Thursday, 30th October 2014

El clóset para la ginebra. Primera entrega

Publicado el 03. nov, 2010 por en Literatura, Novela

Fiel a su propósito de dar a conocer las obras de jóvenes escritores de América Latina y otras partes del mundo, Cuadrivio inicia en este número la publicación, por entregas, de los dos primeros capítulos de El clóset para la ginebra (The Gin Closet, Simon & Schuster, 2010), novela de Leslie Jamison que, a menos de un año de su publicación, ha sido bien recibida por la crítica estadounidense y ha dado conocer a una escritora que conmueve y entusiasma por la fuerza de sus ficciones y la delicadeza poética de su lenguaje. En Estados Unidos, Leslie Jamison ha sido publicada en Best American Voices 2008, A Public Space y Black Warrior Review, y, gracias a la espléndida traducción de Raúl Bravo Aduna, su primera novela debuta ahora en el mundo de habla hispana.

Leslie Jamison


Stella

Era navidad cuando encontré a abue Lucy tirada sobre el linóleo. Se había caído. El refrigerador zumbaba como un estertor de muerte detrás de su cuerpo desnudo. Entre sus dedos empuñados había pañuelos empapados de sangre, hechos bola, pero ella seguía viva y hablando.

—Sólo quería un poco de yogurt –me dijo–. Me sale sangre de la nariz.

Sus brazos ondeaban por el aire, en busca de algo para sujetarse, deditos humanos incluso, lo que fuera. Fue la primera vez que la vi de cuerpo completo –piel colgada, casi fantasmal, asediada por venas azules que la recorrían por debajo.

Yo había tomado el tren, desde un invierno quebradizo en Connecticut, con una hogaza de pan de jengibre y un sándwich de jamón lleno de rebanadas bastante grandes, sus favoritos. Tenía una bolsa de regalos. Desde el piso me preguntó: «¿Ésos son para mí?».

Ella tiritaba. Jamás la había visto así, tan elocuente, aun en esa situación. Su cara se retorcía, como si intentara mantenerse calmada, mientras algo sucedía en su interior. Me tomó de la mano. Sus dedos se sentían cremosos. —Necesito a Matilda –dijo. Su voz sonaba tranquila y segura, como si su petición fuera completamente razonable. Nunca había escuchado de alguien llamada Matilda.

La tomé de su muñeca y pasé mi mano por debajo de la joroba de su espalda. Su piel, entre bolitas de huesos en la espina dorsal, se sentía suelta. —No me jales –dijo–. Me duele.

Llamé a mi hermano, Tom, y me dijo: «Tienes que preguntarle: “¿Lucy, te golpeaste la cabeza?”». Tapé la bocina del teléfono con la palma de mi mano y esperé su respuesta. Él esperó la mía.

—Solamente era yogurt –respondió–. Sólo quería un poquito.

Me arrodillé a su lado. Mis botas rechinaron con el linóleo.

—¿Pero te golpeaste la cabeza? ¿Me podrías responder?

—Si me hubiera golpeado –dijo–, no creo que pudiera recordarlo.

Me reporté con Tom. Me dijo que debería mantenerla despierta por algunas horas. Ésa era la regla que recordaba sobre conmociones cerebrales, en caso de que abue tuviera una. Él estaba con nuestra madre, Dora, del otro lado del país, probablemente tomando agua mineral en algún restaurante del pacífico, donde todo mundo tenía pensamientos alegres, libres de conmociones cerebrales, sobre su sushi. Era un lugar de primera generación, me comentó, que misericordiosamente abría en días festivos. Era el primer día libre que mi madre tenía en meses.

—¿Tom? –le pregunté–, ¿conoces a alguien llamada Matilda?

—Dame un segundo –me respondió–. Te voy a pasar a mamá.

Su voz sonó fuerte y brusca: «¡Tienes que hacer lo que Stella te diga! ¡Tienes que dejar que te cuide!»

—¿Intentas hablar con abue? –le pregunté–. ¿Le paso el teléfono?

—Ay –me respondió–, por supuesto.

Abue Lucy tomó el teléfono con sus deditos temblorosos. Mi madre habló tan fuerte que su voz sonaba como si viniera del piso. Abue rodó sobre su costado y me pasó el teléfono. Tom dijo: «Dos horas, ¿de acuerdo?». Escuché ruido en el fondo, el susurro de vasos chocando combinados con chisme. Colgué.

Abue Lucy no quería ni pan de jengibre ni té, no quería regalos, sólo quería dormir. Aún no oscurecía, ni siquiera comenzaba. El día se había echado a perder, insistió. Quería despertar y celebrar navidad al día siguiente.

Revisé mi reloj. Respiré. Dos horas: podría hacerlo. Encontramos un especial navideño en la tele. Renos de plastilina animados correteándose por la nieve deslumbrante. Tuve que mover a abue Lucy varias veces para asegurarme de que siguiera despierta.

—Oye –le dije–, te estás perdiendo la parte del venado y la nieve.

—Este programa es espantoso –dijo con determinación.

Al parecer, dar su opinión en voz alta le dio un segundo aire, y sugirió que abriéramos los regalos después de todo. Las cortinas, de tan gruesas que eran, hacían que la luz del sol se sintiera limosa, como si llegara a través de vendas. Ella vivía en el tercer piso de un condominio con paredes de estuco, el color de las almendras pálidas. La mayoría de sus vecinos eran banqueros que viajaban todos los días a la ciudad.

Mi abuela amaba Connecticut. Ahí fue donde se enamoró de mi abuelo y donde, posteriormente, se casaron. Él llegó de Nueva Inglaterra, pero insistió en que se mudaran al oeste para alejarse de su familia. Después se fue a deambular por el mundo y nunca regresó. Dejó a abue con una pequeña niña, que tendría que educar ella sola. La familia de mi abuelo le prometió todo el dinero que necesitara por el resto de su vida.

Abue Lucy se había enamorado de toda la familia –su sangre, sus tradiciones– y le hubiera gustado darle a mi madre un mayor sentido de su herencia, así que pasaron veranos completos en Cabo Cod, en una propiedad de la familia que mi madre recordaba con desdén.

—No era más que un sucio soborno –me dijo–, darnos esa casa en la playa por un par de meses. El dinero allá era como un hijo bastardo: todos lo sabían, pero nadie decía nada al respecto.

Mi madre no tenía memorias de su padre, pero el enojo que le tenía bastaba para cubrir años de heridas abiertas. Se extendía a su familia, con una ferocidad equilibrada por el perdón de mi abuela.

Lucy siempre había entendido, sin necesidad de que se lo dijeran, que nunca era bienvenida en los aposentos de la familia. Que era mejor que se quedara lo más al oeste que pudiera. Pero cuando terminó de educar a su hija en Los Ángeles, tuvo que regresar a este tan desolado cuanto sagrado lugar de frío y dinero: Greenwich. Podía comprar lo que quisiera, pero no quería mucho en aquellos días, y sus cuartos, casi vacíos, se veían desolados por tanta pulcritud.

—Nunca entendí por qué no lo culpó por dejarla –decía mi madre.

Con sus regalos de navidad, Lucy fue como una niña bien portada, ordenada y atenta. Le había comprado un paquete con varias sales para baño y un par de guantes para el horno que decían en letras bordadas: «Sostengo el mejor guisado de Nueva York». Yo siempre había conocido a abue Lucy como una gran creadora de guisados llenos de crema y elotes de lata, y de panecillos congelados descuartizados en trozos. Eran tan salados como el mar y tan delicados como la seda. Nos cocinaba la cena cada vez que venía al oeste para cuidarnos, cuando el trabajo de mi madre se volvía particularmente intenso, pero mi madre, por lo general, odiaba todo lo que cocinaba. «Estos guisos fueron procesados por un culo –solía decir–. Me voy a tardar una eternidad en cagarlos».

De hecho, esto lo decía al menos una vez durante la cena. Abue Lucy fruncía el ceño y comenzaba a levantar la mesa.

Mi madre siempre criticó la cocina de su madre –lo mucho que se esforzaba, lo mucho que seguía fracasando en ello. Abue aceptaba con gusto las recetas de la familia que la había renegado. «Como si no tuviera una pizca de orgullo –decía mi madre–. Además, siempre sabían horrible».

Hacía un pastel de zarzamora al que se le desprendían hojuelitas de hojaldre, cual piel muerta. «Finalmente, desistió  y tiró todas las recetas –dijo mi madre, con palabras llenas de orgullo–. Me dijo: “He comido muchos pasteles en mi vida; ninguno como ése”».

Así que estos guantes de «Mejor guisado de Nueva York» eran una suerte de guiño con retraso de algunos años, con un sello de victoria. No estábamos en el lado del país de mi madre, mi abuela podía hacer sus guisados en paz. Le echó un vistazo al estampado de los guantes.

—No puedo hacer lo mejor de nada de Nueva York –me dijo–; vivo en Connecticut.

Colocó los guantes sobre su mesita de café con delicadeza.

—Seis tipos diferentes de sales para baños, ¿quién lo hubiera creído?

Cuando se subió su falda de lana, sus medias fueron  lo suficientemente delgadas como para dejar ver el daño que le había ocasionado envejecer –moretones de color ciruela recorrían sus muslos y espinillas.

—Es como una jaula aquí adentro –me dijo, refiriéndose a su cuerpo–. Me duelen todas sus partes o, en su defecto, me pican.

Insistió en que la comezón era un malestar más profundo de lo que podía imaginar. —No es sobre la piel. Sucede por debajo.

Se contuvo, como buscando recordar algo. —También te compré un regalo –dijo finalmente–. Pero no recuerdo qué era.

Le dije que no nos preocuparíamos por el momento. ¿Qué tal si le preparaba un baño? ¿Su piel se sentiría mejor?

—¡Usaremos las burbujas! –dijo.

Estaba tan desolada, tan lista para complacerme. ¿Cómo es que apenas me daba cuenta? Su emoción se soltó como un hilo deshilvanado. Una impaciencia como ésta no podía existir, a menos que hubieras estado sola por años, practicando. Ahora su cuerpo estaba lo suficientemente debilitado como para estar impaciente junto con ella.

Le preparé el baño con miel-vainilla, su elección, y me senté en el retrete mientras se doblaba ella solita –piernas delgadas, panza blanca, brazos cual alas holgadas de insectos que brillaban por el jabón– debajo de la vaporosa superficie del agua. Traje un libro conmigo y mantuve mis ojos encerrados en él, línea tras línea, para que ella no sintiera que la miraba. La vi una vez. Enruló su dedo, haciendo un gesto para que me acercara. Me incliné.

—Ella llenó una tina –me dijo–. Para traerlos de regreso a la vida.

—¿Qué? –le respondí–. ¿Quién lo hizo?

Cerró los ojos y agitó su cabeza. Despacio, con calma, se hundió más en el agua. Pude ver cómo la ruborizaba de calor, marcando su piel por donde pasaba. ¿Quién había llenado la tina? ¿Quiénes habían muerto? Podría haberlo visto en una película. Sé que ella veía muchas. ¿Qué más podrías hacer con cada parte de tu cuerpo creando fantasmas independientes –ojos y piernas, distintos lóbulos de la mente?

—¿Quién hizo qué? –reiteré–. ¿Qué regresó a la vida?

—Ella era más dulce que tu madre, sin importar todo lo que hizo. Me hizo un moretón aquí alguna vez, pero siempre fue muy dulce en el fondo.

Lucy recorrió su mejilla con dos dedos, marcando contraste.

—No sé de quién hablas –le dije

—No, nunca te contamos. –Se abrazó a sí misma. Podría haber estado hablando desde la mitad de un sueño.

—¿Nunca me contaron qué cosa?

—De Matilda, la hermana de tu madre.

—¡¿Tienes otr…?! –Me contuve–. ¿Dónde está?

Habló tan suavemente que apenas pude escucharla:

—No sé.

Con voz ronca, abue Lucy me contó sobre su hija menor entre estallidos reverentes, como si Matilda fuera un sueño que se perdería si no fuera contado con velocidad. Habían pasado todos estos años para que apenas dijera su nombre en voz alta.

Abue Lucy decía que había llevado a Matilda –sólo a Matilda, no a mi madre– a las albercas de olas cada verano. Esto fue en Chatham, cerca de las fauces gigantescas y salinas del atlántico.

—Yo le enseñaba erizos de mar –me dijo–. Pequeños haces de lápices morados.

Explicó –para ella misma y para mí– todo sobre las estrellas de mar: sobre cómo comían con sus estómagos afuera del cuerpo.

—Su color era como el de un jugo de naranja concentrado –me dijo–, increíblemente brillante. Tal vez tenía diversos matices de colores de alimentos congelados para cada animal.

Recordé todas las veces que mi madre dijo: «Sólo es una ama de casa, de la cabeza a los pies».

—Matilda amaba esas albercas –dijo Lucy–. De verdad que sí. Le encantaba sentir las espinas de los erizos, mirar los cangrejos por horas, mientras peleaban por cuevitas para hacer sus hogares, pero desertaba de las estrellas de mar cada vez que alguna se pegaba a su brazo. Dijo que se sentía como si alguien estuviera respirando junto a su piel –dijo abue Lucy–. Yo le conté que tenían una boca en su panza.

—¿Pensó que Matilda era comida?

—No. –Abue Lucy empezó a reír–. Pensó que ella era su hogar.

Describió la línea trazada por la costa –praderas que se desplegaban hasta el mar, llenas de una planta particularmente espinosa. Matilda la llamó abue pasto, porque el viento hacía que sonara como una mujer suspirando.

—Abue pasto. –Lucy se detuvo–. Supongo que ahora ésa soy yo.

Fue hasta que la vi tiritar que pensé que el agua a su alrededor se había enfriado. No podía levantarse sola de la tina. Tuve que hundir mis brazos para poder alzarla. Su cuerpo húmedo escurrió sobre mis jeans y mi suéter. Se sentó sobre el retrete, temblando.

Así fue como llegó a la parte de las cosas muertas. Alguna vez mi madre llenó una tina con pedacitos de océano: un collage de percebes color gris ceniza alineados cual soldaditos de juguete, un pequeño tropel de cangrejos fantasmas que caminaban por toda la tina con pasos que asemejaban el tictac de un reloj, ancianos en conchas que golpeteaban la porcelana con sus tenazas.

—Tu madre los dejó ahí por días. Así fue siempre: curiosa.

—¿Y Matilda trató de salvarlos?

Abue Lucy cubrió su espalda con una toalla, mientras su cabello blanco escurría agua del baño. Me contó sobre esta hija menor –nueva para mí, olvidada por todos los demás–, la misma que había encontrado un océano agonizando, que creyó que podía agregar el agua suficiente para poderlo revivir. ¿Qué pasó? Los percebes se desvanecieron como costras. Los cangrejos no eran de ésos que necesitaban agua a su alrededor para sobrevivir. Se ahogaron.

*   *   *

En el tren de regreso le hablé a mi madre. Le dije que abue Lucy necesitaba ayuda.

—No hay problema –me dijo–. Podríamos contratar una enfermera para cuando la visitemos.

—No necesita ayuda a veces –le dije–. Necesita ayuda todo el tiempo.

Mi madre era una abogada de inmigración y un hada temible de la belleza. Negociaba su agenda diaria como si fuera una criatura separada de ella, inflexible, una fuerza que tenía que ser obedecida: citas con clientes, clases de spinning, terapia.

—Le hablo a mi madre todo el tiempo –respondió dolida.

Supe que si hubiera estado conmigo, hubiera sacado su agenda y me hubiera enseñado dónde escribió que había realizado esas llamadas, pequeñas equis entrometidas entre nombres y teléfonos, entre citas tachadas una, dos, tres veces, hasta que la hora final estaba marcada en una caja garabateada con malestar. Mis ojos se perdían cuando miraban esa libreta. Era un laberinto. Yo sabía que mi madre estaba por ahí, en algún lugar.

—Nada de eso tenía sentido –dije–, cuando abue Lucy estaba tendida en el piso tratando de conseguir un poco de yogurt. ¿Y qué hay del sangrado? ¿Cada vez que tiritaba? Tal vez sus explicaciones eran disparos al aire: «Me sale sangre de la nariz», simples palabras que cruzaron su cabeza y parecían ser las adecuadas.

—¿Estaba lúcida? Preguntó mi madre.

—No supe –confesé.

Ella viró. Pude escuchar ruido en el fondo. Eso significaba que me tenía en el altavoz. Era navidad, aunque fuera el oeste, pero pude notar que mi madre había regresado a la oficina. Yo sabía que le gustaba caminar de un lado a otro de sus ventanas longuísimas, retacadas de edificios que parecían astillas.

—Tal vez no está haciendo suficiente ejercicio –dijo–. Casi no sale de la casa.

Recordé a abue Lucy extendida en el piso, con sus brazos aleteando. Un bigote de sangre se había encharcado dejando rastros como de gusano desde su nariz.

—No creo que sea una cuestión de ejercicio; no tanto –respondí–. Es sólo que ella…

—¿Ella qué?

—Necesita ayuda. –Pausé–. Como te dije.

Sabía que niños mayores hacían esto todo el tiempo –posponer sus vidas para cuidar los cuerpos en plena falla de sus padres, para ayudarles a comer, a sonreír, a cagar sin hacer un cochinero. Mamá quería revisar algunas opciones de asilos.

—No hay problema –dijo. Tenía dinero–. Pero no le va a gustar a mi madre –concluyó–. Ni siquiera un poquito.

«Los extraños que son amables nunca mejoran las cosas –me dijo Lucy alguna vez–. Sólo me hacen sentir sola». Ella preferiría marchitarse completamente antes de someterse al cuidado de un extraño.

Sugerí una alternativa. Yo podría visitarla cuatro noches a la semana; le cocinaría y haría compañía. Mi mamá dijo:

—Me vas a hacer ver como una hija terrible.

—¿Eh?

—Siempre hay alguien cayendo, ¿no? Y siempre los cachas.

—Se cayó –le dije–. Yo no la tiré.

Se quedó en silencio. Yo también.

Dije:

—Me contó sobre Matilda.

Nada.

—¿Mamá?

Finalmente:

—Yo quería ser quien te contara.

—Tuviste años.

—Siempre quise hacerlo –me dijo–. Simplemente no lo hice.

Esperé.

—Sabía que pensarías que yo había sido terrible.

—¿Por qué? –dije–. Ni siquiera sé lo que pasó.

—¿Quieres saber lo que pasó? Matilda nos dejó. Primero nos dejó. Después regresó, pero nunca regresó de verdad. Nunca lo intentó.

—¿Se escapó?

—Fue complicado.

—Han pasado muchísimos años… Digo, Dios, toda mi vida. ¿Nunca quisiste que me enterara?

—Llegamos a la conclusión de que sería mejor no hablar sobre ello –me dijo–. Así fue más fácil para Lucy.

—Así fue; ahora es diferente.

—¿Qué te dijo? –preguntó mi mamá–, ¿sobre Matilda? ¿Cómo sonaba cuando lo dijo?

—¿A qué te refieres?

—¿Estaba enojada?

—No enojada, no mucho. Solamente triste.

—¿Cómo lo trajo a cuento?

—No sé, mamá. Estaba descansando en la tina y comenzó a divagar. Se cayó, tal vez se golpeó la cabeza, le dolía y estaba siendo honesta. Extrañaba a su hija. –Pausé nuevamente–. Así fue como lo trajo a cuento.

Mi madre estaba callada.

—Quisiera que pudieras explicarlo. ¿Cómo fue…?

—Así pasa, ¿ok? Cuando algo así sucede en una familia –dijo–, no hace bien tratar de descifrarlo.

Su voz sonaba como una campana de bronce, golpeada con fuerza y que resonaba a través de los kilómetros de forma tan aguda que era difícil creer que no dejaría un zumbido repicando al final. «Así pasa». Como los terremotos o el cáncer. Como el firme tictac de una mujer mayor cayéndose a pedazos. Mi madre jamás entendería lo que le sucedía a su madre hasta que la viera ella misma

—¿No sabes nada de ella? –pregunté–. ¿Nada de nada?

—Sabemos que vive en el desierto. Quién-sabe-dónde en Nevada. O tal vez ya no. Han pasado años desde la última vez que supimos algo.

Algunos momentos antes, había habido alguna parte de mi madre abierta –una parte que yo nunca había escuchado.  Ahora estaba toda llena de ámpula y quebrada en una forma que reconocí, y lista para reaccionar. Ésta era la forma en que ella hablaba de mi padre, cuando acaso lo mencionaba.

Mi madre decía repudiar al clan de mi padre: «no son más que un gran enjambre de WASPs», pero su voz traicionaba notas orgullosas. Ellos habían sido quienes movieron y agitaron todo lo que había sucedido en la historia temprana de nuestro país. Yo solía imaginar hombres esqueléticos con anteojos que recaudaban impuestos y comerciaban con pieles. Cuando niña, me encantaba pensar en la Fiesta del Té en Boston. ¿Qué tal si alguien hubiera fundado una ciudad sobre tierra hecha de té empaquetado, ya sea Darjeeling o English Breakfast? ¿El calor del verano haría que el aire oliera como si se estuviera remojando el té?

—Es historia –le dije a mi mamá–, y nuestra familia fue parte de ella.

—Dejó de ser tu familia cuando él se fue –decía bruscamente–. Dejó de ser tu familia antes de que nacieras.

Y ahí estaba yo, una hija del oeste, donde la historia se etiquetaba por décadas, donde la historia de una mujer, su mismo nombre, podía disolverse como calor en una carretera, un horrible titileo, el residuo inescrutable de algo que ya había desaparecido.

Me mudé a Manhattan cuando tenía veintidós años. Al principio, tenía grandes planes. Todos los tienen, supongo. La primera vez que vi Nueva York, estaba visitando a Tom en Columbia. Tom había huido de casa como un adolescente enojado con rayitos azules en el pelo y una banda llamada The Hangovers. Pero en su nueva vida, en esa nueva ciudad, se había convertido en un jovencito hecho y derecho: estudiaba economía con una novia llamada Susannah Fern Howe, cuyos padres vivían en Newton.

—¿Así como en Fig Newton? –le pregunté, pero parecía no divertirle mi broma. Tenían otra casa por el Cabo–. ¿Donde mamá  iba cuando era niña?

—Por el Cabo –Tom me corrigió–. En Martha’s Vineyard. Una isla. Es diferente.

También había cambiado. En la prepa había sido pesado y siempre estaba lleno de bromas. Solía molestarme sobre lo poco que yo conocía el mundo, refiriéndose vagamente a sus amigos y sus relaciones sexuales. Ahora es algo distante, cortés cuando está conmigo, al fin que ya somos adultos. Yo tenía diez años y él ya me decía que Nueva York era una ciudad «sin punto de comparación», lo que sea que eso signifique; lo opuesto a Los Ángeles. Lo único que yo sabía es que quería ir de compras a Village.

—De compras, por supuesto –guiñó el ojo–. Algo de eso tenemos por acá.

Ya, tan rápido: –mos, así como en nosotros. La ciudad y él tenían cosas, las sujetaban.

Yo me había imaginado tiendas vintage llenas de vestidos de malla y sandalias de piel. Me llevó a la Quinta Avenida, donde el dinero de mi bolsita de plástico rosa no me iba a conseguir nada.

—¿Y las cosas bohemias? –pregunté.

«Bohemio» era una palabra que había aprendido especialmente para la ocasión. Acabamos en una calle llena de tiendas de descuento, de ésas que tienen ventanillas de metal. Los jeans amarillos costaban noventa y nueve centavos. —Estamos en Village –me dijo–. ¿Contenta?

Me mudé ahí diez años después, para probar que podía hacerlo. Mi madre había preguntado por años que cuáles eran mis planes, mis metas, pero no podía pensar en ninguna respuesta que fuera mía, que no fuera, por debajo, simples réplicas a sus preguntas.

El problema no fue darme cuenta de que Nueva York no era la ciudad que había soñado que sería; el problema fue que precisamente lo era: un lugar que todavía tenía que descubrir. Sabía que había tiendas vintage como las que me había imaginado, lugares en los que mujeres elegantes recorrían con sus dedos largos las faldas de encaje y acurrucaban sus pies dentro de las zapatillas curadas de ballet, que usaban para poder pavonearse por banquetas cubiertas de copos de nieve que resplandecían con la luz del sol. Estaba allá afuera, esa cuadra. Yo seguiría intentando encontrarla.

Vivir en Nueva York parecía una licenciatura en sí, sólo con estar ahí y abrir mis branquias en el polvo y en el corazón de la ciudad. Los cafecitos estaban llenos de toda la gente que había conocido en la universidad, donde me conocía a la perfección y mis bordes se curveaban constantemente en la presencia de personas: pláticas largas en comedores vacíos, nuestras fiestas con cenas en las que se servían camarones insípidos y arroz quemado. Hablábamos sin reserva alguna, ya sea en discusiones o monólogos, y siempre había alguien que escuchara; ebrio, quizá, pero escuchando. ¿Qué haríamos después? Nos desplegábamos a nosotros mismos como un cristal que se extendía cientos de cuadras, a través de arena.

Yo dormía en un cuarto que había sido un armario. Aún se podían ver las perchas pintadas donde estaba la barra para la ropa que se colgaba. Llegué tarde a casa, pedísima, y me acurruqué en la cama con un libro de los poemas de Lorca de la ciudad: «Ellos son./ Ellos son los que beben el whisky de plata/ junto a los volcanes/ y tragan pedacitos de corazón/ por las heladas montañas del oso». Y yo pasaba mis noches preguntándome: ¿Quiénes eran ellos? ¿Dónde habían estado tomando?

—Eres como tu padre –me dijo mi madre–. Haces una profesión de todas las cosas pequeñas.

No decía esto como un cumplido.

Mi padre, ya no su esposo, había trabajado muchos años como el asistente personal de un artista llamado Enrico. Enrico era el líder no oficial de un grupo de artistas conocidos como la «Border School». Lo llamaban «Rothko del Basurero» porque le gustaba tomar montones de basura y pintarlos de un color o con dos deslavados. Sus obras se llamaban «Basura 1», «Basura 2», «Basura 3». Tenían un efecto asombroso –el color, vasto y regular, combinado con la textura de la basura por debajo. Me hacían sentir un poco mareada, producían en mi uno de esos suspiros que te hacen querer acercarte al mismo tiempo que quieres retroceder. Después, siempre me preguntaba: ¿Cuál era el propósito de ese vértigo? Cambiaba tu vida por un instante y después se iba.

Resultó que mi madre me conocía mejor de lo que me conocía a mí misma, porque yo también me convertí en una asistente personal. Conseguí un trabajo en la parte noroeste de Manhattan  con una periodista a la que yo llamaba Señora Z. Tenía un nombre de verdad, con más letras, pero ella nunca parecía una persona de verdad, nada en realidad, así que la Z me salía naturalmente. Gran parte de Nueva York parecía estar poblada por estos estereotipos: ideas de personas que se habían transformado en personas de verdad, caminando por ahí con vidas tecleadas en sus intestinos, cintas telegrafiadas con palabras ridículas que esperaban ser usadas.

Cada mañana iba al departamento de la Señora Z en la 71, justo al lado del parque, para trabajar en un desván que tenía arriba de su recámara. Sus muebles eran feos y caros: telas pesadas con gruesas borlas y cojines brocados, sillones que no eran para sentarse sino para mirarlos. Pero sí tenía ventanas que iban del piso al techo con vista hacia los caminos verdes del parque. Se podía ver personas teniendo pequeñas aventuras, tirando paletas heladas y peleando con sus enamorados.

La Señora Z escribía libros sobre cosas como mujeres teniendo sexo y mujeres envejeciendo y mujeres envejecidas teniendo sexo. Se la pasaba dando ponencias y yo se las escribía. Me la pasaba entrevistando a mujeres solteras inspiradoras y mujeres casadas inspiradoras y mujeres anoréxicas inspiradoras y mujeres  suicidas inspiradoras –o, más bien, mujeres que habían considerado el suicidio para después arrepentirse. También reservaba sus viajes en camionetas por la ciudad y sacaba dinero de los cajeros para que ella pudiera pagarle a diversas mujeres que le ayudaran con la limpieza. Ninguna de ellas era legal.

Una vez le hicieron una pre-entrevista por teléfono para salir en un programa de televisión. Era un programa sobre envejecer. «¡Envejecer!». El programa venía con todo y signos de puntuación.

Escuché desde el teléfono en el piso de abajo su voz regurgitando aforismos como si fueran las letras de una canción: «No se trata de conservar la juventud. Se trata de amar el envejecimiento».

Después me pidió que bajara. —Haz una reservación para el Botox –dijo–. No voy a salir en la tele sin él.

Escuché cómo lo decía y, de repente, de forma inmediata, escuché el eco de cómo se lo repetía yo a otras personas. Y en verdad lo repetí, esa noche y otras noches después. Me puse tacones y caminé casi dos kilómetros bajo la lluvia hacia un coctel debajo del puente de Brooklyn. Llegué y abrí los labios para beber y platicar: —¿Adivinen qué dijo mi jefa hoy?

Se lo contaba a amigos, conocidos, desconocidos, a cualquiera que lo escuchara. No importaba si me conocían o no. La anécdota siempre funcionaba. Así era Nueva York. Contar historias no se trataba de contárselas a alguien en específico, sólo se trataba de hablar. Algo que te había pasado que tal vez le llamaría la atención a otra persona. Era solitario hablar de esa manera. La verdad de ser joven se sentía como un secreto horrible que todos habían aceptado guardar.

Todas las noches decía cosas como: «Hoy mi jefa y yo nos emborrachamos en la comida»; «Hoy mi jefa salió en Oprah!»; «Hoy gasté mil dólares en canastas de regalos»; «Hoy usé dos veces la palabra “otoñal”, y las dos fueron cuando hablaba con vendedores de tulipanes».

Los lugares en los que decía estas cosas eran tan importantes como lo que decía. Los hechos y sentimientos de mi vida sólo eran tan importantes como los lugares en los que salían de mi garganta: el Pegu Club, el SKINnY, Leche y Miel, Marlow & Sons, el Cordero Destazado, la Caldera de Pescados, el lugar de arepas en la Primera Avenida, un cafecito llamado Piensa, un restaurante llamado Botana, y un restaurante llamado Hogar.

Todos nos quedábamos hasta tarde porque sabíamos que teníamos que hacerlo, inventando las furiosas y elegantes historias de los cobardes. Estirábamos nuestras vidas como caramelo sobre rodillos. Encontrábamos las graves y humorosas correlaciones entre nuestras vidas y las de los famosos, el curso de las guerras injustas, el tercer mundo y sus líderes charlatanes, el mundo y sus talones de Aquiles –los océanos, la atmósfera. Nos burlábamos y luego dejábamos de hacerlo, de manera abrupta, para demostrar que sabíamos tomarnos las cosas en serio. Comíamos bien. Hablábamos de la comida; hablábamos de la comida que no estábamos comiendo –en otros restaurantes, en otras zonas de la ciudad. Hablábamos de la tristeza, de cómo nunca la habíamos conocido en realidad. Hablábamos de los genocidios que la gente había olvidado porque sólo hablaban del holocausto judío. Hablábamos de nosotros, principalmente, y a quién nos estábamos cogiendo.

Yo hablaba de Louis, un profesor casado que me hospedaba –así le decía él– de vez en vez. Estúpidamente, yo me había enamorado de él. Había escrito un libro sobre la mística femenina en las culturas antiguas, las mismas que se mataban de hambre y se lastimaban, que se llamaba: ¿Cómo fue que Julián encontró a Su [sic] Dios? Él me hacía preguntas sobre mis dos años de anorexia. Tres si cuentas el año en que no menstrué.

—Fue mi Dios enfermo. Así era yo – le dije, dispuesta a seguirle el juego.

—Eres joven –me dijo, mientras ponía su mano sobre mi rodilla–. Pero deberías tomarte más en serio.

Les dije a mis amigos lo que dijo, y nos reímos. Ellos siempre decían que debería intentar lo opuesto.

Había cosas que no le decía a nadie. «Hoy me arrodillé en el baño de la Señora Z para limpiar las manchas de orina que dejó su perro»; «Hoy vi a la Señora Z hacer llorar a su ama de casa». Sin decirlo, dicho de otro modo: «hoy me pagaron por ver  a una mujer adulta llorar».

Comprimía mis días, organizadamente, en entradas. Trabajaba de asistente personal para una mujer con una reputación de tratar de la chingada a la gente, y que me trataba de la chingada. No podía inventar historias ingeniosas de lo demás. En la oscuridad empecé a preocuparme por mi abuela colapsando: ella no era inspiradora ni tenía sexo ni trataba a nadie de la chingada, sólo estaba envejeciendo.

Iba a Grand Central después del trabajo, cada tercer día, y tomaba el tren a Greenwich. Los vagones estaban atiborrados con gente que iba a los suburbios, con sus permisos de salida de doce horas, quitándose las corbatas. Me tambaleaba hacia la parte más difícil de mi día: ayudarle a abue Lucy a caminar alrededor de la cuadra, servirle Coronas con limón, su única indulgencia, untándole cremas y pociones a través del papel arrugado de sus mejillas rosáceas.

Afuera de las ventanas del tren, Connecticut se desplegaba hacia un infinito de depósitos de madera y guetos de fletes vallados, cementerios para autobuses retirados y letrinas portátiles, ruinas silenciadas por una noche que cayó de repente. A veces viajaba en el bar del vagón, donde los hombres bebían ginebra en vasos de plástico para soportar las pruebas de tener esposa e hijos. ¿Preferirías estar sola? Pensé. ¿Segura? Imaginé a abue Lucy mirando la puerta, aguardando mi entrada, posada cual ave en su departamento silencioso y colorido: paredes amarillas, alfombra azul, sillón púrpura; estas sombras empalagosas eran su única compañía.

Todas estas tonalidades habían llegado con la edad –una concesión, quizá, al deseo silencioso de animarse en circunstancias solitarias. Su sala en Los Ángeles tenía paredes blancas y un sillón blanco, combinados de manera invisible con el pelo blanco de su gato blanco, Boo. Tenía un hermano llamado Radley, un gatito atigrado que se había ido a vivir con otros dueños algunos meses después de que abue Lucy lo recibiera. Siempre me pregunté si lo había dado por aquello del sillón. Boo murió cuando yo tenía dieciséis. Abue Lucy conservó sus cenizas en una caja plateada detrás de su vajilla de porcelana.

Pasábamos nuestras noches viendo películas de espías y ladrones. Nos poníamos botas para salir a caminar en el estacionamiento. Le gustaba la forma en que me vestía, y por eso escogía mis atuendos con cuidado: faldas largas con bufandas, blusas con bordes de lentejuelas o bordados delicados.

—Eres tú misma, Stella –dijo–. Me gusta eso.

La verdad es que compraba mi ropa en tiendas que les gustaban a otras personas o que blogueros de confianza recomendaban. Pero valía la pena regalarle alguna que otra sonrisa.

Aunque Lucy se esforzaba en mantener los pedazos que quedaban de su vida en orden, cada vez se volvía más difícil cuidarla. Tomaba un montón de medicinas, pero no sabía sus nombres ni lo que hacían.

—Ésta es para cuando mi corazón late muy rápido –me dijo–. Hay otra para cuando está brincando.

Las organicé en pequeños trasteros marcados con los días de la semana. Conocí su cuerpo a través del agua vaporosa: moretones de sangre en sus muslos, pechos caídos que parecían bolsas de plástico sobre el bulbo de su estómago. Tenía una nariz larga que era suave y amplia, su rasgo distintivo. Usaba delineador rosado y brilloso alrededor de los labios, pero no se lo podía poner correctamente. El color se iba hacia adentro, como si lo hubiera chupado. Ella había adorado el maquillaje desde siempre. «Tu madre siempre ha sido bellísima –me dijo alguna vez–. Pero parece que no se da cuenta».

Lucy siempre había creído que si podía hacer que su hija fuera diferente de ella, lo suficientemente diferente, estaría más que satisfecha. Ahora tenía ochenta años y se lo seguía preguntando: ¿lo era?

Abue Lucy tenía un cuerpo que parecía macizo y práctico. Parecía imposible creer que ella era la fuente de los rasgos de mi madre: un marco feroz y pequeño, una serie de facciones que parecían talladas en piedra. Cada parte de mi madre era delgada, hasta sus dedos. Se veía como si fuera a partirse en mil pequeñas fisuras secretas.

Me parecía más a Lucy que a mi madre. Yo tenía cierta belleza, pero no una belleza delicada: no hubieras querido protegerme; hubieras querido ver si podía romperme. Cuando empecé a tener mi periodo, ya era más alta que casi todos los hombres: medía más de 1.80, y mi complexión era sólida y demandante. La única parte frágil en mí eran los ojos –zarcos y a menudo llorosos, por lo general goteando. Mi padre decía que eran «ventosos». Mis extremidades parecían pesadas y así se sentían: los tallos firmes de mis piernas, las palmas de mis manos venosas y dedos chatos que parecían armas. «Tienes mucha presencia –decía mi madre–. Deberías estar orgullosa de eso».

Mi madre desechaba la belleza de la manera en la que sólo mujeres bellas podrían hacerlo. Alguna vez me dijo: «La apariencia sí importa, supongo, pero no puedes hacer mucho al respecto». Y agregó: «Y jamás te consigue lo que en verdad buscas».

Se enojó muchísimo la vez en que le pedí una revista de bodas para mi décimo cumpleaños. Me encantaba ver a esas mujeres de porcelana, con vestidos de seda justos, estirados a lo largo de sus cinturas de muñecas. Tenían extremidades tan delgadas que parecía que podías doblarlas en una pequeña caja, como si fueran títeres. Me imaginaba sus vidas personales como cuartos bien organizados, sus emociones como si fueran muebles cubiertos por tela brillante y cortada finamente –la calma que conlleva ser dueña de una misma, la tranquilidad de ser deseada completamente. Yo había visto una foto de mi madre en su vestido de novia y me robó el aliento –aunque sabía que no podía admirarla por completo, ni siquiera un poco, porque no era el tipo de admiración que ella buscaba.

Abue Lucy siempre había sido discreta con su cuerpo; jamás usaba palabras como «pipí» o «mocos». Ahora no podía ocultar nada. Tenía ataques de diarrea sobre el sillón y sobre la alfombra. Comía pasas porque su medicina para el dolor la estreñía.

—Tal vez comer pasas no es tan buena idea –le dije.

Estaba demasiado frágil como para llegar al baño rápidamente. Caminaba apoyándose con una mano en las paredes o las mesas. Sus nervios la sobrecogían. La comezón no había amainado. Ella estaba convencida de que un poco de jengibre podría ayudarle.

—¿Jengibre? –pregunté–. ¿Por qué jengibre?

Sacó una hoja doblada de su despensa, donde había estado guardada detrás de latas de sal y harina. Era un mapa del cuerpo humano, cubierto por caracteres chinos y arcos rojos conectando miembros, como el póster de una aerolínea que muestra los vuelos entre ciudades. Había sido de Matilda. Abue Lucy lo explicó lo mejor que pudo:

—Ella creía que todo estaba conectado. Creía que podías hacer que tu estómago se sintiera mejor si masajeabas los dedos de tus pies correctamente.

Matilda también tenía ideas particulares sobre qué colores debían ser los últimos que vieras antes de quedarte dormida: azul claro y dorado.

—Ella pintó su techo –me dijo abue Lucy–. Hizo que su cuarto oliera a aguarrás por días.

Era Matilda la de la loca idea del jengibre: debías poner un poco sobre tu lengua, hasta que quemara. Haría que no pensaras en los demás dolores.

—Vale la pena intentarlo –dijo abue Lucy–. No tengo mucho que perder.

Cada martes venía al departamento una mujer llamada Juana. Había trabajado para abue Lucy durante años. Limpiaba y cocinaba sopa que guardaba en el refri toda la semana: chili que parecía comida para perros, caldos tan espesos como pintura, fideos con hebras de pollo. A Lucy le habían empezado a gustar las texturas de comida para bebé. Tenía encías que chorreaban como plumas fuente. Ya había perdido mucho de su apetito y mucho de su peso también. Yo tenía muchísima suerte cuando lograba que comiera un tazón de sopa de chícharos o de bisque, los más suaves, crema de tal o cual cosa. Cuando tomaba la cuchara, sus dedos dejaban ver márgenes fantasmales donde había estado la mayor cantidad de piel.

Una vez se quedó dormida comiendo crema. Después, encontré granos de maíz batidos a lo largo de su sillón. Juana me dio un tour por todos los productos de limpieza. Me enseñó a usar el limpiador de alfombras sobre las manchas de diarrea y me explicó las diferencias entre las marcas:

—Ésta la puedes usar en el sillón; ésta no.

—¿Muy fuerte? –pregunté.

Tocó su nariz. Yo entendí. Muy apestoso.

Juana era muy sensible a la condición de mi abuela. Una tarde la encontré llorando en la cocina.

—Ya no más, lo odio.

Yo también lo odiaba, pero jamás lloré por ello. A menudo quería hacerlo, pero no sabía si podía. Le di unas palmaditas a Juana en el brazo. Mis dedos se sintieron como de madera, inhumanos.

—Eres bastante, ¿cómo se dice?, fuerte –me dijo–. Muy fuerte.

Sacudí la cabeza. No era fuerte. Sólo estaba organizada en pequeñas secciones al interior. Las secciones no se tocaban forzosamente. Había muchas que ni siquiera había visto en mucho tiempo.

Regresé a la ciudad después de medianoche y llamé a los amigos que sabía que estarían despiertos: los que no tenían trabajo, los artistas que vivían de becas y los descaradamente pobres, ambiguamente deprimidos, que habían sido diagnosticados o no; los que vivían tan adentro de Brooklyn que ya vivían, esencialmente, en Jersey. Hablamos con cerveza en nuestros alientos, erigiendo palabras sin sabiduría. Hablaron sobre cómo habían visto ratas del tamaño de perros en sus escaleras, de cómo desaprendieron las reglas estéticas de los siglos anteriores. Yo hablé de cómo encaré a la muerte en Connecticut. Estuvimos despiertos hasta el amanecer porque queríamos quedar reducidos a la fatiga misma –de esa manera, estar afilados hasta ser truenos– o tal vez teníamos miedo a soñar.

Una noche no le hablé a nadie. Quería encontrar un hombre, cualquier hombre, que pudiera ofrecer una cara como etiqueta para mi soledad. Ya me sentía sola. Necesitaba a ese extraño, donde fuera que estuviera, quien fuera, como prueba. Lo encontré en un pub irlandés en el centro, un calvo que estaba sentado solo junto al baño. Me gustó su voz cuando me ofreció whiskey. Le dije que lo quería derecho.

Cuando le repitió mi orden a la mesera fue convincente, como si entendiera por qué necesitaba eso. Se aseguró de que estuviera bien la orden. Si hacía bizco, su cabeza se veía como si estuviera brillando. Era tan borroso como un foco visto a través de lágrimas.

Bebimos. Hablamos sobre los peligros de envejecer y el engaño de la juventud. A veces le daba un toquecito a su cabeza, como de buena suerte: «Toco madera». Me preguntó que por qué me quedaba viendo su cabeza. Le dije: «Me gusta cómo brilla».

Tomé un poco más. Tomó un poco más. Me dijo que era un doctor especializado en lesiones cerebrales. —Buscar y destruir –dijo con cariño, dándole un golpecito a la madera de su cabeza otra vez. Yo me pregunté si siquiera había ido a la universidad.

Le pedí a la mesera una cereza al marrasquino para poder morder el tallo. ¿Cómo es que la gente puede hacer de los tallos nudos con sus lenguas? Parecía una suerte de testimonio sobre el cuerpo humano, algo que la mente no puede controlar. «Buscar y destruir». Podías dañarte cualquier parte del cerebro y, sin embargo, podía seguir habiendo gente que pudiera hacer nudos con los tallos de las cerezas. Yo no podía, pero habría otros que sí.

—Sólo estoy tratando de ayudarla –le dije–. Pero no creo que sea suficiente.

—Qué niña más dulce. –Sonrió–. Es suficiente.

Puso su brazo sobre mi hombro, y sentí su mano moviéndose por debajo de mi falda, hasta que agarró mis nalgas. Le pegué con la mano.

—Estoy diciendo algo real sobre mi vida.

—¿Y?

—Y a ti no te importa una chingada. –Me apretó más fuerte y empezó a reír.

—Por supuesto que no.

Le pedí con el dedo que se acercara, fingiendo que le iba a contar un secreto. Me acerqué a su oído y le escupí.

—¡Maldita putita! –gritó–. ¿Qué fue eso?

Miré de lado a lado, buscando la cara de otra persona, la puerta. El whiskey difuminó las luces. No dejé dinero. Casi caí mientras me iba.

Un día mi amiga Alicia me invitó a la fiesta de estreno de un filme. No de una película, dijo: de un filme. Alicia era lo suficientemente atractiva como para pasársela bien en cualquier lugar: era mitad alemana y mitad japonesa –mezcla de ejes centrales, decía–, y hermosa: su piel suave inquietaba como la de una muñeca. Un cierto conocimiento de su propio encanto descansaba debajo de su belleza, tanto la semilla como el producto final. Sabía cómo abusar seriamente de sustancias sin perder el estilo.

Me dijo que sería una fiesta absurda, llena de gente de Los Ángeles.

—Yo soy de Los Ángeles –le dije. Pausó para considerarlo.

—Sí –dijo–, pero no eres como ellos.

Quería llegar temprano, a eso de las once. De todos modos significaba que no podría ir con abue Lucy. Le hablé a Juana y le pregunté si no le importaba llevar un poco de sopa. ¿Podría quedarse mientras Lucy comía? Sí podía. A veces abue Lucy se salpicaba toda sin darse cuenta. Una tira de avena había dejado alguna vez una raya roja a lo largo de su muslo, y los granos como si estuvieran pegados a su piel.

La fiesta fue en un almacén mugroso de Bushwick. El filme, que casi nadie había visto, era sobre bullies en las escuelas. La trampa era que los bullies tenían superpoderes, pero los niños buenos tenían mejores. Tenía violencia cómica, pero nada de violencia que disgustara, por razones que tenían que ver con mercadotecnia. Había algunas posibles implicaciones políticas. Había una mujer, tal vez sobria, tal vez ebria, hablando en voz alta sobre valencias. Era una alegoría sobre la guerra contra el terrorismo, dijo, políticas oficiales de tortura y así.

—¿Y qué nos llevamos? –dijo–. ¿Todo se vale, siempre y cuando los malos sean los castigados?

Mientras íbamos a la fiesta, Alicia se la pasó hablando sobre su nuevo amante, sus mecanismos de distanciamiento y su horrible loción. Podía asentir honestamente: Louis nunca usaba loción, pero tenía muchísimos mecanismos de distanciamiento, como su esposa, por ejemplo. Hacía que nuestros silencios –fallas para entendernos mutuamente, su falla para intentarlo– parecieran síntomas inevitables de la condición humana.

Ahora la fiesta estaba tan estruendosa que apenas escuchaba a Alicia cuando hablaba, aunque podía adivinar por su rostro –labios fruncidos o gesto torcido, haciendo una O sobre su Martini– si esperaba que me riera o frunciera el ceño. Ocasionalmente, esperaba una respuesta. Quería saber, por ejemplo, si la aproximación de Louis era teórica. ¿Su aproximación a qué? Ésa era una de las preguntas que no había escuchado o entendido bien. La imagen de abue Lucy cenando seguía apareciendo por mi mente: una bata de lino enluciendo sus rodillas, humedecida con caldo de pollo, doblada sobre un nido de migajas de galletas y píldoras azules estancadas entre los cojines del sillón. De vez en vez, Alicia tocaba mi brazo y decía algo como: «¿No es eso lo más intenso?».

Alicia y yo habíamos tenido desórdenes alimenticios al mismo tiempo en la universidad y lo compartíamos como si fueran materias extracurriculares, de la misma forma que la gente comparte la adicción a la cocaína o el voleibol. Me enseñaba sus trucos, como beber agua caliente para no perder el frío. Podía tomarse quince vasos durante una comida, envolviendo cada uno de ellos con sus dedos para absorber el calor. Me contaba que los productores de té verde hacían esto durante los veranos en Shizuoka, en sus chozas asediadas por corrientes de viento. Se había entrenado a sí misma para creer que tenía esas ansias arraigadas en sus huesos. Yo pensaba en sus huesos más de lo que pensaba en los huesos de otras personas. Eran como ramas de árboles, debajo de su piel. Recuerdo esta versión antigua de Alicia, una colección de detalles surrealistas, pero en realidad sólo se estaba matando de hambre; las dos lo hacíamos: enfermas del corazón y orgullosas de demostrarlo al mundo.

Nos recuperamos juntas, o al menos eso decíamos, tomando un tour por paneles de terapia y discusiones grupales. Nos burlábamos de sus eslóganes, puros clichés, y de sus mujeres, que eran lo suficientemente delgadas como para no necesitarlos. Crecimos un poco, espiritualmente. Decíamos que nos dolía y era verdad: en verdad nos dolía. Sentíamos algo, pero lo usábamos, y ésa era la peor parte. Cuando finalmente vimos nuestro dolor, dragado y pronunciado, lo encontramos destrozado por nuestras manipulaciones, las formas en que lo torcíamos para obtener lo que queríamos. Apenas podíamos reconocerlo. Apenas era nuestro. Después, Alicia se puso mal otra vez, peor de lo que jamás la había visto, y nuestros caminos se separaron.

Ahora veíamos mal nuestro pasado.

—Eso estaba de la chingada –dijo Alicia–. Lo que hacíamos en aquellos tiempos.

Alicia no estaba gorda, pero podías ver el peso en sus senos. Ahora era una copa B. Tenía una forma extraña de hablar sobre su enfermedad:

—Fue lo peor que me ha pasado –decía–. Y lo mejor.

Ahora estaba usando Prozac.

—Es una droga fuerte –dijo–. De verdad que se lleva algo de ti.

No se llevaba todo. Todavía era una cuentacuentos animada, llena de historias de personas que le pedían piezas de arte para sus lofts[1] y departamentos. Tenía un interés real por otras personas y un sentido del humor agudo, cuyos filos, que salían sin advertencia alguna, me demostraban lo que otras personas podrían pensar de mí, refractada y sonriente como un payaso. De vez en vez, hacía una pausa a la mitad de una anécdota para perder su mirada en la distancia, como si escaneara el horizonte. Tal vez esperaba el regreso de su enfermedad o algún otro tipo de problema. Se podía ver esa esperanza en sus ojos, en uno que otro parpadeo.

El cuarto estaba lleno de personajes, locales y extranjeros, manchas traídas al mundo real desde alguna caricatura: hipsters con mullets[2] y tirantes; mujeres con leggings, sus muñecas moviéndose como peces voladores a través de pulseras de vidrio relucientes. Una mujer se sentó con dos hurones enrulados en sus hombros como si fueran paréntesis. Un hombre metió una fotografía de David Bowie en la V de su suéter, donde su vello crecía en una maraña gruesa, y me pidió que le tomara una foto.

—Usa mi celular –dijo–. Tiene una cámara.

La gente hablaba en voz alta porque quería ser escuchada u oída por casualidad por extraños. Una mujer había conseguido otro comercial de cuchillos, pero estaba preocupada porque eso significara que tenía manos de marimacha. Un hombre era el director de fotografía de un documental sobre aficionados a Monopoly en Tennessee. Un tipo conocía al amigo de un amigo de alguien que hacía un largometraje sobre la rabia. También había mucha gente bailando. Eso me gustó.

A Alicia le gustaba hablar sobre mi segunda vida en el norte.

—Todas las personas que conozco están estudiando o trabajando –dijo–. Pero tú estás experimentando algo.

Alicia se quejó de su amante, el que olía a coger europeamente, y de su complejo de vanidad sobre su arte.

—Es como si cada lienzo fuera un espejo –dijo–. Sólo se ve a sí mismo.

Yo veía caldo, una bata, píldoras.

—Triste –le dije. Ella respondió:

—No es como que cada obra de arte es sobre él.

Probablemente la mayoría de su arte era sobre él, o al menos sobre la idea de él. Reiteré:

—Triste, en verdad.

—No te lo tomes a mal –dijo–, pero ahora usas palabras más cortas.

Traducción de Raúl Bravo Aduna

NOTAS


[1] El loft es una especie de galería espaciosa y bien iluminada con escasas divisiones y grandes ventanales. El vocablo fue acuñado en los años 50 del siglo XX en algunos barrios Nueva York, como el Soho y el Barrio Oeste, cuando los lofts eran pisos en desuso que las fábricas y almacenes rentaban a estudiantes y artistas de forma semiclandestina. Actualmente el loft es un piso de lujo asociado con altos niveles de bienestar económico y con arquitectura vanguardista. N. del E.

[2] Peinado largo por detrás, pero corto en el resto de la cabeza. Fue muy popular entre hombres y mujeres en las décadas de los 70 y 80 del siglo XX, en Estados Unidos y en otras partes del mundo, especialmente entre jóvenes y cantantes de rock. N. del E.

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Leslie Jamison (Washington D.C., Estados Unidos) creció en Los Ángeles y estudió en la Universidad de Harvard y el Taller de escritores de Iowa. Ha sido mesonera en California, maestra en Nicaragua y oficinista temporal en Manhattan. Actualmente es candidata a doctora por la Universidad de Yale, donde escribe su tesis sobre pobreza y degradación en la literatura norteamericana del siglo XX. Tiene 26 años. Visita su sitio electrónico en http://www.lesliejamison.com/

Puedes adquirir la primera edición de The Gin Closet en Amazon y Simon & Schuster.

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Raúl Bravo Aduna (Estagira de México, Oregon, 1855) ve el mundo con ojo crítico, pero en vez de preocuparse, decide reír en respuesta a sus fallas. Le gustan el helado y el hockey. Le obligan a decir «es miembro del consejo editorial de Cuadrivio…». Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

Su blog personal: http://somuchtheworse.wordpress.com

Y su cuenta de Twitter, en la que sostiene una relación no correspondida con Anahí: http://www.twitter.com/rusoaduna.

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One comment on “El clóset para la ginebra. Primera entrega

  1. Rosario Bravo on said:

    Leslie… so far so good… Primo, por ser “miembro del consejo editorial de Cuadrivio” y en representación, te agradezco por esta entrega.
    ¡Excelente!

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