de la creatividad. Tenía muchos bloques para construir mis propios juguetes. Y mucha plastilina. La consigna era crear el juego y el juguete. Claro, de pronto nos regalaban algo que veíamos en la tele, pero era la excepción. Tampoco veíamos mucha tele, mi hermana y yo. Tengo una hermana tres años menor. Jugábamos mucho. También nos peleábamos. A golpes. Y a juguetazos. Pero yo no era travieso (mi hermana sí) y nunca me regañaban: era un niño bastante tranquilo.

Entre mis recuerdos más añejos se cuenta uno en el que mi padre me lleva a un museo. Allí, en una sala, proyectan una película. En la película, un hombre y una mujer viajan en un coche descapotable, las melenas al viento. Fuman un churro de mota (o un cigarro de mariguana, para los finolis). Bajan por una pendiente por una carretera muy europea, ya sabes, en la montaña. De pronto, entran a un túnel. Y nunca más salen de allí. La lección era, claro, no fumes mota. No te drogues. Y así. Dejó su huella en mí, la mentada peliculita. Hay otros recuerdos: yo, de niño, en la torre Eiffel, chupando una paleta roja en forma de torre Eiffel. ¿Lo recuerdo o lo veo en una foto? Luego es lo mismo.

Día 4, 7:33 PM

Tengo un recuerdo remoto en el que voy con mi madre y mi hermana al Xitle, un cráter muerto a un costado del Ajusco, creador de lo que hoy conocemos como el Pedregal. El recuerdo es como un sueño. Vamos en pos de globos aerostáticos. Que nunca aparecen. Hay tráfico. Debemos bordear la montaña. Y eso es todo. Desde mi hogar de infancia se ven los volcanes que vigilan el valle de México: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Imponentes. Alguna vez, también de niño, fui de campamento a las faldas del Popo. Había poco aire. Y yo era asmático. Correr, que es lo que hacen los niños, era una afrenta. Me dolía el pecho. Pero no podía no correr. Ya de adulto y en mi regreso a México después de una vida en Londres, fueron los volcanes mexicanos los que me dieron la bienvenida: el Pico de Orizaba, el Cofre de Perote (¿es volcán?),la Malinche, la ya mentada pareja de volcanes vigilantes. Me gustan los volcanes. De niño hacía volcanes de plastilina. Rellenaba el cráter con Alka Seltzer y le echaba agua. Falsa y espumosa lava blanca. Al Nevado de Toluca fui un día con un buen amigo. Decidimos no ir a clases y subimos la montaña, el volcán. Recuerdo el silencio allá arriba. Un silencio en estado puro. Nunca he escuchado un sonido tan perfecto como ese silencio.

Día 5, 10:08 PM

Recuerdo con nitidez el momento en el que me supe mortal. Pero antes de llegar a esa revelación, un preámbulo. De niño, yo comía muy mal. Que no de bebé. Dice mi mamá que yo era como un reloj. Pedía mi leche a la hora precisa. Y mi papá era el que solía cargarme en brazos y darme el biberón. Mi mamá se hacía cargo de los pañales, según me dicen. Pero de niño, a la hora de los sólidos, nada me gustaba. Hasta que mi mamá se hartó. Y, ya que era lo único que realmente me gustaba, decidió que me alimentaría de Rice Krispies con leche (y sin azúcar). Dado que el 70 por ciento de mi alimentación consistía en arroz inflado con leche, pues, yo era un niño estreñido. Me costaba ir al baño. Cagar, pues. Lo mismo que me costaba trabajo caer dormido.

Antes de dormir, pensaba en el infinito. En cómo el universo, el cosmos, no podía tener límites. Porque si había una suerte de demarcación del universo, un muro, algo que lo contuviera, me parecía imposible que no hubiera nada del otro lado. La imposibilidad de la nada, pues. Como la caca que nada más no dejaba los límites de mis tripas. En esas andaba, cagando, cuando mi padre me anunció que podía quedarme con los diez pesos que me había dado (me duplicó el domingo en un tris: de cinco a diez, de súbito). Y allí andaba yo, en la contemplación del cura Hidalgo y en la espera de que mis intestinos se liberaran, cuando supe que, algún día, iba a morir. Iba a morirme y qué, después: ¿la nada? ¿Eso que no existía y que estaba del otro lado de los límites inexistentes del universo? Como verás, a mis nueve años (u once) yo ya era todo un filósofo, doctorado en metafísica. Además de estreñido.

Día 6, 11:20 PM

Hablemos, sí, de la mujer. Me gusta ese momento de Parque Jurásico en la que Jeff Goldblum le explica la teoría del caos a Laura Dern (intenta seducirla, claro) y ella, sin más, concluye y le espeta: «Y las mujeres heredaránla Tierra.» Loharán. Anna, mi hija, es una persona mucho más evolucionada que nosotros. A sus diecisiete meses me rebasa en sabiduría. Pero hablemos, antes de hablar de ella, de otras mujeres. En mi vida siempre hubo una ausencia: la imagen de mi madre biológica. Siempre la busqué a medias y, la verdad, la daba por muerta, tal vez como mecanismo de defensa, y cuando supe que MP, mi mujer, estaba embarazada, la encontré. La vida es un portento. Esa mujer, cuyo nombre conocí a los 20 años, regresó de entre los muertos y descubrí que, en realidad, nada me ataba a ella desde que me habían separado del cordón umbilical que me unía a su útero. Todo lo que había construido alrededor de ella era una ficción. Y ahora que iba a ser padre me veía obligado (de manera instintiva) a encarar, por fin, la realidad.

MP es mi mujer real, lejos de ese ideal de eterno femenino que uno debe superar para cruzar el umbral de la vida adulta. Pero no sé qué digo. Y por eso escribo y en mi obra la mujer, sí, heredará la Tierra, como es patente en La hermana falsa, en la que una mujer consigue trascender más allá de lo genético, dejar su huella allí donde no dejó su sangre. Algo así. Mujeres y ausencia de mujeres: mi prosa. Pero no mi vida, que también está repleta de ellas, desde mi madre hasta Anna, pasando por mi hermana, mi madre biológica y MP, mi mujer que también heredarála Tierra.

Día 7, 2:26 PM

Anna es mi tema, Diego Armando. Está a punto de irse a dormir la siesta y, con los ojos entreabiertos, me sonríe. Y me desarma. El lunes que entra, cumple un año y medio. Ya camina. Dice muchas palabras, su favorita: agua. Lo ilumina todo. Mi abuela materna se llamaba Anna. Era una mujer berlinesa que huyó de Alemania durantela Segunda GuerraMundial. Perseguida por los nazis. Ella acabó refugiada en Montauban, al sur de Francia. Mi abuelo se exilió en Suiza. Allá se llevó a mi tío. Embarazada de mi mamá, mi abuela Anna fue a dar a luz al pueblo más cercano. En bicicleta. Una mujer de una fortaleza sin parangón. Acabada la guerra, se juró no regresar a Alemania. Y así fue. Se casó de nuevo y, junto con mi madre y su ahora padrastro, se fueron a vivir a París. Murió muy joven, de cáncer, mi abuela Anna. Se la comió la historia, pienso. Tengo varias fotografías suyas: era una mujer robusta, de evidente carácter fuerte.

Entre otras cosas, por eso decidimos, MP y yo, que nuestra hija se llamara Anna. Nunca me vi teniendo hijos varones, nunca fue mi deseo: siempre quise una hija (de menos una: me llegué a pensar con tres, imagínate). Aunque MP tiene dos hijos varones (excelentes hermanos de Anna: la adoran y viceversa), que ahora viven con nosotros. Las mujeres –ya lo dije yo, citando a Jeff Goldblum en su papel de científico del caos– heredaránla Tierra. Esoes evidente cuando veo a Anna. Anna canta y baila y tiene un carácter recio: sabe bien lo que quiere y sabe bien cómo obtenerlo. Siempre. Es de una inteligencia primigenia abrumadora: allí, depositada en sus más de 10 kilos, está la sabiduría de la humanidad entera. No exagero. Cuando nació, a las 7.30 de la mañana del lunes 22 de febrero, lo vi todo en ella, Anna mi Aleph. Cada día con ella es una sorpresa. Y una revelación. Se me acaban las palabras porque son demasiadas. Podría escribir de Anna sin tregua ni límite.

Día 8, 10:40 AM

Ah, el amor. Cuando iba en la preparatoria, una de mis mejores amigas me definió como el «eterno enamorado». Y es que, pues, ante el «eterno femenino», ¿qué hacer? Claro, los hay quienes llegan al extremo de Juan Gabriel y hacen de su madre un «Amor eterno». Pero no. Mis amores no son edípicos. Me tardé en realmente enamorarme y en desembocar en el fruto de ese amor: Anna. Sonaré cursi, pero Anna es el amor. Es lo que nos dan los hijos. Esa incondicionalidad y confianza inagotables, abrumadoras a ratos. Un hijo te libra del tedio. Es imposible aburrirse con un bebé en casa. Y es imposible desenamorarse de un hijo, menos aún de una hija como Anna, que es la materialización del amor que encontré con MP. El amor, fuente inagotable de lugares comunes y clichés que siempre nos parecen nuevos. El amor, esa renovación. El amor, ese que tantos dicen que no existe o que es un chispazo o una luz pasajera. Ah, el amor.

Día 9, 5:12 PM

Sí, tengo una biblioteca personal, esparcida a lo largo de la casa (y de la casa de mis padres, en donde una centena de mis libros duermen un sueño casi eterno encerrados en unas cajas de las que no los he liberado desde hace tiempo, ya sabes, las mudanzas, los regresos, la falta de espacio, la seguridad del hogar primero). Hace casi dos años rentamos nueva casa, una casa con una gran ventaja: libreros y estantes al por mayor. En la estancia, que es el sitio en el que todos coincidimos y muchos trabajamos (MP y yo), está la mayoría de mis libros. En un estante tengo los que han escrito mis amigos, rodeados de otros de mis libros favoritos. Luego hay varios acomodados por editorial. Y hay cinco o más estantes en los que acomodé mis libros en inglés. El resto convive en un ordenado caos.

En el cuarto, junto a la cama, encima, debajo y al lado de la mesa de noche se apilan las adquisiciones más recientes y todos esos libros que pretendo leer a la vez y de las docenas se reproducen a las centenas. MP siempre señala las pilas de libro con cierta risa. Arriba, en el estudio, están los libros que no son tan favoritos y que no encontraron lugar acá abajo. Además de varios cientos de ejemplares de la fallecida Cuaderno Salmón, revista que dirigí durante un par de años. Y tengo una biblioteca nueva, que comienza a rellenarse de libros insustanciales o e-books: este cumpleaños mis padres me regalaron un Kindle, al que domestico apenas.

Ahora bien, ¿cómo elijo mis libros? Por instinto y por seducción: hay, sí, portadas perfectas, que luego casan con un contenido idénticamente perfecto. Y hay libros que nos llaman, desconocidos, y que encuentran su sitio en casa. También hay libros que he usurpado de la biblioteca de mis padres y que me han acompañado a lo largo de los años. Y libros que he perdido o regalado y vuelto a comprar o usurpar. Tal es el caso de La mujer zurda, de Peter Handke, que fue el detonador de todo lo que ahora escribo y todo lo que ahora leo. Un libro hermoso, editado por Alianza en su colección «Tres». Alianza hacía los mejores libros de bolsillo, con portadas de Daniel Gil. Han regresado a ese diseño quintaesencial, luego de varios años de editar buenos libros con portadas no infames pero sí intrascendentes. ¿Ubicas la colección de poemas de Pedro Salinas? Es, tal vez, mi portada favorita de todos los tiempos: la sencillez contundente. Y, claro, adoro los libros franceses que no tienen más que un sutil marco en la portada, adentro del cual se leen el nombre del autor y de la obra, además del género y ya, nada más que eso.

Día 10, 10:20 AM

Mi primer libro serio fue Poirot investiga, de Agatha Christie (bueno, antes de eso, lo fue El Principito). Pero mi primera experiencia de lectura pura y dura, la que más me marcó en mi edad temprana, fue la de los Relatos de los mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft y sus seguidores. Luego recuerdo un verano en el que me devoré la obra casi entera de Jorge Ibargüengoitia. Y, claro, un poco antes, La historia interminable, de Michael Ende. Sin embargo, creo que mi experiencia de lectura más fuerte fue hacia la secundaria, cuando en una encerrona me leí entero El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

Hay una nebulosa que me impide ver el momento en el que me convertí, de pronto, en un lector casi profesional y comencé a leer escritores estadounidenses e ingleses sin tregua. Me inicié con Kurt Vonnegut. Y lo siguiente que sé es que me chuté buena parte de la obra de Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Ian McEwan y Martin Amis, el dream team de Granta. Sin embargo, di con mis escritores fundamentales ya convertido yo mismo en escritor: Fleur Jaeggy, Antonio Di Benedetto, J.M. Coetzee, Cormac McCarthy, Héctor Manjarrez, Antal Szerb, Raymond Carver…

También me gusta, mucho, la literatura policiaca, sobre todo la de John Connolly y la de Henning Mankell, aunque también me fascina la ya clásica Patricia Highsmith y el genio que es Raymond Chandler (lo que siempre me hace pensar en Murakami, Haruki, que tanto le debe a este último). Sé que me preguntabas por mis lecturas tempranas, pero una cosa siempre lleva a la otra. También soy devoto de Homero, claro. Y, en su momento, y he aquí la confesión con la que respondo a la tuya –y culpo al mezcal que me bebí de hacerla–, leí Como agua para chocolate de Laura Esquivel y se la regalé a mi hermana. Tal vez leí La casa de los espíritus, también, pero lo que viene a mi mente es la imagen de Winona Ryder con un suéter de cuello de tortuga gris en la versión fílmica y poco más. Pero volvamos a los inicios: olvidé mencionar a Horacio Quiroga y a Oscar Wilde y sus cuentos infantiles, más el gran relato que es «El fantasma de Canterville».

Día 11, 12:54 PM

Y bueno, lo que no me gusta es la seudoliteratura. Ya sabes, los libros que se confeccionan para ganar premios editoriales o para crear un nuevoboom. No me gusta la escritura trepadora. La palabra sobrevalorado, sin embargo, me remite a un escritor que no se incluye en ninguno de los rubros mencionados previamente: Roberto Bolaño. Me gustaron Los detectives salvajes, aunque no volvería a leerlos. Detesté 2666. Algunos de sus cuentos me parecen, sin más, notables, de canon. Y tengo una rara debilidad por esa rara cosa que es Amberes. Pero el fenómeno Bolaño en sí me ha cansado, sobre todo el post-amiguerismo bolañiano: todos lo conocieron, en todos dejó huella, nadie le cedió su hígado. No lo digo con mala leche, sino con cansancio, insisto. Me da risa el afán anglosajón, con epicentro en Nueva York, por hacer de Bolaño el lobo estepario –y fallecido– de la literatura después del boom, tantos años después.

Y ahora, mi llamada generación. Encuentro dos escritores que me entusiasman por encima del resto dentro de la camada de los nacidos en los 70, uno evidente, el otro sabiamente velado. El primero es Antonio Ortuño, cuya obra me gusta y su actitud ante el mundillo de las letras me parece admirable, un ejemplo a seguir. Es, Ortuño, mi valedor, la apuesta consumada de las letras mexicanas más jóvenes, aunque no de las noveles: Antonio ya cruzó el umbral y es un escritor hecho y derecho. ¿Pruebas de ello? Los cuentos de La señora Rojo y esa novela que parte plaza llamadaÁnima. El segundo es Nicolás Cabral, que nos ha dejado ver un cuento aquí, otro allá, además de una serie de ensayos críticos formidables. Sus cuentos forman parte de un volumen inédito y que ya leí y que pienso un libro fundamental. Habrá que esperar para leerlo. Y verás cómo le pone los puntos a las íes, para no decir más por ahora. Hay un tercer escritor que acaba de dar con su voz y al que, espero, leeremos pronto: César Albarrán. ¿En qué año nació René López Villamar? Es otro narrador cuya prosa y naciente obra me entusiasma. Y tenemos al chico malo de la escena (y que a mí, la verdad, sí me gusta, aunque comprendo que mucha gente lo detesta): Carlos Velázquez. ¿Nacidos en los 80? Todo está por verse. Tenemos, también, a nuestro Bartleby: Alain Paul Mallard, cuyo único libro me parece una joya. Y acaba de aparecer la primera novela de Oswaldo Sánchez, Siembra de nubes, a la que le tengo toda la fe posible. Ahora, Alberto Chimal tiene un libro que me encanta: La ciudad imaginada.

Día 12, 749 PM

Es cierto todo lo que dices sobre el buen Charles. Su Marrana es un gran libro, francamente (lo siguiente se lo escribí al acabar de leerlo: «un libro que se sostiene por sí solo, en sus cuatro magníficas pezuñas»). Y creo que, si domeña pluma y actitud, vendrán mejores. Sería una pena que se estancara. Escritores así nos hacen falta.

En realidad, un escritor no tendría más que escribir libros. Y, acaso, leer fragmentos de dichos libros en público. No más. Pero hay escritores a los que nos gusta hablar y ser entrevistados, sobre todo cuando la entrevista es buena, como es el caso de ésta. Yo nunca me pensé escritor o deseé serlo. Tal vez ya lo era, siempre lo fui, y me daba miedo encararlo. Pero me escapo de tu pregunta última. Y ahora la respondo. El principio del placer es uno de mis libros consentidos. Ignoro cuántas veces lo he leído. Es formidable. Hace poco se publicó Yo te conozco, la novela más reciente de Héctor Manjarrez (también en Era), y no pude más que pensar en Las batallas en el desierto, otro libro formidable de Pacheco. Aunque lo que más me gusta de él es «Tenga para que se entretenga», un cuento perfecto y fino que viene en el primer libro en este rubro mentado. La narrativa de José Emilio es muy buena para alguien que se piensa escritor en potencia. O la de José Agustín, rescatando lo recién dicho por Villoro en su columna del Reforma. Escritores pivotes. Gran cosa, si lo piensas a fondo. Escritores que abren puertas, no que las cierran y te dejan con la cola entre las patas, incapaz de aporrear el teclado o pergeñar algo con el lápiz sobre la hoja en blanco. Ya te hablé de La mujer zurda, de Peter Handke: ese libro es mi parteaguas como lector-escritor. No es un gran libro. Es, de hecho, un libro bastante menor. Pero la intención de ese libro, las puertas que abre… Es la gran cosa. Ese libro lo dejó plantado un buen amigo de la familia en mi casa, con una dedicatoria enigmática. Es uno de los libros que usurpé de mi primer hogar. Lo regalé o lo perdí, después, y cuando volví a encontrarlo lo compré sin chistar (hace diez años o más), aunque no lo he releído. No puedo releerlo. No ahora.

Como escritor, es Jorge Ibargüengoitia el primero en el que pienso cuando releo tu pregunta. Un vecino me pasó Estas ruinas que ves, en la edición de Novaro (con una portada calenturosa o calenturienta), y lo leí con una excitación in crescendo. Me pasé todo un verano buscando las obras de Ibargüengoitia. Y conseguí y leí toda su narrativa por allá de 1983, cuando acababa de morir, y Los pasos de López, en la edición de Océano, se había convertido en una terrible lápida.

Día 13, 3:20 PM

Tienes razón, Diego: hay escritores que se hacen luego de nacer. Soy radical, lo sé, pero no estoy exento del gen de la moderación: sé aceptar mis exageraciones, aunque ofrezco duelos a divertida muerte. Ahora bien, te respondo de manera puntual: he sido maestro de talleres de argumentación para universitarios, así como de algunos talleres de creación literaria pertenecientes a esa rareza que son los departamentos de extensión cultural de las instituciones educativas. Nunca he sido un tallerista como tal: creo más en las lecturas en corto, entre amigos y colegas con los que las afinidades y la confianza nos permiten sorrajarles un manuscrito recién nacido. Alguna vez estuve en un curso-taller impartido por Mauricio Molina en la Ibero(mi alma mater): fue una experiencia notable y Mauricio nos compartió lecturas que aún hacen mella en mí y que, sin lugar a dudas, han influido en lo que ahora escribo (incluida la propia y excelente novela de Mauricio: Tiempo lunar). Y asistí en dos ocasiones (o tres; no más de cuatro: estaba a punto de irme de México) al famoso taller de Daniel Sada, de quien aprendí algo fundamental (parafraseo haciendo abuso de mi derecho a la ficción): echa a la basura cualquier bosquejo, la estructura vendrá después; y sigue para adelante, no para atrás. Y eso. Hay que escribir como un poseso, hacia adelante. Ya sabes lo que pasa cuando uno mira hacia atrás: estatua de sal. Eso es el llamado bloqueo, tal y como yo lo entiendo. Un libro te avisa cuando ha terminado de ser escrito. O cuando requiere de reposo. Pero aprender eso es como implantarse un órgano cuya única función es dotarnos de instinto.

Hay escritores que nacen no sólo con voz sino con toda esta serie de elementos que posibilitan una escritura desmarcada del mundanal ruido editorial. Y hay escritores que, receptivos y abiertos y dispuestos a la escritura, se hacen en la marcha. Más que un taller, ayuda leer. Aprender a leer. Y aprender a tomar distancia (y leer) lo que uno escribe. Pero lo que más ayuda es cancelar el ego y aprender a no tomarse la crítica a lo que uno escribe de manera personal (salvo que el ataque sea personal, caso en el que uno tiene permitido romperle el hocico al que nos critica, porque la mala leche –la pus de la envidia, en suma– enturbia todo lo literario). Estoy hablando mucho, hoy. Aunque todo se resume en una pregunta. O dos. La primera: ¿Se puede enseñar a escribir? Respuesta: Sí. Para eso está la primaria. La segunda: ¿Se puede enseñar a escribir literatura? Respuesta: No. Pero se puede enseñar a leer literatura y, acaso, a quitarle la cáscara a la semilla de una voz, aunque se corra el riesgo de que al interior de esa semilla no haya más que un vasto vacío.

Día 14, 3:20 PM

Cada libro lo he escrito de manera diferente, aunque lo que termina por imperar, siempre y pese a todo, es una concentrada disciplina.

Suelo escribir, al principio, de manera dispersa. Un episodio aquí, otro allá. El trazo de un escenario. Una idea suelta. De pronto, una larga parrafada. El libro, de pronto, se impone. Y es entonces que se hace el orden. La piel muerta la escribí a mano, en un cuaderno de pasta dura forrado de piel negra. 2004, la antesala del verano. Me despertaba a las seis, preparaba un té, pelaba una clementina y enfrentaba la página en blanco. Hacia las 12, dejaba de escribir. Me iba a caminar, al cine. Regresaba a casa. Dormía. Me despertaba a las seis, etcétera. Un día no pude escribir más. Me fui de viaje. Y, allá, lejos de mi espacio de escritura, comprendí que el libro estaba terminado. Regresé, lo transcribí y lo corregí. Eso fue todo.

Con La gente extraña el proceso fue similar, aunque el libro lo escribí en un espacio ajeno: unos amigos se fueron de viaje, me pidieron que les cuidara su departamento y aproveché la encerrona y el desplazamiento para atar la novela. La hermana falsa la escribí luego de fracasar con otra novela (que luego se convirtió en un amplio relato, la pieza central de La vida triestina: «Historia natural de una vida en Londres»). Rescaté varios apuntes hechos en otro viaje. Y ya estuvo. No la escribí a mano, sino en mi Mac. Suelo recurrir a la tipografía Garamond, a 14 puntos, un espacio y medio de interlineado, los renglones sin justificar.

Finalmente, La vida triestina: la escribí a lo largo del embarazo de MP y la concluí poco antes de que naciera Anna. Ya luego comenzó otro tiempo, otro modo de escritura, atado a la mano de mi paternidad. Es curioso. Siento que ahora que escasea mi tiempo, escribo más. Tengo el borrador acabado de una novela de cerca de 400 páginas (que dividí en dos libros). Y he escrito decenas de cuentos. Escribo a la hora que puedo, con o sin café al lado, preferiblemente con música que aplaque el ruido que me rodea. Pero no he dicho lo más importante: escribo, transcribo, imprimo, corrijo, borro el archivo, transcribo, imprimo, corrijo y ya estuvo. Es un largo proceso. Pero sólo así se puede ultimar la palabra.

Día 15, 9:02 AM

El proceso de publicación de La piel muerta fue límpido y veloz. Apenas comprendí que había acabado el libro y regresé a México a transcribirlo y a corregirlo, todo fluyó muy amenamente. Llevé el manuscrito a Tusquets: ellos habían publicado Una ciudad mejor que ésta, la antología que hice de narradores mexicanos nacidos en los 60, allá por 1999 (así que, digamos, me recomendé yo mismo). Me pareció lo natural. Era verano, aún. El cabo del verano. Mi editora leyó el libro y me dijo que lo publicaría, cosa que ocurrió en febrero de 2005, seis o menos meses después. No me puedo quejar. La odisea, en realidad, fue escribir el libro: salir de mi puerto para volver a mi puerto, diez años después, y atender las voces que se habían quedado en mi memoria. Creo que el fin último de la escritura no es publicar, sino escribir, no dejar de escribir: un fin en sí mismo. Todo lo demás deja de ser literario, incluida la publicación del libro, la acogida o rechazo de la crítica, las ventas o no ventas, las presentaciones, conferencias y demás parafernalia que rodean al ser «autor», etcétera. Pero me escapo de tus preguntas. Y es que la respuesta, que ya te di, es aburrida, porque no hubo complicaciones ni negativas. Y sigo con Tusquets, desde entonces, aunque no sé bien cuándo verá la luz mi siguiente novela.

Día 16, 7:24 PM

Soy un hombre de comas, Diego Armando. Y de frases cortas también. El punto y aparte es una graciosa redundancia; los dos puntos, sólo para dar instrucciones o enlistar ingredientes de cocina. Punto y seguido, punto y aparte, coma: tales son mis signos. No me gustan los textos repletos de signos de admiración. Y con los de interrogación, pues, a veces no queda de otra, ¿verdad?

En realidad, lo que más me gusta es trabajar con párrafos (que a veces pueden ser de una sola palabra; los paréntesis, ya que incurrimos en uno, son graciosos, pero innecesarios: basta con leer al digresivo Javier Marías, que nos demuestra que, en realidad, de nada sirven: él es un genio del estilo, a mi gusto), comas y puntos y aparte. Así escribo ahora. No en el caso de esta entrevista, pero sí en el caso de mi narrativa. El ritmo. El ritmo se da con silencios y con comas y con palabras, por así decirlo, adecuadas. Y es no una cuestión de orfebrería (pensemos en Daniel Sada), sino de instinto (pensemos, de nuevo, en Daniel Sada). Mi signo de puntuación predilecto es, sí, el silencio: ése que no se ve.

Día 17, 8:20

La pregunta que me haces es buena y retadora y seria: ¿cómo saber qué lugar ocupa uno en la literatura que lo contiene, a saber, la nuestra, la nacional, la literatura mexicana actual que se suma a una tradición? Las voces de los críticos luego son como las de las sirenas: mejor bloquearse los oídos con parafina y desentenderse de las inclusiones o exclusiones de los «textos críticos canónicos» o las publicaciones «consagradoras». ¿Es uno alguien porque el crítico-único-desde-la-atalaya-de-su-torre-de marfil-coyoacanense celebró su primera novela y llamó a su lectura y relectura? ¿O es uno alguien porque el joven crítico en boga primero lo celebró y luego lo ignoró? Sepa la bola. Si he de definirme o entender el lugar que mi narrativa ocupa dentro de la literatura mexicana mediante la voz de la crítica, entonces por mención y por omisión ese sitio no puede ser sino inmejorable. A la máxima de Wilde habría que añadirle algo: no importa que hablen bien o mal de uno (o de su obra), siempre y cuando hablen de uno (o de su obra) y, después, jueguen a que lo ignoran a uno. Uno. Ah, uno. Su obra.

En realidad, hay una voz más importante que la de la crítica oficial o amateur: la de los reales lectores, que, de pronto, se manifiestan en un blog o en una charla o aparecen de la nada y estrechan tu mano y te dicen algo que nunca nadie te había dicho sobre tus libros y que no puedes sino meter en el joyero del ego como algo muy, pero muy valioso. Luego están las editoriales, los agentes, el dinero: ¿vendes o no vendes? ¿Tus libros permanecen o no en las mesas de novedades? Pero eso, el comercio, no es literario. O no es literatura, pues. Mis libros, esto lo sé bien, no venden o venden poco, no lo suficiente para que mi editorial se desviva por mí ni para que otra editorial muestre interés en que me mude de sello. ¿Me importa? No. Publiqué La vida trestina en Libros Magenta, una editorial ultraindependiente cuya colección «Narradores de la ciudad» me gusta. Tusquets sólo quiere mis novelas (ya sabes: el cuento y el relato son Lo Invendible). Y, sin embargo, es el libro hacia el que he sentido más generosidad y receptividad por parte de los lectores y de cierto sector no oficial de la crítica. Luego me invitan a colaborar con alguna antología. Y así las cosas. Puedo concluir y pude haber dicho nada más que esto, en realidad: el lugar que mi obra ocupa en la literatura mexicana es el justo.

Día 18, 6:59, PM

«22», el cuento, es una versión alternativa de un episodio similar que aparece en La piel muerta. Y que luego se sumó a La vida triestina. Está basado en un personaje real, un hombre que vivía en un coche a dos pasos del departamento en el que viví a mi regreso de Londres (y en el que escribí mi primera novela). Luego me mudé. Y supe que el hombre del automóvil había muerto. Así nació «22», que es una elegía en muchos sentidos. Ahora bien, los Grandes Hits compilados por Tryno Maldonado: es cierto: no lo son. Editorialmente, es un libro engañoso. Promete lo mejor. Y no lo entrega. Lo curioso es que ofrece el método de selección: se le pidieron nombres a escritores entendidos en las letras. Desde mi punto de vista, y esto lo aprendí cuando hice mi propia antología, todo es un asunto de gusto y elección personal, más allá de cualquier consejo. Y hay un problema con las antologías: si se busca hacer algo académico, el resultado son un par de tomos enciclopédicos, sostenidos por material existente; si se busca hacer algo comercial, el resultado es un engaño. Y si se busca hacer algo a medio camino entre uno y el otro, no pasa nada. Siempre habrá ausencias y siempre sobrarán quejosos (aunque estén incluidos).

Creo que este tipo de ejercicios deberían circunscribirse a los suplementos culturales. O a las revistas. Pero en México los suplementos culturales han fallecido. Y las revistas están en otro asunto. Así las cosas, uno se ve obligado a compilar libros. Y a armar una biblioteca. A mí me gusta coleccionar primeras novelas. Y de los nacidos a partir de 1975, por decir algo, hay muchas ya en México. La diversidad es notable. La calidad, tampoco.

Día 19, 9:10 AM

Lo primero que pienso cuando leo tus palabras es lo siguiente: las publicaciones periódicas son huellas. Quise, con Cuaderno Salmón, dejar una huella. El fósil de un momento, aunque breve, de cierta literatura y cierta visión relacionada con las letras. El proyecto nació apenas regresé de Inglaterra, a comienzos de 2002, y se tardó en cuajar y ver la luz. Ahora mis sentimientos hacia Cuaderno Salmón son ambiguos: ganas, por un lado, de revivir la revista; ganas, por el otro, de dejarla estar, de olvidarme de la huella. Hasta que la huella me alcance de nuevo. Un proyecto así necesita de una muy buena distribución (y lo que eso conlleva: una administración impecable) y, a la par, de una promoción constante, profunda, de amplio alcance. Lo más fácil es lo más divertido: hacer la revista, invitar gente a colaborar con sus páginas, pensar en temas, vasos comunicantes, colaboradores, autores a ser rescatados, ya sabes, la carnita del asunto. Todo lo demás es metaliterario, desde las relaciones públicas hasta las finanzas sanas de la editorial que publique la revista. En esto último fallé: no soy negociante, no se me da el comercio. Y nunca encontré, más allá del apoyo generoso pero temporal de la UNAM, un socio capitalista que le entrara al quite. La literatura per se no vende. Apenas se lee. Y es más fácil convertirse en mito que en devenir cotidiano. Algo así. En 20 años hablamos, de nuevo, del tema.

Día 20, 11:01 AM

No puedo evitar comenzar diciendo que es 11 de septiembre de 2011. Se cumplen diez años del ataque a las torres gemelas. Diez años de un viraje en la historia mundial. Estoy apesadumbrado. Hace diez años vivía en Londres. Estaba casi por volver a México. Y la mañana del 11 de septiembre me fui a una matinée. Vi una película vietnamita. Muy tranquila. Apacible. Casi bucólica. Y cuando salí a la calle algo había cambiado en la atmósfera. Vi, en la pantalla de la televisión de un bar (que daba a la calle), el Pentágono en llamas. Pensé que era otra película. Hollywood a full. Pero no.

Después de los ataques terroristas, se prohibió, durante un tiempo, que los aviones pasaran encima de la zona urbana. Poco menos de un par de años antes un Concorde sufrió un accidente fatal. Me tocó ver uno de los últimos vuelos del avión supersónico. Era un día soleado y caminaba por Hyde Park. Entonces, se escuchó el característico sonido agudo del Concorde. Era uno de British Airways. Todo mundo se volvió a verlo, como si el avión fuera a desplomarse, a caer sobre nuestras expectantes cabezas. Poco después de eso, los Concorde dejaron de volar para siempre. Y sentí una nostalgia abrumadora. Regresé a la infancia. A mi vida en un suburbio de la zona conurbada del DF (que en mis novelas se llama Montebello). Recordé a mi padre en sus regresos de Francia. Viajaba mucho, mi papá. Y volvía perfumado de horas de vuelo y la colonia que regalaban en los vuelos transatlánticos de Air France, las maletas repletas de regalos para nosotros. Alguna vez voló en el Concorde. Nos contó que el pasillo del avión era estrechísimo, así como los asientos. Pero el avión volaba rápido y la estrechez se olvidaba.

Yo llegué a México a los tres meses de haber nacido, en un avión que había despegado de San Antonio, Texas. Aquí aterricé. Y aquí me quedé a vivir. Seguramente me repito. Mi mamá detesta volar. Es decir: detesta subirse a un avión. Me pide libros que la distraigan del vuelo. Libros ansiolíticos. Mi papá sigue viajando mucho. Creo que a él le gusta el tiempo muerto de los viajes a diez mil pies de altura. Descansará de todo allá arriba. En eso, creo, nos parecemos él y yo. Aunque yo también soy nervioso como mi madre. Soy, pues, el coctel que resultó del ánimo de ambos. Poco después de que naciera Anna me invitaron a Santo Domingo. Fue la primera vez que me separé de ella (tres días). Y volar fue espantoso. Lo sigue siendo. No me gusta viajar ahora que soy papá. Me gusta estar aterrizado, en casa. Claro, me encanta viajar con Anna, quien ya se subió a un avión. MP y ella me alcanzaron en Mérida hace un año. La pasamos muy bien. En Chichén Itzá nos sorprendió la lluvia. Anna era la más feliz mojándose con esa lluvia cálida y copiosa de la península. Yo pensé que era Chac que la bautizaba. Y, sí, desde entonces Anna es una niña de agua. Ama el mar, al que ya ha ido en tres ocasiones. Yo también amaba el mar de niño. Mis padres solían llevarme a Zihuatanejo. Y me hacía mucha ilusión capturar cangrejos ermitaños. Un invierno, perdimos el vuelo que nos llevaría a la costa del Pacífico. Me enojé tanto que me comí una pequeña esfera roja, tomada de un pequeño pino de Navidad hecho con piñas cafés de pino. Aún recuerdo su aroma a bosque concentrado. Mi mamá me descubrió con la boca llena de polvo de cristal y plomo. Milagrosamente, no me pasó nada.

Varios años antes de ese evento, sufrí una bronconeumonía que casi me lleva a la tumba. Acabé en el hospital, contenido por una burbuja plástica rellena de oxígeno. Tenía poco menos de tres años. Y fue allí donde mi madre me dijo que yo era adoptado. Algo sospechaba yo y comencé a hacerle preguntas. Ya sabes: ¿de dónde vienen los niños, mamá? Y ella: de las panzas de sus mamás. Pregunté por la procedencia de las amigas que tenía (mi infancia estuvo poblada de niñas) y mi mamá me dijo que venían de las panzas de sus mamás. ¿Y yo de dónde vengo, mamá? Tú vienes de la panza de otra mujer, me respondió mi mamá. Tú eres adoptado. No volví a preguntar más. No tuve más dudas al respecto. Y regresando al tema de las casualidades, apenas me dieron de alta y mis papás me llevaron a nuestra casa suburbana, recibieron una llamada de San Antonio, Texas: mi hermana había nacido y podían ir por ella. Y fueron por ella al día siguiente y regresaron de inmediato, un viaje exprés al norte en pos de mi hermana. Todo cambió ese día. Me trajeron regalos como cuando volvían de cualquier viaje, mis papás, pero me dijeron que no hiciera ruido, que mi hermana dormía. Son mis recuerdos más vetustos, el alfa de mi memoria. Ignoro cuál será el omega. Lo mismo que a la muerte, le temo a la pérdida de memoria. Pero nada peor que quedarme sordo podría ocurrirme. ¿Te imaginas un mundo sin voces, sin música? No lo toleraría. Y mira que soy un hombre que ama el silencio…

Postfacio

Yo estaba trabajando en «La guarida del buscador de cabezas» cuando me enteré de quién era David Miklos. A los pocos días le escribí una carta pidiéndole que me diera una entrevista: «David, Antonio me recomendó que te buscara, me dice que eres buena gente, así que yo creo que tú y yo nos podemos llevar muy bien… El único problema», le confesé, «es que yo no he leído absolutamente nada de tu obra, ni sé gran cosa de tu vida, excepto que naciste en San Antonio, pero tampoco me sirve». Encima de mi petición le pedí tiempo, para conseguir alguna novela que seguro ya había publicado. O quizá rastrear su participación en las revistas literarias del país. Sin más, David me puso en contacto con Gabriela Rentaría, encargada de prensa de la editorial Tusquets, para que me enviara la trilogía de novelas y así iniciar el arduo trabajo que implica realizar una entrevista. Gabriela me pareció un sol. Me trató divinamente y un día me escribió para que pasara por los libros a la colonia Condesa número tal porque el paquete ya estaba listo y autorizado. Había sido tanto mi descuido que olvidé decirle que la ciudad de México me quedaba a más de diez horas en autobús. Se apenó y yo más. Pero de inmediato se solucionó el problema. El paquete me llegó a casa una tarde en la que disfrutaba una siesta. Ese mismo día inicié la lectura de La piel muerta, una novelita de 80 cuartillas que sin embargo necesitó de toda mi atención para entenderla. Diez meses después, cuando ya sabía muy bien quién era David Miklos, Anna su hija, su mujer, e incluso conocía de sus rabietas y gustos musicales expuestos en las redes sociales, volví a buscarlo para notificarle mi decisión: «Estoy listo, Miklos. Tengo una idea padrísima. Qué tal si te hago reflexionar durante varios días y así te ayudo a que saques todos tus demonios». No está de más decir que la entrevista la iniciamos formalmente en agosto. El día del cumpleaños de David. Ambos viviendo la canícula del mes. Yo en la ciudad de Colima, y él recreando el día en que la gente extraña lo vio nacer. Así fue, pues. Lo demás, ya no es ningún secreto.

—Diego Armando Arellano

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Diego Armando Arellano (1984) estudió periodismo en la Universidad de Colima. Se integró al taller literario de José María, la Foca, en la ciudad de Toronto. Ha publicado enPunto en Línea, Palabras Malditas El Juglar. Es miembro honorario de Cuadrivio.

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4 comments on “Un viaje en tren con David Miklos. Primera parte

  1. Tremendo. Debo decir que me mantiene extasiado el trato literario tan profundo y transparente que tiene la entrevista. El contacto con Miklos me parece sumamente alentador para la creación literaria. Me encanto

  2. Pingback: Ventana a los micromundos | Revista Cuadrivio

  3. Diego Armando Arellano on said:

    Hola Monss:

    Gracias por tomarte el tiempo de leer la entrevista. Muy agradecido con tu comentario.
    Ojalá le eches un ojo a la obra de David, vale mucho la pena. Feliz año.

    Diego Armando

  4. Fascinante… había escuchado de David Miklos pero al igual que Diego Armando no conozco nada de su obra (tendré que pedirle me envíe un paquete de libros , ja). Este mismo ejercicio lo estoy haciendo como introducción para mi tesis, estudio Pedagogía y mi campo es la Lecto- escritura. Quién sabe, talves en un futuro colaboré con uds. Me ha dejado extasiada esta autobiografía. Felicitaciones sinceras. P.d.Llegue a su revista por un twitt de José Luis Enciso.

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