Wednesday, 23rd July 2014

La política exterior de Japón en el Este de Asia entre 1992 y 2002

Publicado el 15. mar, 2011 por en Academia

La conclusión de la Guerra Fría y los conflictos de finales de siglo que movieron la atención de las potencias hacia nuevos temas y regiones han resultado en la reestructuración de las relaciones internacionales. Para Japón, como explica César B. Martínez en este ensayo, la vieja estabilidad se ha roto y el país se ha visto obligado a construirse un nuevo lugar en Asia del Este, en donde se ha perfilado como líder tras un difícil proceso de adaptación a los nuevos lazos que requieren sus nuevos intereses.


César B. Martínez Álvarez*

 

El año de 1993 marcó el inicio de una década de incertidumbre para Japón; el quiebre de la burbuja financiera de la década de 1980 llevó la tasa de crecimiento de la economía a 0.42 por ciento [1]. Las dificultades no terminaron ahí, pues a las pruebas nucleares norcoreanas de 1993 siguieron el conflicto entre Washington y Pekín en 1996, la crisis financiera asiática de 1997 –que puso en duda la viabilidad del modelo regional de desarrollo y evidenció la interdependencia económica creciente– y nuevos lanzamientos de misiles de Corea del Norte en 1998.

Para Tokio, los días de aislamiento espléndido, confianza plena en la protección estadunidense y bonanza económica sin fin, se habían ido. Debido a que las causas más evidentes de esa incertidumbre se habían originado en el Este de Asia, se hizo indispensable la formulación de una política exterior coherente hacia la región. Para ello, el país podía contar con sus enormes recursos financieros, comerciales, tecnológicos, científicos y diplomáticos.

¿Cómo ha evolucionado la política exterior de Japón en el Este de Asia, su región natural de influencia, ante los cambios estratégicos y económicos que sucedieron en la zona a partir del fin de la Guerra Fría? El argumento de este ensayo es que el surgimiento de nuevas amenazas militares y la creciente interdependencia económica regional han modificado los intereses de Tokio en Asia, lo que ha motivado el desarrollo de una política exterior más activa y coherente, que busca aprovechar de manera más efectiva las fortalezas –principalmente económicas– del país, para reducir sus vulnerabilidades.

 

Redefinición de los intereses estratégicos y económicos de Japón en el Este de Asia

La competencia bipolar dio forma a la política internacional en Asia durante la Guerra Fría.  La Unión Soviética y sus socios (la República Popular China, la República Popular Democrática de Corea y Vietnam) se enfrentaban a la alianza de Estados Unidos con Japón, Corea del Sur y Filipinas. Esta configuración persistió hasta la ruptura entre Moscú y Pekín en la década de los sesenta, lo que propició un acercamiento de China con las potencias occidentales (mediante la visita de Richard Nixon a Pekín en 1972 y la firma del tratado de paz con Japón en 1978) y la consolidación de las alianzas estadunidenses.

Así, el objetivo primordial de la diplomacia de Tokio era mantener buenos lazos con Washington, pues ello bastaría para contener cualquier amenaza militar. La doctrina Yoshida, que sería la base de la política exterior japonesa a partir de 1955, buscaba dejar de lado los asuntos militares y dedicar todos los esfuerzos del país a la reconstrucción económica, por lo que la política regional de Tokio fue muy limitada y poco coherente [2].

No obstante, con la implosión del régimen soviético en 1991 desapareció también el motivo del sistema de alianzas estadunidense en Asia; para Washington, la región había perdido importancia estratégica y política, por lo que concentró sus recursos en otros asuntos y otras latitudes. La desaparición del peligro soviético fue casi simultánea al aumento del gasto militar chino y el despliegue de una política exterior más agresiva de parte de Pekín, especialmente respecto a Taiwán y Tíbet. Además, el régimen de Pyongyang, en un intento frenético por compensar la pérdida de su aliado principal –Moscú– persistió en el desarrollo de su programa de misiles a partir de 1993, como medio de presión ante Estados Unidos [3].

A este reacomodo del equilibrio de poder regional se sumaron tensiones en la alianza norteamericano-japonesa (debido a fricciones comerciales) para crear un entorno de incertidumbre acerca de la capacidad de Tokio para responder a estas nuevas amenazas potenciales. Así, surgió la necesidad de transformar su política exterior hacia la región, pues los peligros más inminentes para Japón, China y Corea del Norte, emanaban de su entorno inmediato y, además, representaban un peligro para el resto de los países asiáticos.

Del mismo modo, cambios en la dinámica económica asiática llevaron a Tokio a reformular su política exterior hacia la región; la causa principal fue la importancia creciente de los intercambios financieros y comerciales intrarregionales para Japón. Para empezar, el crecimiento del país fue uno de los motores de la interdependencia en Asia; a partir de la década de 1960, las empresas japonesas se hicieron más competitivas en capacidad productiva y tecnología, lo que originó un superávit ascendente en el sector comercial.

En consecuencia, Japón se convirtió en un país exportador de capital (su excedente aumentó de 10 mil millones de dólares en 1976 a 293 mil en 1989) [4]. Los Acuerdos de Plaza de 1985 intensificaron esta tendencia, pues apreciaron el yen respecto al dólar, lo que redujo el atractivo de las exportaciones niponas [5]; ello condujo, junto con el excedente financiero y el aumento en los costos internos de producción en Japón, a que los industriales japoneses situaran su producción en el extranjero, con el objetivo de reducir los costos. Así, la inversión japonesa en el extranjero pasó de 5 mil a 45 mil millones de dólares entre 1985 y 2005 [6].

La actividad de las corporaciones japonesas en Asia condujo a la formación de redes regionales de producción y la transferencia de tecnología de Japón a sus vecinos [7]. De modo indirecto, el traslado de plantas industriales niponas fortaleció las políticas de desarrollo de los países del sureste de Asia y Corea del Sur –que se basaba en la búsqueda de inversiones, así como en la promoción de las exportaciones y el intervencionismo estatal en la economía–.

Los beneficios de este fenómeno han sido significativos no sólo para la región, sino también para Japón, lo que se manifiesta en la relevancia creciente del sector externo de su economía [8]. Así, se multiplicaron las inversiones japonesas en Asia (de 2 mil a 10 mil 500 millones de dólares entre 1985 y 1995, aunque no debe perderse de vista que EE.UU. sigue siendo el principal receptor de capitales nipones) [9], sus empresas han obtenido ganancias enormes en la región (mucho mayores a los dividendos de las corporaciones norteamericanas) y varios de sus bancos tienen en los países vecinos todo su capital invertido. Además, el comercio con el Este de Asia representó 70 por ciento del superávit japonés para 1995 [10].

Durante las décadas de 1960, 1970 y 1980, la política económica exterior de Tokio en el Este de Asia se limitó a algunos planes para reducir aranceles y la provisión de ayuda oficial para el desarrollo [11]. Con el aumento de la presencia del país en la economía regional crecieron las inquietudes del gobierno sobre la estabilidad financiera, fiscal y política de sus socios. La terrible crisis monetaria asiática de 1997 transformaría esas preocupaciones en la necesidad de modificar el enfoque de la política asiática de Japón.

De este modo, se consolidó el otro objetivo de Tokio frente a su zona natural de influencia: como líder económico de Asia, Japón debía contribuir a dar certidumbre a los intercambios comerciales y financieros en la región. Ello se lograría con economías competitivas, capaces de absorber las exportaciones japonesas, y con regímenes políticos estables, que aseguraran los términos legales de la actividad económica.

 

Situación interna  y consenso frente al exterior: fundamentos de la diplomacia japonesa

Para Wayne Sandholtz, los cambios en el ámbito sistémico no ocasionan respuestas de política exterior automáticas, sino que alteran las elecciones y limitaciones a las que se enfrentan las élites de un Estado [12]. Para el caso japonés, el surgimiento de nuevas amenazas estratégicas y la interdependencia económica creciente en la región desplegó varias opciones de política. La reacción –un acercamiento mayor con Asia– fue el resultado, de un consenso interno entre los sectores políticos y empresariales del país, de que una diplomacia más activa y coherente era necesaria para hacer frente a las modificaciones en el sistema internacional del Este de Asia.

En este periodo, a pesar de los vaivenes electorales, se ha mantenido la tendencia a otorgar una posición prioritaria a Asia en la agenda de política exterior de los principales partidos políticos. Ello ha sido especialmente relevante en el Partido Liberal Democrático (PLD) que gobernó Japón desde 1955 hasta 1993 y centraba su diplomacia en la alianza con Washington; la magnitud de los cambios en el sistema internacional a partir de 1991 obligó al PLD a adoptar una estrategia de diversificación de las relaciones exteriores del país, lo que se evidenció en los gobiernos liberal-democráticos siguientes (1996-2002). El fortalecimiento de los partidos de oposición ha acentuado esta tendencia: el Partido Socialdemócrata, el partido conservador Komeito y el Partido Democrático, a pesar de sus diferencias en asuntos de política interna, apoyan un acercamiento cada vez mayor con la región [13].

En cuanto a la comunidad de negocios, cuyos miembros más destacados son la Federación de Organizaciones Económicas (que abarca empresas como Sony, Toyota y Mitsubishi) y la Cámara Japonesa de Comercio, su interés básico a partir de los ochenta ha sido avanzar su posición en el extranjero; es por ello que las grandes empresas han tomado también el liderazgo en la promoción de la inversión exterior japonesa [14]. La mejora en las relaciones con los países asiáticos ha sido crucial para dar certidumbre a los términos de los intercambios económicos; debido a ello han apoyado financieramente muchas de las iniciativas políticas que tienen ese objetivo [15]. Así, ha tomado forma un consenso interno acerca de la necesidad de formular una política exterior más coherente hacia la región.

Respuestas de política exterior: acercamiento diplomático y cooperación económica con Asia

Una vez que se ha analizado la transformación de los intereses de Japón en Asia Oriental, gracias al surgimiento de nuevos peligros potenciales, la interdependencia económica creciente y el consenso interno, entre empresarios y partidos, sobre de la necesidad de enfrentar esos retos, conviene estudiar las respuestas de política exterior en los dos ámbitos.

Si el primer interés de Japón en el Este de Asia ha sido mitigar las amenazas potenciales de Pekín y Pyongyang, Tokio ha logrado diseñar y poner en marcha una red regional de seguridad; para ello, a diferencia de lo que ocurría durante la Guerra Fría, no se apoya únicamente en la alianza norteamericana, sino que ha buscado de manera persistente un acercamiento con los países asiáticos.

En respuesta al crecimiento del poder militar chino y el programa nuclear norcoreano, en 1997 se revisaron, por primera vez desde 1976, los lineamientos de la alianza de Japón con Estados Unidos, que han adquirido cada vez más características de asociación más que de subordinación.

Tokio y Washington se han comprometido a colaborar más de cerca en caso de una crisis regional, lo que requeriría apoyo japonés en recursos humanos (aunque el despliegue de tropas en el extranjero sigue siendo un asunto muy delicado) e infraestructura, además de la tradicional ayuda financiera [16]. Con la negociación de 2004, la tendencia ha sido la consolidación de los vínculos bilaterales, lo que ha dado a Tokio margen de maniobra para diseñar los otros mecanismos que conforman la red de seguridad regional de Japón [17].

China y Corea del Norte no son peligros potenciales sólo para el país nipón, sino para toda Asia; la alianza con EE.UU., aunque ha dado mayor certeza respecto a esas amenazas, ha sido sólo un hilo del entramado de seguridad regional de Japón, que consiste, además, en vínculos triangulares para contener a Pyongyang e instituciones multilaterales para comprometer a Pekín a soluciones diplomáticas para las diferencias interestatales en la región.

En cuanto a la amenaza norcoreana, Japón ha optado por fomentar un diálogo triangular con Corea del Sur y Estados Unidos; de este modo, el fortalecimiento de la alianza Seúl-Washington se une a la consolidación de la asociación Tokio-Washington para propiciar el acercamiento entre los dos países asiáticos; ello se manifiesta en la convergencia de posiciones hacia el programa nuclear norcoreano –en las Pláticas a Seis Partes– y una creciente cooperación militar entre Seúl y Tokio, que ha dado lugar a 31 reuniones entre oficiales gubernamentales y miembros de las fuerzas armadas de ambos países entre 1990 y 1999, frente a una reunión del mismo tipo entre 1970 y 1990.

Para contener el poderío militar chino y comprometer a Pekín al diálogo ante el surgimiento de controversias internacionales ha sido imposible para la diplomacia japonesa desarrollar una solución como la anterior. Ello se debe a la falta de consenso entre los socios de Tokio (Seúl) acerca de la necesidad de contener a China (lo que es resultado del acercamiento sino-surcoreano en los noventa, que ha sido uno de los mayores éxitos de la diplomacia de Pekín). Esta es la causa de que Japón haya optado por el sureste de Asia, la otra subregión que resiente la amenaza china. Así, es evidente un cambio en la política asiática de Tokio que ha comenzado a recurrir a mecanismos regionales de seguridad, además de las alianzas.

El Foro Regional (FRA) de la Asociación de Naciones del Sureste de Asia (ANSA) surgió en 1993 a partir de una propuesta japonesa, mediante la cual se buscaba que las reuniones ministeriales de la organización se transformaran en un espacio de diálogo que mejorara las perspectivas de seguridad regional [18]. Sus principios rectores han sido la construcción de confianza y la solución pacífica de los conflictos, lo que, en teoría, persuadiría a Pekín a recurrir al diálogo. No obstante, no hay que sobreestimar los resultados del FRA, pues sólo es un complemento al sistema japonés de alianzas, además de que se ha enfrentado a la oposición china constante.

Así, se ha observado que los cambios en el sistema regional a partir de 1991 propiciaron el resurgimiento de peligros potenciales para Japón, que ha buscado crear una red de seguridad con base en el fortalecimiento de la alianza con EE.UU. Este entramado se ha completado con un acercamiento con Seúl y los países del sureste de Asia para contener estas amenazas.

De la misma manera, el otro interés de Tokio en la región, especialmente a partir de 1997, ha sido contribuir a mejorar las perspectivas de estabilidad en los intercambios económicos en Asia, lo que contrastan con el inmovilismo y desinterés que caracterizaron la política asiática de Japón durante la Guerra Fría. De manera concreta, se ha buscado la estabilización de las economías y sistemas políticos de la región, así como el fortalecimiento de la cooperación financiera y comercial, mediante una política exterior mucho más activa.

Después del estallido de la crisis de 1997 (que de Tailandia se extendió a Indonesia, Malasia y Corea del Sur), el fortalecimiento de las economías de la región se volvió imprescindible para Tokio, pues estaban en juego miles de millones de dólares en comercio e inversiones. Para los estadistas japoneses, a diferencia de los norteamericanos, el problema residía en la pérdida de competitividad de los tigres asiáticos frente a China e India, y no en la capacidad de Japón para absorber las exportaciones industriales del sureste de Asia [19].

Sin embargo, antes de contribuir a mejorar la competitividad de la región, era necesario estabilizar los indicadores macroeconómicos. Es por ello que Japón concertó préstamos por más de 43 mil millones de dólares para rescatar a las economías en crisis, a lo que se sumó la contribución japonesa al paquete de ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI). Asimismo, se apoyó al Banco Asiático de Desarrollo con un fondo de 3 mil millones de dólares para crisis monetarias. Finalmente, se lanzó la Iniciativa Miyazawa en 1998, que consistía en préstamos por más de 30 mil millones de dólares para apoyar el comercio y los intercambios financieros intrarregionales [20].

Una vez sorteados los efectos más apremiantes de la crisis, la política exterior de Tokio se centró en abatir la causa principal del problema: la pérdida de competitividad de las economías asiáticas. A diferencia de las décadas anteriores, la contribución al desarrollo de la región busca no sólo promover las exportaciones japonesas mediante ayuda condicionada [21], sino mejorar las perspectivas de crecimiento en el Este de Asia.

Desde 1980, Japón ha sido el principal donador financiero para el desarrollo en el mundo (con 6 mil 555 millones de dólares en apoyo bilateral y 2 mil 810 multilateralmente). La ayuda oficial, que desde 1999 se canaliza mediante el Banco Japonés de Cooperación Internacional, se ha alejado poco a poco del objetivo único de abrir mercados para los capitales japoneses; es por ello que, entre 1985 y 1996, la proporción de ayuda condicionada se redujo a cero por ciento [22]. Además, a partir de los noventa han cambiado los destinos de estos fondos, pues ahora se da prioridad a asuntos de desarrollo social, humano y tecnológico y ya no sólo a proyectos que dieran paso a las empresas japonesas. Ello se manifiesta en la Carta de Ayuda Oficial de 1992.

Esta contribución, para estabilizar las economías regionales y hacerlas competitivas en el largo plazo, se complementó con esfuerzos para fortalecer las instituciones políticas de algunos regímenes asiáticos, y asegurar los términos de los intercambios comerciales y flujos financieros. El primero de ellos fue el empeño japonés de evitar el aislamiento internacional de Pekín y la suspensión de inversiones extranjeras a China, después de que la masacre en Tian’anmen en 1989 despertara el repudio de la comunidad internacional, pues ello habría ocasionado aun más dificultades internas a su socio principal en Asia [23].

De la misma manera, en 1992 se inauguró una nueva época en la diplomacia japonesa hacia la región, con la participación de Tokio en el proceso de paz de Camboya. Japón no sólo allanó el camino para que las facciones en la guerra civil aceptaran la intervención de Naciones Unidas, sino que financió la autoridad internacional de transición política. Así, en 1997, la mediación de Tokio permitió las elecciones en el país [24].

Los otros dos casos en los cuales la diplomacia japonesa invirtió sus esfuerzos para mantener la estabilidad interna fueron los de Malasia e Indonesia, durante la crisis de 1997. Tokio se opuso a algunas de las reformas que el FMI pedía a cambio del paquete de ayuda, pues habrían implicado el desmantelamiento del modelo desarrollista, con consecuencias sociales aún más serias para ambos países, lo que significaba también un riesgo mayor para los capitales japoneses. A ello se debe el intento de la diplomacia japonesa por convertirse en interlocutor entre Yakarta y Kuala Lumpur y el FMI, así como la participación de Japón en las operaciones para el mantenimiento de la paz en Timor Oriental a partir de 1991 [25].

Finalmente, para cumplir con el objetivo de dar certidumbre a los flujos comerciales y financieros en la región, la política exterior japonesa se ha basado también en la búsqueda de una cooperación económica regional más profunda. En lo que representó una respuesta casi inmediata a la crisis de 1997, los jefes de gobierno de todo el Este de Asia se reunieron para fomentar el diálogo económico, que se institucionalizó en 1999 en el ANSA+3 (Japón, China y Corea del Sur). Con el objetivo de fomentar la regulación financiera en Asia, el ANSA+3 propuso en 1999 la iniciativa Chiang Mai, por medio de la cual se concertaban tratados bilaterales de divisas, lo que ha dado inicio a una nueva etapa de colaboración regional [26].

De este modo, Japón buscó reaccionar a las oportunidades y riesgos de la interdependencia económica regional; si el objetivo ha sido dar certidumbre a los intercambios comerciales y financieros, los medios para lograrlo han sido diversos: apoyo monetario y diplomático para contribuir a la solidez financiera, competitividad económica y estabilidad política de los países asiáticos y creación de instituciones regionales de cooperación financiera.

Así, a lo largo de este ensayo se analizó cómo Japón adaptó su política asiática a una década de incertidumbre económica y amenazas militares que comenzó en 1992. Entre 1951 y 1991, debido a la presencia de la amenaza soviética y a la preeminencia del sector interno en el desarrollo económico del país, Japón no tuvo la necesidad de acercarse al Este asiático. Dados los cambios que ocurrieron a partir de 1991 en el mundo y en la región, era imprescindible desarrollar un enfoque distinto hacia la zona natural de influencia de Tokio, de lo que resultó una política exterior más influyente en Asia.

Japón se ha valido de la alianza con Estados Unidos y sus recursos materiales para mejorar sus vínculos con su zona natural de influencia. Por una parte, el tratado con Washington permitió a Tokio construir una red de seguridad regional para contener el programa nuclear norcoreano y el ascenso militar chino. Por otra parte, las proporciones gigantescas de su mercado, el superávit financiero y el desarrollo tecnológico han permitido a Tokio responder a los peligros y oportunidades de la interdependencia regional, lo que se manifestó en el esfuerzo para contribuir a la estabilidad de las transacciones económicas en el Este de Asia.

De esta manera, en el proceso de respuesta a los cambios que ocurrieron en la región a partir de 1991, Japón ha comenzado a afianzar su liderazgo en Asia; ello es una muestra de la capacidad de adaptación del Estado japonés, que ha encontrado en su región inmediata un escenario idóneo para desplegar sus recursos potenciales, con el objetivo de convertir las amenazas en oportunidades y contribuir a la estabilidad y prosperidad del continente.

 

NOTAS

* Para fines de este ensayo, el este de Asia se divide en dos subregiones: el noreste y el sureste. El noreste asiático lo conforman la República Popular China, Corea del Norte, Corea del Sur, Japón y Taiwán. El sureste asiático está formado por Birmania, Laos, Camboya, Vietnam, Tailandia, Malasia, Singapur, Brunei Darussalam, Indonesia y Filipinas.

[1] Según información de World Economic Outlook 2010, documento pdf, Washington D.C., Fondo Monetario Internacional, abril 2010. Obtenido de http://www.ateneonaider.com/documentos/maite-mart%C3%ADnez-granado/world-economic-outlook-abril-2010, consultado el 17 de octubre de 2010.

[2] Sueo Sudo, «The Road to Becoming a Regional Leader: Japanese Attempts in Southeast Asia, 1975-1980», Pacific Affairs, vol. 61, número 1, marzo-mayo 1988, p. 50.

[3] Victor D. Cha, «Japan’s Engagement Dilemmas with North Korea», Asian Survey, vol. 4, número 41, septiembre-octubre de 2001, pp. 549-556.

[4] Thomas U. Berger, Mike Mochizuki y Jitsuo Tsuchiyama, Japan in International Politics. The Foreign Policies of an Adaptative State, Boulder, Lynne Rienner Publishers, 2006, pp. 122-123.

[5] Idem.

[6] «Country Market Analysis Profile, Japan», Centro de Comercio Internacional de la Agencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, documento tabla de Microsoft Excel, International Trade Center. Obtenido de: http://www.intracen.org/dbms/country/CA_CtryIndex.asp?FR=&CT=392&DT=03, consultado en octubre de 2010.

[7] Peter Katzenstein, Beyond Japan. The Dynamics of East Asian Regionalism, Nueva York, Ithaca, Cornell University, 2006, pp. 131-141.

[8] Inoguchi Takashi,  Japanese Foreign Policy Today, Nueva York, Palgavre, 2000, pp. 70-72.

[9] Thomas U. Berger, op. cit., pp. 120-130.

[10] «Country Market Analysis Profile, Japan», Centro de Comercio Internacional de la Agencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, op. cit.

[11] Sueo Sudo, «Japan-ASEAN Relations: New Dimensions in Japanese Foreign Policy», Asian Survey, vol. 28, número 5, mayo de 1988, pp. 509-525.

[12] Wayne Sandholtz y John Zysman, «1992: Recasting the European Bargain», World Politics, volumen 42, número 1, octubre de 1989, pp. 95-128.

[13] Glenn D. Hook, Julie Gilson, Christopher W. Hughes and Hugo Dobson, Japan’s International Relations. Politics, Economics and Security, Londres, Routledge, 2001, pp. 57-60.

[14] Ibíd., pp. 55-57.

[15] Idem.

[16] Idem.

[17] Joshua P. Rowan, «The U.S.-Japan Security Alliance, Asean, and the South China Sea Dispute», Asian Survey, vol. 45, número 3, mayo-junio de 2005, pp. 429-432.

[18] G. D. Hook, op. cit., pp. 217-219.

[19] Christopher W. Hughes, «Japanese Policy and the East Asian Currency Crisis: Abject Defeat or Quiet Victory?», Review of International Political Economy, vol. 7, número 2, verano 2000, pp. 233-240.

[20] T. Berger, op. cit., pp. 168-169.

[21] Se otorgaban recursos bajo la condición de que el proyecto financiado fuera de empresas japonesas, de modo que la ayuda condicionada se volvía una suerte de subsidio a las propias empresas de Japón.

[22] I. Takashi, op. cit., p. 159.

[23] Ver Ming Wan, Sino-Japanese Relations. Interaction, Logic, and Transformation, Stanford, University Press, 2006.

[24] I. Takashi, op. cit., pp. 254-257.

[25] James H. Lebovic, «Uniting for Peace? Democracies and United Nations Peace Operations after the Cold War», The Journal of Conflict Resolution, vol. 48, número 6, diciembre de 2004, pp. 910-936.

[26] T. Berger, op. cit., pp. 169-173.

 

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César B. Martínez Álvarez(México, 1989) Estudiante del sexto semestre de Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

 

 

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