Saturday, 25th October 2014

Cenizas

Publicado el 11. dic, 2011 por en Literatura, Poesía

dei possessi borghesi, lo stato

più assoluto. Ma come io possiedo la storia,

essa mi possiede; en sono illuminato

ma a ché serve la luce?

Pasolini, Le ceneri di Gramsci

 

 

Salvador J. Tamayo

 

L.V.

via dei della Robbia, número ochenta y cinco, secondo piano, un colchón tirado en el suelo, tres bicicletas, veinticinco libros, dos jamás llegamos a entenderlos, a entendernos, cocinábamos escuchando jazz, hacíamos el amor escuchando jazz, hacíamos el amor y los dos pensábamos en Robert Johnson y Tinto Brass, y Firenze era una fiesta que no se acababa nunca, nos bastaba el silencio y el recuerdo de donde solíamos gritar, donde solíamos gritarnos, fumarnos, dibujar tu silueta con mi cigarrillo mientras te hacías la dormida, porque, te hacías la dormida, dibujar tu silueta que no era otra que el viento de Trieste, aunque nos gustase más el levante, tu silueta, dibujo tu silueta, pienso en tus estrías y en los canales de Venezia, pienso en tus aristas y en las lágrimas de Roma, pienso en tu boca y no, jamás me atreveré a dibujar tu boca, jamás pensaré en verte con medio cuerpo asomado al Ponte Rosso, atraída hacia el abismo, hacia la tierra mojada y el asfalto, hacia el disparo de los murales que pintaban los locos, hacia tus pasos cansados, los que marcaban el ritmo de mis latidos, flutter auricular, fibrilación auricular, nuestro noventa y nueve terminó en dos mil once, y Bartolini, las putas de Bartolini que paseaban cerca de la rivera y le tiraban colillas gastadas a las sirenas que flotaban ahogadas en el Arno, las que ya no cantan, sirenas varadas,  sirenas de tierra, y colar los cristales de la botella de vino rota con una de tus medias, el silencio agotado por el miedo, la falta de sal, el pánico a los relojes, a Santo Spirito y a los niños cansados y sin dientes que roban pan y queso de las entrañas de Italia

el verbo latía en los labios,

no ha pasado tanto tiempo.

Hotel Felina

Eres una proyección absurda de su estúpido recuerdo. Leonard Cohen como epitafio. La aristocracia de la desgracia. Dos moscas planean sobre la carroña del fracaso. El olor a humo. Un mendigo sentado en la puerta me llama caballero. Dos bombonas de butano replican como campanas en la escalera de incendios. Habitación cuatro dos tres. Cansados por los viajes en tren de madrugada. Máquinas expendedoras oxidadas. La metapoética de las sensaciones. El miedo al proceso como proceso. El silencio como ausencia. Pánico a recordar. Tejados pardos, sin gatos, con algunas plantas. Mujeres casa que luchan por sacar las piernas por las ventanas, por dejar sus labios en el dormitorio. Niños asustados con pistolas y los bolsillos llenos de cocaína. Miedo a los relojes. Mi cuerpo como altar de sacrificios. El neón azul, intermitente. Una chica rubia toca el armonio en la habitación de al lado. Algunas farolas rotas. Dios en su tumba sintió miedo. No es miedo a caer, son las ganas de saltar.

Al final de la escapada

Las válvulas ardían,

usabas mi Telecaster para abrir cervezas.

No éramos guapos,

pero al menos teníamos la música.

Arrojaste siete colillas por la ventanilla.

Para recordar el camino de vuelta,

decías.

El equilibrio era un blues oxidado,

atado a mis tobillos con tus medias rotas.

A los pies de la cama

un perro con los ojos cerrados,

veía cómo te desnudabas.

Éramos dioses

con nuestros cuerpos

colgando por el cuello

de una cuerda de guitarra.

Éramos sombras con los pies llenos de arena.

Aún quedaban dos balas encima de la mesa.

Las gafas de sol no sirven para mirar hacia la luna,

están rotas sobre el asfalto.

Veo algún taxi avanzar desnudo

por la ciudad cansada.

Las cenizas de Jeff Buckley

caben en un sobre de azucarillo alargado.

No necesité ningún Hotel de Manhattan

para acariciarte las entrañas.

En un canal francés

dos mujeres juegan

a demostrarte

que disfrutan

lamiéndose

los pechos.

El destello de su piel

ilumina la habitación oscura.

Las miro,

sin sonido,

tan sólo el rumor

cansado

de las válvulas

del televisor.

Las dos tenían tu cara,

las dos tenían tus pechos,

las dos me miraban a través del cristal.

No me has perdonado,

tampoco espero que lo hagas.

______________

Salvador J. Tamayo (San Fernando, Cádiz, 1986) es licenciado en Historia. Escritor y editor de la revista GRUNDmagazine. Colabora en distintos medios como Granite & Rainbow, BCN Week y Panfleto Calidoscopio. Fue becario de la 9º promoción en Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores y actualmente finaliza su  primera novela. Es adicto a los Beatles y le encantaría ser zurdo. Su blog: www.salvadorjtamayo.blogspot.com

Print Friendly

Tags: , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

34.100 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>