Thursday, 24th April 2014

El danzar número 84

Publicado el 03. nov, 2010 por en Artes, Portafolio

Irene Castro Nava

Sólo es cuestión de una persona para revivir a un teatro adormecido y en letargo. Un telón separa el mundo cotidiano y el de las pasiones en un abrir y cerrar de ojos, pues la conexión del espacio escénico con el espectador es altamente intensa. No hay un letrero físico, mas se advierte que la audiencia está a punto de experimentar una catarsis. «Entre bajo su propio riesgo», debería de estar inscrito en el folleto de bienvenida.

Parece que alguien desliza sus dedos suavemente a lo largo de la tela roja y aterciopelada que busca deseosa liberar ante los sentidos un programa lleno de emociones, recuerdos y mucho mar, muchas ondas y círculos.

La somnolencia se retira por la salida de emergencia y un ramo de aplausos (no de rosas) atraviesa las butacas para alcanzar el escenario. La sonrisa es inminente, la gracia es ante todo un recurso seductor. Al aparecer la mujer descobija los miedos y calma la sed de vibrar en los cuerpos espectadores.

Ella no necesita presentación, 40 años respaldan su trabajo como coreógrafa del Taller Coreográfico de la UNAM. Aunque su presencia fue rechazada en nuestro país: «Aquí en México nadie me quería y me fui a Nueva York a ser una bailarina», hoy la danza mexicana sin su nombre sería nada sin ella.

Para Gloria Contreras danzar es «una forma en la que el hombre se rehace, le permite entender la vida y comprender la felicidad y la tristeza», por eso al inicio de la temporada número 84 en el teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura el pasado 3 de septiembre, Gloria advierte al público: «Todos ustedes deberían bailar en su casa». No es amenaza, pero sí una sugerencia que brota en ella una risa traviesa.

En cada introducción previa a un nuevo cuadro escénico, Gloria se siente querida y aclamada. Sonríe cual fuera la primera vez que se desnudara emocionalmente ante un escenario cuyo telón acobija su larga estancia en el taller y en la UNAM. Cual bailarina, postura derecha y con sus pies en primera posición, efectúa una reverencia. Su cabello perlado en un suave gris cae y se mantiene suspendido por un instante mientras vuelve a su posición inicial, sin alborotarse y perder su ondulado.

Gloria es omnisciente. Es como el narrador que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo siente. Ella sabe que si la audiencia bailara les quitaría tristezas; que es un absurdo cobrar arte cuando éste se enseña gratuitamente; incluso también prevé que, aunque esté detrás de bambalinas y si el siguiente número se estructura de tres momentos, el público aplaudirá repetidamente, por lo que le pide hacerlo al finalizar los tres fragmentos para disfrutar la transición y el efecto de la música.

«Quiero que se sientan como si estuvieran presenciando el mar. La música [del poema sinfónico El mar de Claude A. Debussy] es suave como las olas» así como las manos de Gloria que posicionan en ellas la gracia y suavidad en un dócil port de bras imperceptible para aquel que desconoce la técnica del ballet. Pareciera que sus manos hablaran solas, su discurso corporal es cuan eficaz como el verbal.

En el escenario, las y los bailarines viven la experiencia en carne propia de ellos para Gloria y viceversa. El posicionamiento y manejo del espacio lo hacen suyo y sin miedo, pero el nerviosismo en algunas de ellas en la coreografía inicial de «Dos parejas» las hacen ver disparejas.

Otros montajes como el de «Sinfonía» resuenan a los movimientos vanguardistas del Dadaísmo, pues acompañados de una música estridente del ruso Igor Stravinsky, la composición dancística resulta cual símil al manifiesto de Tristan Tzara, completamente opuesto a la razón: el vestuario es único y distinto para las bailarinas que portan leotardos de licra tricromáticos. Los hay mitad del cuerpo azules y el resto de blanco, con círculos o líneas transversales rojas; las zapatillas de punta intercalan colores bicolores, inclusive. Por eso, según Gloria, «una buena composición da como resultado una buena coreografía».

Por eso el Taller Coreográfico de la UNAM es un atentado sutil que el espectador no percibe en qué instante ha sido embelesado por el danzar suave y preciso de una música, unos pies, unas manos, una expresión y un par de piernas que se trenzan al compás de la tradición y la entrega. Como el canto de las sirenas que entrecruza los pensamientos racionales con los sentimientos y emociones liberadas al aire, sobre todo después de cuatro décadas de contenerlas en las inmediaciones más profundas de Gloria Contreras.

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Irene Castro Nava (Ciudad de México, 1988). Estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha publicado textos en el periódico satírico El Machetearte. Participa en el taller literario Fulgor de Palabras. Para ella, la danza es el pretexto perfecto para expresar las ideas, lo mismo que la escritura. Partidaria del periodismo cultural, es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

2 comments on “El danzar número 84

  1. Irene Castro on said:

    Sí, Gloria Contreras es toda una mujer, toda una personalidad. Sus coreografías tienen mucha soltura y mucho feeling.

    No sé si tuviste la oportunidad de ver esta temporada, pero el número de “Blues cósmico” me dejó estupefacta, boquiabierta… un deleite en toda la extensión de la palabra.

    Gracias por tu comentario Katia.

  2. Katia Rodríguez on said:

    Mis respetos para Gloria Contreras, toda una institución. Tuve la fortuna de conocerla cuando tomaba clases del Taller Coreográfico. Recuerdo que algunas veces entraba a las clases que imparten los profesores. La última vez que la ví junto con mis compañeras de otra clase de baile nos dijo que nos podía dar boletos si queríamos asistir a las funciones de danza que estaban esa temporada. Muy amable y accesible.

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