Friday, 24th October 2014

La corrección, tan antigua como la escritura

Publicado el 01. ago, 2010 por en Cuadrivio proteico

La corrección de estilo es una de las piezas esenciales de toda labor editorial. Sin embargo, se trata de una actividad tan menospreciada como poco comprendida. Ana Lilia Arias, cuyas credenciales se apoyan en una amplia trayectoria como correctora de estilo, expone en esta nota el significado y la historia de la corrección.


Ana Lilia Arias


Por lo regular la mayoría de las personas dedicadas a la corrección de estilo llegan a la práctica de esta actividad de manera fortuita y con frecuencia como producto de la improvisación; por lo mismo, es común que tanto quien efectúa esta labor como quien la solicita desconozcan las características mínimas que deben cubrirse.

Este desconocimiento tiene como resultado un escaso valor al trabajo que se desempeña, reflejado en la bajísima retribución económica que suele dársele. Para colmo, todavía hay que añadir el ridículo tiempo que pretende destinársele: «Nomás échale un ojito. Yo ya lo leí y está bien: lo necesito para el lunes», ¡y es viernes!

Con el propósito de esclarecer esta confusión, es importante, en un primer momento, remitirnos a los orígenes etimológicos de las palabras que componen la actividad: «corregir» y «estilo». La primera deriva de las voces latinas cum, que significa cabalmente, conjuntamente; y rigere, que viene de regere, enderezar, conducir derecho, regir, dirigir, gobernar, guiar.[1]

La palabra «estilo», por su parte, es un vocablo cuya primera acepción se refiere al cálamo o estilete con el que los antiguos escribían en las tablillas enceradas; con el tiempo, la palabra adquirió el carácter de «modo peculiar de hacer algo».[2] Por costumbre se le adjudica erróneamente y de manera única a la forma como el escritor presenta sus ideas.

Pero ése es sólo uno de los tres tipos de estilo con los que trabajamos en el ámbito editorial. El estilo del autor o escritor es más conocido como estilística; el de la empresa o institución que edita la obra es más identificado como estilo, norma, criterio o política editorial; y el de la persona que corrige o enmienda lo que el cálamo o estilete hizo mal es la actualmente muy difundida pero poco conocida corrección de estilo.

Con todo y que es una actividad casi tan antigua como la escritura, a la fecha difícilmente encontramos textos específicamente relacionados con su documentación. Hasta donde se tienen noticias, desde el siglo I de nuestra era, Plinio, Séneca, Cicerón y Quintiliano intercambiaban sus escritos para enmendar errores[3]; sin embargo, la figura más definida de esta labor no la encontramos sino hasta la Edad Media: con el corrigere, el monje copista que, en la tranquilidad del monasterio, indicaba –como ahora– la falta y al margen de la hoja anotaba la corrección.

Se cuenta que cuando la falla no era grave, él mismo raspaba el pergamino y sobre la enmienda volvía a escribir. Si se trataba de una palabra, de una línea o de un párrafo, hay noticias[4] detallan que el corrigere hacía verdaderas obras de arte para hacer los añadidos: escribía las enmiendas al pie de la página y las llevaba al lugar correspondiente por medio de bellas figuras que parecían subir para encuadrar el texto dejado en el tintero.[5]

De los libros únicos y variables a los masivos y uniformes

Cuando la profesión de copista salió de los monasterios y de los conventos, gracias al auge de las universidades en los siglos XII y XIII, no sólo se difundió el conocimiento y hubo un cambio de mentalidad, sino también se fomentó una nueva fuente de trabajo: la de los copistas laicos, quienes a partir de entonces se encargaron de reproducir los textos autorizados para los estudiantes más ricos.[6]

Al igual que los copistas monacales, los laicos también se especializaron en tareas distintas dentro de la producción de los libros: dominaban todos los estilos caligráficos y escribían con gran rapidez; incluso habían desarrollado la habilidad para escribir con las dos manos. Pero las máquinas todo cambian.

Con la aparición de la imprenta, el proceso de producción de los libros (es decir de las ideas) se mecaniza. Las universidades empiezan a proliferar y poco a poco se incrementa el número de personas que tienen acceso al conocimiento; como es natural, quienes se desempeñan como correctores son verdaderos sabios: pensadores humanistas que por lo regular imparten las cátedras de gramática y retórica, a la vez que revisan con meticulosidad las pruebas de imprenta de los libros que están por publicarse.

Leer los libros antes de que salgan publicados es una actividad privilegiada. De los personajes más notables que desempeñaron esta labor destacan Erasmo de Róterdam (patrón de los correctores en cuya fecha de nacimiento se conmemora el día internacional del corrector: 27 de octubre), Giordano Bruno y el mismo Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana.

Pasar de la manufactura artesanal y manual a la mecanizada, uniforme y repetitiva, con contenido tipográfico en vez de caligráfico, hace que por primera vez se produzcan libros idénticos; pero además obliga a que el tiempo de producción se reduzca sustancialmente. Como dijo Marshall McLuhan,[7] sin lugar a dudas esos cambios influyeron en una nueva forma de pensamiento y una manera distinta de expresarse. Estamos ante el surgimiento de una nueva sociedad.

En efecto, las sociedades cambiaron junto con los sistemas económicos y de gobierno, pero el trabajo de corrección prolongó su confinamiento: si antes lo había sido en los monasterios, en adelante lo continuaría en los talleres de imprenta. Y así permaneció durante siglos, hasta que una nueva revolución tecnológica lo obligaría a salir a la luz; es decir, a editarse, según la etimología del término.

Pero ésa es otra historia que más adelante comentaremos.

NOTAS


[1] Guido Gómez de Silva, Breve diccionario etimológico de la lengua española, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.

[2] Martín Alonso, Enciclopedia del idioma, Diccionario histórico y moderno de la lengua española (siglos xii al xx), etimológico, tecnológico, regional e hispanoamericano, México, Aguilar, 1988.

[3] Bulmaro Reyes Coria, «Un habla dura de Cicerón, o un mal rato para don Marcelino Menéndez y Pelayo», Anuario de Letras, 1994, núm. 32, pp. 313-319.

[4] Hipólito Escolar Sobrino, Libros y bibliotecas en la baja Edad Media, 1999, tomado de La enseñanza en la Edad Media, en http://www.vallenajerilla.com/berceo/florilegio/escolarsobrino/librosybibliotecas.htm, consultado el 22 de enero de 2007.

[5] Agustín Millares Carlo, Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas, Fondo de Cultura Económica, México, 1988.

[6] Escolar Sobrino, op. cit.

[7] Marshall McLuhan, Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano, Barcelona, Paidós, 1996.

______________

Ana Lilia Arias, especialista en el área editorial e idiomática. Pionera en la impartición del curso de Corrección de estilo y proceso de edición; desde 1987 ofrece cursos relacionados, tanto en el Distrito Federal como en el interior de la república. Ha colaborado y sido editora en diversas publicaciones, así como profesora de la Escuela de Escritores de la Sogem y de El Claustro de Sor Juana. Es coautora con Nikito Nipongo del libro Museo Nacional de Horrores (Océano, 1986) y autora de Expresión Escrita, libro de texto para el Servicio Profesional Electoral (IFE, 1992), entre otros. Actualmente trabaja como editora y correctora de estilo independiente e imparte cursos empresariales; es presidenta y fundadora de la Asociación Mexicana de Profesionales de la Edición, A.C.

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