Friday, 31st October 2014

Hipotermia en verano

Publicado el 15. mar, 2011 por en Cuento, Literatura

Ilustración: © Valeria Hernández

 

Gabriela Da Silva

 

Mi tía ya estaba muerta cuando la encontraron. De acuerdo con la autopsia la causa había sido hipotermia, congelamiento en el día más caluroso del año. La perdimos de vista en el parque, demasiado ocupados en disfrutar el calor para notar que ya no estaba con nosotros. Así, mientras los primos corríamos entre las fuentes y mirábamos a ver si pasaban chicas en minifalda, mi tía murió sentada en una banca, cubierta con dos chamarras, bufanda y botas, frotándose las manos para aliviar el frío.

Y aun así, me dijo mamá después, sus dedos estaban morados, casi negros, sus orejas rojas y duras, su nariz congelada. Hipotermia en verano.

Nadie supo cómo pasó. El invierno anterior había sido frío, sí. Noviembre había estado lleno de lluvia, diciembre fue perpetuamente nublado, y después vino la nieve que hacía más de veinte años que no caía en la ciudad. Pero los meses habían corrido, y los días se habían vuelto cálidos. Las chamarras quedaron en el clóset; ya nadie llevaba bufanda. Y aunque nosotros recibimos la primavera en marzo, como siempre, un fragmento de invierno vivía en el pecho de mi tía, bombeando hielo por sus venas día con día, hasta que murió congelada en agosto.

Supongo que cuando alguien muere lo más lógico es preguntar por qué, por qué él o por qué ella, por qué nos tocó a nosotros. Pero mi familia no pudo pasar del cómo. ¿Cómo puede alguien morir por frío en el mes más caluroso del año? ¿Cómo explicar la idea del «enfriamiento interno»?

No creo que nadie de los que se pregunta por qué consiga nunca una respuesta. Tampoco nosotros hemos encontrado una para nuestra pregunta. Pero nadie aguanta no tener respuestas, al grado que terminamos por inventarlas si es necesario. Mi mamá, que es psicóloga, dice que fue «estrés pos-traumático» por la muerte de mi tío. Mi papá dijo sólo que en esta vida todo puede pasar y que no era más que una extrañeza médica. La abuela jura que todo es culpa de una vecina que es bruja y que les echó una maldición, y que por eso fue que se murieron primero mi tío y luego mi tía.

Mi primo, que ahora vive con nosotros, no dice nada.  No es que no tenga opinión, pero creo que prefiere no hablar de esto.

Yo soy el único que sabe, el único que no tiene que inventar respuestas. Yo sé que no fue estrés, ni algo médico, y que lo que pasó fue superior a cualquier bruja. Soy el único que sabe del invierno que llevaba mi tía en su pecho. Se lo quise contar a mi primo, pero no me creyó y me dijo que me callara. La orfandad lo ha hecho desconfiado.

A mi tío lo mataron poco antes de navidad, el trece de diciembre. Lo asaltaron con pistola, como pasa seguido en la ciudad, y murió en el hospital. Mis papás dicen que al menos no se murió ahí en la calle. Yo no sé por qué eso es peor.

Fue una mala navidad,  aunque intentamos celebrar como siempre. Y la iglesia estaba tan ocupada por esas fechas que no pudimos hacer la misa hasta dos semanas después, el veintiocho de diciembre. La catedral estaba toda llena de imágenes de la virgen y del niño, y los pasillos los habían decorado con nochebuenas y velas rojas y doradas. La misa fue larga, y el nombre de nuestro muerto sólo uno más en la lista de difuntos, enfermos y efemérides. Mi primo lloraba y lloraba por su padre, pero mi tía se mantenía callada.

Fuera de la catedral el aire de invierno se sentía lleno de agujas que lastimaban la nariz y expandían los pulmones. Era un día frío, y el azul del cielo nunca había estado más cercano.

Los más pequeños nos olvidamos de la misa y de nuestro tío en cuanto salimos a la plaza, emocionados con la idea de que seguro ese sería el año en que iba a nevar. Sólo mi primo se hizo aparte, hacia el único espacio donde caía el sol. Los adultos le compraron chocolate, pero él no quiso beberlo y se negó a ser consolado.

Mi tía se detuvo frente a la iglesia, con las piernas separadas y los brazos rígidos junto al cuerpo. Miraba a las torres del edificio como si buscara algo. Nadie se le acercó: no lloraba y no hablaba con nadie, y eso confundía a los adultos y asustaba a los más jóvenes. Parada así, sola al borde de la plaza, me recordaba las poses de los héroes en los carteles de las películas, firmes y silenciosos, congelados para siempre en el único gran momento de su vida.

Como yo la estaba  mirando, uno de mis primos me retó a que me acercara y le dijera algo. Yo también le tenía miedo, pero no quería quedar como un cobarde o que mis primos me llamaran marica, así que empecé a caminar hacia mi tía. Mi descuido fue que estaba muy preocupado pensando qué le iba a decir, y no me fijé que el mismo que me había retado se acercó por atrás y me empujó al suelo antes de irse riendo. Distraído como iba, yo solito terminé de tropezar y caí. Y al momento en que mis manos tocaron los viejos adoquines de la plaza las campanas de la iglesia comenzaron a tocar.

El mundo se sacudió con cada golpe, doce veces en total. Sin entender por qué sucedía eso, yo me aferré al suelo con las uñas y miré al cielo. Y así fue que lo vi: las agujas de frío que había en el aire, como cristales que colgaban de un candelabro invisible, se estremecían también con cada campanada, temblaban y chocaban entre sí.

Pero en vez de deshacerse las agujas crecieron, cada vez más grandes, hasta que ya no eran agujas sino enormes estacas de cristal de hielo que se remontaron sobre el sonido hasta el firmamento. El cielo azul de invierno intentó contenerlas, pero las campanas seguían sonando. Con la onceava campanada la presión fue tal que el firmamento empezó a agrietarse, y con la doceava el cielo se deshizo en innumerables trozos de frío, que cayeron blancos y pesados hasta el suelo.

Mis primos chillaron de emoción por la nieve, y hasta los adultos dejaron sus susurros para observar los copos que caían sobre ellos. Yo me levanté, y vi que mi tía seguía inmóvil, parada frente a la catedral, paralizada como el cartel de una película, y un enorme fragmento de invierno cayó en ella: un trozo de cielo, o quizá un fragmento de estaca, perforó su pecho y entró a través de su carne, entre sus senos, y ella tembló, como con calofríos.

Entonces se llevó las manos al pecho, se inclinó sobre sí misma y dejó salir un sollozo que cortó a través del frío y de la nieve e hizo tiritar a todos los que lo oyeron. Mi mamá llegó de inmediato a consolarla, a decirle que estaba bien y debía llorar, que las lágrimas le ayudarían a sacar su dolor.

Yo me pregunto si lloraba por su muerto o por el trozo de invierno que ahora vivía en ella. Y aunque lloró todo ese día y todos los días que siguieron también, las lágrimas no expulsaron ningún dolor ni derritieron el hielo que la congeló desde adentro.

 

 

_______________

Gabriela Da Silva (Ciudad de México, 1985) Estudió Lengua y Literatura Moderna Inglesa en la UNAM. Aficionada a la fantasía, la magia y el realismo mágico, así como todo el lejano oriente. Su primera novela, Los doce sellos (Ítaca, Ciudad de México) fue publicada en 2009.

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4 comments on “Hipotermia en verano

  1. _David_Israel_ on said:

    Además de guapa, super talentosa, te admiro mucho Gaby.

  2. Carlos Fernando on said:

    Gabs,
    Felicidades por los éxitos logrados, y muchas gracias por las fantasías regaladas.

  3. Esther Alvarado on said:

    Maravilloso cuento, la estaca en el pecho la he sentido. Felicidades por tan maravilloso relato.

  4. Lilia on said:

    Me encantó querida Gabiota.
    muchos besos
    Yoooooooo

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