Wednesday, 17th September 2014

Invitación a otra microhistoria

Publicado el 11. dic, 2011 por en Academia

La microhistoria italiana

La microhistoria suele entenderse como esa historia local, regionalista y reivindicadora, tan difundida por el mexicano Luis González y González. En este artículo, Carlos Aguirre Rojas nos lleva a una microhistoria que está en polo opuesto: la microhistoria italiana. En ella se recuperan las singularidades perdidas en el telón de fondo de la historia tradicional, recurriendo a un «cambio de escala», sin reducirse a la casuística, de lo que resulta una auténtica revolución epistemológica que reconstruye a cabalidad la compleja dialéctica entre lo micro y lo macro.

 

 

                                                                  No hay razones, excepto las de una tradición filosófica nunca revisada, para suponer que menos generalidad sea lo mismo que menos valor epistemológico o científico.

                                                                                              Norbert Elias, «El ocio en el  espacio del tiempo libre», 1986.

 

Carlos Antonio Aguirre Rojas

 

De la «microhistoria local» (mexicana) a la «microhistoria de escala» (italiana)

Mencionar hoy en México, dentro de la comunidad de historiadores, el término de «microhistoria», es suscitar de inmediato una posible confusión. Porque, desde los años setentas hasta hoy, y cada vez con más fuerza, el término de microhistoria se fue asociando progresivamente al proyecto y al modelo de historia defendido y explicitado por el historiador mexicano Luis González y González, modelo que encuentra su expresión y aplicación paradigmática en el hoy bien conocido libro de este autor titulado Pueblo en vilo[1] .

Y sin embargo, si al evocar el término de microhistoria, uno tiene en la mente a la importante y cada vez más difundida corriente historiográfica de la microhistoria italiana, está pensando en un proyecto intelectual que, de hecho, se sitúa realmente en las antípodas absolutas de esta «microhistoria» de Luis González y González.

Porque al acercarse con cuidado a las reflexiones y a la caracterización que el propio Luis González y González ha hecho de esta misma «microhistoria mexicana», resulta fácil descubrir que se trata, fundamentalmente, de un claro y explícito retorno hacia los horizontes y hacia el universo de la muy antigua y ampliamente difundida rama de la historia local. Un retorno que, por lo demás, no es concebido como una simple vuelta atrás, desde el nivel de la historia general y de los modelos más globales sobre la historia de México, hacia la tradicional historia local y regional, sino más bien como una reivindicación saludable de la necesidad de regresar a ese plano de la historia local y de ámbitos espaciales más restringidos, como salida al agotamiento y a la relativa falta de renovación de esas mismas historias generales.

Así, es el mismo Luis González y González el que, para definir su versión de lo que es la microhistoria, va a recurrir a la «historia anticuaria» de Nietzche, afirmando que esta última «… es la Cenicienta del cuento». Y luego, describiendo los rasgos y raíces de esta microhistoria, agrega «… fluye de manantial humilde; se origina en el corazón y en el instinto. Es la versión popular de la historia, obra de aficionados de tiempo parcial. La mueve una intención piadosa: salvar del olvido la parte del pasado que ya está fuera de uso. Busca mantener el árbol ligado a las raíces. Es la que nos cuenta el pretérito de nuestra vida diaria, del hombre común, de nuestra familia y de nuestro terruño». Para rematar con la frase: «su manifestación más espontánea es la historia pueblerina o microhistoria o historia parroquial o historia matria».[2]

Con lo cual resulta claro que esta microhistoria mexicana es, en esencia, una explícita llamada para regresar al cultivo y al desarrollo de la historia local. Una llamada que, en el contexto de profunda renovación historiográfica que vivió México después y bajo los benéficos efectos de la importante revolución cultural de 1968,[3] parecería haber sido muy bien escuchada, atendida y respondida por todo un cierto sector de los historiadores mexicanos de las últimas tres décadas.

Pero, si bien es claro que no es el llamado contenido en la obra de Pueblo en vilo ni en los trabajos de Invitación a la microhistoria y Nueva invitación a la microhistoria el que provoca el importante auge de la historia regional y local mexicanas posteriores a 1968, también es cierto que dicho auge va a corresponderse parcialmente y a sostener en parte la creciente y progresiva difusión de esa misma microhistoria proclamada y defendida por el historiador Luis González y González.[4]

Con lo cual es pertinente afirmar que la microhistoria italiana está en las antípodas de esta microhistoria mexicana, pues si esta última es en lo esencial solo una nueva versión de la antigua historia local – versión sofisticada y complejizada con algunas de las técnicas y de los métodos historiográficos desarrollados en los años cincuentas y sesentas por la historia demográfica, por la historia de la vida cotidiana, etcétera -, la microhistoria italiana, en cambio, es un complejo proyecto intelectual que solamente utiliza el nivel de lo local o de lo regional como simple y estricto «espacio de experimentación».

Es decir que la microhistoria italiana no es, en contra de lo que el término «micro» podría equivocadamente evocar, una historia de microespacios o de microregiones o de microlocalidades – es decir, una historia local o de espacios pequeños y reducidos – sino más bien una nueva manera de enfocar la historia que, entre sus procedimientos principales, reivindica el del «cambio de escalas» del nivel de observación y de estudio de los problemas históricos, y por lo tanto, utiliza el acceso a los niveles microhistóricos – es decir a escalas pequeñas o reducidas de observación, que pueden ser locales, pero también individuales o referidas a un fragmento, una parte o un elemento pequeño de una realidad cualquiera – como espacio de experimentación y de trabajo, como procedimiento metodológico para el enriquecimiento del análisis histórico. Giovanni Levi es muy explícito cuando afirma: «la microhistoria en cuanto práctica se basa en esencia en la reducción de la escala de observación, en un análisis microscópico y en un estudio intensivo del material documental», pero para aclarar de inmediato que «para la microhistoria, la reducción de escala es un procedimiento analítico aplicable en cualquier lugar, con independencia de las dimensiones del objeto analizado», agregando que «el auténtico problema reside en la decisión de reducir la escala de observación con fines experimentales».[5]

Y sin embargo, tanto la microhistoria mexicana como la microhistoria italiana han recuperado y luego popularizado, en el ámbito de sus respectivos ámbitos nacionales, y para el caso de la microhistoria italiana en el ámbito europeo y luego de todo el mundo occidental, el término de microhistoria, que por lo demás ellos no inventaron.[6] Y también, ambas microhistorias son hijas de los efectos culturales e historiográficos desatados por la Revolución Cultural de 1968, desplegando sus respectivas curvas de vida en el mismo lapso temporal de las últimas tres décadas, lo que sin duda explica que, en México, la evocación del término se preste a confusión.

Pero también subraya el hecho de que solo historiadores poco atentos o poco informados de los principales desarrollos recientes de la historiografía mundial, pueden llegar a confundir la microhistoria italiana con la microhistoria mexicana. Pues la diferencia clara y profunda que existe, de un lado, entre una versión más o menos sofisticada de la antigua y tradicional historia local e incluso regional, y del otro, al complejo recurso del procedimiento metodológico del «cambio de escala» y el acceso al nivel de lo micro como un lugar de experimentación historiográfica, es una diferencia que no puede escapar a la mirada cuidadosa de cualquier historiador actualizado respecto del estado general de los desarrollos y de las corrientes de la historiografía más contemporáneas.

 

Las raíces y el contexto de origen de la microhistoria italiana

No es posible entender la originalidad y la naturaleza específica del aporte que ha representado la corriente de la microhistoria italiana, si no la ubicamos dentro del contexto general producido por la enorme revolución cultural planetaria de 1968, cuyos impactos se han hecho sentir en la historiografía, como también en toda la cultura del mundo occidental de las últimas tres décadas.[7]

Porque, a treinta años de distancia, resulta claro que 1968 representó también, entre tantas otras cosas, la crisis de los modelos generales y abstractos que, habiéndose desplegado exitosamente dentro de las ciencias sociales europeas durante los años cincuentas y sesentas como esquema de aproximación a los problemas y a las temáticas abordadas por los científicos sociales, fueron vaciándose de contenido y perdiendo cada vez más tanto su capacidad explicativa como su fundamento nutricio originario, derivado de la rica y múltiple investigación empírica de los casos, las situaciones y las realidades sociales e históricas particulares.

Una crisis de estos modelos generales, tanto funcionalistas como estructuralistas e incluso «marxistas» – de un marxismo que, por lo demás, era un marxismo simplificado, manualesco y muy lejano del verdadero espíritu de Marx-,[8] que se acompasa y empalma espontáneamente con el proceso evidente de «irrupción de la diversidad» que también representaron en todo el mundo los movimientos de 1968.

1968 rompió con casi todas las centralidades que parecían inconmovibles en los años anteriores, liberando y haciendo aparecer en la escena social a una diversidad de actores, demandas, realidades y procesos hasta ese momento marginados u ocultos. Y entonces, es a partir del final de los años sesentas que surgen y se afianzan los nuevos movimientos sociales, con demandas que no son ya únicamente económicas o políticas, sino también ecológicas, pacifistas, feministas, antirracistas, o de defensa de la identidad y de los derechos de las más distintas minorías, grupos o actores sociales. Irrumpen demandas y frentes de lucha culturales o sociales, la reivindicación de la igualdad y visibilidad de las mujeres, el cuestionamiento de la lógica productivista-destructiva del medio ambiente y de los ecosistemas, la defensa del derecho a la diferencia, búsqueda de modelos pedagógicos alternativos o reivindicación de los múltiples caminos y esquemas civilizatorios tomados por los grupos humanos, que desmontan y cuestionan radicalmente a las viejas centralidades y hegemonías de lo económico-político, de la clase obrera como único sujeto revolucionario, de la lógica y el monopolio machista y patriarcal, de la discriminación racista y étnica, o de un tipo de familia, de educación o de civilización considerado como superior respecto a los restantes.

Una florida irrupción de lo diverso y una concomitante crisis de los centros y las hegemonías establecidas, que necesariamente se proyecta también sobre esos modelos generales y abstractos – construidos sobre la atención privilegiada en torno de esos actores, demandas, tendencias o realidades consideradas centrales o fundamentales y por lo tanto excluyentes de esa diversidad y multiplicidad sólo reconocible en el ámbito de lo particular – como cuestionamiento de sus límites explicativos y como recordatorio urgente y necesario de que dichos modelos son sólo abstracciones construidas de esa misma rica y multiforme realidad particular.

Esta crisis de los modelos generales en ciencias sociales tuvo una primera falsa salida en el desarrollo de las múltiples posturas posmodernas desplegadas también después de 1968. Una falsa y cómoda salida que consistía simplemente en negar la validez, e incluso la posibilidad misma, de construir modelos generales, a los que calificó de simples metarrelatos, frente a los cuales lo que se defiende es un relativismo total de las posiciones y del conocimiento historiográfico – en esta óptica reducido a simples relatos con pretensiones de verdad -; un relativismo que renuncia explícitamente al carácter científico del conocimiento histórico y reduce el resultado del trabajo del historiador a su sola y específica dimensión narrativa. Falsa alternativa posmoderna que, no casualmente, será duramente criticada y desmontada en sus principales supuestos e implicaciones metodológicas por los más importantes representantes de la microhistoria italiana.[9]

Frente a esta primera respuesta posmoderna, que era un verdadero callejón sin salida para los historiadores confrontados a esta crisis de los modelos generales, la microhistoria italiana va a ensayar otro camino, completamente diferente, que consiste en propugnar el retorno a lo micro y la vuelta a la historia viva y vivida por los hombres mediante el cambio de escala, pero sin renunciar en ningún momento a la necesidad e incluso al papel fundamental del plano de lo general. Por eso, Ginzburg va a definir la búsqueda de la corriente italiana como un proyecto cuyo objetivo es la construcción de «un paradigma general capaz de explicar los casos individuales y cualitativos, sin reducirse a la casuística»,[10] es decir, restituir nuevamente el papel esencial de lo particular, de las realidades diversas cuyo intento de explicación concreta genera justamente la construcción de esos modelos generales, pero sin abandonar o rechazar la imprescindibilidad y la relevancia de esa dimensión de lo general.

Poniendo así en el centro de su propuesta historiográfica general una novedosa recuperación de la compleja dialéctica entre las escalas macrohistóricas y microhistóricas de la realidad social, los microhistoriadores italianos van también a consolidar y afirmar de manera definitiva el tránsito de la historiografía italiana hasta su condición de verdadera y estricta historia social. Al preguntarnos sobre las razones que explican el nacimiento y desarrollo de la propuesta microhistórica en Italia, y no en alguna otra parte del mundo, nos acercamos también a ese contexto historiográfico particular que ha sido el espacio de origen de la corriente historiográfica que ahora analizamos.

Entonces, resulta claro que la microhistoria italiana se inscribe en un proceso más vasto que la rebasa y subsume, que la sobredetermina e impacta igualmente, y que es el ya mencionado despliegue de la historiografía de la península italiana como renovada y estricta historia social. Un proceso que todas las historiografías del siglo veinte han tenido que cumplir, más tarde o más temprano, y que en Italia se retarda claramente por la irrupción del fascismo y por el posicionamiento italiano dentro de la Segunda Guerra Mundial. Pero como es bien sabido, en Italia el fascismo será vencido por una profunda y organizada resistencia popular, lo que determinará el hecho de que, al salir de la Segunda Guerra Mundial, la tarea inmediata a cumplir por los historiadores será la de ese tránsito masivo y generalizado desde los espacios de la historiografía jurídica, política, y de la filosofía de la historia, hasta los nuevos territorios de la historia económica, social y cultural.[11] Un tránsito que no sólo explica la excepcional difusión y aceptación, en la Italia de los años cincuentas y sesentas, del conjunto de trabajos y aportes producidos entonces por la corriente de los Annales,[12] sino también el hecho de que la microhistoria italiana se ha formado y afianzado en un clima altamente receptivo al tipo de historia económica, demográfica, social y cultural que va a desarrollar. Tránsito que también explica que algún autor haya caracterizado a esa microhistoria italiana como el simple «camino italiano» hacia esa misma historia social.

Pero la microhistoria italiana, siendo sin duda parte de la nueva historia social de la península, y alimentándose de la misma, va mucho más allá de ella, al conformarse como una propuesta metodológica original y como una nueva vía de análisis histórico que no casualmente ha desbordado los límites de la península itálica para difundirse con fuerza en Europa y en el resto del mundo occidental durante los últimos cuatro lustros.

Así, resulta difícil entender la originalidad y novedad de la propuesta microhistórica si no consideramos ciertos datos característicos y singulares del contexto italiano de los años cincuentas y sesentas, y que aluden, en un caso, a dos situaciones coyunturales de esa Italia de la segunda postguerra, y en el otro, a realidades de larga duración de la historia italiana, que en esa misma coyuntura de postguerra se han manifestado también como elementos importantes y definitorios de esa misma microhistoria.

En primer lugar, la riqueza y la complejidad de la visión microhistórica no se puede entender sin considerar la situación coyuntural de extremo cosmopolitismo cultural que Italia vivía entre 1945 y 1968, aproximadamente, pues como fruto de la relativa declinación que la historiografía italiana ha vivido luego del brillo de los trabajos de Benedetto Croce y de Antonio Gramsci, entre otros, los historiadores de la península se han dedicado a asimilar todo y a aclimatar todo dentro de su paisaje historiográfico, recuperando lo mismo a la corriente de los Annales que a los autores de la escuela de Frankfurt, los resultados de la historiografía socialista británica y la antropología anglosajona, lo mismo que a sus propias tradiciones italianas y a las más diversas corrientes y autores de la historia del arte, de la crítica literaria o de la antropología de los diferentes países de Europa. Una apertura cosmopolita acendrada hacia los últimos desarrollos del pensamiento crítico en las ciencias sociales contemporáneas, sin cuya asimilación y síntesis sería también imposible entender esta corriente de la microhistoria italiana.[13] Es fundamento evidente de sus complejas visiones acerca de la dialéctica macro/micro, de la definición misma de lo microhistórico y de lo macrohistórico, de su construcción progresiva de la noción de cultura y de un nuevo modelo de historia cultural, la variedad y enorme multiplicidad de fuentes o raíces intelectuales en que se apoya la propuesta microhistórica, lo mismo que de su renovación profunda de la historia económica, demográfica y social en las que ha incursionado. Esta complejidad de sus visiones y propuestas teóricas, metodológicas e historiográficas ha llevado a un historiador francés a decir que el lema de esa microhistoria italiana es «¿por qué hacer las cosas simples si se pueden hacer de una manera compleja?»[14].

En segundo lugar, es claro que prácticamente todos los representantes de la microhistoria italiana se ubican en posiciones políticas o ideológicas de izquierda, insertándose de múltiples maneras en el abanico de tradiciones y filiaciones culturales de esa Italia de la segunda postguerra, pero siempre dentro de emplazamientos que cuestionan la sociedad existente y que, denunciando su carácter injusto y explotador, reivindican la necesidad y la vigencia del pensamiento crítico dentro de las ciencias sociales.[15] Una ubicación ideológica en perspectivas de izquierda que no sólo explica el ya mencionado distanciamiento de las posiciones y las falsas salidas postmodernas, sino también el hecho de que los autores microhistóricos sean enérgicos promotores de la nueva historia social italiana, abordando temas de historia de la clase obrera, de la cultura de las clases oprimidas, de la formación y funcionamiento de los mercados en los orígenes del capitalismo, de la historia de la formación de las élites y las clases dominantes o del papel de los saberes indiciarios propios de las clases populares en la historia, entre tantos otros. Es una toma de posición abierta dentro de las filas de la historiografía crítica contemporánea que, además de estar en la base del carácter profundamente innovador y revolucionario de las tesis microhistóricas, explica en parte tanto el espectro de sus específicas filiaciones intelectuales antes aludidas, como su vasta difusión fuera de Italia, en los espacios de la historiografía europea y occidental – e incluso, más recientemente, también japonesa.

En tercer lugar, y junto a tal cosmopolitismo cultural acendrado y a la clara vocación de izquierda de esta historiografía italiana, se encuentran dos estructuras subyacentes de larga duración que también se manifestaron con fuerza en los años cuarentas, cincuentas y sesentas recién vividos, y que contribuirán a definir los perfiles específicos del proyecto microhistórico. Si bien estas dos estructuras han estado presentes por siglos, van a reactualizar su presencia y su impacto en la cultura italiana, después de la segunda guerra y justamente como consecuencia de su irrupción.

La primera de estas arquitecturas de larga duración es la profunda y muy ampliamente difundida densidad histórica general del espacio que hoy conocemos como Italia; densidad histórica extraordinaria que se percibe con sólo recorrer la ciudad de Roma y toparse a pocos metros de distancia con presencias y monumentos que nos resumen en unos cuantos kilómetros, como capas estratigráficas que parecerían conscientemente ordenadas, la historia europea de por lo menos los últimos veinte siglos. Esta densidad ha llevado a los historiadores a calificar a Italia como «un libro abierto de historia», un «archivo vivo» que salta a la vista al pasar por las distintas zonas, pueblos y ciudades de toda la península itálica.[16] Una densidad de la historia nacional italiana que es anormal respecto de la media europea y occidental, y que se ha ido asociando progresivamente a la identidad de la recién creada nación italiana, identidad que el ascenso del fascismo puso en cuestión y en crisis, y que se reactualizó en sus efectos y presencias justamente después de la derrota de Mussolini y durante los años de 1945 a 1968.

Dicha concentración y carácter evidente de lo histórico en la cultura, la vida cotidiana y la historiografía italianas, explica en parte la construcción de la microhistoria italiana, pues dentro de ese espacio «lleno de historias» que es Italia, resulta más fácil aprehender esas múltiples «escalas» de realidad histórica cuyo juego e interrelación están en el centro de la propuesta microhistórica. Y así, el paso de los distintos planos macrohistóricos a los diferentes niveles microhistóricos es más fácil y fluido en una historiografía que se encuadra en una realidad que es un verdadero repertorio, múltiple, variado y casi inagotable, de ejemplos, de casos, de individuos y de espacios históricos del más diverso orden, tamaño, duración, ubicación o especificidad.

Finalmente, y como una segunda estructura de larga duración de la realidad social italiana que se actualiza también en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, está la extrema descentralización y multipolaridad de esa unidad llamada Italia. Pues como pocos países modernos, Italia es también diversidad y su paisaje es una síntesis compleja de muy distintas regiones, ciudades y espacios diferentes. Además de la enorme diversidad estructural de Italia, sus diferentes partes componentes se han constituido, a lo largo de los siglos, en otros tantos polos fuertes de desarrollo e irradiación de flujos históricos, provocando que en la península sea más difícil pensar lo general sin lo particular, e incluso es más difícil el proceso mismo de construcción epistemológica de esa dimensión de la generalidad[17].  Entonces, como otro resultado de la situación creada por Segunda Guerra Mundial, que ha desgarrado a Italia al dividirla entre la Italia fascista y la Italia de la resistencia, reactualizando sus divisiones y su multipolaridad, va a desarrollarse esa tentativa microhistórica italiana, que pone en su centro la relación entre el modelo general y el conjunto de casos o realidades particulares que el mismo modelo pretende abarcar y explicar. Con ello, se comprende la crítica fundada de los microhistoriadores a las insuficiencias de esos modelos generales y su intento de renovarlos de nueva cuenta, inyectándoles vida, otra vez desde el ámbito de las realidades diversas, multipolares y específicas del nivel microhistórico y particular.

Situaciones coyunturales y estructurales del contexto italiano de germinación y génesis de la microhistoria italiana, que tal vez expliquen también en parte esa hipótesis repetida por Fernand Braudel en varias ocasiones, que afirmaba que después de la Segunda Guerra Mundial el centro cultural de Europa se había desplazado claramente desde París y Francia en general hacia Roma e Italia en su conjunto.[18]

 

Micrografías, Micrologías y Microhistoria italiana.

Sin entrar a reconstruir toda la historia concreta de las principales ramas o vertientes de la corriente microhistórica italiana, ni tampoco sus impactos y formas de difusión diferenciados en Europa, América y Japón,[19] trataremos más bien de concentrarnos en lo que consideramos su núcleo duro epistemológico, constituido por el procedimiento microhistórico del cambio de escala y de la reconstrucción de la compleja dialéctica entre lo macro y lo micro en historia, procedimiento compartido por los distintos representantes de sus diversas ramas o variantes, y que da sustento y consistencia al apelativo mismo de dicha «microhistoria italiana».

Con ello no olvidamos que, en los más de cuatro lustros que tiene ya de vida, esta corriente historiográfica ha podido evolucionar y diversificarse, derivando de ese punto de partida o matriz común que es el procedimiento microhistórico, tanto una rama de autores que han profundizado sobre todo en la línea de la renovación general de la historia económica, demográfica y social, como también, en otra vertiente, una línea que se ha desarrollado privilegiadamente en el espacio de la reconstrucción y afirmación de una nueva y original propuesta de historia cultural.  La primera, asociada a los nombres de Eduardo Grendi, Giovanni Levi y sus discípulos, ha incursionado principalmente en el tema de la relación entre los individuos o actores y su contexto específico, adentrándose en el estudio de lo que ha sido llamado el análisis de las redes microhistóricas y re-problematizando desde allí temas como el de la biografía, el de la relación entre los diversos sistemas de normas y los espacios posibles de su transgresión, los modos concretos de ajuste en el funcionamiento de un mecanismo económico, las formas de cohesión y comportamiento de las élites, el cambio generacional de los patrones de expectativas y de percepciones de una clase o las formas específicas de inserción de los grupos dentro de una entidad urbana más global, entre otras.[20] En cambio, la segunda, vinculada casi exclusivamente al nombre y a la obra de Carlo Ginzburg, se ha concentrado en desarrollar un nuevo y original modelo de construcción para el estudio de la historia cultural que pone en el centro de atención el rescate complejo de la cultura de los oprimidos, la revaloración del «punto de vista de las víctimas», redescubriendo y explicitando el «paradigma indiciario» como método de recuperación de esa cultura popular, a la vez que insiste en la necesaria e ineludible interrelación e interdependencia entre la cultura de elite y la cultura de las clases sometidas, re-problematizando los modos generales y específicos de su compleja y permanente dialéctica.[21]

Pero más allá de los aportes específicos de estas dos vertientes microhistóricas, cuyo análisis ameritaría un ensayo aparte, el espacio común compartido por ambas es el del ya referido procedimiento microhistórico. Se trata de un procedimiento que, como su nombre lo indica, implica en principio un claro reclamo de retorno al nivel microhistórico, defendido frente al agotamiento y crisis de los modelos globales y concebido como un camino posible para recuperar esa dimensión viva y vivida de la historia, esa diversidad obliterada en los modelos globales cuestionados, retorno que, sin caer en la falsa salida postmoderna, permitiera renovar y relanzar la historia social italiana.

Pero, lejos de una interpretación demasiado fácil de ese retorno, lo que los autores italianos proponen es volver a la dimensión microhistórica, sin abandonar el nivel de los procesos macrohistóricos; sin subsumirse totalmente en el espacio micro, sino, por el contrario, el de penetrar en él para recrear un modo nuevo de asumir tanto lo macro como lo micro en historia, redefiniendo también de un modo nuevo su compleja dialéctica. Porque al proponer esa vuelta al ámbito de las realidades microhistóricas los autores que van a concentrarse durante un periodo en torno del equipo constructor y dirigente de la hoy célebre revista Quaderni Storici,[22] tienen muy clara la necesidad de distanciarse críticamente de las dos formas tradicionales y más difundidas de enfrentar esa dialéctica macro/micro, que han sido ensayadas en el pasado y que en el fondo resuelven el problema privilegiando a uno solo de los dos términos, y reduciendo el otro a ese primero. Concebir al nivel macrohistórico como el más importante o fundamental es una reducción de la complejidad de ese nexo macro/micro, pues se enfatiza la primacía epistemológica de «lo general» reduciendo el nivel microhistórico a la condición de un simple conjunto de ejemplos, casos o concretizaciones diversas de esa misma generalidad, con lo cual, el plano micro resulta una suerte de simple espejo que está obligada a reflejar y a devolver pasivamente la imagen, tal vez un poco deformada o defectuosa, pero siempre correspondiente, de esa misma dimensión general.[23] Una reducción de lo micro a lo macro que, como contrapartida necesaria, ha engendrado igualmente a su opuesto, pues frente a esta minimización de lo micro se ha desarrollado también una postura inversa que, privilegiando el nivel de lo micro o de lo particular como nivel esencial y central del análisis, ha terminado por concebir a lo macrohistórico sólo como la suma, el conjunto o el simple agregado de casos; o también, en otra variante posible, como el mero telón de fondo, poco relevante desde el punto de vista epistemológico, de esas mismas realidades o fenómenos microhistóricos o particulares.[24]

Frente a estas dos formas de asumir la dialéctica macro/micro, que en el fondo reducen un término al otro para simplificar falsamente el problema y eludirlo, la microhistoria italiana propone más bien restituir la complejidad de esa relación entre lo micro y lo macro, reivindicando la igual relevancia de ambos planos en términos gnoseológicos y epistemológicos, y proponiendo un modo nuevo de concebir su específica articulación. Es un nuevo modo de aprehensión de la dialéctica macro/micro,  que a la vez que se distancia de las dos formas de reducción aludidas, se alimenta igualmente de las experiencias previas realizadas por otras ciencias sociales o humanas que, antes de ella, han confrontado ya la diferencia de escalas referida. Porque es claro que no son los microhistoriadores italianos los que han inventado el recurso al nivel micro, ni tampoco son ellos los primeros en haberse adentrado en los problemas que la diferencia de las escalas macro/micro plantea. En cambio, sí les corresponde a ellos el  haber intentado una forma nueva y original de abordar este problema, forma que al mismo tiempo recupera y supera las maneras ensayadas por la economía, la sociología, la arquitectura, la geografía, la antropología o la historia local o regional anteriores.[25] Así, ya la economía y la sociología habían creado las ramas diferenciadas de la macroeconomía o la macrosociología por un lado, frente a la microeconomía y la microsociología, por el otro, que en esta perspectiva correspondían a dos niveles distintos de la realidad estudiada, y por lo tanto eran concebidos como espacios con actores, lógicas, reglas, normatividades y situaciones completamente distintas entre sí.  Afirmando entonces la absoluta autonomía y diferencia de estos dos universos macro y micro económico/sociológico, estas ciencias no veían ninguna conexión entre ambas, separándolas como ramas independientes de su propio quehacer analítico.

Esta diferencia radical de lo macro y lo micro postulada por la sociología y la economía, será recuperada por la microhistoria italiana, al asumir que efectivamente se trata de dos niveles diferenciados, e irreductibles el uno al otro, cada uno con una lógica y una especificidad que les son exclusivas y singulares. Pero, a diferencia de la aproximación sociológica o económica, en el caso de la microhistoria se trata de una sola realidad histórica, presente en niveles diversos y susceptible de ser observada y estudiada en sus manifestaciones correspondientes a las distintas escalas en que se despliega, pero que, dada su unicidad originaria, nos obliga a establecer y a recrear el modo de conexión particular entre esos dos o más niveles o escalas considerados. Por ello, el desafío será el de reconstruir esa conexión y movimiento de una escala a otra, pero respetando y asumiendo a la vez esas especificidades y diferencias derivadas del procedimiento del cambio de escala.

Este procedimiento se ha enriquecido también desde las lecciones de la geografía y la arquitectura, que al reducir las dimensiones de un mismo objeto, nos han demostrado que al cambiar la escala de observación o de consideración, cambia también necesariamente el nivel de información disponible en torno de ese objeto, modificándose profundamente lo que es perceptible y lo que no lo es y transformando también la configuración de la realidad analizada. Cambios que el geógrafo o el arquitecto conocen bien y que serán igualmente incorporados por los microhistoriadores italianos, que al moverse de una escala macro hacia una micro, lo harán justamente para acceder a informaciones nuevas e inéditas, descubriendo otros elementos de la realidad histórica considerada y estableciendo nuevas conexiones, vínculos o configuraciones del problema investigado. Pero, a diferencia de los geógrafos y los arquitectos, hacen esto con la plena conciencia de que en ese paso de una escala a otra lo que investigan son niveles distintos de una misma realidad que está presente, de forma simultánea, en varias escalas o dimensiones, y no un mismo objeto que ha sido reducido a proporciones manejables por los hombres para su más fácil aprehensión. Reivindicando así el hecho de que se trata de dos dimensiones de lo real, distintas pero interconectadas, los microhistoriadores parten en este periplo inter-escalas a la búsqueda de información, percepciones y formas inaccesibles desde un sólo nivel de esa misma realidad.

Finalmente, y siempre dentro de este juego de simultáneos rescates y deslindes de las formas anteriores de aproximación al vínculo macro/micro, los autores de la microhistoria italiana han recogido también la lección de la antropología, la cual, abandonando radicalmente el nivel de lo macro y denunciando sus límites y su pobreza relativa frente a las realidades particulares, se ha dedicado a mostrar y demostrar la riqueza exuberante de lo micro, desplegando análisis exhaustivos e intensivos y construyendo descripciones densas y reconstrucciones totales que intentan agotar la descripción de los distintos objetos que abordan. Reconociendo entonces los límites de la escala macrohistórica, pero negando la salida de obviarla o abandonarla – desarrollada por la antropología igual que por la historia local o regional – los microhistoriadores italianos van a recuperar toda esa riqueza multifacética del nivel micro, pero justamente para utilizarla en la reconstrucción de un plano macro nuevo, más complejo, rico, desarrollado y lleno de determinaciones.[26]

 

La originalidad del procedimiento microhistórico italiano

 

Si revisamos con cuidado tanto las obras como los ensayos metodológicos más importantes de los representantes centrales de la microhistoria italiana, nos será fácil entender en qué reside uno de los aportes revolucionarios esenciales contenidos en su modo de proponer y luego desplegar operativamente el tantas veces referido procedimiento microhistórico italiano: asimilando críticamente y superando a un mismo tiempo – bajo el modo de la clásica aufhebung hegeliana -, a las formas precedentes de abordar la dialéctica macro/micro, los microhistoriadores italianos van a hacer un evidente desplazamiento del tradicional pensamiento dicotómico de los opuestos y lo trascenderán.  Porque es muy claro que, siguiendo en este punto las profundas lecciones de Norbert Elias,[27] los promotores de esta visión microhistórica van a abandonar totalmente las clásicas explicaciones que oponen lo general a lo particular, planteando falsas disyuntivas, explícitas o implícitas, del individuo o el contexto, la visión de lo social en contra de lo individual, lo macro al margen, contra o en concurrencia con lo micro, la ley contra el caso o por encima del caso, el caso como forma de invalidar la ley, etcétera, etcétera. Frente a esto, con una visión radicalmente nueva y aún poco explotada por los científicos sociales, los autores italianos propondrán más bien la construcción de lo general desde lo particular, re-situando entonces al individuo en el contexto, y dentro de la sociedad. Con ello, también es posible ver lo macro en lo micro, desde y dentro de lo micro mismo, reubicando el caso en la norma y la norma actuando dentro del caso, etcétera.

Así se desplaza completamente el modo de abordar todas estas dialécticas complejas, tan centrales y debatidas en la historia y en todas las ciencias sociales, superando al pensamiento simple binario de opuestos rígidamente contrapuestos y solo excluyentes, para dar paso a la construcción de modelos más complejos y elaborados, que lo mismo reivindican la nueva biografía contextual que descomponen el tiempo en las múltiples temporalidades; de este modo, se recrean los movimientos de va y viene desde el individuo y la obra hasta el mundo y la época, y viceversa, y se reconstruyen las múltiples cadenas de interdependencia en que se inserta el individuo o el grupo específico estudiados.[28]

Así, es claro que lo que aquí es fundamental no es ni lo micro considerado en sí mismo, ni lo macro concebido de manera autónoma y autosuficiente. Y entonces la microhistoria no es ni historia local del pueblo de Santena ni historia biográfica tradicional de Menocchio o de Piero della Francesca, ni tampoco historia clásica de la obra de Galileo Galilei, sino más bien estudio complejo de las formas concretas de funcionamiento del mercado de la tierra en la Italia del siglo XVII y XVIII  a través del caso de Santena; o el estudio de la cultura campesina y popular del siglo XVI, o en otro caso de la cultura de elite de esta misma época, a través y por el intermedio del molinero Domenico Scandella; o de la obra y la vida del pintor autor de El ciclo de Arezzo, lo mismo que historia de la revolución de las cosmovisiones europeas del mundo durante el Renacimiento, testimoniadas en la suerte y los destinos de dicha obra galileana. Igualmente, y en el otro extremo, tampoco interesa sólo continuar repitiendo las historias generales y las tesis macrohistóricas habituales sobre el carácter necesariamente revolucionario de la ideología obrera, la naturaleza irracional de los mitos campesinos en la modernidad, o sobre los procesos de centralización política en la formación del estado moderno; se trata más bien de analizar las formas concretas de despliegue y de particularización de estos procesos y tendencias macrohistóricos, por ejemplo, en la especificidad de la clase obrera turinesa, primero pro-socialista y luego pro-fascista, o también en la compleja construcción, estratificada y muy densa, del rito/mito del aquelarre moderno y de su singular curva de vida en Europa y fuera de Europa, o finalmente, en los modos concretos de transmisión del status, del privilegio y del poder en una pequeña aldea del Piamonte moderno.[29]

Por lo tanto, el verdadero núcleo del procedimiento microhistórico italiano no centra su preocupación sólo en lo micro ni sólo en lo macro, sino más bien en la totalidad de esa compleja dialéctica entre los niveles o escalas macrohistóricas y microhistóricas, más allá de las formas tradicionales de enfocar estos niveles y con una perspectiva no binaria dicotómica, ni de rígidas oposiciones y exclusiones, sino desde una nueva visión de verdadera dialéctica e interpenetración y presuposición mutua, donde lo macro está en lo micro y lo micro incluye a lo macro, sin eliminar sus diferencias específicas y sin olvidar que un nivel o escala sólo tiene sentido y significación dentro de esa misma dialéctica que lo subsume y sobredetermina como una de sus partes componentes.

Finalmente, esto nos permite comprender en qué consiste ese procedimiento microhistórico: se trata, según los cultores de la microhistoria italiana, de partir de la recuperación de una tesis o conjunto de tesis ya establecidas o definidas dentro del plano macrohistórico, para luego, en un movimiento que es justamente el de la «reducción de la escala de observación», llevar estas mismas hipótesis hacia un plano distinto, de proporciones siempre menores al plano o nivel original, y que será justamente el universo microhistórico a trabajar. Entonces, considerando ese plano reducido o microhistórico como simple laboratorio histórico o lugar de experimentación, habrá que volver a trabajar y someter a prueba a dichas hipótesis o tesis macrohistóricas, verificando su validez, complejizando sus determinaciones, matizando sus contenidos e incorporándole siempre nuevos y más sutiles elementos a través de los procedimientos antes referidos del «análisis microscópico» de los problemas y los puntos estudiados, y mediante la explotación exhaustiva e intensiva de todo el material y de todos los elementos derivados de ese mismo universo microhistórico. Para cerrar el recorrido global en esa dialéctica macro/micro, el microhistoriador deberá volver hacia la dimensión macrohistórica, replanteando y hasta reformulando radicalmente las hipótesis y tesis originalmente sometidas a este procedimiento o ejercicio; replanteamiento que, luego del paso o incursión por el experimento microhistórico, deberá necesariamente redundar en la construcción y elaboración de nuevas tesis, modelos y perspectivas macrohistóricas, mucho más ricas, complejas, finas y sutiles que las anteriores.

Dicho procedimiento da sentido a la frase antes citada de Jacques Revel cuando caracteriza el espíritu general de la microhistoria italiana: «¿por qué hacer las cosas simples cuando pueden llevarse a cabo de una manera compleja?». Y puesto que la realidad social – como, por lo demás, toda la realidad -, es sumamente compleja y dado que el objetivo de la ciencia social es el de captar de la mejor manera dicha complejidad, entonces resulta clara la intención general que persigue esta promoción, defensa y popularización del ejercicio microhistórico: se trata, en general, de avanzar hacia la construcción de modelos más complejos de explicación de lo social y de lo histórico, modelos más desarrollados que sean capaces de recoger y luego reproducir esa multidimensionalidad, flexibilidad, variabilidad y extrema riqueza de las realidades concretas que dichos modelos intentan aprender.

Pero entonces, y para evitar posibles confusiones, vale la pena preguntarse acerca de las condiciones específicas dentro de las cuales es posible y pertinente la puesta en práctica de dicho procedimiento microhistórico. ¿Cuándo es posible hablar de un plano o escala macrohistórica que incluya dentro de sí otros varios planos microhistóricos?, ¿y cuándo es posible ese movimiento de «reducción de la escala de observación» y el concomitante descenso hacia lo micro?, ¿y de qué micro estamos hablando cuando lo definimos como un laboratorio del análisis histórico o un lugar de experimentación del historiador?, ¿y qué se requiere para que en esa dimensión microhistórica sea aplicable el «análisis microscópico» y también el «uso y tratamiento exhaustivo e intensivo de los materiales» disponibles? Y finalmente, ¿cómo garantizamos el movimiento de retorno desde lo micro hacia lo macro y luego la reestructuración de ese macro con los resultados del viaje realizado hacia el nivel micro? Porque es evidente que no cualquier problema es susceptible de ser sometido al ejercicio del cambio de escala y de aplicación del procedimiento microhistórico, del mismo modo que no cualquier plano o nivel de la realidad tiene respecto de cualquier otro una relación de escalas interrelacionadas que podamos incluir dentro de la dialéctica macro/micro ya referida.

Entonces, para entender mejor esta compleja dialéctica entre lo macrohistórico y lo microhistórico, puede ser útil volver al importante y debatido concepto de totalidad histórica. Así, la relación macro/micro puede ser especificada como la relación que existe entre una cierta totalidad histórica y social compleja, y una de sus partes específicas, aquella que pueda ser especialmente reveladora del todo que se investiga.  Esto significa que la elección de las dimensiones macrohistóricas y luego de los universos microhistóricos no es para nada una elección casual, azarosa o arbitraria,  porque es la realidad misma que estamos estudiando la que se compone de múltiples dimensiones, niveles o escalas orgánicamente relacionados y entre los cuales hay dialécticas y vínculos claramente establecidos.

Por ello, cuando hablamos de la dimensión macrohistórica nos referimos a esas totalidades histórico-sociales que han sido identificadas hace mucho tiempo por las ciencias sociales y cuyos intentos de explicación ya han generado la construcción de múltiples modelos, hipótesis y teorías diversas. E igualmente, al hablar de universos microhistóricos nos referimos a ciertas dimensiones, planos o espacios que son parte orgánica de esas totalidades globales y complejas y que, además, son partes o espacios particularmente reveladores de esas mismas totalidades. Esto acota y especifica las condiciones y los marcos de aplicación del procedimiento microhistórico, pues al hablar de totalidades específicas y de partes o dimensiones reveladoras, hablamos del tipo de relación que puede existir, para ilustrarlo con un ejemplo gráfico, entre un rompecabezas considerado como todo y una de las piezas especiales del mismo, que por el fragmento del dibujo que incluye, permite descifrar de manera más evidente y en una forma particularmente acentuada, el sentido del diseño o dibujo general plasmado en el conjunto del rompecabezas.[30]

Dado que una totalidad no es un simple agregado o conjunto cualquiera de elementos – al modo, por ejemplo, de un zoológico cualquiera, que es una simple suma o conjunto de animales, casual y caprichosamente reunidos en un mismo lugar físico y que por tanto no constituye una verdadera totalidad -, sino que es un conjunto complejo de elementos, necesarios y articulados de modo específico y cuya unidad y relaciones determinadas constituyen justamente la totalidad en cuestión, entonces la tarea del microhistoriador es, en el inicio, la misma que la del niño o adulto que se enfrenta al rompecabezas: partir de la imagen global ya conocida, para comenzar ubicando aquellas piezas claves, especialmente reveladoras o descifradoras de la imagen de conjunto, desde las cuales habrá de desarrollarse la (re)construcción de toda la figura buscada;[31] con lo cual es claro que el procedimiento microhistórico no es aplicable indiscriminadamente a cualquier problema de historia o en cualquier circunstancia. Y sin embargo, también resulta claro que, tanto su desarrollo como su posible difusión y extensión futura, se refieren a ese universo de ciertos temas esenciales que durante siglos han preocupado a los cultores de los territorios de la musa Clío; porque al proponer una nueva estrategia epistemológica para resolver el viejo y recurrente problema de la relación entre los niveles macro y micro dentro de la historia, lo que la microhistoria italiana ha hecho es recordarnos una vez más que el conocimiento histórico no se agota nunca, y que las verdades históricas, verdadero objetivo y sentido global del ejercicio de nuestra ciencia, si bien son perfectamente alcanzables y cognoscibles, siempre encierran aspectos o elementos aún por descubrir o descifrar. Si la realidad y el universo mismo son infinitos, no podrían ser finitas ni las verdades históricas ni el conocimiento histórico de las mismas. Pero es justamente allí en donde reside, en parte, el inmenso placer de nuestro oficio.


NOTAS


[1] Cfr. Pueblo en vilo, México, Fondo de Cultura Económica, 1968.

[2] Cfr. En particular el artículo «Teoría de la microhistoria» en Nueva invitación a la microhistoria, México Fondo de Cultura Económica, 1982, p.33. Una idea similar puede verse en el pequeño libro Otra invitación a la microhistoria, México, Fondo de Cultura Económica, 1997, en donde Luis González y González equipara explícitamente a la microhistoria mexicana con, por ejemplo, la Local History inglesa o también con la Petite Histoire francesa, señalando, sin embargo, los inconvenientes de esas denominaciones, pero insistiendo en la idea de que más allá de su denominación, esa historia local o microhistoria «se ha ejercido sin el nombre justo… durante dos mil años» (Cfr. Op. cit, pag. 15), afirmación que nos ilustra claramente respecto a la idea del propio González y González en cuanto a la microhistoria mexicana como simple versión nueva de esa antiquísima historia local.

[3] Al respecto Cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas: «Los efectos de 1968 en la historiografía occidental», La Vasija, número 3, México, 1998, artículo en donde intentamos ubicar las coordenadas generales de ese contexto post 68 en el mundo occidental y sus efectos generales en las historiografías de todo el occidente.

[4] Viéndolo en una perspectiva temporal más amplia, es evidente que tanto la obra como el proyecto de microhistoria de Luis González y González, por un lado, y el gran auge de la historia local y regional mexicana, por otro, son simplemente sendas expresiones de un proceso más global, que rebasa a México y que abarca a toda América Latina, y que condensa los efectos de la Revolución Cultural de 1968 en nuestro subcontinente bajo la forma de un intenso desarrollo de la original y muy pujante historia regional. Desgraciadamente, falta todavía la persona o personas que extraigan las lecciones generales -teóricas, metodológicas e historiográficas – de esta imponente producción de historia regional latinoamericana de las últimas tres décadas, producción que sin duda singulariza a nuestras historiografías frente a otras historiografías del mundo occidental. Sobre la fuerza y desarrollo de esta historia regional latinoamericana, Cfr. el artículo de Alan Knight, «Latinoamérica: un balance historiográfico», Historia y Grafía,  número 10, México, 1998, o también el de Susana Bandieri, «Entre lo micro y lo macro: la historia regional. Síntesis de una experiencia», Entrepasados, número 11, Buenos Aires, 1996, por  mencionar solo dos ejemplos de entre los muchos posibles.

[5] Sobre estas citas cfr. el artículo de Giovanni Levi, «Sobre la microhistoria», en Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial, 1993, pp.122 y 124. Giovanni Levi ha sido aún más explícito sobre la contraposición entre la historia local y la microhistoria italiana en algunas entrevistas. Así, dice por ejemplo: «La microhistoria no tiene nada que ver con la historia local.  Es decir, se puede hacer microhistoria de Galileo Galilei o de Piero della Francesca… la historia local es otra cosa distinta, la historia local estudia una localidad… en este sentido, no diré nunca microhistoria o historia local, son dos cosas totalmente distintas, enemigas; yo me ofendería mucho si fuese considerado un historiador local.   Los dos pueblos a los que en particular he dedicado muchos años,  son dos pueblos que considero sin ningún interés, de los que no he escrito la historia. He escrito una historia en ellos». (Cfr. entrevista «Antropología y microhistoria: conversación con Giovanni Levi», Manuscrits, número 11, enero de 1993, pp. 17 y 18.  Levi insiste en esta distinción en otras dos entrevistas que son «Il piccolo, il grande e il piccolo», Meridiana, número 10, 1990, pp. 223-224, y en «La microhistoria italiana», La Jornada Semanal, número 283, noviembre de 1994, p. 36.

[6]Carlo Ginzburg ha revisado acuciosamente la historia del término microhistoria en su artículo «Microstoria: due o tre cose che so di lei», Quaderni storici,  número 86, año XXIX, agosto de 1994. En este artículo, también Ginzburg caracteriza a la microhistoria mexicana como una simple variante de la historia local, estableciendo su distinción radical con el proyecto intelectual de los microhistoriadores italianos.

[7] Sobre la caracterización de 1968 y sus impactos en la cultura y la historiografía posteriores Cfr. Fernand Braudel «Renacimiento, Reforma, 1968: revoluciones culturales de larga duración» (entrevista a la revista L’Express, noviembre de 1971), La Jornada Semanal, número 226, México, octubre de 1993; Immanuel Wallerstein, «1968: revolución en el sistema-mundo. Tesis e interrogantes», Estudios sociológicos, número 20, México, 1989; Francois Dosse, «Mai 68, les effets de l’Histoire sur l’histoire», Cahiers de l’IHTP, num. 11, Paris, abril de 1989, «Mai 68, mai 88: les ruses de la raison», Espaces Temps, número 38-39, Paris, 1988; así como nuestros artículos, Carlos Antonio Aguirre Rojas, «1968: la gran ruptura»,  La Jornada Semanal, número 225, México, octubre de 1993; «Los efectos de 1968 en la historiografía occidental», Op. cit.; «Repensando los movimientos de 1968» en 1968. Raíces y razones, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Cd. Juárez, 1999.

[8] En este sentido del agotamiento de los modelos generales vaciados de contenido y reducidos a esquemas simplificados de la realidad, vale la pena volver a revisar el libro pionero de Jean Paul Sartre Crítica de la razón dialéctica. Allí, Sartre va a enfrentar a esos marxistas vulgares y a sus modelos empobrecidos que pensaban que, para explicar a Flaubert, bastaba con decir que era un pequeño burgués de la época del segundo imperio. Pero como hubo decenas de miles de esos pequeño burgueses y sólo uno  fue Gustave Flaubert y sólo uno escribió La educación sentimental, ese modelo de explicación no basta.  De este modo, Sartre anticipa una de las críticas recurrentes de todos los microhistoriadores italianos a esos modelos generales, constituyéndose en uno de sus antecedentes intelectuales importantes, aunque en un antecedente no explícito y no asumido conscientemente por esos mismos microhistoriadores. Sobre la relación entre esa crisis de los modelos generales y el nacimiento de la microhistoria, véase el texto de Carlo Ginzburg ya citado «Microstoria: due o tre cose che so di lei», pp. 517-521.

[9] Al respecto cfr. las agudas críticas de Carlo Ginzburg a las posiciones de Hyden White en sus artículos «Provas e possibilidades à margem de “Il ritorno de Martin Guerre” de Natalie Zemon Davis» y «Exphrasis e citacao» en A micro-historia e outros ensayos, Lisboa, Difel, 1989 y también en sus artículos «Solo un testigo», Historias, número 32, México, 1994 y «Revisando la evidencia: el  juez y el historiador», Historias, número 38, México, 1997. Véanse también las críticas de Giovanni Levi a las posturas posmodernas en su artículo «Sobre la microhistoria» ya citado y en su artículo «I pericoli del Geertzismo», Quaderni Storici, número 58, año XX, 1985.

[10] Cfr. el brillantísimo artículo de Carlo Ginzburg «Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales» en Mitos, emblemas, indicios, Barcelona, Gedisa, 1994. Valdría la pena ver también, en esta misma  y compleja línea de investigación el muy interesante debate que suscitó posteriormente este artículo y del cual es sólo una pequeña muestra la transcripción recogida en la revista Quaderni di Storia, número 12, año VI, 1980. Lamentablemente no podemos detenernos en este artículo en el análisis que ameritaría este ensayo excepcional.

[11] Cfr. los artículos de Daniela Coli «Idealismo e marxismo nella storiografia italiana degli ani ‘50 e ‘60», de Alberto Caracciolo «La storiografia italiana e il marxismo», y de Pasquale Villani «La vicenda della storiografia italiana: continuità e fratture», todos incluidos en el libro La storiografia contemporanea.  Indirizzi e problemi, Milán, Il Saggiatore, 1989, y también el artículo de Alberto M. Banti, «Storie e microstorie: l’histoire sociale contemporaine en Italie (1972-1989)», Genèses, número 3, París, 1991, y también el libro de Luigi Masella, Passato e presente nel dibattito storiografico, Bari, Ed. De Donatto, 1979.

[12] Falta un trabajo satisfactorio que reconstruya globalmente esta presencia y esa red compleja de influencias de los Annales franceses en Italia. A la espera del mismo, pueden sin embargo verse los interesantes desarrollos incluidos en el libro de Massimo Mastrogregori, El manuscrito interrumpido de Marc Bloch, México, Fondo de Cultura Económica, 1998.  También el artículo de Carlo Ginzburg y Carlo Poni «El nombre y el cómo: intercambio desigual y mercado historiográfico», Historia Social, número 10, Valencia, 1991; Maurice Aymard, «Impact of the Annales School in Mediterranean Countries», Review, Vol. 1, número 3/4, 1978; «L’Italia-mondo nell‘opera di Braudel», Crítica Marxista, número 1, 1987; «La storia inquieta di Fernand Braudel», Passato e presente, número 12, 1986. Por ejemplo, hasta hoy, nadie ha subrayado el hecho de que Fernand Braudel, protagonista esencial de esos Annales de los años cincuentas y sesentas, tenía relaciones importantes y más o menos permanentes de intercambio y colaboración con Federico Melis, con Federico Chabod, con Franco Venturi o con Delio Cantimori, .y también que ha tenido como discípulos en sus seminarios parisinos a Ugo Tucci, a Alberto Tenenti, o a Ruggiero Romano, entre muchos otros, en una red que cubría prácticamente los centros principales de la innovación historiográfica y de los desarrollos más importantes de esa historiografía italiana de la segunda posguerra.  Lo que ha llevado a decir a Braudel que «el azar ha querido que mis libros se lean, sin duda, más en Italia que en Francia.  No sé demasiado bien por qué razones». (cfr. esta declaración en el libro Ecrits sur l’histoire II, París, Ed. Arthaud, 1990, p. 285). En nuestra opinión no se trata de un azar y la razón que explica esto es justamente estas transformaciones de la historiografía italiana que aquí estamos solamente evocando de una manera muy general. Se trata sin embargo de una línea de investigación aún abierta y que valdría la pena desarrollar mucho más ampliamente.

[13] Para darse cuenta de este cosmopolitismo excepcional, basta ver las referencias a pie de página o contenidas en los ensayos de Eduardo Grendi, Giovanni Levi o Carlo Ginzburg. Por ejemplo, es bien conocido el enorme trabajo de recuperación que Eduardo Grendi ha llevado a cabo para introducir dentro de los debates de la cultura italiana a un conjunto importante de los aportes de la antropología anglosajona y en general de ciertos autores relevantes del pensamiento social anglosajón, como por ejemplo Norbert Elías, Karl Polanyi, Edward P. Thompson o Frederick  Barth, entre otros. Al respecto pueden verse Edoardo Grendi, Polanyi. Dall’antropologia economica alla microanalisi storica, Milán, Ed. Etas, 1978, así como su compilación de textos L’antropologia economica, Turín, Ed. Giulio Einaudi, 1972.

[14]Giovanni Levi «Sobre la microhistoria», Op. cit., p.142. Y la referencia original que es una afirmación del historiador francés Jacques Revel en su prefacio «L’histoire au ras du sol» al libro de Giovanni Levi titulado Le pouvoir au village, París, Ed. Gallimard, 1989.

[15] Sobre esta filiación de izquierda de la microhistoria italiana basta revisar los testimonios explícitos tanto de Giovanni Levi en su «Entrevista a Giovanni Levi», Estudios Sociales, número 9, Santa Fé, 1995, como de Carlo Ginzburg en «Carlos Ginzburg: an intrview», Radical History Review, número35, 1986.

[16] Carlo Ginzburg y Carlo Poni, «El nombre y el cómo: intercambio desigual y mercado historiográfico», Op. cit., en donde se subraya esta densidad histórica excepcional del paisaje mismo de la península italiana.

[17] Sobre este punto ver Carlo Ginzburg «Historia da arte italiana» en A microhistoria e outros ensaios, Op. cit., donde Ginzburg subraya esta condición multicentrada o multipolar de la historia italiana en la larga duración, así como sus consecuencias para la construcción de una historia del arte en Italia.

[18]Fernand Braudel (coord..), L’Europe, París, Ed. Arts et Métiers Graphiques, 1982 ; el capítulo 8 titulado «Culture et civilisation. Le splendeur de l’Europe», falsamente atribuido a Folco Quilici y redactado en realidad por el propio  Braudel.

[19] Se trata de dos temas que ameritarían sendos ensayos aparte. Para una primera visión general de esta historia de la microhistoria italiana, de sus distintas vertientes y de sus desiguales difusiones, puede verse el bien documentado artículo de Anaclet Pons y Justo Serna «El ojo de la aguja: ¿de qué hablamos cuando hablamos de microhistoria?», Ayer, número 12, 1993. También puede verse el  punto 3 del capítulo 3, «Microenfoques de la historia: lo cualitativo, la experiencia humana y lo “excepcional normal”» en el libro de Elena Hernández Sandoica Los caminos de la historia, Madrid, Ed. Síntesis, 1995.  Para tener una idea más directa de esta historia de la microhistoria puede ser útil revisar algunos de sus textos hoy ya clásicos que serían los textos de Eduardo Grendi «Micro-analisi e storia sociale», Quaderni Storici, número 35, año XII, 1977; y «Ripensare la microstoria?», Quaderni storici, número 86, año XXIX, 1994; Giovanni Levi «Sobre la microhistoria», Op. cit.; Carlo Ginzburg «Microstoria: due o tre cose  che so di lei», Op. cit.; «Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales» Op. cit., así como la «Introducción» de su libro Historia nocturna, Barcelona, Ed. Muchnik Editores, 1991. Sobre la desigual difusión de la microhistoria en el mundo, es curioso observar que mientras en Francia está más difundida la rama de historia social, económica y demográfica desarrollada por Grendi y por Levi, o también por Mauricio Gribaudi o por Simona Cerruti entre otros, en cambio en Estados Unidos son mucho más populares y difundidos los trabajos de Carlo Ginzburg. Para comparar esta desigual difusión puede verse por ejemplo el libro coordinado por Jacques Revel, Jeux des echelles, París, Ed. Gallimard – Ed. Le Seuil, 1996, en donde Carlo Ginzburg sólo es citado de manera marginal dos veces en todo el libro. En el otro extremo véase también el libro editado por Edward Muir y Guido Ruggiero, Microhistory and the Lost peoples of Europe, Baltimore, John Hopkins University Press, 1991, publicado en Estados Unidos y en donde predominan los ensayos del mismo Ginzburg.  En México, Japón y Brasil, igual que en España parece ser más conocida la obra de Carlo Ginzburg que la del resto de los microhistoriadores italianos, mientras que en Argentina parece haber una situación más equilibrada en cuanto al conocimiento y la difusión de los resultados de las dos principales vertientes de la microhistoria italiana. Un tema interesante que valdría la pena desarrollar ulteriormente.

[20] Hablamos en este caso de los textos bien conocidos de Edoardo Grendi, I Balbi, Turín, Ed. Giulio Einaudi, 1997; Giovanni Levi, La herencia inmaterial, Barcelona, Ed. Nerea, 1990; Mauricio Gribaudi, Itinéraires ouvriers. Espaces et groupes sociaux à Turín au début du XXe siècle, París, Ed. EHESS,  1987 ; o Simona Cerruti, La ville et les métiers, París, Ed. EHESS, 1990, por mencionar solo algunos de los ejemplos más difundidos.

[21] Sobre esta línea puede verse el trabajo de Pietro Redondi, Galileo Herético, Madrid, Alianza Editorial, 1990, y también y sobre todo los trabajos de Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos, Barcelona, Ed. Muchnik, 1981; Historia Nocturna, Op.cit.; Mitos, emblemas ,indicios, Op.cit.; Les batailles nocturnes, París, Ed. Flammarion, 1984; El juez y el historiador, Barcelona, Ed. Muchnik, 1993; Pesquisa sobre Piero, Barcelona, Ed. Muchnik, 1984; y junto con Adriano Prosperi, Giochi di pazienza, Turin, Ed. Giulio Einaudi, 1975. También vale la pena ver los trabajos más recientes Occhiacci di legno, Milán, Ed. Feltrinelli, 1998 y History, rhetoric, proof, Hanover, Brandeis University Press-University Press of New England, 1999, en donde Ginzburg amplía sus perspectivas para reflexionar sobre algunas de las categorías centrales de la historia cultural, sobre la diversidad y el diálogo intercultural así como sobre las condiciones mismas y la naturaleza general del propio oficio de historiador y de sus implicaciones  esenciales.

[22] Es bien sabido que la revista Quaderni Storici, que terminará asociándose a la corriente microhistórica como su órgano de expresión y difusión más importante, ha comenzado su historia en 1966 llamándose entonces Quaderni Storici delle Marche – y publicando, cosa digna de señalar, en su primer número, la primera traducción italiana del célebre artículo de Fernand Braudel «Historia y ciencias sociales. La larga duración». Pero es sólo en los años setentas, luego de una reorganización de su comité, de ciertos cambios y de perder el apelativo delle Marche que ha comenzado a funcionar como el principal espacio de concentración y de irradiación de la corriente de la microhistoria. Lo que no impide, además, que ya en los años ochentas haya comenzado a ser un poco abandonada o dejada de lado por algunos de los principales representantes de esa misma microhistoria, como en el caso del propio Giovanni Levi o de Carlo Ginzburg, perdiendo una parte de su fuerza de innovación y de su carácter de «núcleo estructurador» y de foro de «concentración» de los descubrimientos principales de esa microhistoria, un tema que valdría la pena profundizar con más detalle.

[23] Reducción que es justamente el objeto de la crítica de Jean Paul Sartre en su libro Crítica de la razón dialéctica, Op. cit. nota 8.

[24] Una adecuada crítica de este procedimiento que reduce lo general a ser una simple suma de los casos y de las dificultades e implicaciones de este paso, puede verse en el artículo de Bernard Lepetit «Les Annales aujourd’hui», Review, vol. XVIII, número 2, Binghamton, 1995.

[25] En el argumento de esta idea, resumo las ideas que me ha suscitado la lectura del brillante ensayo de Bernard Lepetit «Architecture, Geographie, histoire; usages delle echelle» en Genèses, número 13, París, 1993. Considero que ésta es una versión un poco más trabajada que la que, con algunas diferencias, se incluye en el libro ya referido Jeux d’echelles, con el título «De l’échelle en histoire».

[26] Es claro para nosotros que la influencia de las distintas vertientes de la antropología del siglo XX, desde los trabajos de Frederick Barth hasta los de Claude Levi Strauss, y pasando por las lecciones de Clifford Geertz entre otros, ha sido decisiva en la construcción de las diferentes perspectivas de los diversos autores de la microhistoria italiana.  Sin embargo, el desarrollo adecuado de este punto ameritaría por si mismo todo un nuevo ensayo que no podemos incluir aquí. Sobre este punto puede verse el artículo de Paul-Andre Rosental «Construire le ‘macro’ par le ‘micro’. Frederik Barth et la microstoria» en Jeux d’echelles, Op. cit. También pueden verse varios de los ensayos incluidos en el libro Ethnologies en miroir, París, Ed. Maison des Sciences de l’Homme, 1992, y muy en particular el artículo de Christian Bromberger «Du grand au petit. Variations des échelles et des objects d’analyse dans l’histoire récente de l’ethnologie de la France». Véase también la «Introducción» del libro de Carlo Ginzburg Historia nocturna, Op. cit., y el  artículo también referido de Giovanni Levi «I pericoli del geertzismo».

[27] Cfr. al respecto y sobre todo el libro de Norbert Elías, Sociología fundamental, Barcelona, Ed. Gedisa, 1982, y más en general todo el conjunto de su obra incluyendo sus libros sobre The Germans, Deporte y ocio en el proceso de la civilización, El proceso de la civilización, o La civilización de los padres y otros ensayos, entre varios otros. Por lo demás, es claro que sin la consideración de la obra de Norbert Elias resulta muy difícil entender los aportes y el conjunto de la propuesta de los microhistoriadores italianos.

[28] Nos referimos, como es evidente, a las obras bien conocidas de Lucien Febvre, de Fernand Braudel, de Jean Paul Sartre o de Norbert Elias, por mencionar solo algunos ejemplos de autores que, en este punto de la superación del pensamiento binario o dicotómico rígido,  anteceden y preparan a esta conclusión específica desplegada por la microhistoria italiana.

[29] Nos referimos, en estos ejemplos de los últimos dos párrafos, a las obras bien conocidas de Giovanni Levi, La herencia inmaterial, de Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos, Pesquisa sobre Piero, e Historia nocturna, de Pietro Redondi, Galileo Herético o de Mauricio Gribaudi, Itinéraires ouvriers.  Espaces et groupes sociaux à Turín au début du XXe siècle, todas ellas mencionadas en las notas anteriores.

[30] No es entonces, tal vez solo por azar, que uno de los libros importantes de Carlo Ginzburg, escrito en co-autoría con Adriano Prosperi, y aún no traducido infelizmente al español, se llama justamente Giochi di pazienza, libro que hemos ya citado anteriormente.

[31] Cuando hablamos de parte especialmente reveladora del todo, eso no quiere decir ni mucho menos parte representativa del todo. Pues, después de Michael Foucault, es bien sabido que los márgenes de una totalidad cualquiera o sus elementos excluidos – y por tanto muy poco representativos - pueden ser tan reveladores o más de sus estructuras esenciales como sus elementos más típicos o característicos. Un punto que se vincula con el célebre oxymoron popularizado por los microhistoriadores italianos de lo «excepcional normal» y que sin embargo no podemos desarrollar más ampliamente en este mismo ensayo.  Al respecto cfr. el artículo de Eduardo Gremdi «Microanalisi e storia soziale», Op. cit., en donde se enuncia por primera vez dicho oxymoron. Sobre las lecciones de Foucault en torno al punto mencionado cfr. Francisco Vázquez García, Foucault o la crítica de la razón, Barcelona, Ed. Montesinos, 1995 y también Foucault y los historiadores, Cádiz, Ed. Universidad de Cádiz, 1987.

 

 

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Carlos Antonio Aguirre Rojas es investigador y pensador mexicano, una de las principales figuras de la divulgación de las ciencias sociales y la historia crítica en México. Es fundador de la revista Contrahistorias. La otra mirada de Clío y es autor de Antimanual del mal historiador o ¿Cómo hacer una buena crítica histórica? (2002), Relatos para la historia. Ensayos de contrahistoria intelectual (2006), Fernand Braudel et les sciences humaines (2004), Chiapas, planeta tierra (2006), Contrahistoria de la Revolución Mexicana (2009), entre muchos otros.


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