Sunday, 20th April 2014

Sor Juana y lo femenino cotidiano. Entrevista con Mónica Lavín

Publicado el 15. mar, 2011 por en Cuadrivio proteico

En 2010, Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955) recibió el Premio Iberoamericano de Novela por Yo, la peor (Grijalbo, 2009), obra en la que se adentra en el espíritu y la época de Sor Juana Inés de la Cruz. En esta entrevista, Mónica comparte con Oscar Zapata las circunstancias que marcaron la recepción del premio, su empatía con la poeta y algunas de las claves de su novela.


Oscar Zapata


Rodeados de los centenares de libros que componen la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) tomamos asiento en una de las mesas más apartadas. La escritora Mónica Lavín ha terminado de impartir el Taller de cuento a una decena de jóvenes que se dieron cita en el reciento cultural ubicado en el centro de La Verde Antequera. Hace apenas un par de días se la ha anunciado como ganadora del Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska por su obra Yo, la peor (Grijalbo, 2009), donde recrea diversos aspectos de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. La calidez de su voz y la delicadeza de su sonrisa son las de una mujer que se sabe satisfecha con su trabajo. Le pregunto si podemos comenzar la entrevista. Con una naturalidad exquisita cruza las piernas, inclina levemente la cabeza y retira de su rostro el cabello que lo ha cubierto. «Mejor conversemos», me responde.

¿En qué circunstancias te enteraste –me pide hablarle de tú– de que eras la ganadora?

Yo no sabía si mi novela estaba concursando o no. Recuerdo haberle dicho a los de la editorial que no se olvidaran de que existía el premio Elena Poniatowska, ya que es un galardón bastante nuevo. Eso fue todo, la verdad nunca supe si la novela había sido enviada o no. Un día martes, terminando de dar clases en la UACM (Universidad Autónoma de la Ciudad de México), respondí a una llamada de Hernán Lara Zavala (jurado del concurso). Después de saludarme me pregunta: «¿Tienes puesto el cinturón de seguridad?». Sin darme tiempo siquiera de especular me dice: «Porque ganaste el Elena Poniatowska». Sentí una emoción inesperada, no pude decir nada porque sentía como si algo me hubiese amordazado la garganta. Siempre suena cursi cuando uno describe las emociones en estas situaciones, pero así fue.

Posteriormente, para decirle a mi gente cercana, preparé una mentira, ya sabes que a nosotros los escritores nos gusta contar ficciones. Le pedí a mi pareja que comprara champán y cité a mis padres y mi hermano, que casualmente estaba en la ciudad de México, a un brindis. En casa de mis padres saqué Hasta no verte Jesús Mío de Elena y Yo, la peor: «Pues fíjense que gané el premio Elena Poniatowska». Ése fue el brindis íntimo. Y lo digo porque a mí me gustan los rituales, me parecen importantes, creo en ellos bajo cualquier circunstancia. Cada vez que me llega el primer ejemplar de alguno de mis libros lo abro y anoto las circunstancias en las que recibo ese primer ejemplar.

***

El timbrado de su celular nos interrumpe. La escritora contesta la llamada y me es imposible no escuchar la conversación. Por lo visto las celebraciones se han extendido a toda la semana.

¿Qué opinas de que las tres novelas premiadas hasta ahora, Expediente del Atentado de Álvaro Uribe, Península, península de Hernán Lara Zavala y Yo, la peor, correspondan a lo que se conoce como novela histórica?

No estoy muy de acuerdo en llamarle «novela histórica». Es más bien «novela de contexto histórico» con personajes históricos; creo que eso está pasando en la narrativa actualmente. Existe una fuerte vertiente llamada «la nueva novela histórica», la cual ubica a los personajes en un determinado momento de la historia en un hecho documentado; lo más importante: trata de hacer visible lo invisible.

En la ficción hay permiso de crear personajes, situaciones, hechos y ambientes, aun cuando se trate de un personaje histórico. Me interesa Sor Juana porque es una mujer escritora y porque posee un espíritu científico. Me parece que lo suyo no es una participación en la historia como Josefa Ortiz de Domínguez o Leona Vicario; lo suyo tiene que ver con un espíritu renacentista, con amar el conocimiento y ver la manera de labrarse un camino. Me interesaba ver a Sor Juana desde las condiciones del siglo XVII, ahora vemos y pensamos a Sor Juana atribuyéndole incluso una posibilidad de libre albedrio, de libertad, de elección cuando en aquel siglo las circunstancias eran otras. Quería pensar cómo se somete su deseo, su impulso, su arrojo. Pensar su buena fortuna, sus grandes dotes intelectuales y su habilidad política para moverse en su tiempo. Era algo que yo me quería contestar.

 

¿La obsesión con Sor Juana, si podemos llamarle de esa manera, no es nueva? Recuerdo haber leído ensayos tuyos acerca de Sor Juana y escritos sobre cocina del siglo XVII.

De ahí salió todo. No creas que yo era una devota de Sor Juana, debo confesarlo. No es cierto que leyera todas las madrugadas sobre su vida. Sabía bastante poco de ella, sabía acaso lo que todos sabemos. Todo surgió a raíz del encargo de una amiga que desgraciadamente murió hace un año, Ana Benítez Muro, quien dirigía en Clío una colección de cocina virreinal. Una vez me dijo que existía un recetario atribuido a Sor Juana y que pensaba adaptarlo a tiempos contemporáneos, así que me pidió un texto sobre Sor Juana y la cocina. En ese tiempo trabajaba como freelance y necesitaba la lana. El proyecto me pareció atractivo porque a mí siempre la parte gastronómica me ha encantado, entonces me puse a investigar para tratar de aterrizar a Sor Juana con el tema de la cocina. Ese trabajo de pensarla frente al fogón, qué sabores probaba, qué decisiones tomaba… interesarme en ella como persona. Así empezó a seducirme la idea de hacer una novela en torno a ella. Como te darás cuenta, el acercamiento fue realmente casual.

 

Dentro de esta «nueva novela histórica», que si bien no trata de desmitificar al personaje pero sí busca mostrar una materialidad muy concreta, ¿cómo dar cuenta de la parafernalia que existe alrededor de Sor Juana tanto en lo filosófico, lo literario, e incluso lo político, y al mismo tiempo mostrar su cotidianidad? ¿Cómo balancear ambos aspectos?

Yo no lo sé, siento que es meramente intuitivo. Lo que intenté fue comprenderla. Pienso que la literatura tiene un afán de comprensión; creo en la idea de Faulkner acerca de la compasión por los otros, de entender la parte de fragilidad y grandeza del espíritu humano. Para mí la parte cotidiana es la manera de poder ver a una Sor Juana que no sea observada desde la óptica del encumbramiento. El día a día es lo que va haciendo a la persona, las decisiones que va tomando. Ésa era la parte que me interesaba. La dificultad era discernir, de todo el bagaje que hay sobre Sor Juana, qué es lo que a mí me parecía más relevante para contar: sí su vida y sus diferentes momentos, pero a través de las diferentes mujeres que van a comprender una u otra faceta de la poetisa. Por ejemplo, la madre analfabeta no puede leer la propia poesía de su primogénita. No le interesa la poeta; su hija, sí. La cuestión es entender, en función de las pasiones humanas y tipos de relaciones, quién era Sor Juana para las otras y para los otros. Para Sigüenza y Góngora era absolutamente una igual si no es que una superior. Yo creo que ahí encontré el balance. Como me parecía tan inapresable y, como decía Octavio Paz, tan diversa de sí misma; dicha multiplicidad la quería ver a través de sus distintas facetas y no sólo desde la usual línea conventual. Quería entender las posibilidades que tuvo de ser «otras Sor Juanas».

 

En ese contexto, ¿encontraste afinidad en el hecho de que se tratase de una mujer, es decir, una afinidad de voces en cuanto al género?

Sí. Yo creo que era inevitable. Lo que pasa es que tenía que encontrar una forma y me parecía que la forma en ese tiempo -dado que estuvo encerrada en un claustro y las condiciones eran muy limitadas- era a través de lo que pudo haber sido como mujer y de la óptica de las otras mujeres. Me preocupaba, por ejemplo, en el convento qué hacían con las menstruaciones de las monjas. A lo mejor sí es un tema de lo «femenino cotidiano», de lo «femenino de alcoba», pero eran puntos donde podían confluir las perspectivas de todas estas mujeres, llámese la mamá, la hermana o incluso la virreina.

 

El referente obligado sobre Sor Juana es indudablemente Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe es casi un demonio hablándote al oído cuando se trata de escribir sobre la poetisa. ¿Cómo sortear este referente que hace hincapié en la obra y deja de lado las vicisitudes personales?

Es un gozo leer Las trampas de la fe. Uno no puede centrarse en las decisiones cotidianas de Sor Juana de la manera en que la ficción de la novela lo permite, pues es fiel al espíritu del ensayo que tan lúcidamente practicaba Paz. Yo quería estar del otro lado de la gran obra. En el otro extremo está la persona per se. Quería estar cerca, apreciar ese siglo XVII. Paulatinamente me fue ganando el gusto por saber de la época. Antonio Rubial, quien es el estudioso del siglo XVII, tiene un libro que se titula La plaza, el palacio y el convento: la ciudad de México en el siglo XVII, que justamente toca los tres ámbitos en los que vivió Sor Juana. Es fascinante el entramado social de esa época. Me engolosiné muchísimo con todas las posibilidades que me daba ese ambiente para hacer un tapiz de la época.

***

Súbitamente nos indican que tenemos que abandonar las instalaciones del IAGO porque el edificio está por cerrar. Acordamos vernos al día siguiente para continuar nuestra charla. La cita es ahora en el restaurante Los Danzantes de Oaxaca ubicado en andador turístico Macedonio Alcalá.

La conversación ahora se torna de lo más informal. Bebemos unas cervezas e intercambiamos opiniones acerca del mundo literario y académico del país. La escritora se ve particularmente bella esta noche y no puedo evitar sonrojarme cuando toma mi antebrazo y reímos simultáneamente. Me cuenta de sus influencias literarias, del determinante influjo que el escritor argentino Mempo Giardinelli tuvo en su prosa, y hasta de cómo dejó a un lado la biología para dedicarse de lleno a las letras. «La primera vez que me sentí realmente escritora fue cuando, al llenar una forma migratoria en la aduana de un aeropuerto, escribí escritora en el espacio que decía “ocupación”… a partir de ese momento me supe simple y llanamente escritora».

Nos avisan que su reservación está lista y que sus acompañantes han llegado. Me despido y agradezco su cordial disposición. Abandono rápidamente el restaurante porque en menos de una hora tengo que tomar un autobús a la ciudad de México. Al abordar ruego que la boletera pregunte mi ocupación, muy por el contrario me cuestiona: «¿Viene tomado joven? Porque no puede abordar el autobús en estado de ebriedad».

 

 

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Oscar Zapata (ciudad de México, 1986) en algún momento de su vida estudió ingeniería y se matriculó en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Trabajó como jefe de redacción del periódico El Libertador de Oaxaca, ha tomado talleres con diferentes escritores y ha colaborado con las revistas Consideraciones y Mil Mesetas. Practica el periodismo cultural.

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