Thursday, 24th April 2014

De moluscos, discontinuidades y politopías

Publicado el 11. dic, 2011 por en Política y sociedad

A pesar de lo pronosticado por los científicos sociales, la dispersión migratoria de los mexicanos no ha acabado con su comunitarismo, por el contrario, ha vuelto la de los trasnterrados la comunidad fuerte, la comunidad discreta. Como los moluscos de Einstein, los cuerpos sociales se derraman sobre la topografía, cambiando su forma pero no su condición como polibios, conservando su cuerpo no-rígido en la discontinuidad de los tiempos y los espacios que impone la diáspora moderna de los pueblos.

Dicen que la distancia es el olvido

Pero, yo no concibo esa razón.

 Roberto Cantoral. La barca

 Armando Bartra

 

Dislocados

Así como los nómadas de todas partes preservan las brasas de la identidad, los mexicanos transterrados se empecinan en seguir siendo mexicanos. Pero no sólo mexicanos; según el caso también campesinos, y oaxaqueños, y zapotecas, y yalaltecos… Porque entre nosotros la diáspora no es muerte u olvido de la comunidad originaria, es fundación de una nueva comunidad multiespacial.

Corren tiempos de traslape de economías, vertiginosos circuitos poblacionales, promiscuidad cultural, ensamble de imaginarios, entreveramiento de significados. Y los peregrinos del milenio viajan pelando los ojos pero con el costumbrea cuestas. Cosechando en El Carrizo, en San Quintín o en el Imperial Valley; avecindados en Los Ángeles, en Chicago, en el valle de Chalco o en Nezayork; los transterrados se las ingenian para saborear clayudas con tasajo; le ponen machaca o chilorio a las de harina; preparan gorditas, pellizcadas, memelas, garnachas, salbutes, pastillas, chalupas o corundas; quién sabe de dónde consiguen tlacloyos, totoposte, bicoles o ichúskutas; y si no desprecian un ron, un tequila o un cartón de cervezas, sin duda sueñan en tesgüino, comiteco, bancanora, sotol, batarete, refino yolispa, mistela, resacado, taberna, pitarrilla, tuba, charape, colonche, huazamoteco, mezcal de pechuga, y en los múltiples curados de larga hebra o en las exóticas garañonas; todo mientras entonan canciones cardenches, corridos, valonas, jaranas, picotas, rancheras, huapangos, pirecuas y sones de todos los rumbos: huastecos, calentanos, jarochos, zapotecos, abajeños… Porque, donde quiera que estén, los trasterrados son el otro México, la patria plural y desparramada de la diáspora. Y este México, que remite a los regionalismos profundos, es de raíz campesina y rural, aun que resurja en Nezalitre o en Elei. La comunidad transterritorial es como una superficie topológica; un espacio social que conserva sus propiedades por mucho que se estire o comprima. Los puntos de una circunferencia distorsionada ya no son equidistantes del centro, pero la figura sigue siendo una forma cerrada que delimita un adentro y un afuera. De la misma manera, una comunidad espacialmente distendida pierde la convivencia cotidiana entre sus partes geográficamente alejadas, pero conserva el sentido de pertenencia y sigue otorgando identidad. Aunque, dado que muchas comunidades multinacionales no fronterizas están formadas por segmentos distanciados, su representación espacial trasciende las posibilidades de la topología y demanda de una geometría de la discontinuidad.

No es novedad, ya lo sabía el descolocado argentino-francés Julio Cortázar, quien iba de la Galerie Vivien al Pasaje Güemes y de regreso, sin tener que cruzar el Atlántico. Y de la misma manera los mixtecos, zapotecos, mixes, triques y chinantecos, de California, celebran la guelaguetza sin necesidad de pasar la frontera. Porque la contigüidad moral puede más que la distancia geográfica, y para los que Michael Kearney llama polibios, las ganas de festejar o la compulsión de servicio en los cargos tradicionales son tan imperiosas en La Sierra Juárez o La Mixteca como en el Imperial Valley.

Pero tener sucursales del otro lado subvierte también los usos y costumbres de la comunidad matriz. Así, el que muchos jóvenes originarios de los pueblos nahuas situados en las faldas del Popocatepetl estén trabajando en Chicago, Nueva York, Boston o Los Ángeles y envíen giros a sus comunidades natales, altera en ellas el concepto ancestral de riqueza. «En la fiesta de San Buenaventura -informa el antropólogo Julio Glokner- el atuendo del santo patrono está cubierto de dólares que la gente le pega con seguros, un acto propiciatorio del incipiente bienestar económico de las familias. Antes le llevaban mazorcas, frutas…» Y lo mismo sucede con los patronos de los pueblos originarios de migrantes purépechas, mixtecos,  zapotecos, chatinos y otros; santos cuyos buenos oficios con el todopoderoso pasaron de locales a trasnacionales.

La condición dislocada de las comunidades y pueblos indios que dispersó la diáspora, define territorios distendidos y desgarrados; espacios no euclidianos que se avienen mal con las mojoneras y las cartografías convencionales. Es la comunidad fuerte la que tiene propiedades topológicas. En contextos sociales abiertos y competitivos, donde el individualismo reditúa, la comunidad se debilita. En cambio, en los grupos humanos históricamente escarnecidos y cuchileados, la cohesión deviene estrategia de sobrevivencia y el comunitarismo se fortalece. Por eso, para los pueblos indios, las minorías acosadas y los migrantes de a pie, los usos y costumbres son invaluables recursos de autodefensa y la preservación de la identidad cuestión de vida o muerte. Pero la exclusión genera exclusión, y siendo providencial para los marginados, el acuerpamiento solidario también puede resultar limitante y opresivo. Así, a las comunidades enconchadas les cuesta trabajo manejar la pluralidad política, la diversidad de credos religiosos y la delincuencia  transcomunitaria. Además, en circunstancias donde coexisten diferentes minorías subalternas, las estrategias de identidad duras y discriminatorias corren el riesgo de babelizar el espacio social de los subalternos. Pero, aun así, la comunidad es la figura societaria más poderosa que se haya inventado para resistir la adversidad.

 

Comunidades discretas

Resistir pues, para no desbaratarse en el éxodo, y para aprender, poco a poco, cómo se vive al mismo tiempo en Texcatepec y en Nueva York.

Alfredo Fleis Zepeda

Las compulsivas diásporas rurales, intensificadas en el último cuarto de siglo, no disolvieron la comunidad agraria mexicana pero modificaron dramáticamente su perfil. La congregación cerrada, introspectiva y circunscrita a estrechos ámbitos sociales y geográficos, si alguna vez existió ya no existe más. Hoy los asentamientos arcaicos son origen y destino de intensas traslaciones poblacionales. Movimientos migratorios estables y prolongados o estacionales en vaivén, que les quitan a los grupos sociales cohesivos y culturalmente diferenciados su proverbial naturaleza endémica y a través de una suerte de gitanización generalizada les confieren una condición peregrina y transterritorial. De esta manera la comunidad rebasa su índole puramente agraria y rural  y los comuneros trascienden su perfil estrechamente campesino, pues con frecuencia los migrantes se asientan en ciudades empleándose en actividades no primarias. A su vez, los poblados natales y sus inmediaciones dejan de ser hábitat único para convertirse en punto de referencia y matriz cultural; en aztlanes mitificados pero revisitables que otorgan retaguardia y consistencia espiritual a la comunidad desperdigada. Porque para los pueblos peregrinos e históricamente cuchileados, conservar o reinventar la identidad es cuestión de primera necesidad.

Más arriba califiqué de topológicas a las comunidades territorialmente distendidas y chiclosas, pues pese a la distorsión que sufre su espacio social conservan  una serie de invariantes. Entre otras las de delimitar un adentro y un afuera, mantener la cohesión, elevar la autoestima y conferir sentido de pertenencia e identidad. Además, los dilatados colectivos de la diáspora siguen definiendo su propio espacio y su propio tiempo internos. Hacia adentro las reglas y los relojes que emplean los miembros de una comunidad desperdigada para medir sitios y distancias sociales, procesos de cambio y ciclos históricos, son herencia mutante pero directa del sentido del espacio y del tiempo propios de la comunidad originaria. Y esto es así, por mucho que sus miembros peregrinos o migrados se muevan ahora en otros contextos sociales asumiendo también y con prestancia sus novedosas coordenadas. Por todo ello me parece que una buena representación de estas plásticas pero consistentes entidades colectivas son los moluscos de Einstein.

«Por eso se utilizan cuerpos de referencia no rígidos, que no solamente se mueven en su conjunto de cualquier modo,  sino que también sufren durante su movimiento toda clase de cambios de forma… Este cuerpo de referencia no-rígido, se podría designar, con cierta razón, como molusco de referencia…», escribió el célebre físico en un libro de divulgación sobre la teoría de la relatividad. Pero, al aplicar metafóricamente estos conceptos a la comunidad peregrina, no es mi pretensión identificar la relatividad espacio-temporal de la física con el relativismo cultural de la antropología, traduciendo reglas y relojes por valores, normas, usos y costumbres. Sí me parece útil, en cambio, pensar a la comunidad como un sistema complejo de múltiples dimensiones y desarrollo no lineal, de modo que por lo general el efecto de los éxodos y diásporas no será la disolución que pronostica la sociología clásica, sino la rearticulación y el fortalecimiento de las diferencias que otorgan identidad.

Siguiendo con las analogías, podríamos pensar que de la misma manera como se incrementa la asincronía de los relojes y la desproporción de las reglas, cuanto mayor es la velocidad relativa de un sistema de referencia con respecto a otro; así, también una comunidad que se desplaza y transforma aceleradamente, tiende a intensificar la especificidad de sus valores y el diferencial de sus usos y costumbres.

Hay comunitarismo fuerte y comunitarismo tenue, y paradójicamente las comunidades más movidas con frecuencia son también las más cohesionadas. En contextos sociales abiertos y competitivos se afila el individualismo y la colectividad se debilita. En cambio en los grupos  ancestralmente lacerados la cohesión deviene estrategia de sobrevivencia. Pero cohesión no significa enconchamiento inmovilizador sino apertura y transformación. Una comunidad fuerte no es dura, rígida, cerrada, resistente al cambio (como la concha); sino flexible dinámica, oportunista, mudable (como el molusco). Y muchas de estas mudanzas van en el sentido de aglutinar, actualizando y fortaleciendo la identidad.

Un ejemplo paradigmático ya mencionado: el deterioro de la base de sustentación económica de las comunidades tzotzil-tzeltales de Los Altos y la zona Norte de Chiapas, derivó en generalizada migración a Las Cañadas y La Selva. Perola diáspora de los viejos parajes y el entreveramiento étnico resultante en las zonas de colonización no diluyeron la identidad, al contrario, crearon las premisas para renovar los elementos aglutinadores. Surgieron así inéditas convergencias en torno a las lenguas -que enlazan por encima de la diversidad de parajes originarios-, en torno a la común pero arcaica raíz maya, en torno a la compartida condición indígena, y finalmente en torno al zapatismo contemporáneo, un indigenismo puesto al día, que al cuestionar la marginación de las etnias convoca a todos los excluidos y propone una neototémica identidad planetaria. Posmodernidad de los globalifóbicos pero mundializados rebeldes chiapanecos, que no le impide al molusco de Las Cañadas seguir desquiciando a sus interlocutores más rígidos y hostiles al remitirlos a los usos y costumbres ancestrales y a las cadencias del tiempo indio.

Otro ejemplo, ya referido más arriba, de un sistema complejo que al acelerar su movimiento acendra su individualidad, es el proceso migratorio cuyo saldo fue la reciente invención de la identidad oaxaqueña. El inesperado fenómeno resultó del atrabancado éxodo finisecular hacia el norte; traslación poblacional que permitió construir en los campos agrícolas del noroeste mexicano y en la proverbial Oaxacalifornia del gabacho, una inédita cohesión oaxaqueña transfronteriza. Convergencia inconcebible en la natal Antequera, que empezó aglutinando a trasterrados mixtecos y zapotecos de distintas localidades en torno a su lengua, su dignidad y sus reivindicaciones laborales, y terminó agrupando también a chatinos, triquis, mixes y otros grupos, en una organización que desde 1994 se llama Frente Indígena Oaxaqueño Binacional. No es este un curioso y exótico muégano multiétnico, sino de un protagonista social de tercera generación que, como los agrupamientos oaxaqueños primarios, tiene bases en la entidad de origen, en el estado norteño de Baja California y también en Los Ángeles, San Diego, Fresno y Valle de San Joaquín, en California. Y fue ahí, en los Estados Unidos, donde los organismos locales oaxaqueños de autodefensa integrados recientemente, recuperaron sus raíces transformándose en agrupamientos de nuevo tipo, en convergencias binacionales de tercer nivel.

Pero con los oaxaqueños la metáfora einsteiniana se retuerce en limón, pues el multiterritorial FIOB no puede pensarse como un molusco; más aun no puede pensarse con ninguna variante de la geometría topológica, pues ésta se ocupa de propiedades invariantes a todo tipo de distorsiones menos la ruptura.

 

La ubicuidad de los polibios

Mi madre era joven cuando bajo a este páramo.

Tenía los ojos cansados de caminar promesas.

Tenía el defecto de estar en todas partes.

Porfirio García

Una partícula no tiene siempre una historia única… En lugar de eso se supone que sigue todos los caminos posibles.

 

Stephen W. Hawking

La plasticidad espacial de la comunidad, que primero me llevó a representarla como un continuo no euclideano, es decir como un molusco de Einstein, no se circunscribe al estiramiento. En el caso de los oaxaqueños y otros migrantes remotos, el espacio comunal no sólo se extiende, también se desgarra en fragmentos geográficamente separados, que pese a la distancia conservan su unicidad y propiedades básicas. Si insistimos en buscar analogías en las ciencias duras, nos encontraremos con que la estructura salteada del espacio comunitario reclama modelos sustentados en una geometría no sólo chiclosa sino también discreta. Un marco conceptual que dé razón de las soluciones de continuidad de un sistema social complejo que conserva su unidad pese a estar formado por trozos no colindantes. Pero, como veremos,  para encontrar en la física algo parecido a esto necesitamos transitar de la relativista a la cuántica.

Un mixteco puede pasar de San Juan Suchitepec en Oaxaca, a San Quintín en Baja California, y de ahí al Valle de San Joaquín en California, sin dejar de estar de su comunidad. Más aun, puede hacerlo sin salir de ella, pues el que transita entre un nivel comunitario y otro no es en rigor un comunero, sino un simple viajante, (tan es así, que de extraviarse en el camino y no encontrar una masa crítica de mixtecos a la que integrarse,  no podría recuperar su condición comunitaria original). La colectividad multiterritorial se nos presenta, entonces, como un espacio salteado formado por lugares sociales continuos separados por extensiones discretas; los comuneros transitan habitualmente de uno a otro nivel comunitario, pero como tales nunca se encuentran a medio camino. Descripción mañosa, con la que intencionalmente busco subrayar las analogías con la naturaleza cuántica del modelo atómico propuesto por Nils Bohr.

En este paralelismo quizá forzado, el comunero multiespacial, que en adelante llamaré polibio (término empleado por el sociólogo norteamericano Michael Kearney que remite a la capacidad de los anfibios para transitar de un medio a otro cambiando de forma pero no de condición), se nos presenta como un sujeto individual, es decir elemental, definido por su pertenencia a un campo social comunitario. Ámbito donde puede ocupar diferentes niveles, o segmentos, así como transitar de uno a otro a través de territorios no comunitarios en los que pierde provisionalmente su condición de polibio.La comunidad y el comunero, como el campo y la partícula en la física atómica,  son dos aspectos de la realidad social, contradictorios pero inseparables. El políbio se define tanto por su individualidad como por su pertenencia; pero mientras que la individualidad remite a su condición discreta o corpuscular, la pertenencia refiere a la continuidad, que se antoja ondulatoria, del campo comunitario. Así como las ondas y las partículas elementales, los comuneros y las comunidades son manifestaciones contrapuestas pero complementarias de una misma realidad compleja.

Siguiendo la analogía y parafraseando a Werner Heisenberg, podríamos decir que individualidad y pertenencia son aspectos imposibles de fijar con precisión al mismo tiempo, pues si atendemos a lo comunitario se diluyen los atributos personales, mientras que si nos enfocamos sobre lo individual se difuminan los comunitarios. Pero se trata de una incertidumbre virtuosa, pues llama la atención sobre una tensión objetiva e insoslayable, obligándonos a abordar en su integridad y articulación tanto el contexto colectivo como las particularidades individuales de los fenómenos comunitarios.  En este doble abordaje, el aspecto comunitario remite principalmente a los elementos de continuidad y homogeneidad, mientras que al individual corresponde en mayor medida la discontinuidad y la diferencia.Otras analogías sociológicas del “Principio de incertidumbre” son más obvias y manoseadas: tanto en la microfísica como en la antropología es sabido que la acción de indagar altera lo investigado, sea esto la trayectoria de un fotón o la autoestima de una familia campesina.

Cuando la analogía parecía exhausta, una frase de Heisenberg (1932) y un poema de Porfirio García, me remiten de nuevo a la transdisciplinaria  posibilidad de socializar el Principio de incertidumbre. Escribe el físico: «En el nivel atómico debemos renunciar a la idea de que la trayectoria de un objeto es una línea matemática…» Dice el poeta: «Mi madre era joven cuando bajo a este páramo/ Tenía los ojos cansados de caminar promesas/ Tenía el defecto de estar en todas partes.»

¿Qué quiere decir el oaxaqueño nacido en Ciudad Nezahualcóyotl, cuando en un homenaje poético a las migrantes madres fundadoras de ese no-lugar, proclama que la suya tenía «el defecto de estar en todas partes»? ¿Tendrá algo que ver con la hipótesis de Heisenberg, que Stephen W. Hawking formula con palabras más cercanas a las del poeta necense: «…una partícula no tiene siempre una historia única… En lugar de eso se supone que sigue todos los caminos posibles»? Planteado de otra manera: ¿el politopismo de las partículas elementales puede ponerse en relación, así sea alegórica, con las múltiples trayectorias y ubicaciones de los hombres y mujeres de la diáspora?

Posiblemente sí; porque sucede que en las comunidades desperdigadas una misma persona puede ser jefe de cuadrilla en los campos agrícolas del noroeste, mientras que a miles de kilómetros de distancia, en su comunidad oaxaqueña de origen, ocupa el cargo de mayordomo encargado de organizar la fiesta del santo. En las comunidades fuertes el que se va a La Villano pierde su silla. La migración permanente o en vaivén no significa que el comunero abandone su lugar en la colectividad natal, y de la misma manera el sistemático regreso de los migrados estables a sus pueblos de origen no supone perder su sitio en la comunidad trasterrada. Y es que, por definición, el polibio ocupa simultáneamente diversos lugares sociales en el colectivo disperso, aun cuando no ejerza al mismo tiempo sus diferentes funciones.

Y esta multiespacialidad es una forma de sobreponerse al desgarramiento migratorio. «Resistir pues, para no desbaratarse en el éxodo, y para aprender, poco a poco, como se vive al mismo tiempo en Texcatepec y en Nueva York». El revelador «al mismo tiempo» lo emplea el  Fleis Zepeda al relatar los avatares de sus amigos ñuhú de Amaxac avecindados en el Bronx.

La politopía de los polibios los hace socialmente ubicuos, permitiéndoles ocupar simultáneamente lugares comunitarios geográficamente separados. Pero, además, su multiespacialidad respecto del sistema colectivo transterritorial se expresa en una suerte de relativización de la lejanía o indiferencia a la distancia. En las comunidades multiterritoriales no euclidianas se desvanece en cierta medida el sentido del cerca y el lejos, y así como el cronopio y descolocado Julio Cortázar transitaba de la parisina Galerie Vivien al porteño Pasaje Güemes sin atravesar el Atlántico, un yalalteco trasterrado en Frisco celebra  la Guelaguetza sin necesidad de cruzar la frontera y el ñuhú Bernardino Femando trota por las banquetas de Melrose aveniu, en Manhatan, mientras su otro yo marcha bajo los cedros blancos de la vereda del cerro del Brujo, en El Pericón.

Igual como en la física no hay partículas sin campo, en los sistemas societarios fuertes y cohesivos no existen individuos aislados o libres. Aun cuando los separen grandes extensiones geográficas, pertenencia mata distancia y entre los comuneros  siempre priva una suerte de contigüidad moral. Colindancia que renueva y enriquece los imaginarios colectivos, pero no es sólo espiritual y se materializada en constantes flujos de personas, mensajes, imágenes, servicios y dinero. Intercambios materiales y simbólicos favorecidos por el enlace expedito y en ocasiones instantáneo que permiten los nuevos medios de comunicación. La comunidad es tan cohesiva como el átomo o como un muégano. Para su fortuna, o para su desgracia, no existe el polibio solitario.

Si la simultaneidad de la riqueza digitalizada que fluye por la red caracteriza a la mundialización financiera, la contigüidad de las comunidades transterritoriales segmentadas define a la mundialización laboral. Una y otro son formas de abolir el tradicional espacio euclidiano, son los saltos cuánticos del nuevo capital y del nuevo trabajo, los modos aristocráticos o plebeyos de la inédita globalidad.

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Armando Bartra. Profesor del posgrado en Desarrollo Rural de la UAM-Xochimilco, director del Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural «Maya» A.C. y coordinador del suplemento La Jornada del Campo del diario La Jornada desde 2008. Filósofo de formación, pensador de lo social en el oficio, estudioso de la cuestión agraria desde 1970 y experto en historieta y cartel mexicanos, con casi una centena de libros, artículos y folletos publicados. Entre sus obras más recientes se encuentran El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (2006), El hombre de hierro(2008) y Tomarse la libertad. La dialéctica en cuestión (2010).

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