Tuesday, 21st October 2014

Nellie Campobello: letras y coreografías de la Revolución

Publicado el 09. nov, 2010 por en Cuadrivio proteico

Personaje singularísimo (aunque poco conocido) de la Revolución mexicana, retratista impecable de Pancho Villa y las huestes de la División del Norte, Nellie Campobello sigue deslumbrando a cuantos se acercan a su vida y obra. En este fascinante texto, auténtico híbrido que cabalga entre la ficción literaria, la crónica, la entrevista y la reconstrucción biográfica, Irene Castro y Elizabeth Sánchez viajan al caluroso norte mexicano, nervio entrañable de la Revolución, para conocer a la autora de Cartucho y traerla a nuestro convulso presente.


Irene Castro Nava y Elizabeth Sánchez Morales

Era insensato. Me costaba trabajo distinguirla entre la multitud de bailarinas que estiraban sus piernas en las barras, en aquellas que practicaban el port de brás en conjunto y entre aquellas que amarraban sus zapatillas de ballet. Todas lucían igual para mí: el cabello recogido en un chongo, un entallado leotardo de licra negra, mallas rosas y zapatillas de punta de raso.

«Y uno, dos, tres, demi plié –decía una de las profesoras– cinco, seis, siete, relevé –continuaba–». La escena comenzaba a marearme: las zapatillas olían a conejo muerto y la brea se pegosteaba cada vez más en mis zapatos; mis pies se sentían torpes y lentos. No podía esconderlo, trataba ansiosamente de encontrar a la mujer de letras en una sopa de cambrés.

«Francisca Ernestina, llega usted tarde otra vez», escuché que regañaban a una bailarina en la entrada principal. El hombre que tocaba el piano dejó de hacerlo. La apariencia de ella era inconfundible: unas botas de piel llenas de tierra se asomaban de unos pantalones de mezclilla. Paré. «¿Una mujer en los ropajes de un hombre?», me pregunté. Continué la inspección. Una blusa blanca dejaba entrever sus pequeños senos que se encontraban erectos; una mata de cabellos negros y largos bailaba sobre su rostro ocultando sus delicadas cejas; su mirada era la de una pequeña niña que ha perdido de vista, por unos instantes, a su mamá.

«Lo siento… otra vez. Prometo que no volverá a suceder», expresó. Dejó en el piso el sombrero de paja que cubría su rostro y sacó de él las zapatillas que ahí traía guardadas. Corrió hacia los vestuarios. El pianista reanudó la marcación y las bailarinas, su calentamiento.

Me dije a mí misma que tendría que ser ella la persona que tanto he buscado. Concordaba con la descripción que me habían referido: una mujer radical de gran porte que lleva ropa masculina y maneja un automóvil rojo de carreras. De lo masculino no había duda, pero respecto al vehículo salí a cerciorarme. En efecto, un coche rojo con placas de Texas estaba estacionado en la acera de enfrente. Sin embargo, había un problema: el nombre no coincidía. Francisca Ernestina no correspondía al de Nellie.

Entré corriendo y me dirigí a los vestidores. Estaban vacíos. Dejé caer mi cuerpo cual guayaba del árbol. La tuve un instante y la perdí. Maldije a mi editor en turno por hacer de este viaje a Chihuahua un infierno. «No deberías llorar ni sentirte así, no has perdido a Mamá», me dijo una voz que venía desde la esquina derecha. «Todo mundo me conoce como Nellie Campobello, excepto aquí, que me llaman por mi verdadero nombre: Francisca Ernestina».

Mis ojos dejaron de gotear; me resultó inevitable sonreír. Nuestras miradas se encontraron, sus ojos de niña seguían presentes y los míos deseaban jugar con los suyos. Ella ahora era distinta: había dejado los vaqueros por las mayas rosadas. Sus senos aún eran visibles bajo el leotardo de licra. Mientras cubría sus dedos de los pies con pedazos de papel me senté frente a ella.

«Nellie…», pronuncié, pero ella me interrumpió. «Mi nombre es Nellie Francisca Ernestina. ¿Sabes? El Nellie fue por una perrita que tenía Mamá, yo deseaba que me dijeran Francisca; de hecho, en mi primer libro así firmé, Francisca Ernestina. El Campobello fue un regalo del segundo hombre de Mamá, el papá de mi hermanita Gloria, Campbell, que yo modifiqué un poco».

Una perrita, vaya, todo era imaginable menos eso. Pero no importaba, el icono femenino de la Revolución estaba comenzando a descocer su letra, y yo, sólo le jalé el hilito.

¿Por qué en tus textos siempre te refieres como una niña, Nellie?

Cuando escribo me siento atrapada, parezco una rehén encerrada en un cuerpo de niña. Ahí me revivo. Me parece fantástico recordar a Mamá con esa grandeza con la que vemos a las madres, pero la mía era especial, y yo, sigo siendo una niña que nace y en lugar de crecer me mantengo en el cuerpo de una chamaca.

A veces me dicen mentirosa y no me creen cuando cuento mis historias, pero soy tan parlanchina que no me importa. Lo primordial es jamás dejar flotando los recuerdos que se hacen donde sea, como sea y con quien sea.

Además, a los cuatro años no cualquiera vive una revolución y la tiene en la mente toda la vida, ¿o sí? Las cosas se dicen siempre como son, rectas y si nacen de tus recuerdos de niña, qué mejor, así sólo las dices y sientes sin pensar en cómo reaccione la gente.

Me acuerdo que de niña no me reía, no me gustaba, para qué, sentía que cualquier día sería otra más en el montón de sangre que iba a dar a las calles. De pequeña tenía plastas de pecas en la cara y mi nariz sudaba a raudales.

Te confieso que dos de mis preocupaciones eran aprender a andar en caballo y, por supuesto, los inviernos, la Revolución mexicana…

¿En tus libros los personajes son reales?

Cuando yo creo a mis personajes los hago con mucho cariño. Yo casi no uso adjetivos, sólo sustantivos y verbos para que ellos hablen por sí mismos, yo no necesito hacer nada porque ellos son creados con ternura. Mi trato hacia ellos es como si fueran mis hermanos. Ya creados, les rezo y les prendo veladoras.

Es lo mismo cuando me siento a escribir, intento abrir la esencia de la naturaleza, referirme a los órganos más profundos de las cosas, personas y situaciones. Todo lo veo con los ojos limpios. Claro, eso con ayuda de mi hermano mudito. Él y yo hemos creado historias desde escuincles por nuestras pequeñas conversaciones con lengua de señas.  ¿De reales?, no sé, eso dependerá de qué tantas imágenes quedan en quienes leen mis textos. Los personajes y anécdotas no se aprenden, se descubren.

¿A quiénes admiras más en esta vida?

Dos figuras que nacen de mis tiempos heroicos de la infancia y la adolescencia son: Ella, Mamá y Francisco Villa. En los tiempos en los que dominaba la violencia, tras ellos se escondía ese impulso para modificar lo que ocurría en el país. Ambos eran mis héroes frente a la violencia que vivía alrededor mío.

MAMÁ

Mamá era la máxima expresión de la belleza. Toda Ella era un himno, un amanecer. Así era Ella, con sus cabellos negros y en la mañana amarillos y verdes, por la tarde indecisos. Sus ojos negros y su figura esbelta que parecían flores de las que danzaban con el viento. Su olor era maravilloso, como un perfume penetrante de aquellos que se aspiran junto a los madroños puros de la sierra, allá, donde la luz se abre entera.

Una mujer cuya fortaleza nacía para ayudarnos a mí y a mi hermana Gloria, irreverentes las dos desde chiquillas, parecíamos potros y atropellábamos a la gente con nuestra sinceridad, ¡pobre de Mamá!, lo que le tocó sufrir.

Sin embargo, hay algo que jamás olvidaré de Mamá: sus manos, Las manos de mamá, esas manos que me protegían de cualquiera que se acercara, de la Revolución, de las balas, en las calles, en el campo, todo giraba en torno a las manos de Mamá. Fueron esas manos largas, delgadas y en forma de ramilletes que se volvían memelas húmedas como si soltaran lágrimas. Fueron esas manos que apenas aprendieron a coser y a pegar botones para que sobreviviéramos mi hermana y yo.

Ella era mi desahogo de todo lo que vivíamos en nuestra casita harapienta. Por las noches, mientras se oían los balazos, sus ojos se clavaban en nuestros corazones y con su sonrisa, que se olvidaba de la angustia creada por los últimos momentos de nuestra revolución, nos regalaba momentos cálidos. Nos hacía felices.

Mamá era una artista que supo borrar la tristeza y la falta de pan en la casa. Ella logró hacernos sentir contentos en aquellos momentos. No nos besaba ni nos hacía cariños, pero sus con manos nos cobijaba…

Y si me preguntas por el libro, Las manos de mamá nació de una deuda que tuve con ella, ahora ya está saldada. Mamá siempre fue una mujer joven, su nombre era Rafaela, no le gustaba que la tocáramos y lo más que nos dejó hacer fue tocarle la mano con la puntita de la nariz.

FRANCISCO VILLA

Cuando tenía cuatro años recuerdo que ni se llamaba Villa, todo el mundo lo conocíamos como Doroteo Arango por tradición familiar. Él se crió en Villa Ocampo en la casa de don Martín Villa, quien lo reconoció como su hijo. Su nombre valiente lo tomó de un muy buen muchacho, por eso se convirtió en Francisco Villa.

Todos queríamos mucho a Doroteo Arango. Del que más me acuerdo es de El Siete, aquel muchacho una vez le contó a Mamá que se quedó sin compañeros en plena pelea y fue cuando creyó en Dios. Ya en despoblado se sentó a pensar entre unos árboles, se amarró el cordón del caballo en una mano y se fue quedando dormido. Ya soñando veía que El Ratoncito tenía alas y volaban juntos, pero se despertó con un grito de Villa: «¡Hijo, levántate!», y conforme abrió los ojos escuchó que Villa le dijo de nuevo: «Despierta; hijo, ¿dónde está tu caballo?», riéndose Villa vio cómo el chamaco salió rápido asustado por su caballo y señalándolo. El Siete estaba bien emocionado, hasta le dijo a Mamá: «Me recompensó Dios, oí a Tata Pancho».

Claro que uno en la revolución se siente muy solito y lo mejor es que alguien nos acompañe, aunque sea un muertito o una sombra como la que Villa iba dejando de lugar en lugar. El Siete no tenía padre y Villa se volvió el suyo. Él se convirtió en la sombra que nos acompañó a muchos. Y si de su contrincante debo opinar, Carranza fue un viejo tan egoísta como envidioso y no agradecía nada.

Eso sí, yo sólo digo lo que sé del villismo, no más, no lo que me han contado. Mi Francisco Villa, como el conductor de hombres de guerra, es el que nació en 1910, vestido de amarillo con sombrero ancho, cinta tricolor y unas cartucheras fajadas en forma de cruz.

EL PAN DE TODOS LOS DÍAS: LA MUERTE

El modelo de mis sentimientos es el tarahumara, aquel que tiene la magnificencia humilde de la pobreza.

Esas historias que la misma gente me contaba en el gran escenario del Norte, provocaron en mí la incapacidad del melodrama. Por eso, en Cartucho se ven las vísceras a menudo y la sangre es un elemento esencial de lo vital.

Cada uno allá en el Norte iba cayendo poco a poco. Se morían simplemente una mañana, cuando los rifles y ametralladoras iban a despertarlos. Había guerra, poco pan y todo eso que hay en los pueblos. A los niños no nos contaban cuentos de hadas, mucho menos de princesas, eso no servía de nada, lo que servía eran los hechos reales. Todo era natural en nuestro mundo, en el enorme juego en el que vivíamos: la risa, las memelas, el café sin leche y sin azúcar, los muertos, los rifles, los heridos, los hombres que pasaban frente la ventana de mi casa encima de sus caballos y a toda velocidad, los gritos, la sangre, las noches sin estrellas, la luna… Todo.

Y en plena calle los coroneles caían muertos, me acuerdo del coronel Bufanda que alguien, nadie supo quién, le tiró un balazo que le cayó al pecho, yo namás vi que algo le salió por la bolsa de la chaqueta, le echó afuera su corazón.

La bella muerte era la muerte heroica que vivían aquellos hombres durante la revolución. Ésa era la verdadera muerte… la que se dibujaba solita en la tierra.

¿Cómo se relacionan los corridos con la muerte?

No dejan que la muerte sea anónima. Como dije, la muerte bella era la heroica, en la que decantaba la historia. En Villa Ocampo, al norte del estado de Durango, donde yo nací, se elegían rasgos del personaje y se les añadían unos más. Lo que sí importaba era que la voz de todos se escuchara sonora.

LA «META-DESCRIPCIÓN»

La economía de palabras siempre ha sido lo mío, el darle vuelta al asunto es para los maestros y yo sólo soy escritora. La clave de mis textos son los silencios que rellenan los lectores. Y el choque de la imaginación con la realidad es lo que me retorna a mi niñez, a mis ojos infantiles que me incrustan en el sueño de la pureza, en la magia de la naturaleza y en las palabras breves de lo que no se dice que se relaciona con lo dicho.

¿Cómo te describes tú misma?

Aseguro, antes que nada, que no soy texana. Sí del norte, pero no texana. Aunque la mejor manera de describirme es con mis libros, por eso, en mi primer libro, en el poema Yo, retraté a la Nellie Campobello real:

Dicen que soy

brusca

Que no sé

lo que digo

Porque vine

de allá

Ellos dicen

que de la montaña

oscura

Yo sé que vine

de una claridad

Brusca

porque miro

de frente

Brusca

porque soy

fuerte

Que soy

montaraz

Cuántas cosas

Dicen

Porque vine

de allá

de un rincón

oscuro de la

montaña

Mas yo sé que

vine de una

Claridad.

Y la montaña vino a mí. Había entrado al mundo de Nellie Campobello. Poco me faltaba no para besarle las manos como a Mamá, pero sí los pies que estaban escondidos en un pedazo de raso rosado.

Parecía que alguien había abierto la puerta del vestidor porque la melodía del piano ahora resonaba hasta mí. Volteé a ver si alguien estaba en la portezuela, mas no pude divisar a nadie. Regresé mi mirada hacia Nellie. No la encontré.

Me paré desconcentrada buscándola. El esfuerzo fue en vano. Corrí hacia la puerta para ver si la encontraba en el estudio de danza, pero tampoco la hallé. Sin embargo, había algo diferente: ya no se oía música; es más, ya no estaba el piano en la esquina derecha del lugar. Salí por la entrada principal y me llevé una sorpresa. Ahí estaba Nellie, en el frontón de la academia. Decía: «Escuela Nacional de Danza Nellie Campobello». No supe cómo sucedió, pero ahora estaba en Campos Elíseos número 480 en el Distrito Federal.

No sabía qué estaba pasando. Volví a ingresar. Me acerqué a la dirección preguntando por Nellie.

—Sí, señorita, está usted en la academia que lleva su nombre. ¿Desea algún informe en especial?

—No, no, usted no entiende. Hace unos instantes estaba platicando con ella.

—No, señorita, Nellie falleció en 1986. Lo que usted tiene en sus manos es la recopilación de sus obras.

Me alejé de ahí. Seguía sin encontrar un esclarecimiento lógico a esto. Vi que había un mural conmemorando el centenario de la Revolución donde había muchas fotografías de Nellie. Me acerqué. La foto del centro parecía que me estaba sonriendo solamente a mí. Cerré mis ojos y comencé a escuchar su voz:

Dicen que soy

brusca

Que no sé

lo que digo

Porque vine

de allá…

Abrí los ojos. Comprendí que no era necesaria una explicación y decidí abandonar el lugar mientras aún oía a lo lejos el susurro de su Yo

…Ellos dicen

que de la montaña

oscura

Yo sé que vine

de una claridad…


Nota: Este texto fue elaborado con base en la información obtenida de: Campobello, Nellie. Obra reunida. Fondo de Cultura Económica, México, 2007; Carballo, Emilio. «Entrevista a Nellie Campobello» en 19 protagonistas de la Literatura Mexicana del siglo XX. Empresas Editoriales, 1965; Curso Magistral «Nellie Campobello y la novela de la Revolución mexicana» del ciclo Grandes Maestros. UNAM impartido por la doctora Margo Glantz del 21 al 25 de junio de 2010 en la Universidad Nacional Autónoma de México; y la creatividad e imaginación de las autoras.

________________

Irene Castro Nava (ciudad de México, 1988). Estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha publicado textos en el periódico satírico El Machetearte. Participa en el taller literario Fulgor de Palabras. Para ella, la danza es el pretexto perfecto para expresar las ideas, lo mismo que la escritura. Partidaria del periodismo cultural, es miembro del Consejo editorial de Cuadrivio.

Laura Elizabeth Sánchez Morales (ciudad de México, 1989). Estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Amante del lenguaje y los idiomas. Respetuosa con la fotografía, pero no fotógrafa. Miembro del Consejo editorial de Cuadrivio.

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2 comments on “Nellie Campobello: letras y coreografías de la Revolución

  1. Irene Castro on said:

    Gracias L. Rosas, ésa era la intención. Ojalá te haya gustado, un saludo.

  2. L. Rosas on said:

    Me gustó la forma como está escrito el texto, como si estuvieran hablando con la escritora.

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